NUEVA ESPAÑA. Conciencia de la nacionalidad mexicana

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Prólogo Solo se puede independizar algo que previamente existe; por ello es un grave error afirmar que la Nación mexicana nació con la independencia. Lo que si debemos destacar es que, al momento de alcanzarla en 1821, la Nación cambió su nombre de Nueva España al de México, el que antes hacía referencia únicamente a su capital. Si el 27 de septiembre de 1821 México era una nación, lo era también el día anterior. Por ello, aunque no haya actas de nacimiento para las naciones, en el caso de México si podemos señalar como tal al Acontecimiento Guadalupano. Por ello la esencia de la Nacionalidad mexicana la encontramos en el Acontecimiento Guadalupano y en la medida en que este se tenga presente, la conciencia de la nacionalidad mexicana estará vigente.

“Los documentos que establecen determinada personalidad político jurídica a una comunidad no crean esa comunidad. Lo que advertimos es que la integración de los diversos pueblos indígenas en el dominio hispánico y el simultáneo asentamiento de españoles en el área, ponen en marcha el proceso de gestación de una nueva realidad histórica comunitaria que un día llegará a ser una nación, un estado independiente o una república.”[1]

La Nación Mexicana vivió exactamente 300 años bajo la tutela de España (1521-1821), pero en esos tres siglos ni la Corona española fue la misma, ni tuvo la misma actitud y consideración para con toda Hispanoamérica. Esos 300 años tuvieron un «parteaguas» tan evidente como trascendente: en el año 1700 la Corona española pasó de las manos de la «Casa de Austria» (o Casa de Habsburgo) a las manos de la «Casa de Borbón». La transición se realizó violentamente, por medio de la «Guerra de Sucesión», guerra que entregó a Inglaterra el Peñón de Gibraltar y otros territorios en América, que también entregó a los ingleses el comercio español y que llevó al Trono de Madrid a Felipe de Anjou, nieto del Rey francés Luis XIV.

La vida de las personas y de las naciones solo es posible en la conjunción de dos elementos: tiempo y espacio físico, con la diferencia de que en las personas el tiempo se mide en años y en las naciones en siglos, y que en el espacio físico, la persona ocupa el limitado a sus dimensiones corporales, pudiendo trasladarse de un lugar a otro, y la nación ocupa uno mucho mayor: el territorio nacional, el cual no es posible trasladar. Por lo que se refiere a la identidad, ésta se va desarrollando a partir de lo recibido desde el nacimiento; desarrollo que constituye a la vez un reto y un honor, pues es manifestación de la libertad con la que es creado todo ser humano. Dicho de otra forma, con la libertad se recibió una tarea, una misión: desarrollarse y realizarse conforme a la dignidad que se ha recibido.

Y análogamente a lo que ocurre con una persona física, la que durante su infancia debe ser dirigida y encauzada por sus padres para que después, gradualmente, vaya tomando las riendas de su propio desarrollo, la Nación mexicana vivió su “infancia” encauzada por los monarcas de la «Casa de Austria». Pero a partir de 1700, cuando la Nueva España estaba apenas entrando a la adolescencia, llegó al Trono español la Casa de Borbón; y con el gobierno de los monarcas borbones la «Madre Patria» dejó de ser «Madre» para convertirse en «madrastra». La dignidad de la Nueva España se vio despreciada y afectado su desarrollo. CAUSA fundamental de la Independencia de Nueva España

Eso se debió al drástico cambio de política de la Corona respecto a Hispanoamérica: los «Reinos de ultramar» (como eran considerados los virreinatos hispanoamericanos bajo los gobiernos de la Casa de Austria) fueron trasmutados y degradados a meras «colonias»; es decir, Hispanoamérica ya no fue más «parte» del Imperio Español, sino «propiedad» de la Corona Española. Y para que estas colonias “propiedad de España” rindieran mejores rentas a la Metrópoli, los borbones implementaron una administración más “eficiente”, que no buscaba ya el bien común ni un reparto más equitativo de bienes, sino la mejor explotación económica posible de Hispanoamérica en beneficio exclusivo de la Metrópoli.

