Diferencia entre revisiones de «PERÚ; Las diócesis en el siglo XIX»

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Crisis institucional a partir del siglo XVIII

A fines del siglo XVIII se presentó un debilitamiento institucional de la Iglesia por diversas causas. El Patronato Regio bajo el regalismo de los Borbones endureció el sometimiento de la Iglesia a la Corona, que produjo la expulsión de la Compañía de Jesús. En la posterior supresión por el Papa Clemente XIV, intervino el Superior General de los Agustinos, el peruano Francisco Javier Vázquez; y la convocatoria y celebración del VI Concilio provincial limense para condenar las doctrinas sospechosas de los Jesuitas.

Sin embargo, la sumisión frente al absolutismo regio contó con el rechazo del franciscano Marimón a condenar el probabilismo, la que no fue aceptada por los Padres Conciliares, por lo que fue desterrado por el virrey Amat. Desde el destierro el jesuita arequipeño Vizcardo y Guzmán sostuvo la urgencia de la emancipación en una célebre carta. La desaparición de la Compañía originó el decaimiento de la cultura por el cese de universidades y colegios mayores que estaban a su cargo, lo mismo que las misiones.

Simultáneamente disminuyeron las vocaciones sacerdotales, según expresó el arzobispo González de la Reguera, y se debilitaron las órdenes religiosas, en parte por conflictos internos y también por la difusión de las ideas de la Ilustración que se expandían desde España. En los movimientos de Túpac Amaru II y de Pumacahua participaron sacerdotes y religiosos mestizos y criollos.

Frente a ellos, los obispos de Trujillo Martínez Compañón y Camón y Marfil dictaron medidas para impedir la difusión de escritos adversos a la Corona. El obispo del Cuzco Pérez de Armendáriz fue acusado de favorecer la rebelión de 1814, y el virrey Abascal lo obligó a nombrar un gobernador del obispado. Todo lo anterior son síntomas de la crisis de la institución eclesiástica, que aumentaron en el siglo siguiente.

Petición de retorno de la Compañía de Jesús

En la rectoría del Convictorio Carolino, don Toribio Rodríguez de Mendoza destacó por su enseñanza y formación de los estudiantes. Posteriormente fue separado del rectorado por no responder al pensamiento del gobierno virreinal, a pesar de su fidelidad a la Iglesia, que siempre fue incólume según demostró Noé Zevallos. La población se había sometido por fuerza a la expulsión de la Compañía, pero en las Cortes de Cádiz los representantes hispanoamericanos –y muchos otros- reclamaron su regreso.

En 1816 el Cabildo secular de Lima pediría lo mismo por el buen ejemplo que habían dejado. En 1820, el 25 de octubre Fernando VII dictó una Real Cédula disponiendo que los conventos que tuviesen menos de ocho frailes se suprimieran, los religiosos se reagrupasen pasando sus bienes al fisco, como se había hecho con las propiedades jesuitas. El virrey La Serna publicó la Cédula el 11 de marzo de 1822, pero no llegó a ejecutarla, lo que efectuó Simón Bolívar.

Viajeros

Las impresiones de viajeros que visitaron el Perú en la primera mitad del siglo XIX acerca de la Iglesia, como provenientes en su inmensa mayoría de naciones protestantes, son críticas de la religiosidad popular, de fallas existentes en el clero, de doctrinas católicas, de la institucionalidad eclesiástica. Es monótona la repetición de los mismos temas, en especial los dedicados a la Inquisición, y a que aparte de las impresiones recabadas directamente, provienen dé las mismas fuentes, como la Historia de Robertson, y otros autores anglicanos adversarios al papado.

Son de valor los datos que aportan de lo visto y oído personalmente, en particular descripciones de edificios eclesiásticos, apareciendo el contraste entre el humilde y deteriorado palacio del Arzobispo limeño y la suntuosidad de los templos, destacando la riqueza de los altares e imágenes, sobre todo en la Ciudad de los Reyes. Casi todos los viajeros son respetuosos de las creencias de los habitantes del país, aunque no las compartan.

Las apreciaciones acerca de personas destacadas del clero son dignas de especial mención porque sirven para completar figuras de eclesiásticos, borrosas bajo diversos aspectos por falta de narraciones acerca de sus cualidades espirituales, intelectuales y aún físicas. Frente a personalidades de la Iglesia, los viajeros demuestran consideración y respeto, a pesar de discrepar en los credos religiosos.

