SANTOS LATINOAMERICANOS

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
Ir a la navegaciónIr a la búsqueda

SANTA MARIA, PRIMERA MISIONERA, MADRE E IMAGEN DE LA SANTIDAD DE LA IGLESIA

El Papa San Juan Pablo II en su viaje-peregrinación a Santo Domingo en 1984, recordaba los comienzos de la evangelización en el Nuevo Mundo diciendo: “América Latina se ha convertido en la tierra de la nueva visitación. Porque sus habitantes han acogido a Cristo, traído en cierto sentido en el seno de María, cuyo nombre llevaba ya una de las tres carabelas de Colón. Y se ha unido de modo particular a Cristo mediante María. Por ello este continente es hasta hoy testigo de una particular presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia (Lumen Gentium, VIII, 52-65). Aun externamente, las tierras de la nueva evangelización denotan esa presencia singular de María, con los cerca de 2.000 nombres de ciudades, villas y lugares referidos a los misterios y advocaciones de la Virgen María”.[1]

En la misma ocasión afirmó: “Ante la expedición guiada por Cristóbal Colón se abrieron tierras desconocidas y apareció un Nuevo Mundo. Y a la vez, el mismo Dios que a los descubridores, rodeados por el abismo del inmenso océano, permitió un día dar el grito de ¡tierra!, El mismo «ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo» (2 Cor 4,6). Este fue el principio salvífico del conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo: el comienzo de la evangelización de América, el comienzo de la fe y de la Iglesia en el Nuevo Mundo”.[2]

Fue también el comienzo de la historia de la santidad cristiana en el Continente que irá siempre acompañada por la presencia de la Madre de Dios y de su Santa Iglesia. Aquella luz llegó a través de las manos de Santa María; y Santa María estará presente en todo el proceso de la evangelización y de la formación histórica de América Latina con una presencia tangible.

En el proceso de evangelización y de encuentro entre culturas y pueblos, tan diversos y frecuentemente contrapuestos, encontramos inmediatamente la figura de María como primera misionera y artífice de tal proceso. Por lo tanto, Santa María es la primera imagen de la Santidad de la Iglesia latinoamericana. Es también la primera «santa misionera» de la Iglesia en América Latina, la Madre fecunda de aquella Iglesia.

Todos estos aspectos se encuentran maravillosamente simbolizados en el acontecimiento de Guadalupe, en los albores de la evangelización (1531),[3]como nos recuerdan los obispos latinoamericanos en Puebla: “El Evangelio encarnado en nuestros pueblos los congrega en una originalidad histórica cultural que llamamos América Latina. Esa identidad se simboliza muy luminosamente en el rostro mestizo de María de Guadalupe que se yergue al inicio de la Evangelización.”[4]

Precisamente unidos a este hecho mariano sucedido en México, encontramos algunas de las figuras más significativas en la historia de la santidad canonizada, o de aquella que aunque no canonizada aún es reconocida por todos. Nos referimos sea a San Juan Diego, el vidente de Guadalupe, como a los Santos Niños de Tlaxcala, Protomártires del Nuevo Mundo, a los misioneros franciscanos fray Pedro de Gante, los «doce apóstoles» franciscanos de México entre los que destaca fray Toribio de Benavente «Motolinía», el primer obispo de México, el franciscano fray Juan de Zumárraga, el dominico fray Bartolomé de las Casas, el obispo Don Vasco de Quiroga, fundador de la Iglesia de Michoacán, y un rosario abundante de muchos otros.

EL SENTIDO ECLESIAL DE LAS CANONIZACIONES Y BEATIFICACIONES

Para poder comprender mejor el significado y la importancia de los santos como constructores de historia, nos debemos preguntar por el sentido eclesial de las beatificaciones y canonizaciones. Tal toma de conciencia nos obliga a señalar también la necesidad de tomar en consideración otras figuras, que aunque no están en el calendario de los santos, pertenecen sin duda a la historia fecunda y vivida de la santidad, por lo que sería oportuno que la Iglesia latinoamericana pensase en la promoción de los relativos procesos para su beatificación y canonización.

Las preguntas que nos hacemos nos llevan necesariamente a presentar una serie de puntos de carácter histórico sobre las modalidades seguidas en la historia de las canonizaciones y beatificaciones.

