MÉXICO: Camino del nacimiento de un estado laico (I)

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Camino tortuoso y difícil

Uno de los problemas que con más insistencia solicitan la atención de la opinión pública es el lugar de la religión en el marco del moderno estado democrático, donde ocupan un lugar fundamental los conceptos de «laicismo, laicidad y libertad religiosa» en las relaciones entre el Estado y la Iglesia. ¿Es la religión un asunto exclusivamente privado o hay, por el contrario, formas legítimas de presencia de la religión en la vida pública?

El problema tiene mucho que ver con la identidad mexicana como nación y la formación del moderno Estado mexicano, habida cuenta de las raíces cristianas de la cultura mexicana moderna; el asunto entra de lleno en la sufrida historia de su democracia. La historia de México muestra los esfuerzos y debates suscitados en su seno para construir un estado democrático de derecho. Quienes no tienen reparo alguno frente al carácter «aconfesional» del estado en sentido positivo, no deberían tenerlo tampoco para aceptar la condición de su «laicidad» positiva que estos términos admiten.

Las ideas de la ilustración de una u otra forma influyeron en la vida de los pueblos americanos. Ideas divulgadas en los tiempos de la Revolución francesa como soberanía nacional, igualdad, fraternidad, se difundieron con rapidez en las nacientes burguesías occidentales. También pasaron los mares y en seguida prendieron en los Dominios españoles de América. La estrecha unidad entre el «trono y el altar», características del Antiguo Régimen anterior a la Revolución Francesa, se deshace con aquella Revolución.

Al absolutismo monárquico, sucede el liberalismo cultural y político en sus diversas formas. Con él se plantea el tema de las competencias del Estado moderno y sus relaciones con la Iglesia, que ocupa el centro del debate político, jurídico y religioso en las sociedades seculares y eclesiásticas de ese «largo siglo liberal» (el siglo XIX hasta la Primera Guerra mundial 1914-1918) y continua a lo largo del «siglo breve» o de los totalitarismos (el siglo XX, desde 1914 hasta el fin de la Guerra «fría»: 1989).

La discusión no solamente no se apaga con el tiempo, sino que cobra nuevo vigor y se difunde con fuerza creciente hasta nuestros días. Se trataba de aclarar las competencias del Estado en materia religiosa y en sus relaciones con el tema de la libertad religiosa, y el papel de la Iglesia como sociedad dentro de la comunidad política. Además, con el siglo XIX, nacen nuevas entidades políticas nacionales independientes, como las repúblicas latinoamericanas donde el problema se agudiza sobremanera.

En México la discusión y la confrontación entre ambas partes fueron particularmente virulentas y llamarán la atención de todos los sectores de la sociedad mexicana. Debemos recorrer este camino complejo de debates y de polémicas para entender algo más las características del laicismo, del anticlericalismo, del clericalismo y de los fenómenos que los acompañan.

Por ello el camino del primer siglo de historia mexicana como nación - estado independiente, es un camino tortuoso y difícil, como el de otros muchos de su tiempo. El primer siglo independiente de México fue azaroso y lleno de escollos en todos los ángulos de la vida. Lo será también en el de la vida religiosa de sus ciudadanos. Esta complejidad continuará a lo largo de las primeras décadas del siglo XX.

El nuevo Estado mexicano bebió, desde sus comienzos, en las fuentes de las ideologías políticas y sociales que se estaban difundiendo en la vieja Europa y que determinaban muchas de sus relaciones y concepciones políticas. Entre ellas las que se querían imponer en las relaciones entre la Iglesia y el Estado.

Al comienzo nos hallamos ante un liberalismo protector, pero rápidamente va a desembocar en uno netamente hostil. Muy pronto aquella hostilidad abraza los presupuestos ideológicos más disparatados y contrapuestos a la experiencia cristiana que había formado la mexicanidad. El proceso legal mexicano en su manera de concebir el Estado lo encontramos reflejado en sus diversas Constituciones políticas (1814, 1824, 1857 y 1917). Hoy existen numerosos estudios que facilitan el recorrido de tal proceso.

