OROZCO Y JIMÉNEZ, Francisco

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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(Zamora, 1864– Guadalajara, 1936) Obispo.

Nació el 19 de noviembre de 1864 en Zamora, Michoacán. Su padre era José María Orozco y su madre, Mariana Jiménez. Junto con sus hermanos estudió en el colegio de San Luis Gonzaga fundado por el padre Antonio Plancarte quien había sido enviado a estudiar a Inglaterra y a Roma por su tío, Mons. Antonio Labastida y Dávalos. El padre Plancarte decidió seguir el ejemplo de su tío llevando a estudiar en el Colegio Pío Latino Americano de Roma a un grupo de sus alumnos más destacados, entre los cuales se encontraba el pequeño Francisco, quien estaba por cumplir doce años de edad. Ahí estudió Humanidades y Filosofía Escolástica, y años más tarde consiguió el doctorado. A causa de la enfermedad y muerte de su padre tuvo que regresar anticipadamente a su patria, donde obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad de México.

En 1887 fue ordenado sacerdote y el 24 de marzo del siguiente año celebró su cantamisa en Zamora, a la edad de veinticuatro años. En esa ciudad pasó dos años como capellán de la hacienda La Noria y de la iglesia de San Francisco, vice-rector de la Escuela de Artes y profesor de latín. Tiempo después fue llevado a la ciudad de México por el padre Plancarte, quien se desempeñaba como abad de la Basílica de Guadalupe, para ser catedrático y rector clerical de San Joaquín; más tarde fue maestro y vice-rector en el Seminario conciliar de la ciudad de México. Enseñaba latín, hebreo, Historia Eclesiástica, Hermenéutica, Filosofía y Teología. En dos ocasiones fue requerido para ser notario: en el V Concilio Provincial de México en 1895 y en el Concilio Plenario de América Latina, celebrado en Roma en 1899.

A los treinta y ocho años de edad fue consagrado obispo de Chiapas en la Colegiata de Guadalupe, el 15 de agosto de 1902, por el arzobispo Próspero María Alarcón y Sánchez de la Barquera; tomó posesión de su sede eclesiástica en San Cristóbal de las Casas el 2 de diciembre de ese mismo año. Convocó a un sínodo diocesano en 1905, recorrió su diócesis y estuvo al cuidado continuo de la catequesis y evangelización. Trabajó continuamente por proteger a los indígenas y por el desarrollo de las comunidades marginadas de la región promoviendo la salud, la educación y la creación de caminos e infraestructura.

Según él mismo narra en una de sus memorias, en materia de infraestructura dotó de alumbrado eléctrico a una “inaccesible ciudad de San Cristóbal de las Casas, promovió la reconstrucción de iglesias y casas parroquiales, al igual que el establecimiento de hospitales y orfanatorios, además de encargarse de la fundación de cinco colegios de niños y uno de niñas, “regentados por personal traído de Europa a mis expensas y bien dotados de mobiliario escolar”[1]. Esta preocupación educativa se va a manifestar en él también como Arzobispo de Guadalajara, como lo muestra un memorándum suyo con fecha del 26 de septiembre de 1917: “Termino este breve memorándum lamentando, entre otros muchos males que ha sufrido últimamente la Iglesia, el ver suprimidos los hermosos centros de instrucción adecuada a nuestros tiempos, que tenía bajo su sombra benéfica, pudiendo asegurar, que sólo en la ciudad de Guadalajara recibían este beneficio unos veinte mil niños”[2].

Pero volviendo a su labor en tierras chiapanecas, encontramos que Jean Meyer se refiere a ella de la siguiente manera: “Don Francisco, como obispo de San Cristóbal, administró una diócesis de ochenta mil kilómetros cuadrados, un poco más grande que el actual estado de Chiapas, con cuatrocientos mil habitantes dispersos e incomunicados. Rápidamente habló tzotzil y cakchiquel y desarrolló confiadas relaciones con los indígenas (…) Fue entonces cuando el valiente Prelado se resolvió a romper el silencio de tantos años prolongado sobre las desgracias que aquejaban a los indios chamulas y que las autoridades locales se cuidaban de ocultar”[3]. Por esta razón, así como por su afán de establecer estructuras de base entre los naturales, fue blanco de envidias, calumnias y acusaciones en la prensa nacional sobre amotinar a los indios contra las autoridades y perturbar el orden; incluso sufrió un atentado contra su vida que terminó sólo en eso.

En 1913 fue enviado a Guadalajara en sustitución del recién fallecido Mons. José de Jesús Ortiz y Rodríguez, arzobispo de esa ciudad sacudida por las revueltas revolucionarias. Como parte de su actividad episcopal en Guadalajara dividió la diócesis en veinticinco foranías –una especie de decanatos-; creó el Centro de Estudios Católico-Sociales, la asociación de Damas Católicas y el Ropero de los Pobres, sin olvidar las visitas a la diócesis, las cartas pastorales y los edictos. Asimismo renovó el seminario cambiando de rector y buscando seguir el estilo del Colegio donde él estudió en Europa.

El 5 de agosto de 1914, como consecuencia de los movimientos revolucionarios que ya habían expulsado del país a sacerdotes extranjeros y obispos, salió Mons. Orozco y Jiménez a su primer destierro, el cual duraría dos años. Se refugió en el Colegio Pío Latinoamericano y más tarde tuvo que realizar un viaje por Francia y España; después de estos dos años decidió regresar de incógnito a su diócesis a través de Estados Unidos, bajo el nombre de Jesús Quiroz, viviendo escondido y cumpliendo como podía sus deberes de obispo. Mientras tanto, el gobierno de Venustiano Carranza lo consideraba una amenaza y fue buscado por trescientos hombres a cargo del teniente coronel Flores, quienes finalmente lo encontraron en la parroquia de Lagos de Moreno; lo apresaron y lo sacaron del país en un tren de carga a través de la frontera norte el 6 de julio de 1918. Este segundo destierro lo vivió en la ciudad de Chicago, durante poco más de un año; desde allí bendijo el primer Congreso Regional Católico de Obreros, esperando que el gobierno carrancista le permitiera volver a su sede.