Las descripciones se completan con los dibujos del alemán Johann Moritz Rugendas (1802-1858) y del francés Charles Angrand (1854-1926), que han conservado la magnificencia de los templos y conventos, y, al mismo tiempo, con cierto dejo irónico reproducen figuras de religiosos y devotos, tanto en la vida ordinaria como en procesiones. A su lado debe ponerse igualmente al pintor costumbrista limeño Pancho Fierro (1807-1899).

Los católicos están imbuidos por el anticlericalismo de enciclopedistas y revolucionarios y asumen la actitud crítica de los anglosajones, teniendo también opiniones positivistas. Difiere de los anteriores el propagandista bíblico británico James Thomson, sumamente agresivo del catolicismo, salvo el reconocimiento de la actividad de los misioneros jesuitas y franciscanos en la Amazonia.

De la lectura de dichas relaciones destacan la profundidad espiritual y delicadeza del franciscano Arrieta; la simpatía y cortesía del Deán Echagüe, que solo figuraba con una nebulosa imagen de anciano Gobernador eclesiástico, la energía del padre Matraya, unida a un afán de investigación científica, su gravedad conventual no desprovista de humor, y los largos párrafos dedicados a Luna Pizarro relievan aguda personalidad y desenvoltura al conversar sobre política, literatura o religión, y aclaran algunas de sus actitudes políticas.

Las diócesis en la Emancipación

En el siglo XIX el actual territorio peruano contaba con las seculares diócesis de Lima, Cuzco, Trujillo, Arequipa y Huamanga. El franciscano fray Bernardino de Peón y Valdés había propuesto en 1775 la elección del obispado de Huánuco, con carácter misional, que abarcase las antiguas misiones jesuitas y franciscanas, para atender a los infieles de la selva central. Pocos años después el Intendente de Tarma, Juan María Gálvez, lo quiso realizar, pero el Cabildo Catedral de Lima y el virrey de Croix se opusieron.

El territorio de la vasta provincia de Maynas por disposición del rey Carlos IV en 1802 se agregó al virreinato de Lima, y se erigió la diócesis de Maynas, con sede en Moyobamba, la única creada después de dos siglos. Durante la emancipación se trató de erigir el arzobispado del Cuzco, con sufragáneas Arequipa y Huamanga, y luego el presidente La Mar más bien pensó que la metropolitana fuese Arequipa: ambos casos contaron con la aprobación del obispo Goyeneche, quien había quedado prácticamente el único obispo residente en el Perú hasta 1835. Por la incorporación al Cuzco de dos provincias (Chucuito y Huancané) pertenecientes a la creada Bolivia (La Paz), se proyectó el establecimiento de un obispado en Puno, y Bolívar imaginó otro en Huancayo. Sin embargo en el Congreso fueron aprobados los de Huánuco en 1831 y de Puno y el traslado de la sede de Maynas a Chachapoyas, con la incorporación de la provincia de Pataz. La Santa Sede trasladó al último en 1843 y erigió los otros dos en 1864.

En 1862 se trató de la erección de un obispado en Cajamarca, pero no se llegó a una decisión. Se reiteró el proyecto en 1893, contando con la oposición del Cabildo Trujillano. En 1899 la Santa Sede erige el obispado de Huaraz y las Prefecturas Apostólicas de San Ramón a cargo de los franciscanos, de Madre de Dios de los dominicos, y de San León del Amazonas, Iquitos de los agustinos, todos ellos misioneros españoles.

Dichas jurisdicciones episcopales comenzaron el siglo XIX bajo los prelados que se indican hasta la emancipación. Era Arzobispo de Lima don Juan Domingo González de la Reguera (1780-1804), sucediéndole don Bartolomé María de las Heras trasladado del Cuzco en 1806, hasta 1821, en que firma el Acta de la Independencia y a las pocas semanas por intransigencia del ministro Monteagudo decide volver a España, falleciendo en 1823.

El Cuzco era gobernado por Las Heras (1783-1805), y le sucedió don José Pérez de Armendáriz (1805-19), y luego fray Calixto de Orihuela, agustino, que había sido su obispo auxiliar (1819-21), en 1821 y en 1826 presentó su renuncia, que solo fue aceptada en 1837, muriendo en 1841. El obispo Pedro José Chávez de la Rosa, 1786 a 1804, en que renunció y fuese a España, donde presidió las Cortes de Cádiz. Don Luis Gonzaga de la Encina (1805 al 16, en que murió), sucediéndole don José Sebastián de Goyeneche (1817-59), promovido a Lima (m. 1872). Don José Carrión y Marfil ejercía el Obispado de Trujillo desde 1798/ y en 1821 se dirigió a España.