Hay un momento en la historia mexicana del siglo XIX que debe ser recordado para encuadrar mejor cuanto sucederá en su historia constitucional del siglo XX. Hay que referirse a la Constitución de 1857, que señala sin duda un nuevo paso en la historia civil y religiosa de México.

Se da en esta historia un singular fenómeno de posiciones ideológicas en pro o en contra de la religión católica (prácticamente todos los protagonistas de esta historia habían sido bautizados en la Iglesia católica), que acompañará durante décadas la historia política de México hasta tiempos recientes. Esa contraposición de sentimientos, ideologías e intereses acompañarán su historia. Las contraposiciones se tiñen con frecuencia de tonos radicales que enfrentan a los hijos de la misma patria mexicana.

No se entra aquí en la presentación dramática de las diversas fases de esta historia. Pero hay que señalar que en el fondo la idea de un Estado laico y moderno, que en otros países europeos se abre paso, en México no encontró un eco profundo, porque unos interpretaron la laicidad como sinónimo de laicismo radical y hostil a la religión, y otros lo juzgaron como un peligro para la misma libertad religiosa.

¿Qué momentos o rasgos se deben poner de relieve para comprender algo mejor la historia política y religiosa mexicana durante el siglo XX? Debemos notar que poco después de las independencias de los países latinoamericanos, también en México comienzan a balbucear las primeras voces de las logias masónicas, importadas tanto de Europa, como de los Estados Unidos de Norteamérica, con enconadas luchas entre las obediencias a las diversas «logias madres».

Este confuso sincretismo ideológico y práctico aparece en toda la geografía humana y política iberoamericana del siglo XIX. Tal confusión de ideas y de praxis explica el hecho que los llamados «liberales radicales» golpean con frecuencia duramente a la Iglesia sin querer alejarse de ella; sin embargo, encaminándose el siglo hacia su etapa final, presenciamos otra actitud creciente: el anticlericalismo se convierte en algunos casos en «anticatolicismo».

El liberalismo hostil y la Constitución de 1857

El nuevo Estado mexicano que va de 1824 hasta 1857, recorre un camino sembrado de altibajos en las relaciones Estado-Iglesia, de continuos pronunciamientos militares para alcanzar el Poder político y de una progresiva confrontación con el cada día más poderoso vecino del Norte, los Estados Unidos. Y es aquí que se topan con el nuevo Estado mexicano. En estos momentos juegan a favor de los estadounidenses su fuerza y cohesión interna, mientras que empieza a serpentear en México la desunión y el caudillismo.

Inauguran una política claramente «imperialista» y logran así arrebatar a México Texas, California y Nuevo México: más de la mitad de su territorio, lesionando las normas del más elemental derecho internacional. Comenzaba así la larga y pesada cadena de intervenciones norteamericanas en México que acompañarán trágicamente su historia a lo largo de los siglos XIX y XX.

Mientras tanto México se debate y zarandea en un mar de controversias y luchas políticas internas; entre ellas hay que recordar las luchas entre las logias yorkinas y las escocesas, entre conservadores y liberales, entre centralistas y federalistas. En este continuo baile de pronunciamientos militares y experiencias de caudillos, México comienza a beber un amargo vaso de sinsabores y de tragedias, que explicarán mucha de su historia posterior. El Estado mexicano desde 1824 hasta la nueva constitución en 1857 había recorrido un camino entre el centralismo y federalismo. Al final triunfó el liberalismo federal como la única opción existente para sostener la república en México.

Se convocó en octubre de 1855 un Congreso Constituyente para elaborar una nueva Constitución. En esta batalla política se cortaba por completo la presencia del clero en la vida política y en la vida pública de México. Y en esto México iba detrás de las experiencias mucho más avanzadas del resto de los países europeos liberales. Se consideraba la presencia del clero en la vida mexicana demasiado pesada y condicionante de la marcha hacia un México moderno y liberal.