Después de este tiempo regresó a su diócesis el 14 de octubre de 1919 en la cual permanecería más de cuatro años, periodo en el cual coronó a la imagen de Nuestra Señora de Zapopan; erigió la Colegiata y Cabildo de San Juan de los Lagos así como la Confederación Católica Nacional del Trabajo; fundó El Crédito Popular a manera de banco, la Sociedad Mercantil “La Económica” donde vendían libros y artículos religiosos; celebró el Congreso Parroquial Terciario, una Jornada Eucarística diocesana, el Curso Social Agrícola y el centenario del fallecimiento del obispo Cabañas, además de visitar continuamente las parroquias.

El 4 de junio de 1921 una bomba estalló en su casa, siendo éste el segundo atentado contra la vida del arzobispo que no lograba su cometido. Después de esta agresión y los continuos ataques de la prensa, decidió exiliarse saliendo del país el 29 de mayo de 1924 y retornando un año después. A su regreso, en la antesala de la guerra cristera, recibió una orden de la Secretaría de Gobernación en la que se le pedía que se presentara voluntariamente “para no ser llevado por la fuerza”[4], razón por la cual decidió volver a ejercer su oficio episcopal desde la clandestinidad, en medio de los cerros y barrancas que encerraban peligros y privaciones.

Durante la guerra cristera fue un férreo defensor de la libertad religiosa. Fue acusado injustamente de apoyar la lucha armada de los cristeros a pesar de que siempre se pronunció a favor de un arreglo pacífico, sin dejar de reconocer el derecho a la legítima defensa. Al respecto Jean Meyer señala: “Todas sus circulares y su conducta están de acuerdo con la entrevista concedida al periódico The New York World: «Nadie me ha visto jamás en compañía de hombres armados, ni nadie sabe que pueda yo ser capaz de adoptar decisiones militares […] Se afirma que soy responsable de la revolución. Es una afirmación enteramente gratuita de la que protesto».[5]

Fue consejero espiritual de Anacleto González Flores, líder de la resistencia; recorrió su diócesis con gran valentía para permanecer cerca de sus fieles y escribió numerosas cartas pastorales y particulares, al igual que memorias en las que se narra el regreso de su primer destierro y sus recorridos por el país hasta 1917. En alguna de estas memorias da testimonio de las condiciones lamentables en las que vivían los campesinos mexicanos en la época de la revolución y deja clara su vivencia del precepto evangélico del perdón: “Perdono de todo corazón a mis enemigos gratuitos todas las injurias y ofensas personales y contra mi Clero, deseándoles todos los beneficios del Cielo y ofrezco a Dios todos mis sufrimientos y los de los míos en holocausto, para que ya nos conceda gozar de la verdadera paz que da Cristo. A la vez le pido a Dios Nuestro Señor, en cuyas manos están los corazones de los que mandan, se digne ablandarlos y disponerlos bien en favor de la Iglesia, tan vejada y oprimida actualmente”[6].

En estas condiciones de agravios y privaciones, vivió los tres años que duró la guerra hasta los “arreglos” del 21 de junio de 1929, cuando dejó su escondite para presentarse ante el presidente Emilio Portes Gil quien le pidió que saliera del país. Este cuarto destierro duró hasta mayo de 1930 cuando regresó para consagrar obispo al que sería su sucesor, José Garibi Rivera y a Vicente Camacho, para la diócesis de Tabasco. Un par de meses después fue nuevamente capturado en plena calle por soldados y conducido fuera del país por Nogales. De Estados Unidos viajó a Roma donde fue reconocido por S.S. Pío XI como héroe. Tiempo más tarde, desde la ciudad de Chicago, pidió permiso al gobierno mexicano para regresar a su diócesis, permiso que le fue negado. Sin embargo, decidió regresar nuevamente de manera clandestina en agosto de 1934; pasó perseguido los últimos dos años de su vida, de manera que a veces se hacía pasar por jardinero y otras veces aparecía en su catedral, donde menos lo esperaban.

El 18 de febrero de 1936 falleció en la ciudad de Guadalajara víctima de una enfermedad. Sus funerales fueron efectuados en la Catedral Metropolitana y encabezados por el arzobispo José Garibi Rivera. El cadáver de Mons. Orozco fue sepultado en el Panteón de Santa Paula o de Belén, en la cripta de la Familia Garibi, aunque el 18 de febrero de 1942 fue re inhumado en la capilla del Santísimo sacramento, de la Catedral tapatía. Su causa de beatificación se encuentra en proceso en Roma.

Notas

  1. González, p. 690.
  2. González, p. 734.
  3. Meyer, pp. 53-54.
  4. González, p. 694.
  5. Meyer, p. 56.
  6. González, p. 734.

Bibliografía

  • González Fernández, Fidel. Sangre y corazón de un pueblo. Tomo I. Arquidiócesis de Guadalajara, México, 2008.
  • Meyer, Jean. “Dos hombres, una situación”, en Letras Libres, año 2, núm. 23, (2000), pp. 52-58.


SIGRID MARÍA LOUVIER NAVA