Diferencia entre revisiones de «POSITIVISMO EN URUGUAY»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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[[POSITIVISMO_EN_IBEROAMÉRICA | Positivismo]] es la doctrina filosófica fundada por Augusto Comte (Montpellier, 1798 - París, 1857). El concepto suele extenderse a aquellas corrientes filosóficas que rechazan la pretensión de abordar los temas metafísicos, debiendo la ciencia restringirse a los temas empíricos y experimentables, como las ciencias naturales y también las llamadas positivas, especialmente la física y la matemática.
 
[[POSITIVISMO_EN_IBEROAMÉRICA | Positivismo]] es la doctrina filosófica fundada por Augusto Comte (Montpellier, 1798 - París, 1857). El concepto suele extenderse a aquellas corrientes filosóficas que rechazan la pretensión de abordar los temas metafísicos, debiendo la ciencia restringirse a los temas empíricos y experimentables, como las ciencias naturales y también las llamadas positivas, especialmente la física y la matemática.
  
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Positivismo es la doctrina filosófica fundada por Augusto Comte (Montpellier, 1798 - París, 1857). El concepto suele extenderse a aquellas corrientes filosóficas que rechazan la pretensión de abordar los temas metafísicos, debiendo la ciencia restringirse a los temas empíricos y experimentables, como las ciencias naturales y también las llamadas positivas, especialmente la física y la matemática.

Comte propugnó una reorganización total del pensamiento; sólo el conocimiento científico era verdadero. Estableció un paralelismo entre la evolución del conocimiento el espíritu humano. Distinguía tres estadios: teológico, metafísico y científico o positivo, que se sucederían hasta que la humanidad alcanzara el tercero y definitivo. Sin embargo, podían permanecer vestigios de los primeros como rémoras del pasado. Su obra escrita se desarrolló entre 1851 y 1857.

El desarrollo académico universitario en Uruguay comenzó a partir de 1849, cuando se establecieron las bases firmes de la Universidad Mayor de la República, que tuvo sus prolegómenos en 1833 cuando el P. Dámaso A. Larrañaga presentó al Senado su proyecto fundacional. Recién a mediados del siglo XIX, la organización social y política de la naciente república permitió el comienzo estable de la actividad académica.

Si bien el primer rector de la Universidad fue el Vicario Apostólico, P. Lorenzo Fernández, con el apoyo de la Iglesia Católica, prontamente se generó una larga discusión filosófica entre racionalistas y espiritualistas que tensionó el ambiente. Esta discusión ya se había dado en el siglo anterior en Europa, superada por el eclecticismo que sería defendido, en Uruguay durante largos años, por el catedrático de filosofía Plácido Ellauri, proveniente del espiritualismo.

El positivismo incipiente tuvo algunos antecedentes en Uruguay, entre 1840 y 1853, en las figuras de Juan Bautista Alberdi y Amadeo Jacques.

Efectivamente esta corriente se estableció en el país entre 1873 y 1876 con las críticas de Ángel Floro Costa y José Pedro Varela a la Universidad espiritualista de la época. Se produjo entonces una profunda polémica académica entre la Universidad, el Ateneo y el Club Católico, en torno a las nuevas ideas que intentaban superar el teísmo y deísmo vigentes, con el positivismo agnóstico y luego el materialismo ateo.

Entre 1880 y 1890 se dio el apogeo del positivismo en la Universidad de la República; a través de ella impregnó a toda la sociedad uruguaya. El positivismo se presentó como una síntesis entre racionalismo y empirismo, desechando la metafísica racionalista y espiritualista. Conservó el principio de causalidad que sería, luego, una entrada subrepticia a la metafísica. Retomó el determinismo del racionalismo, y el naturalismo del empirismo. Con la Ilustración afirmó como central el desarrollo de las ciencias positivas, matemática, física, química. El humanismo y el progresismo completaron sus formulaciones sociológicas.

En la propagación del positivismo jugó un rol importante el desarrollo de la revolucionaria obra biológica de Darwin. Estos elementos fueron recibidos por los universitarios uruguayos junto con los enfoques de Hebert Spencer, lo que le dio al positivismo una tonalidad distinta al modo mexicano y brasileño.