Se quería implantar una reforma liberal (la palabra la toman teniendo en la mente el significado del término en la historia del protestantismo), fundamentalmente con tres actos de carácter legislativo: Leyes Preparatorias de la Constitución, Constitución de 1857 y Leyes de Reforma. Saltamos una exposición detallada de este proceso legislativo. Sólo recordamos como el 5 de febrero de 1857 se promulgó la nueva Constitución con la que se empezaba la gran Reforma liberal en México, innovadora en varios puntos.

En esa Constitución encontramos una mezcla de elementos de la tradición antigua y los típicos de los sistemas liberales decimonónicos. Así aquella nueva Carta Magna comenzaba: “En el nombre de Dios y con la autoridad del pueblo mexicano…”. Luego legislaba conforme a los cánones más genuinos de las posiciones liberales más radicales del momento. A pesar de algunos artículos anticlericales y claramente lesivos en un Estado de derecho, no nos encontramos todavía ante una Constitución anticristiana. Estos artículos podían lesionar algunos derechos tradicionales de la Iglesia en materia de enseñanza, de fuero eclesiástico, sobre la emisión de los votos religiosos, en el reconocimiento de la personalidad jurídica de la Iglesia de poder poseer bienes muebles e inmuebles, y sobre todo, el hecho inaceptable de querer someter el ejercicio público del culto al control exclusivo del Estado. Se trataba en el fondo de una nueva versión del viejo regalismo del patronato español puesta en marcha ahora por el régimen republicano.

Se exigió que todos los funcionarios de toda la República jurasen la nueva Constitución, prescribiendo la ceremonia y la fórmula en la que se ponía a Dios por testigo. Fue jurada por los miembros del Congreso encabezados por su presidente Valentín Gómez Farías, de rodillas y delante del Evangelio, seguido por el Presidente de la República Ignacio Comonfort.

Inmediatamente se levantó la protesta por parte de la jerarquía eclesiástica que veía un ataque a la misma Iglesia. La Carta que debía ser el instrumento de paz y unidad se convirtió en motivo de hondas luchas y divisiones. La Constitución rezumaba liberalismo y las posiciones anti-eclesiásticas típicas del momento, que ya se habían asomado al escenario político mexicano desde hacía tiempo.

Aunque se iniciaba invocando el Nombre de Dios, de hecho, más que laica era una Constitución laicista moderada. La misma invocación y referencia inicial a Dios puede ser leída a la luz de las mismas creencias masónicas de algunos de sus forjadores, que eran deístas en su visión del Universo.

Incluso algunos de los diputados citaban el Evangelio para apoyar sus teorías. Así, por ejemplo, Ignacio Ramírez, decía que del Evangelio fluían las ideas de democracia, libertad, igualdad, fraternidad y protección de los postergados; y Ponciano Arriaga quiso ver en uno de los planes políticos mexicanos, el «Plan de Ayutla», una etapa de la obra liberal y cristiana al mismo tiempo.

Los obispos de México condenan sin más las Leyes recién promulgadas, e incluso llegan a considerar como sacrílego el juramento que se imponía a todos los funcionarios y ciudadanos en general. La polémica creció con tonos fuertes tanto a favor como en contra, con argumentos de todo estilo.

De las «Leyes de Reforma» a un liberalismo abiertamente hostil a la Iglesia

Aquella Constitución nacía ya controvertida. Dejó por ello una siembra de inconformismo, por motivos opuestos, en muchos mexicanos. Los debates fueron tan violentos que el mismo presidente Comonfort acabó por desconocerla cuando Félix Zuloaga, compadre suyo, lanzó el «Plan de Tacubaya» el 17 de diciembre de 1857, dando inicio a la Guerra de Reforma o de Tres Años (1858-1860). Acaba aquella lucha con el triunfo de los más radicales liberales que durante la contienda dictan las llamadas «Leyes de Reforma» que afectaron seriamente a la Iglesia católica. Ahora sí que nos encontramos con la legislación liberal en línea total con el llamado «separatismo», hostil a la Iglesia en sus relaciones con el Estado. El 30 de agosto de 1859 los obispos mexicanos publicaron una pastoral condenando las Leyes de Reforma como “la destrucción completa del catolicismo en México”.