La integración aún inconclusa de las naciones hispanoamericanas, así como el bien común de éstas, dejaron de estar entre las preocupaciones de los borbones. No resulta extraño que entonces la Corona española enfriara primero y luego abandonara del todo el celo por la integración y evangelización de sus habitantes, llegando incluso a hostilizar los esfuerzos evangelizadores de las órdenes religiosas, como lo demuestra el hecho de que en 1767 Carlos III ordenara de una manera arbitraria, absurda y totalmente injusta la expulsión de los jesuitas. El espíritu afrancesado que poco a poco se fue imponiendo en la Corte española llevó a abandonar la promoción e integración de los naturales de Hispanoamérica, especialmente de los indígenas, pero no sólo de ellos: también de los mestizos y de los criollos.

“La España oficial abandona (a los Reinos de Indias), Y digo que los abandona en el estricto sentido del término que quiere decir «dejar» en poder de otro o, mejor aún, dejar alguna obra ya emprendida como misión. Paradójicamente, alguien que sólo observa las apariencias, podría sostener que ahora la España borbónica se ocupa mucho más de sus dominios que antes (…) El intento heroico del Imperio espiritual que somete el bienestar somático al dominio del espíritu ha sido, poco a poco, abandonado; de ahí que sea posible «ocuparse» con aparentemente mayor empeño del pueblo español y de los pueblos de Indias habiéndolos abandonado. Pero semejante abandono enmascara un abandono todavía mayor: el abandono de Sí misma”.[2]En efecto, esa España “oficial” generada por los monarcas borbones tendrá como su primer círculo de influencia a la Corte de Madrid, la cual será la «correa de transmisión» de un «afrancesamiento» que diluirá paulatinamente la identidad española; esa España dejará de ser ella misma.

La invasión napoleónica. En una acción tan inmoral como torpe, el Rey Carlos IV aceptó que el ejército de Napoleón Bonaparte ingresara a España, y que tropas españolas se le unieran para atacar conjuntamente a Portugal y repartirse su territorio (Tratado de Fointanebleau). El 18 de octubre de 1807 entraron 28 mil soldados franceses y el 17 de noviembre las tropas franco-españolas tomaron sin resistencia Lisboa, capital de Portugal. Esta alianza de los borbones españoles con los revolucionarios franceses (quienes habían destruido el gobierno de sus parientes, los borbones franceses, y enviado a algunos de ellos a la guillotina) revela a qué grado había llegado la estulticia y la pérdida del sentido moral en la “España oficial”.

Aprovechando que cándidamente Carlos IV le había abierto las puertas, Napoleón envió otros dos ejércitos a España que se situaron, uno en Castilla y otro en Navarra y Cataluña. En medio de esa situación, el 17 marzo de 1808 hubo un motín en Aranjuez contra Carlos IV y su primer ministro Manuel Godoy, provocado por la ambiciosa impaciencia de Fernando de Borbón, el príncipe heredero, por ocupar el trono. El día 19 en medio de ese motín, Carlos IV se vio obligado a abdicar en favor de su hijo Fernando, que se convertía así en el rey Fernando VII. Pocos días después, Carlos IV quiso retractarse de su abdicación y se confió en que el emperador francés le repondría en el Trono, escribiéndole que “se ponía en los brazos de un gran monarca, aliado suyo”.

Entonces el astuto Napoleón citó en la ciudad francesa de Bayona a Carlos IV y a Fernando VII, quienes acudieron acompañados de sus respectivas familias y séquitos. En Bayona y en la presencia de Napoleón, el 6 de mayo de 1808 tanto Carlos IV como su esposa María Luisa y su hijo Fernando VII discutieron entre ellos desde sus relaciones personales hasta su actuación política, recriminándose mutuamente. Finalmente Napoleón les informó que había decidido sustituir a los borbones por los Bonaparte y exigió la abdicación de Fernando VII en favor de su padre, y la de éste en favor de Napoleón, acatando padre e hijo esas exigencias.