Los santos como riqueza del misterio escondido en Cristo

La Iglesia es el «pleroma» de Cristo en el tiempo y en el espacio. En ella Jesucristo continúa expresando la riqueza del Misterio que se encuentra escondido en Él, con el movimiento de todas las fuerzas eclesiales a través del espacio y del tiempo.[5]En esta perspectiva entran los santos. Ellos, como bien dice la mística carmelita Isabel de la Trinidad, son una prolongación de la humanidad en la que Jesucristo continua haciendo resplandecer su rostro.[6]

Se podría decir, paradójicamente, que Dios tiene necesidad de cada uno de nosotros para mostrar las extraordinarias riquezas de la gracia que el Padre derrama en nuestro favor, por medio de su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. ¿Cómo ha sentido la Iglesia la presencia de los santos en la historia? ¿Cuáles son las notas que en su tradición han constituido el punto focal de la llamada «santidad canonizada» lo que ha empujado a la Iglesia a celebrar su «memoria» como presencia de gracia de Jesucristo en ella?

El martirio como primera forma reconocida de santidad canonizada

La primera y original forma de santidad canonizada ha sido el martirio.[7]En la antigua tradición eclesiástica ha sido siempre señalado como la cumbre más sublime de la santidad posible a la criatura, el vértice y la corona de toda la perfección y la expresión más grande del amor hacia Dios. Por esto en la jerarquía de la santidad, después de los apóstoles, Orígenes, por ejemplo, coloca a los mártires porque ellos “poseen en medida más grande el amor del conocimiento de Cristo”.[8]En la «Exhortación al martirio», Orígenes ve en el mártir como a un «apóstol».[9]

Otros aspectos reconocidos de la santidad canonizada

A lo largo del primer milenio de la historia de la Iglesia se han subrayado progresivamente otros aspectos: la santidad monástica, como segundo martirio, en los primeros tiempos del monacato cristiano; la trascendencia durante la época merovingia, los santos como «lectura del Evangelio de Jesucristo» y modelos para imitar en la edad Media, la fecundidad eclesial de los santos fundadores.[10]


EL CAMINO HISTÓRICO DE LAS CANONIZACIONES Y BEATIFICACIONES

Las dos etapas fundamentales en la historia de las canonizaciones

Podemos señalar claramente dos procesos históricos y dos etapas fundamentales en esta historia, que corresponden «grosso modo» a cada uno de los dos milenios de la historia de la Iglesia.

Las canonizaciones de los santos durante el primer milenio de vida de la Iglesia han seguido un lento proceso de determinación canónica antes de encontrar una legislación precisa. Una «canonización» se fundaba esencialmente sobre dos elementos: la «memoria» que la comunidad cristiana conservaba de la presencia en su seno del santo, y los «milagros» como signo de aquella presencia aún después de su muerte (dies natalis), y que constituyen la trama de las numerosas «vitae sanctorum» que tenemos ya desde la antigüedad cristiana.

El «santo», al igual que los «carismas», era para los demás, para la construcción de la Iglesia. Tocaba a la jerarquía local de la Iglesia (obispo y sínodos) reconocer estos dos elementos, a través sobre todo, del reconocimiento de su culto con la ceremonia de su elevación, o de la traslación de sus reliquias.

A partir del siglo X se va perfilando lentamente una concreta legislación canónica sobre el asunto. Nos encontramos con las canonizaciones locales sin que en ellas intervenga directamente la Sede Apostólica; sobre todo a través del método de la traslación de las reliquias (siglos XI-XII) por parte de un obispo local, generalmente con el consentimiento de su metropolita y del sínodo provincial.

Tal gesto de canonizar, generalmente era la consecuencia de un «movimiento» devocional por parte del pueblo de Dios, y de la «vida» escrita que testimoniaba tal santidad. A estas canonizaciones formales hay que añadir otras muchas «de hecho» (culto local a numerosos siervos de Dios).

Ese movimiento espontáneo de piedad cristiana tendrá consecuencias jurídicas hasta el siglo XVII, cuando la Sede Apostólica reglamente con mayor precisión esta especie de “anarquía” de canonizaciones con las decisiones de Urbano VIII de 1625 y de 1634. Se encontró entonces un procedimiento “a través del camino efectivo ya de culto existente” que dio lugar a las llamadas beatificaciones «equivalentes» (equipolentes).

Con tal sistema se podían confirmar eventualmente, cultos locales precedentes a las decisiones de Urbano VIII. Poco a poco se establecerán los instrumentos canónicos por parte de la Sede Apostólica para que los procesos de canonización pudiesen ser llevados con eficacia, sobre todo estableciendo una serie de comisiones investigadoras sobre la vida, los dichos y escritos, y los milagros del cristiano candidato a tal culto.