El renovado Estado mexicano concebido por aquella Constitución, fortificado aún más con las Leyes de Reforma, se convertía de hecho en un Estado legal y negativamente «laico» (laicista). Los protagonistas políticos de aquel proyecto legal entendían la «laicidad» como exclusión absoluta de toda expresión religiosa en la vida pública, y, al mismo tiempo, como control de la vida eclesial en todo su ámbito, quizá dejando sólo intactos la interioridad de las conciencias y el funcionamiento del culto ritual en los ámbitos cerrados (templos), permitidos y controlados por la autoridad estatal. En un pueblo donde el catolicismo incluía entonces la casi totalidad de su población, aquel proyecto político de hecho tendría que ser dejado dormir sin ser aplicado.

Los líderes, próceres de este proyecto atípico de liberalismo, tomó una especie de tinte mesiánico, en el que sus líderes políticos se sentirán llamados a ser los nuevos liberadores de un pueblo oprimido e ignorante. Para favorecer este camino de «reforma», el primer enemigo a vencer era el clero católico, al que estos liberales acusaban de ambiciones políticas y pretensiones de conservar numerosos privilegios al margen del Estado, y se le acusaba de constituir una lacra para la vida social.

Se calificaba al clero de ser tan nocivo para la sociedad, que había que controlarlo como un mal menor y reducirlo a impotencia social. Se denunciaban los votos religiosos como antinaturales porque atacaban la libertad del individuo; se comenzó a atacar con especial encono el celibato eclesiástico y religioso, visto como algo antisocial, pues decían que la unión de los sexos era lo único que permitía la existencia de la familia como fundamento de la sociedad.

A estas ideas de un liberalismo cada vez más hostil hacia la Iglesia, se añadieron otros factores que acompañarán a las hostilidades anticatólicas hasta los tiempos de la persecución de 1926. Entre ellos hay que recordar especialmente tres: Los no disimulados intereses expansionistas de los Estados Unidos en México; la determinante influencia de la masonería; y el protestantismo llegado de los Estados Unidos, claramente al servicio de aquellos planes.

Para lograr sus proyectos intentaron romper con la historia anterior, lo que equivalía a querer eliminar las raíces católicas. Para resolver esta contradicción entre los ideales de los constituyentes y los de la mayoría del pueblo, Francisco Zarco proponía la distinción entre populacho y pueblo; éste último se distinguía por sus ideas progresistas, sobre todo en el aspecto religioso. Esperando que el populacho se convirtiese en pueblo, el gobierno tenía que ser necesariamente una minoría representativa del futuro pueblo en germen.

En estas circunstancias se suceden golpes y contragolpes de estado y estalla la llamada «Guerra de Reforma», que se convirtió en un violento conflicto entre liberales y conservadores. La guerra “se enconó además por la intervención de los Estados Unidos que, deseando alcanzar sus fines políticos de expansión, se quiso valer de los elementos liberales”.

Sigue una historia donde se dan cita intereses internacionales que condicionan la vida de México y las pretensiones estadounidenses de anexionarse una nueva parte del territorio mexicano (Tratado Mac Lane-Ocampo). En estas circunstancias, algunos círculos europeos quisieron aprovechar la ocasión para implantar en México una monarquía europea, frente al coloso emergente de los Estados Unidos.

Para llevar a cabo el proyecto, Francia tenía puesta su mirada en el archiduque Maximiliano de Austria. La Francia de Napoleón III soñó la extensión en el nuevo mundo de una especie de resurrección cultural latina con la implantación de un imperio latino en América.