Un mes después de firmadas las vergonzosas «abdicaciones de Bayona», el 6 de junio de 1808 Napoleón designó a su hermano José Bonaparte como rey de España. Carlos IV y su esposa fueron llevados prisioneros a Nápoles, y a Fernando VII y su familia se les designó como prisión el Castillo de Valencey, en el centro de Francia. Pocos días después, el 5 de julio, también el Papa Pío VII fue hecho prisionero en Roma por los franceses, y José Bonaparte también nombrado «Rey de Roma» por su hermano Napoleón.

Por conveniencia Inglaterra, enemiga de Napoleón, reconoció al prisionero Fernando VII como rey legítimo de España; lo mismo ocurrió con las poblaciones de España e Hispanoamérica, las que, además de ver en Napoleón a una especie de «Robespierre a caballo» que había atentado contra el Obispo de Roma, empezaron a referirse a Fernando VII como «el deseado». Por eso, desde México hasta Buenos Aires, todos los movimientos de independencia, sin excepción, se hicieron en nombre de Fernando VII.

El movimiento de Miguel Hidalgo.

La idea de formar una nación independiente no desapareció con el fracasado intento de 1808. El capitán Miguel Allende con otros militares como Juan Aldama, y eclesiásticos como el cura de Dolores Miguel Hidalgo y el padre José María Sánchez, en cuya casa de Querétaro se reunían secretamente, planeaban llevar a cabo un movimiento para independizar a la Nueva España del gobierno de Sevilla. Descubierta la conspiración los acontecimientos se precipitaron por lo que, nuevamente un 16 de septiembre, pero ahora de 1810, el Cura Hidalgo inició el movimiento aclamando a Fernando VII y a la Virgen de Guadalupe en el célebre «Grito de Dolores», pronunciado en la madrugada de ese día.

Fue obvio que la precipitación con la cual tuvo que iniciar el movimiento cuando éste aún no estaba del todo planeado, influyó en su fracaso; pero hubo otros factores que determinaron rápidamente su desmoronamiento. El mayor error de Hidalgo fue suscitar el enfrentamiento indiscriminado entre indígenas y mestizos contra criollos y peninsulares, en lugar de promover la unión entre los habitantes; especialmente entre quienes simpatizaban con la independencia, con la cual muchos criollos e incluso españoles veían con buenos ojos. El mismo General Félix María Calleja así lo consideraba al escribir después al Virrey Venegas: “Los mexicanos y aún los europeos están convencidos de las ventajas que resultarían de un gobierno independiente, y si la absurda insurrección de Hidalgo se hubiese mantenido en esa dirección me parece, por lo que he observado, que el movimiento hubiera hallado poca oposición.”[3]

El 17 de enero de 1811 en un lugar en las cercanías de Guadalajara llamado «Puente de Calderón», las fuerzas del general Calleja derrotaron a las de Hidalgo de manera definitiva. Hidalgo huyó hacia el norte del país, pero fue capturado y fusilado en Chihuahua el 30 de julio de 1811 junto a los capitanes Allende, Aldama, Abasolo y Jiménez. En resumen: el movimiento de Hidalgo duró cuatro meses y un día; llegó a movilizar a cerca de 80 mil personas; sembró la anarquía y llenó de sangre a las poblaciones por donde pasó, pero no alcanzó darle a la Nueva España su independencia. Hidalgo tomó como estandarte una imagen de la Virgen de Guadalupe, símbolo de la nacionalidad e identidad mexicana, pero no tomó en cuenta el mensaje guadalupano.

El movimiento de José María Morelos.