En 1876 se fundaron las primeras cátedras de la incipiente Facultad de Medicina, lo que trajo aparejado un fuerte impacto en la evaluación que estudiantes y profesores hacían del pensamiento espiritualista y ecléctico dominante en la Universidad. El desarrollo de las nuevas ideas naturalistas, el estudio de la biología y el avance de las ciencias positivas hicieron ver como atrasados y anacrónicos el pensamiento y estructuras universitarias fundadas en el espiritualismo.

La posición asumida por José Pedro Varela fue importante para comprender los posteriores desarrollos que tuvo el laicismo en la educación. Escribe Varela: “Los estudios de filosofía, tales como se siguen entre nosotros, enseñan a ergotizar sobre lo que no se entiende, ni se sabe, y lo que es peor, con la pretensión de que se entiende y se sabe tanto, que sólo los ignorantes pueden opinar de otra manera. ¿Cómo no resolvería perentoria y sencillamente, un punto cualquiera, por difícil que sea, sobre la organización social, el que con haber leído a Geruzez o a Jacques, se cree habilitado para resolver las más inabordables cuestiones metafísicas? Sería curioso que dudara en presencia de una cuestión de agricultura o de industria, y sintiese la necesidad de estudiar, para resolverla, el que está habituado a no dudar, a afirmar perentoria e incuestionablemente desde la supuesta existencia de ideas innatas, hasta la supuesta concepción de ideas absolutas”.

Las expresiones de Varela no sólo reaccionaban contra la ya anacrónica filosofía universitaria y postulaban, en el fondo, la laicidad, sino que también reaccionaban contra el conservadurismo político de la época expresado por el principismo. Los partidos políticos se aferraban a pensamientos perimidos y no elaboraban programas de progreso social y económico, acordes con el liberalismo triunfante en Europa y Estados Unidos, países que Varela había visitado y en los había podido ver las maravillas de la transformación social vinculada a nuevas ideas pragmáticas.

Importantes referentes intelectuales de la época, como Carlos María Ramírez y José Batlle y Ordoñez, provenientes del espiritualismo teísta y deísta se opusieron al positivismo, aunque luego con el devenir de la discusión irían asumiendo puntos sustanciales de la nueva filosofía. También Mons. Mariano Soler, encabezando el pensamiento católico, se opuso desde el Club Católico al ingreso de las ideas positivistas que venían cargadas de anticlericalismo. Se dio entonces una curiosa situación de división entre los espiritualistas. Mientras unos se aliaron al positivismo anticlerical, otros coincidieron con el catolicismo en la defensa del pensamiento metafísico, reaccionando contra el darwinismo.

Ya en la década de 1880 a 1890 surgieron destacados exponentes de la prédica positivista, fundamentalmente en la Facultad de Medicina, como los doctores José Jurkowski y José Arechavaleta. En los «Anales del Ateneo», en 1881, escribió Jurkowski: “Cada vez que la ciencia ha anunciado alguna teoría nueva que, haciendo dar un paso más a la humanidad, echaba por tierra las antiguas creencias o supersticiones, se levantaba una protesta; los sacerdotes y sectarios de las diversas religiones anatematizaban al atrevido innovador, profetizando cataclismos, desgracias sin fin, desmoronamientos sociales, si se aceptaba la nueva creencia, y casi siempre su autor, encontraba tormentos o una muerte ignominiosa, como recompensa a sus afanes, Y sin embargo la teoría acababa por ser aceptada sin que sucediese ninguno de los cataclismos anunciados, sin que se realizase ninguna de la fatídicas profecías. Es que la verdad nunca puede ser perjudicial a la humanidad y acaba siempre por triunfar; es que la ley del progreso, la ley de la evolución, no es una vana hipótesis: es la ley natural que se cumple fatalmente a pesar y contra los esfuerzos de la ignorancia y el fanatismo”.

El positivismo triunfante tuvo sus oponentes. Julio Herrera y Obes, presidente de la República entre 1890 y 1894, planteó un discurso filosófico-político en el que el fundamental argumento contra el determinismo positivista era la afirmación radical de la libertad humana. También se levantó la voz netamente filosófica de Prudencio Vázquez y Vega, quien destacó la incapacidad moral del positivismo para explicar la búsqueda del bien en el obrar humano. La evolución del más apto y el más adaptado estarían glorificando el egoísmo humano. Por el contrario “las acciones nobles que tienen por objeto el bien de los demás, el desprendimiento, la abnegación, el sacrificio heroico por nuestros amigos, por nuestra familia, por la patria, no lo busquéis como coronamiento del transformismo”.

