MANRÍQUEZ Y ZÁRATE, José de Jesús

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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(León 1884- México 1951) Obispo.


Monseñor José de Jesús Manríquez y Zárate nació en el barrio de San Miguel de la ciudad de León, Guanajuato, el 7 de noviembre de 1884; su gran amor a Jesucristo, a los hombres redimidos por Él y a la nación mexicana lo llevaron a ingresar al Seminario diocesano de León cuando contaba apenas con doce años de edad. Debido a su preclara inteligencia y piedad, en 1903 fue enviado a continuar sus estudios en el Colegio Pío Latinoamericano de la ciudad de Roma, donde fue ordenado sacerdote el 28 de octubre de 1907. Una vez ordenado continuó estudiando en Roma obteniendo tres borlas doctorales: en Filosofía, en Teología y en Derecho Canónico. En julio de 1909 regresó a México “lleno de bríos y de santas ilusiones para trabajar por la causa de Jesucristo”, como él mismo escribió en su Libro de mis recuerdos; regresó al seminario de León como profesor de Latín, teniendo como alumno al futuro cardenal Miguel Darío Miranda. En 1911 fue nombrado cura de la parroquia de Guanajuato, al frente de la cual permaneció por más de diez años manifestando en sus obras apostólicas, culturales y sociales, siempre una gran caridad para con sus feligreses.


En 1922 S.S. Pío XI erigió la diócesis de Huejutla y nombró como su primer obispo a Mons. José de Jesús Manríquez y Zárate, siendo consagrado el 4 de febrero de 1923 en la catedral de León. Ya como obispo llamaba la atención su celo pastoral y entrega en cuerpo y alma, a hora y a deshora por los más pobres, así como su preocupación y desvelo por todos sus feligreses, especialmente por los indígenas que eran mayoría en su diócesis. Organizó una vasta red de catequesis que atendía a más de setenta mil indígenas y fundó para ellos escuelas en casi todas las parroquias. Fundó la primera escuela normal de las Huastecas, institución que continúa funcionando hasta nuestros días.


Se puede constatar el exquisito amor y devoción que Mons. Manríquez tenía por la Madre de Dios en su advocación de Santa María de Guadalupe, en su obra Sermones y Conferencias Guadalupanas. Su amor a Cristo Rey le llevó a escribir su monumental exhortación pastoral Jesucristo a través de las edades, la cual es una extraordinaria visión teológica de la historia universal en la óptica de Cristo como Señor de la historia; documento que fue publicado en 1933 en el XIX centenario de la Redención.


Al año siguiente de que Mons. Manríquez y Zárate tomó posesión de su diócesis llegó a la presidencia de la República Plutarco Elías Calles↗, quien se proponía arrancar la fe católica del pueblo de México. Una de las primeras acciones de Calles fue la creación de una iglesia cismática, pero como esa acción lejos de destruir la fidelidad de los mexicanos a la Iglesia de Cristo la acrecentó notablemente, el presidente envió al Congreso su tristemente célebre “ley Calles” que como “edicto neroniano” dio inicio a una nueva y feroz persecución contra la Iglesia. Al comenzar los atentados persecutorios, Mons. Manríquez fue uno de los primeros obispos en levantar la voz contra las pretensiones del tirano y en su Segunda Carta Pastoral denunció virilmente las injusticias y atentados del gobierno. Ello le valió el que fuera consignado a las autoridades del fuero federal en la ciudad de Pachuca, pero lejos de arredrarse se defendió a sí mismo de los infundios de que le acusaban; habló sin veladuras confundiendo a los jueces con apabullantes argumentos y estos no tuvieron más remedio que dejarlo en libertad.