El Cura de Carácuaro José María Morelos y Pavón también quiso independizar a la Nueva España, pero siguiendo métodos y estrategias muy diferentes a las de Hidalgo. En el inicio de su movimiento no hubo algún «grito» o hecho espectacular semejante, aunque se puede señalar como su primera acción a la toma de la pequeña población de Técpan a principios de 1811, a la que elevó a la categoría de «provincia» con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe de Tecpan.

En el que fue su primer escrito insurgente, el «Documento de Técpan», dijo que su objetivo era “transferir a los criollos el poder político y militar que residía en los europeos, afín de salvaguardar los derechos de Fernando VII.” Sin embargo esa intención cambió después de conocer un poco más la situación en España; así, en su «Manifiesto a los habitantes de Oaxaca» del 23 de diciembre de 1812 afirmó: “…ya no hay España. Porque el francés está apoderado de ella; ya no hay Fernando VII porque o él se quiso ir a su Casa de Borbón a Francia y entonces no estamos obligados a reconocerlo por rey, o lo llevaron a la fuerza y entonces ya no existe...” En el mismo Manifiesto expresó cuál era su percepción sobre las «Juntas » de Sevilla y Cádiz y la Constitución promulgada en Cádiz en febrero de ese 1812: “… apenas erigieron sus primeras juntas, cuando nos impusieron leyes, exigiéndonos juramentos de fidelidad, unos en pos de los otros, según que allá se disolvían unas y se creaban otras nuevas al antojo de los comerciantes de Cádiz…”

Otra diferencia importante fue que mientras Hidalgo y los conspiradores de Querétaro no tuvieron tiempo de elaborar algún proyecto viable para la Nación independiente, ni siquiera en líneas y principios generales, Morelos puso su ideal por escrito en su formidable documento «Sentimientos de la Nación» y convocó a un grupo de abogados criollos a formar el «Congreso de Anáhuac» que, instalado en Chilpancingo, promulgó el «Acta de Independencia» (6 de noviembre de 1813) y la «Constitución de Apatzingán» (22 de octubre de 1814). Pero la diferencia más trascendente entre ambos la encontramos en el hecho de que, lejos de fomentar odio y resentimiento entre los habitantes de la Nueva España, Morelos basó su movimiento de independencia en el respeto e igualdad entre ellos.

Silvio Zavala comenta que “Morelos no continuó la guerra calificada por Bulnes de africana o de hordas, sino que prefirió cuerpos menores bien disciplinados y ante el desorden social adoptó una firme actitud de represión” , y ante un intento de sus capitanes Tabares y David de sublevar a los negros del sur contra los insurgentes blancos, emitió en Tecpan un decreto el 13 de octubre de 1811 en el que dijo: “todos los habitantes, sin distinción de calidades, se llamarían americanos (los Estados Unidos aún no habían expropiado el término) y vivirían en la santa paz de Jesucristo; no existía motivo para que las castas quisieran destruirse entre sí…Y añadía: no siendo como no es nuestro sistema proceder contra los ricos por razón de tales, ni menos contra los ricos criollos, ninguno se atreverá a echar mano de sus bienes por muy rico que sea; por ser contra todo derecho semejante acción, principalmente contra la ley divina, que nos prohíbe hurtar y tomar lo ajeno contra la voluntad de su dueño y aún el pensamiento de codiciar cosas ajenas”.[4]

El mismo Morelos señaló en el número 15 de sus «Sentimientos de la Nación», “Que la esclavitud se proscriba para siempre y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio o la virtud.” Morelos también reconoció en el número 19 del mismo documento, la identidad la Nación independiente: “Que en la misma (Constitución) se establezca por ley Constitucional la celebración del doce de Diciembre en todos los pueblos, dedicado a la patrona de nuestra libertad, María Santísima de Guadalupe, encargando a todos los pueblos, la devoción mensual.”