Huamanga era presidida por don José Antonio Martínez de Aldunate, desde 1805 al 10 en que fue trasladado a Santiago de Chile. Le sucedió don Juan Vicente Silva y Olave de 1812 al 16 y don Pedro Gutiérrez de Coz de 1818 al 21 en que se retiró del país, trasladado a Puerto Rico en 1826. En Maynas inició el episcopado fray Hipólito Sánchez Rangel OFM, de 1805 al 21 en que dejó la diócesis, trasladado a Lugo (España) en 1824.

A pesar que el Congreso Constituyente de 1822 solicitó el retomo de Las Heras y Gutiérrez, aunque vanamente por fallecimiento del primero y no querer el segundo, sólo habían quedado hasta la restauración del episcopado los prelados Goyeneche de Arequipa y Orihuela del Cuzco, reteniendo la nominación de administradores hasta 1837; quedando vacantes las otras jurisdicciones.

El pontificado de los Prelados de este período fue muy ingrato por haber tenido que alinearse en un bando quedando expuestos al azar del triunfo o de la derrota. A Carrión, Gutiérrez y Rangel les tocó la derrota por el triunfo de San Martín, y a Las Heras y Orihuela por la malicia impositiva de Monteagudo y de Gamarra. Goyeneche superó las dificultades con esforzada paciencia y ductilidad.

Simón Bolívar impuso al Congreso la designación de don Carlos Pedemonte al arzobispado de Lima, de don Francisco Javier Echagüe a Trujillo, de don Mariano del Parral a Maynas, y de don Manuel Fernández de Córdoba a Huamanga. Según costumbre secular, los Cabildos les entregaron sus facultades y al quedar sin efecto por decisión del Congreso de 1827, las perdieron. De los Prelados de 1821 tres eran españoles y tres criollos, de éstos un paceño, Orihuela (como el primer arzobispo republicano, el canónigo Benavente). El deán Echagüe era de Santa Fe de Corrientes, recordando que el presidente La Mar nació en Cuenca. Dos religiosos, Sánchez Rangel y Orihuela y los otros cuatro del clero secular.

La era de la Emancipación con los frecuentes cambios de régimen y de Gobierno, sacudieron a las diócesis por la expulsión de sacerdotes adictos a la Corona o viaje voluntario de otros, limitaciones al ingreso de noviciados religiosos, supresión de conventos por no contar con ocho miembros, cierre de seminarios por escasez de vocaciones, dificultad de ordenaciones por ausencia de obispos, continuación exagerada del Patronato regio de parte del nuevo Estado (Neopatronato). A ello tuvieron que hacer frente por lo menos durante quince años los Vicarios Capitulares o Gobernadores eclesiásticos que carecían de la plenitud de la potestad episcopal, por ser interinos y tener únicamente la ordenación sacerdotal. El origen de los obispos en el siglo XIX por nacimiento fue según las diócesis:

Lima: Arrieta, Pasquel, Orueta, Bandini, Charún, Moreyra, Puirredón, Herrera, Huerta, Medina, Risco, Falcón, Soto (en la capital), Tovar (Sayán), del Valle (Atunjauja), Sardinas (Huánuco), Olivas Escudero (Huaraz). Total: 17.

Cuzco: Mendoza, Chacón, Ochoa (3).

Arequipa: Goyeneche, Luna Pizarro, O’Phelan, Calienes, Barranco, Cáceres, Tordoya, Carpenter, Bailón (8).

Trujillo: Diéguez, Madalengoitia (2), Gutiérrez de Coz, Arméstar, Estévanez, y Arriaga (Piura-4), Torres (Cajabamba). Total 7.

La Paz: Orihuela, Benavente Jorge. (2).

Sin datos: Polo; Pedro Ruiz; Benavente Pedro; Chávez.