Los dos polos del proceso canonización: Vida y milagros

Vida y milagros: tales son los dos polos de la investigación testimonial constitutiva del proceso canónico. Poco a poco el modo de proceder canónico se amplia, y desde el siglo XIII la decisión del Pontífice depende del dictamen dado por un colegio de tres cardenales. Tal praxis durará hasta 1588 cuando los procesos de canonización serán confiados a la Congregación de Ritos. Aumenta el material recogido y se complican los procedimientos. Por ello, a partir del siglo XIV aparecen ya los «sumarios» de dicho material para poder usarlo convenientemente, con todos los inconvenientes de los sumarios, a veces en detrimento de las fuentes originales.

El «iter» es complicado y largo. En él intervienen numerosas manos curiales especializadas, con multitud de trabajos, estudios y revisiones, antes de llegar a la comisión cardenalicia que oportunamente las presentará al Papa, “une opération presque tout à fait bureaucratisée”.

La preparación de tales procesos será por lo tanto confiada a un grupo de profesionales, que con la institución de la Congregación de Ritos por Sixto V el 22 de enero de 1587, reciben una forma jurídica reconocida. La canonización se convierte así en una operación jurídica excepcionalmente compleja, coronada con el solemnísimo acto litúrgico presidido por el Papa. Ciertamente nunca se perdió de vista que una canonización “pertenece más al juicio divino que no al humano” (potius es divini judicii quam humani).

1634; comienza una nueva etapa en la historia de la santidad canonizada

Las etapas del proceso por el que se pasa de la jurisdicción episcopal a la exclusivamente papal, encuentra en el siglo XVII su término. Urbano VIII con el breve «Caelestis Hierusalem Cives» de 1634 codifica tal resultado. El objetivo de la canonización no ha cambiado: sancionar canónicamente un culto público; lo que ha variado son las modalidades canónicas en el proceso de tal reconocimiento.

Este procedimiento jurídico se aparece externamente a un proceso civil con sus abogados, expertos, fiscales y jueces. La complejidad de los procedimientos y de las situaciones encontrará ahora también una doble forma de sanción canónica del culto: una de menor grado que es la «beatificación», y otra de proclamación solemne que será la «canonización» ; aunque las restricciones de algunos casos de culto las encontramos antes del siglo XVII. El procedimiento jurídico ordinario seguirá el examen de los casos de martirio, o el del ejercicio heroico de las virtudes.

Este largo «excursus» histórico es necesario para poder comprender los motivos por los que a partir del siglo XVII no son introducidas muchas causas, sobre todo provenientes del mundo hispano-lusitano. Dadas las circunstancias y las situaciones de difícil comunicación ultramarina, se explica aún con mayor razón la escasez de causas latinoamericanas. El papel de la Corona en la vida de la Iglesia hispano-lusitana, sobre todo en todos los asuntos concernientes a los territorios ultramarinos, explica también el desinterés práctico por introducir causas de canonización.

Más que en la obtención de canonizaciones, la Iglesia hispano-lusitana fijaba sus ojos sobre otros asuntos a los que generalmente daba más importancia. Es oportuno recordar que en la Iglesia católica la iniciativa en el culto de los santos no parte normalmente de la autoridad jerárquica.

Como en el caso de las fundaciones monásticas, de vida consagrada y de otros asuntos que conciernen la vida carismática de la Iglesia, la Jerarquía interviene normalmente en su descernimiento y aprobación cuando un grupo de fieles cristianos («actores»), apoyados por la Autoridad de la Iglesia, piden que se estudie un caso, dada la fama de martirio o de santidad, y las gracias o milagros obtenidos por su intercesión.

SANTORAL LATINOAMERICANO

En los inicios del Tercer Milenio encontramos en el calendario de la Iglesia latinoamericana, a unos 200 beatos y santos canonizados de diversa ascendencia racial (hay indios, mestizos, mulatos, y criollos; latinoamericanos que conjuntan totalmente estos orígenes antropológicos diversos) y de diverso origen eclesial (obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seglares). Toda una diversidad de vocaciones y de estados de vida cristiana.

Estos santos han sido los artífices principales de la historia eclesial latinoamericana y al mismo tiempo su fruto más notable, como escriben los obispos latinoamericanos en Puebla:

“Nuestro radical substrato católico con sus vitales formas vigentes de religiosidad, fue establecido y dinamizado por una vasta legión misionera de obispos, religiosos y laicos. Está ante todo, la labor de nuestros Santos como Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Martín de Porres, Pedro Claver, Luis Beltrán y otros...quienes nos enseñan que, superando las debilidades y cobardías de los hombres que les rodeaban y a veces los perseguían, el Evangelio, en su plenitud de gracia y amor, se vivió y se puede vivir en América latina como signo de grandeza espiritual y de verdad divina”.