En los primeros días de abril de1814 Napoleón fue obligado a abdicar tras la toma de París por las tropas de Prusia y Rusia, siendo entonces exiliado a la isla de Elba; con ello tanto el Papa Pío VII como Fernando VII fueron liberados. El regreso del rey eliminó la causa que dio inicio a los movimientos de independencia de Hispanoamérica, y en general hubo un enfriamiento de los mismos, excepto en lo que había sido el Virreinato de la Plata que había ya consolidado su independencia.

Pero la situación de 1814 no podía ser ya la misma dados los acontecimientos ocurridos en España e Hispanoamérica durante los seis años de cautiverio del rey. Ante el regreso del «deseado» Fernando VII, el Papa Pío VII publicó su encíclica «Etsi longíssimo» en la que recordaba la doctrina de la Iglesia respecto al deber de los cristianos de obedecer a las legítimas autoridades, y exhortaba a la lealtad hacia Fernando VII. En la Nueva España, Morelos prosiguió con el movimiento de independencia, pero el ejército virreinal, reforzado con importantes contingentes de tropas, le obligó a replegarse cada vez más ante el desaliento de muchos de sus seguidores. Sus principales colaboradores militares, el cura Mariano Matamoros y Hermenegildo Galeana murieron en combate. Quiso regresar a Tehuacán y refugiarse en esa ciudad, pero fue capturado el 5 de noviembre de 1815.

Fue juzgado el 23 de noviembre por un Tribunal eclesiástico presidido por Miguel Bataller, oidor real, y Félix Flores Alatorre, provisor del arzobispado, fungiendo como defensor de oficio José María Quiles. La sentencia de éste Tribunal lo condenó “a la privación de todo beneficio, oficio y ejercicio de orden, y a la degradación.” El 28 de noviembre fue juzgado por un Tribunal militar designado por el general Calleja (quien era ya el Virrey) y que estuvo presidido por el Coronel Manuel de la Concha, fungiendo como secretario el capitán Alejandro Arana. Éste Tribunal condenó a Morelos a morir fusilado, cumpliéndose la sentencia el 22 de diciembre. Antes de su ejecución José María Morelos y Pavón se reconcilió sacramentalmente con la Iglesia, con lo cual la excomunión que en su contra había sido dictada quedó sin efecto.

El movimiento de Morelos duro 4 años, tuvo triunfos importantes en Tixtla, Taxco, Izúcar, Tenancingo, Cuautla; tomó ciudades importantes como Tehuacán, Orizaba y Oaxaca… pero tampoco logró independizar a la Nueva España.

Consumación de la Independencia

La causa de la Independencia volvió a avivarse nuevamente por hechos ocurridos en España: el primer día del año 1820, el teniente-coronel Rafael Riego se sublevó contra Fernando VII en el Puerto de Cabezas de San Juan cuando, al frente del Segundo Batallón Asturiano, se disponía a viajar a Sudamérica a sofocar el movimiento de independencia en Nueva Granada. Riego exigía que el rey jurara la Constitución de Cádiz de 1812 redactada durante el cautiverio de Fernando VII.[5]El 10 de marzo Fernando VII se sometió a las exigencias de Riego y juró públicamente la Constitución que él había derogado en 1814.

Muchísimas personas en la Nueva España interpretaron esos hechos como un nuevo cautiverio del rey, aunque ahora no por un gobierno extranjero sino por sus súbditos españoles encandilados por los revolucionarios franceses. El rumor acerca de una supuesta carta enviada por Fernando VII al virrey Apodaca en la que le decía ser víctima de violencia y le hacía saber de sus intenciones de evadirse de España para trasladarse a México “donde encontraría vasallos más fieles”, parecía confirmar esas interpretaciones.[6]