También tomó parte en la polémica Mons. Mariano Soler quien escribió y disertó sobre la temática, especialmente sobre el darwinismo. Retomaba Soler el concepto de Naturaleza que proponía Darwin: “¿Es la naturaleza, ese agente universal por cuyo impulso y dirección se explican las infinitas transformaciones del ser y de la vida? ¿Es inteligente, libre, todopoderoso, independiente? ¿O ciego, que obra por necesidad, dependiente de leyes que no impuso ni puede quebrantar?” Se contestaba: si es lo primero se sustituye a Dios por la Naturaleza, si es lo segundo no tiene sentido hablar ni de la ontogenia ni de la filogenia.

El pensamiento positivista se impuso en la Universidad de la República, bajo el rectorado de Alfredo Vázquez Acevedo. El nuevo rector, de pensamiento positivista, no era filósofo ni escritor; era un ilustre docente y jurisconsulto. Fue gran organizador y administrador de la Universidad a la cual le daría la impronta que la proyectaría en el siglo XX. En 1881, escribía Vázquez: “Hay ciertos nombres que sintetizan las grandes revoluciones de la historia. Sócrates representa la reacción contra la ignorancia de la naturaleza humana; Jesucristo la vulgarización de las ideas morales adelantadas; Bacon la restauración de las ciencias; pero de todos ellos, Darwin, resolviendo el misterioso problema del origen de las especies, es el que simboliza el esfuerzo más potente y atrevido de la naturaleza humana.” (El Plata, 3 de julio de 1881)

La gran adhesión que despertó la tarea de Vázquez Acevedo no le impidió tener opositores como Vázquez y Vega. Este se refiere a la reforma en los planes de filosofía como de “imposición de la filosofía positivista y no un programa de filosofía general” Estas reacciones fueron, subrepticiamente, planteando la ideología liberal que se desarrolló, ya iniciado el siglo XX, como actitud de convivencia de los distintos pensamientos a nivel universitario pero también en la política nacional.

También en el Parlamento se plantearon objeciones al rumbo tomado por la Universidad positivista. En 1885 el diputado Dr. Carlos Gómez Palacios planteó en la Cámara: “La escuela materialista, o positivista, no reconoce en moral más que el principio de utilidad, de la utilidad general o la utilidad particular; sostiene que las ideas del derecho y del deber son el resultado de la educación de la sociedad; que las leyes que rigen el mundo físico deben regir el mundo moral, que hay identidad en las leyes físicas y las morales; que las únicas verdades científicas que se deben admitir son las que se perciben por los sentidos; son las verdades que se ven y se tocan; niega absolutamente la naturaleza racional del hombre; sostiene que la idea del bien y de la justicia se forman como el resultado de una generalización que se hace en la sociedad por medio de las costumbres, de la educación y del modo de ser de los pueblos. Niega, por consecuencia, las ideas absolutas de la justicia, del derecho y de Dios, y todos los fundamentos que sirven de base a nuestra Constitución y a nuestra Ley Fundamental”.

El Rector defendió su actuación afirmando que la Universidad “no impone opiniones o creencias de ningún tipo” y que “rige la más absoluta libertad en la materia”. Agregaba: “Es claro que los catedráticos, lo mismo que las autoridades encargadas de dirigir la enseñanza, tienen el derecho de exponer y de manifestar sus preferencias, por que no se puede pretender que unos y otros mantengan a ese respecto una absoluta reserva, ni dejen de influir con demostraciones y pruebas en el sentido de sus ideas”.

El positivismo llegó al Ateneo de Montevideo para instalarse por un largo período, con lo cual la posición espiritualista quedó reducida a los católicos, con Mons. Mariano Soler como su cabeza visible. Se optó entonces por convertir el Liceo Universitario en la Universidad Libre, para “sostener la escuela espiritualista en el terreno científico y tutelar la conciencia de la juventud estudiosa contra los sistemas y doctrinas heterodoxos, garantizando una enseñanza científica a la altura de los conocimientos humanos y en armonía con los progresos y civilización basados en el catolicismo”.

En 1890 las condiciones políticas cambiaron sustancialmente, con la elección del Dr. Julio Herrera y Obes, firme espiritualista, como presidente. Terminó entonces el período militarista, que había dado protagonismo al positivismo, no en acción solidaria sino vinculado a logros materiales y culturales.