San Juan Pablo II en su «Carta a los Religiosos Latino Americanos» completa el cuadro de los que él llama “pléyade de santos y bienaventurados”, entre los que recuerda “como ejemplo de vida consagrada, a Pedro Claver, Francisco Solano, Luis Beltrán, Juan Macías, Rosa de Lima, Martín de Porres, Felipe de Jesús, Mariana de Jesús Paredes, Miguel Febres, Roque González y compañeros mártires, Pedro de San José Betancourt, Ezequiel Moreno, Ana de los Ángeles Monteagudo, Teresa de los Andes, Miguel Pro. Estos y otros santos son la más preciada riqueza del cristianismo en el Nuevo Mundo, modelo y estímulo para las futuras generaciones de religiosos y religiosas que no pueden olvidar que están llamados a dar un testimonio personal y comunitario de santidad en la Iglesia”.

A los santos y beatos canonizados hay que añadir que en estos inicios del Tercer milenio hay en Roma casi dos centenares de causas en proceso de Siervos y Siervas de Dios latinoamericanos, de los cuales la mitad es de mártires. Ante el cuadro que ofrecen estas Causas introducidas por las iglesias particulares latinoamericanas hay que subrayar algunos hechos característicos: a) Ante todo la casi totalidad de estas Causas pertenecen a la época contemporánea (siglos XIX-XX). b) A América Latina se puede aplicar lo que un historiador francés dice de Francia al analizar el fenómeno de las fundaciones religiosas tras la Revolución Francesa: “la revolución femenina de la caridad.” Abundan las causas de mujeres fundadoras, lo que constituye un dato significativo en relación al período precedente. Estas mujeres son en su mayoría religiosas, o bien seglares que comienzan un fundación religiosa que responde a necesidades concretas, y a las heridas abiertas por la sociedad liberal. c) Estos siervos y siervas de Dios están caracterizados por una piedad anti-jansenista, eucarística y centrada sobre el Misterio del Corazón de Jesús. d) Existe en todos ellos y ellas una profunda preocupación catequética y misionera en los ambientes sin sacerdotes de América Latina, tras las persecuciones públicas o solapadas contra la Iglesia, y la política de descristianización del liberalismo en sus diversas formas. e) Surge también aquí claramente una nueva forma de mujer consagrada, una «virgen de la caridad», que quiere actuar la caridad de Cristo allí donde existe una llaga social. Son también numerosas las fundaciones nuevas de congregaciones religiosas, sobre todo femeninas, de origen estrictamente latinoamericano. f) Llama la atención el número de causas de obispos, casi todos pertenecientes a nuestra época y a países donde la lucha anticlerical fue más feroz. Hay que tener en cuenta el problema del nombramiento de obispos tras las independencias, y el vacío que hubo en los episcopados de muchos países debido a las tensiones Iglesia-Estado. g) A partir del siglo XIX aparecen ya una serie de causas de seglares, tanto hombres como mujeres, un dato generalmente desconocido en el periodo precedente. h) Todos estos datos nos obligan a sugerir una revisión a fondo sobre una lectura de la historia de la Iglesia en América Latina de los siglos XIX y XX, que se olvida de estos datos.

Por otra parte, no hay que olvidar que casi dos siglos de una política liberal y con frecuencia anticristiana, ha dejado huellas y traumas dolorosos en estos países. No se puede dar un salto de dos siglos olvidando este periodo para achacar los males presentes tanto en el campo social como en el eclesial al periodo precedente.

ALGUNAS VENTANAS ABIERTAS: LOS SANTOS NO CANONIZADOS

En un estudio sobre la santidad en las Américas, tanto canonizada como la aún no canonizada, hay que distinguir netamente dos épocas: la anterior a las independencias latinoamericanas, y la que sigue a las emancipaciones del siglo XIX hasta nuestros días. Los siglos XX y XX merecen un capítulo aparte por tener también características diferentes, y por tratarse de situaciones muy diversas a las que vivió la Iglesia en la época precedente. Sin embargo hay factores que los acomunan.

Junto con los santos que la Iglesia ha beatificado o canonizado, se encuentra una multitud de cristianos pertenecientes a los distintos estamentos de la vida eclesial, sobre todo religiosos y religiosos que, como nos recuerdan los obispos latinoamericanos en Puebla, han echado las bases de la cultura latinoamericana.