El efímero Segundo Imperio duró de 1864 a 1867 cuando Maximiliano caería en una guerra sostenida por los liberales con el apoyo de los Estados Unidos. Maximiliano fue fusilado en Querétaro el 19 de junio de 1867. Triunfó de hecho la «doctrina Monroe» y ciertamente comenzó una etapa nueva y fundamental en la historia moderna de México con la llamada época de la Reforma.

Al caer el imperio, Benito Juárez pudo regresar a la Ciudad de México, ocupada poco antes, por el general Porfirio Díaz. Asumió entonces totalmente el poder presidencial y pudo llevar así adelante el proyecto reformista liberal. Juárez es sin duda la cabeza del nuevo Estado liberal mexicano y como tal ha sido considerado hasta nuestros días en la historia oficial mexicana.

A su muerte fue sustituido por el radical Sebastián Lerdo de Tejada, que aplicó en todo su rigor las leyes anticlericales. Al pretender reelegirse en 1876, estalla la revolución de Tuxtepec con el general Porfirio Díaz como jefe del movimiento, que llevaría a éste a la presidencia del país: comenzaría aquel largo régimen personal de 35 años (1876-1911), conocido como el «porfiriato».

Porfirio Díaz era un hombre “sin conflictos de sangre ni de ideas”, pero agudo y con una mirada de esfinge que sabrá mantenerse a flote tras la historia de aquellos años mexicanos. Con el régimen por él instaurado se perfila un nuevo orden, que “constituye toda una época nacional, caracterizada por la paz y el progreso”. Don Porfirio instauró una dictadura blanda y personal. Esta paz y tranquilidad alcanzó las relaciones con la Iglesia; ciertamente no se abolieron las leyes anticatólicas, pero la relativa calma permitió también a la Iglesia reorganizarse.

Se erigen nuevas diócesis; se celebran varios sínodos regionales y diocesanos; nacen nuevos institutos religiosos mexicanos; llegan otros del exterior; se da un giro notable en la formación del clero con la creación de 10 nuevos seminarios entre 1882 y 1911. Un hecho importante fue la Coronación pontificia de la Virgen de Guadalupe, el 12 de octubre de 1895, promovida por el arzobispo primado de México Antonio Pelagio Labastida y Dávalos y llevada a cabo por el sacerdote José Antonio Plancarte y Labastida, sobrino del mismo y nombrado Abad de la Colegiata de Guadalupe por el sucesor de Labastida, el arzobispo Próspero María Alarcón. Se desarrolló un sistema escolar vigoroso, con la presencia de congregaciones religiosas en la dirección de un gran número de escuelas primarias, secundarias, y de Artes y Oficios y abrieron sus puertas varios centros universitarios católicos: las Universidades Pontificias de Mérida (1885) y México (1896), la Universidad Católica de Puebla (1907) y la Academia Pontificia de Guadalajara (1872-1895).

El mundo del laicado católico comienza a despertar y a interesarse de los problemas sociales y políticos. Un factor importante fue el desarrollo del catolicismo social, a raíz de la difusión de la Encíclica «Rerum Novarum» de 1891, la cual produjo en los periódicos de la ciudad de México una verdadera efervescencia por divulgar temas sobre la “terrible cuestión social”.

El periodismo católico se desarrolla, pasando de la defensa de la religión a una denuncia de la situación social y política del país. Junto con el nuevo siglo la cuestión social encuentra un vivo eco en México con la creación de los Círculos Católicos, Círculos obreros, Los Congresos Católicos y Agrícolas y las Semanas Sociales.

Al interior del porfiriato las fuerzas opuestas al estilo político impuesto y a la tolerancia con la Iglesia no enmudecieron. Hay que destacar tres de estas fuerzas: la masonería, el liberalismo cultural radical, y el todavía minoritario pero fuerte protestantismo de matriz yanqui.