El cambio político provocó conjuntamente todo un cambio social. Uruguay accedió a la modernidad, manteniendo un vínculo mucho más próximo a los avances y progresos culturales del mundo europeo y norteamericano. Esta conmoción de pensamiento, hechos culturales y acceso de primer grado a los acontecimientos europeos, se reflejaron en la Universidad que se vio cercada de cambios y acosada en su segura identidad positivista. Estos cambios universitarios incidieron a su vez en el pensamiento político y en el desarrollo cultural de nuevas formas sociales e impactos comerciales y productivos.

Todo condujo a un profundo y enriquecedor diálogo entre todas las corrientes de pensamiento llegándose a un estado de “paz filosófico”, al decir del Dr. Ardao, que se extendió entre 1893 y 1899. De este período destacamos la evolución del pensamiento de Mons. Soler, quien, desde el rotundo anatema de los años 70 y 80 al evolucionismo, llega a una posición de conciliación entre catolicismo y evolucionismo: “Existen los evolucionistas ateos, que niegan la existencia del Creador, como Haeckel, Vogt, Büchner y sus discípulos. La segunda clase comprende la escuela de los evolucionistas gnósticos o positivistas, quienes, aunque no admiten la existencia del Dios Creador, no la niegan explícitamente, puesto que se contentan con decir que no lo podemos conocer, como Hebert Spencer, Tyndall, Huxley, Bain y Littré. Los evolucionistas de la tercera clase, teístas, admiten la existencia de un Dios personal, sabios y filósofos eminentes, como Owen, Herschel, V. Thompson, Gray, Wallace, Nadin y otros. Un católico no puede admitir la evolución en el sentido de los gnósticos y ateos; ¿pero podrá admitirla en el sentido teísta?

Luego de examinar la Escritura y la Patrística, dice Soler: “Vemos, pues, que el sistema evolucionista, que reconoce a Dios como Creador directo de la materia y de la fuerza, y como el Creador indirecto, por intervención de las causas segundas, de las múltiples formas de la naturaleza orgánica que conocemos, no está en desacuerdo con las doctrinas católicas. Por consiguiente, en el punto en que se encuentra la cuestión, la evolución no es contraria a la doctrina católica y cada cual puede sostener libremente semejante teoría con tal que le satisfagan las pruebas de sus partidarios.

En 1897 se hizo cargo de la cátedra de Filosofía de la Universidad el Dr. Carlos Vaz Ferreira, quien inició un giro en la filosofía positivista que tendió a su superación y se proyectó al siglo XX con el pensamiento filosófico propio de un creador de conocimiento. También debe ubicarse en el epílogo del pensamiento positivista a José Enrique Rodó, quien con su esmerada pluma y visionario idealismo abrió nuevas perspectivas en el pensamiento político nacional y latinoamericano.

Sin embargo, este perfil positivista subsistió por mucho tiempo en la Universidad y la cultura uruguayas, fundamentalmente en sus aspectos antirreligiosos o anticlericales que encubrían en realidad un rechazo al cristianismo. En 1969, el Dr. Arturo Ardao, docente y filósofo de reconocido prestigio, siendo decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República, invitó al P. Juan Luis Segundo, sacerdote jesuita uruguayo, doctor en Letras por la Universidad de París, a dictar una cátedra a crearse que relacionase al pensamiento religioso, ecuménico, con la filosofía. La respuesta del Consejo Directivo Central fue negativa al ingreso del destacado teólogo “por reconocimiento a la tradición positivista de la Universidad”.

Bibliografía

  • ARDAO, Arturo, La Universidad de Montevideo, Montevideo, 1950;
  • ARDAO, A., Espiritualismo y positivismo en el Uruguay, Montevideo, 1950;
  • ARDAO, A., Racionalismo y Liberalismo en el Uruguay, Montevideo, 1962;
  • ARDAO, A., Etapas de la inteligencia uruguaya, Montevideo, 1968;
  • ARDAO, A., “Asimilación y transformación del positivismo en América Latina”, en Estudios latinoamericanos de Historia de las ideas, Caracas, 1978;
  • FERRATER MORA, José, Diccionario de Filosofía, Buenos Aires, 1971;
  • PARIS DE ODDONE, Blanca, La Universidad de Montevideo en la formación de nuestra conciencia liberal, Montevideo, 1958.


JORGE SCURO