San Juan Pablo II en sus discursos en América Latina, sobre todo en los de su peregrinación siguiendo “las rutas marcadas por los primeros evangelizadores”, como él confesaba en Santo Domingo, señaló constantemente la fidelidad evangélica de los primeros misioneros. Refiriéndose sobre todo a los que eran religiosos - pero las observaciones del Santo Padre valen para todos los demás - señala su conciencia y su misión como “defensores de los derechos de los nativos”, “su caridad sin límites”, y “su amor a los indígenas”.

Cita los documentos de los obispos reunidos en Puebla y recuerda algunos de estos protagonistas de la primera hora a los que define con Puebla “intrépidos luchadores por la justicia, evangelizadores de la paz como Antonio de Montesinos, Bartolomé de las Casas, Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de Anchieta, Manuel Nóbrega y tantos otros que defendieron a los indios ante los conquistadores y encomenderos, incluso hasta la muerte como el obispo Antonio Valdivieso, demuestran, con la evidencia de los hechos, cómo la Iglesia promueve la dignidad y libertad del hombre latinoamericano. Esta realidad ha sido reconocida por el Papa Juan Pablo II, al pisar por primera vez las tierras del Nuevo Mundo cuando se refirió a «Aquellos religiosos que vinieron a anunciar a Cristo Salvador, a defender la dignidad de los indígenas, a proclamar sus derechos inviolables, a favorecer su promoción integral, a enseñar la hermandad como hombres y como hijos del mismo Señor y Padre Dios»”.

Estos misioneros fueron “testimonio vivo y anunciador de Cristo Jesús”... “Fueron también servidores del hombre que han encontrado en las nuevas tierras...”. Han llevado adelante su misión con libertad y valentía, “predicando en toda su integridad la palabra de Dios”. No han escondido “las consecuencias prácticas que se derivaban de la dignidad de todo hombre...”. Se les debe a ellos “la doctrina sobrenatural” y “todo lo que es necesario para la vida humana”.

Estos juicios de Juan Pablo II y de los obispos latinoamericanos aparecidos en las diversas intervenciones ya citadas, son ya de por sí elocuentes para hacernos comprender que la lista de los canonizados debería ser mucho más crecida.

Entre los religiosos hermanos (legos) existen numerosos casos de potencial canonización. El trabajo de los hermanos legos frecuentemente ha superado incluso al de los sacerdotes. Esto se ve sobre todo en el caso de los franciscanos. No fueron el padre Boyl y los primeros misioneros franciscanos, sacerdotes los que mejor se adaptaron al ambiente y entendieron a los indios. En este trabajo se distinguieron algunos santos hermanos legos.

Basta recordar a los primeros franciscanos de las Antillas: Juan Deledeule y Juan Tisin, el hermano jerónimo Juan Román Pané, que escribió la primera relación sobre las costumbres de los amerindios, y el seglar Cristóbal Rodríguez, marinero de Palos de Moguer “los cuales después de sólo cinco años de vivir como indios, dominaron sus lenguas, predicaron con su vida austera y su austera palabra fue creída sinceramente obteniendo la conversión de Juan Meo Guativaca con su familia, el cual morirá proclamando ante sus asesinos: «yo soy siervo de Dios».”

Otras figuras notables de hermanos misioneros los encontramos en los comienzos de la evangelización de México, como el santo hermano Pedro de Gante, gran catequista de los indios. Otro capítulo que habría que estudiar todavía a fondo es el del papel de la mujer en las Américas, tanto en el campo de la evangelización como en el de las experiencias de la vida contemplativa. Según la praxis del tiempo encontramos enseguida conventos de monjas contemplativas de las segundas órdenes mendicantes, según el ejemplo de la península ibérica, diseminados en las ciudades que surgen a lo largo de la geografía latinoamericana. Una novedad en la vida religiosa activa y educadora la constituye la Compañía de María, fundación de origen francés que representa un nuevo estilo de vida religiosa consagrada en el mundo femenino.

En los tiempos azarosos del siglo de las Independencias, la fe se transmite y conserva sobre todo gracias a las mujeres y a los abuelos, ya que los jóvenes y los hombres se encontraban con frecuencia lejos de sus hogares o en las armas o en los campos de trabajo.