En la ciudad de México un grupo empezó a reunirse secretamente en la Iglesia de «La Profesa» a fin de preparar un movimiento de independencia para ofrecer el gobierno de la Nueva España a la autoridad legítima de Fernando VII. La secrecía de los participantes en las Juntas de la Profesa fue de tal manera que las autoridades virreinales no tuvieron la menor sospecha de su realización. Por la misma razón tampoco se tienen documentos sobre ellas. Se presupone que en las Juntas secretas de la Profesa participaron entre otros: fray Mariano López de Bravo y Pimentel, Miguel Bataller, Juan José Espinosa de los Monteros, Antonio de Mier y Villagómez, José Bermúdez Zozaya, Juan Gómez de Navarrete y el obispo de Puebla Antonio Joaquín Pérez Martínez y Robles. Los conspiradores tenían al tanto de sus planes al arzobispo de Guadalajara, Juan Ruiz de Cabañas y Crespo, que en razón a la distancia de su diócesis no podía participar en las reuniones.

En las Juntas de «La Profesa» se establecieron los puntos básicos para independizarse del gobierno de las Cortes españolas: reconocer a Fernando VII como rey de la Nueva España; evitar que ésta fuera dividida por facciones violentas y anárquicas como las que se presentaron durante el movimiento de Miguel Hidalgo; que el movimiento garantizara a la población la preminencia de la religión católica; que evitara en lo posible el derramamiento de sangre; que el movimiento fuera encabezado por un militar y no por un eclesiástico. Los conjurados de la Profesa pensaron que Agustín de Iturbide era la persona adecuada para llevar a cabo el movimiento por lo que le invitaron a encabezarlo.

Agustín de Iturbide era un militar en retiro que había nacido en Valladolid Michoacán en 1783 y cuya simpatía por la independencia era ampliamente conocida, pero que al ver en su ciudad natal la anarquía del movimiento de Hidalgo, rechazó la invitación que éste le hizo para sumarse a su ejército con el rango de teniente general. Por el contrario, en 1812 con el grado de capitán empezó a combatir a los insurgentes de José María Morelos, infringiéndoles varias derrotas por lo que las autoridades virreinales lo ascendieron al grado de coronel.

Tras su victoria en Cóporo contra los insurgentes, Iturbide expresó al entonces capitán Filisola que lamentaba tan inútil derramamiento de sangre porque veía “la facilidad con que la independencia se lograría, poniéndose de acuerdo con los insurgentes las tropas mexicanas que militaban bajo las banderas reales; pero considerando el completo desorden de los primeros y el sistema atroz que se habían propuesto…era menester acabar con ellos antes de poner en planta ningún plan regular.”[7]

Iturbide coincidió plenamente con las propuestas de los conjurados de La Profesa y aceptó su invitación para encabezar el movimiento de independencia. Para poner manos a la obra primero solicitó al Virrey reincorporarse al servicio activo en su antiguo regimiento de Celaya porque conocía bien a sus oficiales y redactó el «Plan de Independencia de la América Septentrional», el cual daría a conocer a las autoridades y a toda la población de la Nueva España una vez que las acciones militares dieran inicio.

Una vez que estableció en Teleolapan su cuartel, estableció comunicación epistolar con Vicente Guerrero, ofreciéndole el indulto e invitándolo a unirse a su ejército. Después de varias cartas en que Guerrero manifestó su desconfianza hacia la persona de Iturbide, finalmente aceptó entrevistarse con él en Acatempan, y tras una conferencia entre ambos, Guerrero se dirigió a sus tropas diciéndoles: “…yo que os he conducido a los combates, y de quien no podéis dudar que moriré sosteniendo la independencia, soy el primero que reconozco al señor Iturbide como el primer jefe del ejército nacional”.[8]

En la población de Iguala, el 24 de febrero de 1821 Iturbide dio a conocer su «Plan de Independencia de la América Septentrional», por lo que desde entonces es conocido como el «Plan de Iguala», llamado también «Plan de las Tres Garantías» porque los 24 artículos que lo componían se sintetizaban en garantizar a la Nueva España los dos valores básicos de su identidad, la Religión y la Unión de sus habitantes (Artículos 1°, 12 y 23), a los cuales se agregaba ahora un nuevo valor: la Independencia (Artículo 2°). Estas «tres garantías» quedaron simbolizadas en la Bandera que Iturbide diseñó y que ese mismo día 24 de febrero su Ejército juró defender: Religión (blanco), Unión (rojo) e Independencia (verde).

