VALENCIA, Fray Martín de

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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(Valencia de Don Juan, ? – Amecameca, 1534) Franciscano

Nació en la villa de Valencia de Don Juan, entre la ciudad de León y la villa de Benavente. Se desconoce el año de su nacimiento así como la mayor parte de los acontecimientos de su juventud; se sabe que tomó el hábito franciscano en el convento de Mayorga, de la provincia de Santiago, donde fue alumno del padre Fray Juan de Argomanes. Desde novicio concibió ferviente celo de la pobreza y deseo de perfección ejercitando cotidianamente la virtud de la humildad que tanto deseaba. Prefería estar en la soledad y el recogimiento, andaba siempre descalzo, vestía sólo un hábito y debajo siempre llevaba el cilicio; además solía ayunar muchos otros días además de los que marcaban la Iglesia y su Orden.

Muchas personas, entre ellas Hernán Cortés y Antonio de Nava, refirieron haberlo visto arrobado durante la oración e incluso afirman haberlo visto levantarse del suelo. Era un extraordinario orador y grandes muchedumbres acudían a escucharlo. La fama de santidad de Fray Martín de Valencia se inició desde sus años en España, como señala su biógrafo y compañero en la Nueva España, Fray Francisco Jiménez: “Antes que yo le viese y conociese, había oído de sus santidad, y tenía voluntad de pasar a su provincia y verle e imitarle[1].

Edificó el monasterio de Santa María del Berrogal junto a Belvís de Monroy; ahí vivió algunos años en compañía de Fray Pedro de Melgar. Más tarde fundó la custodia de San Gabriel en 1516, siendo elegido como primer custodio Fray Miguel de Córdoba. Posteriormente quiso hacerse fraile cartujo, pero cuando iba en camino para el monasterio de la Cartuja le comenzó a doler de tal manera un pie que no podía caminar. Esta repentina dolencia fue tomada por Fray Martín como una señal de que la voluntad de Dios era que continuara siendo franciscano, razón por la cual regresó y se mudó al monasterio de Nuestra Señora de Monteceli del Hoyo, donde se dedicó a la oración, recogimiento y silencio.

En una ocasión en la que leía las lecciones desde el púlpito, tuvo una visión en la que muchos infieles se convertían a la fe y venían hacia él para recibir el bautismo. Le pidió a Dios que le permitiera ver con los ojos del cuerpo lo que le había dejado ver con los del alma, petición que le fue concedida doce años después al viajar a la Nueva España al frente de los doce apóstoles de México, la primera expedición de franciscanos llegada a las costas del Golfo de México en 1524. Cuenta Fray Francisco que “en todo este viaje el varón de Dios, ansí en la mar como en la tierra, padeció harto trabajo, y más en la tierra, que, como era de edad, y venía a pie, y siempre le visitaba el Señor con enfermedades, fatigábase mucho, y por dar buen ejemplo, como buen caudillo y pastor, siempre iba delante de sus ovejas (…)[2].

Fray Martín aprendió poco de la lengua mexicana, debido tanto a que llegó a la Nueva España a la edad de cincuenta años, como a que se dedicaba en gran medida a la contemplación y a los ejercicios espirituales. No obstante, enseñaba a leer a los niños indígenas desde el castellano hasta romance y latín; también les instruía en doctrina cristiana y, a través de un intérprete, platicaba con ellos según su edad, considerando que serían a su vez maestros de sus padres y de su comunidad.

Murió a causa de una enfermedad no especificada en 1534, durante el trayecto del convento de Tlalmanalco a la ciudad de México donde sería atendido de su padecimiento. “Puestos en camino, y llegados con él al embarcadero de Ayozingo, lo metieron en una canoa para llevarlo por la laguna. Mas apenas entró en ella cuando sintió ser ya llegada la hora, y mandóse sacar a tierra para ponerse de rodillas (…) y volviéndose luego (…) á su Criador, encomendándole su alma, espiró[3].

Fue sepultado en dicho convento y se cuenta que su cuerpo permaneció incorrupto durante más de treinta años, hasta que en 1567, en una de las muchas ocasiones en que abrieron la sepultura de Fray Martín para ver el cuerpo del santo varón, ya no se encontraron más que algunas astillas del propio ataúd. Asimismo, después de su muerte se le atribuyeron varios milagros por medio de su intercesión, entre los que se cuentan la restitución del sentido del olfato a Fray Juan de Oviedo y la resurrección de un niño indígena muy enfermo a quien llevaron a bautizar y murió antes de poderlo hacer.

Notas

  1. “Vida de fray Martín de Valencia escrita por fray Francisco Jiménez”, p. 229.
  2. “Vida de fray Martín de Valencia escrita por fray Francisco Jiménez”, p. 242.
  3. Mendieta, pp. 595-596.

Bibliografía

  • Mendieta, Fray Gerónimo de. Historia Eclesiástica Indiana. Ed. Porrúa, México, 1980.
  • “Vida de fray Martín de Valencia escrita por fray Francisco Jiménez” en Ángeles Jiménez, Pedro y Rubial García, Antonio. La hermana pobreza: el franciscanismo de la Edad Media a la evangelización novohispana. Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, México, 1996, pp. 211-261.


SIGRID MARÍA LOUVIER NAVA