La santidad de cada día no se encuentra reservada a religiosos y sacerdotes. Encontramos ejemplos heroicos de virtud en testimonios de seglares, auténticos evangelizadores. Ya los Reyes Católicos (Isabel y Fernando) vincularon desde el primer momento la presencia hispana a las tareas evangelizadoras, dando mucha importancia al papel de los seglares.

“No concibieron un cristianismo indígena aislado, como producto de la predicación solitaria del sacerdote. La evangelización había de ser consecuencia de la conversación con quienes profesaban vivencialmente la fe en Jesucristo”(L. Tormo). A los clérigos se les asigna la responsabilidad de la cristianización sobre todo en la dimensión de su conservación y continuación por medio de los sacramentos, el culto y la predicación.

La evangelización directa es un deber de todos, aunque corresponda a los religiosos misioneros un papel preponderante. Así en las «Instrucciones» de los Reyes Católicos a Colón del 29 de mayo de 1493, es Colón quien tiene el encargo de propagar la fe por medio de los frailes misioneros (fray Bernardo Boyl y sus franciscanos); no al contrario.

A los seglares indios, recién bautizados, se les encarga el importantísimo papel de apóstoles de sus hermanos. En este capítulo habría que hacer una referencia explícita a los numerosos indios por raza, católicos por fe, y santos por vocación divina, como los Santos Niños Mártires de Tlaxcala (+1527 y 1529), o San Juan Diego Cuahtlatoatzin (1474-1549), el vidente de Guadalupe y prototipo del auténtico indio convertido en apóstol de sus hermanos, y a los numerosos catequistas de Don Vasco de Quiroga en sus Pueblos Hospitales, a los catequistas de los jesuitas en la Reducciones, por citar sólo algunos de los ejemplos más conocidos.


NOTAS

  1. JUAN PABLO II, Homilía durante la Misa para la Evangelización de los Pueblos, Santo Domingo 11.X.1984, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, Libreria Ed. Vaticana 1984, VII/2, 879-880.
  2. JUAN PABLO II, Homilía en Santo Domingo (11.X.1984), en Insegnamenti di Giovanni Paolo II...., VII/2, 877.
  3. GONZALEZ F., La «Traditio» Guadalupana como clave de lectura de la historia de la evangelización en Latinoamérica, in HENKEL W., O.M.I., Ecclesiae Memoria. Miscellanea in onore del R.P. Josef Metzler O.M.I., Prefetto dell'Archivio Segreto Vaticano. Herder. Roma-Freibur-Wien 1991,407-429; IDEM, Guadalupe Pulso y corazón de un pueblo. El Acontecimiento Guadalupano cimiento de la fe y de la cultura americana. Encuentro, Madrid 2004.
  4. Documento de Puebla, n. 446.
  5. Lumen Gentium, 3, 5, 7, 8.
  6. Lumen Gentium, 40.
  7. Lumen Gentium, 42.
  8. ORIGENES, Num h. 10, 2 (VII, 71, 15ss): II, 3 (82, 7ss); CJo 6, 55, 284).
  9. ORIGENES, EM 34 (30, 10-13).
  10. Esta dimensión de la fecundidad en la historia de la santidad canonizada aparece en la bula de canonización de Santo Domingo de 1234 del papa Gregorio IX. Lo mismo en relación a Francisco de Asís. Hablando de la fecundidad eclesial de Santo Domingo, BERNANOS en su Vida de Santo Domingo escribe que el Orden de los Predicadores es "la caridad misma de Santo Domingo en el espacio y en el tiempo".


BIBLIOGRAFÍA

DELOOZ, P. Sociologie et Canonisations. Le seclection des Saints. Faculté de Droit. Liege - Martinus Nijhoff, La Haye 1969

GONZÁLEZ FERNÁNDEZ Fidel. Guadalupe Pulso y corazón de un pueblo. El Acontecimiento Guadalupano cimiento de la fe y de la cultura americana. Encuentro, Madrid 2004.

GUARDA Gabriel, Los laicos en la cristianización de América, siglos XV-XIX. Santiago 1973

HENKEL W., O.M.I., Ecclesiae Memoria. Miscellanea in onore del R.P. Josef Metzler O.M.I., Prefetto dell'Archivio Segreto Vaticano. Herder. Roma-Freibur-Wien 1991 Insegnamenti di Giovanni Paolo II, Librería Editrice Vaticana 1984

JUAN PABLO II. Insegnamenti di Giovanni Paolo II, Libreria Ed. Vaticana 1984

VERAJA Fabijan, La beatificazione. Storia. Problemi. Prospettive. S. Congregazione per le Cause dei Santi. Roma 1983.


FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