Mons. Manríquez parecía llevar grabada en su alma las axiomáticas palabras del Papa Pío XI: “se nos puede imponer el sacrificio de la vida, pero no el sacrificio del silencio” porque al arreciar la persecución volvió a la carga con gran celo y en una nueva Carta Pastoral explicaba: “ante los acontecimientos…es imposible que Nos guardemos silencio, seríamos tildados de cobardes –y con justicia- si, después de haber defendido con denuedo la causa de la Iglesia en circunstancias menos solemnes, calláramos ahora en que está de por medio la vida, la existencia misma de la Iglesia en nuestra angustiada Patria. Más todavía, seríamos grandemente criminales, si en los momentos angustiosos presentes en que nuestra Madre común está en las garras de los lobos que la despedazan, no acudiéramos presurosos a defenderla y vindicarla haciendo uso de la espada terrible de la palabra que se nos ha confiado. Los Prelados no disponemos de metrallas, ni máquinas de guerra; pero nuestra voz es más terrible para nuestros enemigos que un escuadrón en orden de batalla. La palabra, sobre todo de un Obispo, es y debe ser la expresión de la verdad, y la verdad es siempre terrible para los que viven de la mentira y el error.”


Unas amañadas y falsas declaraciones del presidente Calles a un periodista norteamericano encendieron en Mons. Manríquez el celo por la verdad y, tomando nuevamente la pluma escribió: “Declara el señor Presidente de la República ante un periódico norteamericano, que la persecución religiosa en México obedece a la intromisión del clero católico en los asuntos políticos del país, al contrario de lo que sucede en los Estados Unidos, en donde el clero y las monjas jamás se entrometen en la política del gobierno temporal. Miente el señor Presidente de la República al asegurar tal cosa. Si algún delito hemos cometido el clero de México, es precisamente el no haber tomado participación alguna en la política fundamental del país; esto es: no en la política sucia ni de enjuagues por la que resultan representantes del pueblo aquellos sujetos que éste ni conoce ni ama, sino en la política de principios, aquella que se ocupa de las verdades del orden social sobre las que descansa la paz, la felicidad y el bienestar de los pueblos.”


El 13 de mayo de 1926 llegó a Huejutla un pelotón de 500 soldados al mando del coronel Enrique López para aprehender a un solo hombre: Mons. José de Jesús Manríquez y Zárate. El pueblo estaba por amotinarse contra los soldados pero el Obispo calmó los ánimos y, haciendo una protesta pública por el ultraje, montó en el caballo que el coronel López le indicó para ser conducido prisionero a la ciudad de Pachuca. En esa ciudad permaneció preso casi un año en los anexos del templo de la Asunción (confiscado por el gobierno). Después fue trasladado a la inspección de policía de la ciudad de México donde fue arrojado en una celda pestilente. Ahí permaneció incomunicado hasta el 22 de abril de 1927, fecha en la que fue enviado al destierro en los Estados Unidos desde donde apoyó moralmente la lucha de los mexicanos contra la tiranía callista.


Aunque siempre se manifestó contrario a unos “arreglos” con el gobierno “costaran lo que costaran” (como decía Mons. Ruiz y Flores), días antes de los “arreglos” que pusieron fin a la Cristiada↗ advirtió que en cualquiera de las hipótesis en que se llevaran a cabo dichos arreglos, había que “inclinar la cabeza reverentes a cuanto el Santo Padre indique, por medio de documento expreso, cual debe ser nuestra conducta”. En dichos “arreglos” (si arreglos pueden llamarse), los obispos Pascual Díaz y Leopoldo Ruiz y Flores aceptaron la exigencia del gobierno de que Mons. Manríquez y Zárate no regresara a México. Desde el destierro, Mons. Manríquez continuó asistiendo a sus feligreses por medio de circulares y cartas pastorales, hasta que finalmente, el 6 de julio de 1939, renunció formalmente a su diócesis; el Santo Padre lo nombró entonces obispo titular de Verbe.


Semanas antes a su renuncia, el 12 de abril de 1939, escribió su XXI y última carta pastoral; en ella, convencido de que el vidente del Tepeyac, el indio Juan Diego, era canonizable, lanzó un llamado apremiante a sus fieles para trabajar por la glorificación del hoy San Juan Diego. Después de la guerra mundial se le permitió regresar y murió en la ciudad de México el 28 de junio de 1951.

Obras: Libro de mis recuerdos; Sermones y Conferencias Guadalupanas; Jesucristo a través de las edades; En la hora de suprema angustia; Cartas Pastorales.


Bibliografía

  • López Beltrán Lauro, Manríquez y Zárate. Tradición, México 1974.
  • Gutiérrez Godinez Fernando, Manríquez y Zárate, defensor de la Iglesia en México. Vertebración, N° 13, Puebla, 1990.


JUAN LOUVIER CALDERÓN