Un segundo vacío fue la escasez de las visitas pastorales, debido a la brevedad de los episcopados, a la edad de los obispos y a la extensión territorial. El caso de Trujillo es significativo: después de la detenida visita de Martínez Compañón, sus sucesores no volvieron a Cajamarca hasta 1893 con Medina. Enviaron delegados o pidieron a los obispos de Maynas y Chachapoyas que al ir a su diócesis administrasen la Confirmación en los pueblos donde pasaban, como lo hicieron Sánchez Rangel y especialmente Risco, pero el contacto con la realidad no lo tuvieron. Gobernadores, como Falcón y Puirredón la visitaron; mas tampoco eran los titulares del Obispado. Fue uno de los motivos para pedir la erección de las diócesis.

Además la visita limitada a la sede parroquial es insuficiente por el gran número de caseríos, estancias o pueblos que comprende cada jurisdicción. La frecuente presencia personal del obispo es indispensable para percibir las necesidades de cada lugar y la labor desarrollada por párrocos, catequistas, etc., en particular en las zonas rurales y mineras: esto es más grave cuando el obispo no conoce la región y actúa sólo de oídas.

Las Heras por su avanzada edad encargó la visita pastoral a don Antonio Navarro Martín de Villodres, obispo de Concepción, que se refugió en Lima al tomar su sede el prócer chileno José Miguel Carrera en 1813. El arzobispo le confió el curato de Pasco encargándole la visita de algunas parroquias haciéndolo en Huancayo donde administró la Confirmación. En 1820 se encontró con Gutiérrez de Coz y Orihuela en Huancayo y decidió dirigirse a Ocopa, para luego regresar a España. El año anterior había sido consagrante de Orihuela.


El problema de las vacancias de las diócesis

Uno de los más serios inconvenientes que hubo para las diócesis durante el Virreinato fue su vacancia ocasionada por fallecimiento o traslado prolongado, por las distancias, no infrecuente, entre las Indias occidentales y Madrid y Roma para avisar de las que se habían producido, trámites en el Consejo de Indias y su presentación a la Santa Sede, expedición de Bulas y consiguiente pase regio, envío a América y viaje de los nombrados hasta llegar a su sede.

Al proclámense la Independencia y retiro de cuatro Prelados, o renuncia, las vacancias duraron 15 años en Lima y Trujillo, 17 en Maynas / Chachapoyas, 21 en Huamanga y 19 en el Cuzco. Por dificultades con los Gobiernos el Cuzco quedó vacante 12 años debido a que la Santa Sede rechazó la presentación del Deán Valdivia (12 años), y más tarde del Deán Gamboa (11 años). Aún en este siglo por la insistencia de un candidato propuesto por el diputado Encinas (7 años) para Puno.

La larga vacancia de Puno por el destierro desde 1872 de su primer obispo Huerta hasta el nombramiento de Puirredón, aunque hubo dos nombramientos de Chávez 1876, que estuvo sólo un año, de Estévanez quien murió antes de tomar posesión. Por las consecuencias de la guerra del Pacífico 1880, duró 17 años, hasta 1889. Huamanga desde la muerte del Dr. Polo en 1882 hasta la designación del Sr. Cáceres en 1893, y Trujillo de Arméstar (1881) a Medina (1889).

Y en el primer decenio del siglo XX, el absurdo nombramiento de Puirreón como administrador apostólico de Trujillo, con retención de Puno desde 1901 a 1910, dejó prácticamente sin obispo a éste. La falta de un pastor con plena jurisdicción impide el desarrollo de la acción episcopal, surgen ambiciones en los cabildos, malas administraciones, lo que perjudica básicamente a los feligreses y clero por ausencia de la autoridad diocesana. Debe reconocerse que hubo gobernadores que fueron capaces de conducir la nave diocesana, y aun nacional, con prestancia y sagacidad como el Deán Echagüe.

A partir de la Independencia todos los obispos fueron peruanos de nacimiento, habiendo dos paceños que se consideraban parte de la nación. La gran mayoría fueron clérigos diocesanos, uno del Oratorio (Orueta), un agustino (Orihuela), 5 franciscanos (Arrieta, Estévanez, Calienes, Risco, Sardinas), un mercedario (Barranco) y Sagrados Corazones (Soto) o sea 9 frente a 28 clérigos diocesanos. Además hubo nueve clérigos obispos titulares, de los cuales 5 de auxiliares pasaron a residenciales, 3 sólo auxiliares (Pedro Benavente, Barranco y Carpenter), 2 de solo titulares pasaron a residenciales (Tordoya y Tovar).

NOTAS

JOSÉ DAMMERT BELLIDO

Obispo Emérito de Cajamarca

©Revista Peruana de Historia Eclesiástica, 5 (1996) 9-32