Inteligentemente Iturbide hizo llegar el «Plan de Iguala» a todas partes, enviándolo a magistrados, eclesiásticos y demás personas influyentes; incluso al virrey Juan Ruiz de Apodaca le hizo llegar una copia. Más tarde se dirigió primero a las ciudades que sabía más afines a la causa de la independencia; de este modo fue sumando provincias poco a poco y de manera pacífica; casi sin tener que disparar un tiro. Los realistas de la ciudad de México atribuyeron esta situación a un contubernio entre Iturbide y el virrey Apodaca, por lo cual apresaron a este último y lo enviaron a Madrid. En agosto de 1821 la ciudad de Puebla recibió a Iturbide con grandes muestras de afecto, al tiempo que llegaba a Veracruz el recién nombrado virrey Juan de O’Donojú, quien al conocer que ya que no podía pasar a México no tuvo ya más remedio que aceptar reunirse con Iturbide en la ciudad de Córdoba, firmando ambos los «Tratados de Córdoba» el 24 de agosto de 1521. En esos Tratados se ratificaban las tres garantías del Plan de Iguala, agregándose ahora que la Nueva España ya independiente se llamaría «Imperio Mejicano».[9]De esta forma el nombre de «México» “saltaba” de la capital para abarcar a toda la Nación la cual, a partir de ese momento, iniciaba su caminar independiente en el concierto de las naciones.

NOTAS

  1. Fidel González Fernández. Emilio Martínez Albuesa. Independencias Hispanoamericanas. El caso de México. Diccionario de historia cultural de la Iglesia en América Latina. www.dhial.org
  2. Alberto Caturelli. El Nuevo Mundo, Edamex, México 1991, p.410
  3. Citado por Joseph H.L. Schlarman, México, tierra de volcanes. Ed Porrúa, México, 14 Ed., p.288
  4. Silvio Zavala, Apuntes de historia nacional 1808-1974. El Colegio Nacional y Fondo de Cultura Económica, México, 5 ed. 1999, p.36
  5. Rafael Riego (1784-1823) había sido afiliado a la masonería en Francia en 1809.
  6. Lucas Alamán señala que el mismo Fernando VII se vio obligado a negar la existencia de esa carta, y que lo más probable es que la misma nunca existió. (Cfr. Lucas Alamán, Historia de Méjico, Ed. Gobierno de Guanajuato, p. 344)
  7. Lúcas Alamán, obra citada, p. 342.
  8. Riva Palacio Vicente, México a través de los siglos. T. III, p 672, citado por Orozco Farías p.20 (documento N°7)
  9. En esa época, prácticamente todas las naciones europeas, al igual que Japón y otras significativas tenían un gobierno monárquico; Francia también había regresado a la monarquía. Excepciones eran los Estados Unidos, Argentina y Chile.


BIBLIOGRAFÍA

Alamán Lucas, Historia de Méjico, Ed. Gobierno de Guanajuato, 1989

Caturelli Alberto, El Nuevo Mundo, Edamex-Upaep, México 1991

Orozco Farías Rogelio, Fuentes históricas. México. 1821-1867. Ed. Progreso, 2 ed. México, 1965

Schlarman Joseph H.L., México, tierra de volcanes. Ed Porrúa, 14 Ed. México 1987

Zavala Silvio. Apuntes de historia nacional 1808-1974. FCE, 5ed. México, 1999


JUAN LOUVIER CALDERÓN