Porfirio Díaz era masón de grado 33, y en un período de su vida se había mostrado furioso «comecuras»; ahora como presidente preside las grandes ceremonias masónicas, aunque en lo particular se declara católico; y quiere contentar a todos; por ello asiste también a las ceremonias protestantes. Los liberales se sentían traicionados con la política porfiriana, principalmente en el aspecto de las relaciones con la Iglesia.

Si bien era verdad que la Constitución y las Leyes de Reforma continuaban vigentes, éstas estaban en letargo; Don Porfirio las puso en desuso en muchos casos ya que quería «encender una vela a Dios y otra al diablo”, como se dice popularmente. Él se comportaba como si fuese un verdadero gran cacique, dueño de vidas y haciendas. Y esto no podía satisfacer al ya muy enraizado mundo liberal radical.

Buscó también la ayuda y el apoyo de la incipiente presencia protestante yanqui. No sólo permitió la presencia de los protestantes que llegaban desde los Estados Unidos, sino que no les aplicó en absoluto la legislación en materia religiosa. Así es que Don Porfirio Díaz, con su política de orden y progreso, buscó una relación con todas estas fuerzas; también con la Iglesia católica. Quiso mantener con ella relaciones, a una cierta distancia, con una especie de «entente cordial».

El largo período porfiriano y su estilo político produjo una serie de inconformidades en distintos sectores sociales y políticos de la sociedad mexicana. En el aspecto social trajo una gran desigualdad. En el aspecto político, descontentos por la traición hecha al liberalismo radical y reformista; los masones, protestantes y liberales se aliaron en su lucha contra la Iglesia católica, pidiendo la aplicación de las Leyes de Reforma y difundiendo la idea de que la situación de parálisis que comenzaba a verse en el país se debía al clero que apoyaba a Porfirio Díaz, pues difundía entre la gente una pasividad y total sumisión al sistema político. Para las corrientes liberales masónicas la construcción de un nuevo país necesitaba una concepción religiosa diferente a la católica para fundar una fe o religión liberal y democrática.

Al acercarse las elecciones de 1910, en este ambiente de crisis política y de dificultades económicas estalla como una bomba la entrevista de Porfirio Díaz con el periodista James Creelman, publicada el 3 de marzo de 1908, al mismo tiempo en los Estados Unidos en el «Pearson’s Magazine» y en México en «El Imparcial». En ella anuncia que no presentará su candidatura en 1910, que México es ya un país maduro para la democracia y vería favorablemente la formación de partidos de oposición.

Esto propicia una movilización con la aparición de libros críticos con el sistema porfiriano: «¿Hacia dónde vamos?» de Querido Moheno, «Las cuestiones electorales» de Manuel Calero, «La sucesión presidencial en 1910» de Francisco I. Madero, «La organización política de México» de Francisco de P. Sentíes, «El problema de la organización política de México» de Ricardo García Granados «Los grandes problemas nacionales» de Andrés Molina Enríquez.

Casi en una sucesión apresurada de secuencias se producen varios acontecimientos que encauzarán a México por nuevos derroteros políticos. La dictadura, senil y sin fuerza agonizaba, mientras que todo daba a entender que las fuerzas del liberalismo-masonería y el protestantismo rejuvenecían con su entusiasmo anticatólico y sus antiguos proyectos de nuevo Estado liberal. Apostaron por aprovecharse de una situación social y política inestable para llegar a la revolución. Y lo consiguieron. La dictadura porfiriana murió fundamentalmente por propia consunción. La revolución estaba a las puertas. ¿Y la Iglesia?

La paz «porfiriana» alcanzó también a las relaciones con la Iglesia. No se abolieron las leyes anticatólicas, permaneciendo como «espada de Damocles» sobre su cabeza, pero no se aplicaban. Aquella relativa calma permitió también a la Iglesia reorganizarse. Como señalamos arriba, fueron creadas nuevas diócesis, con nuevos obispos que imprimían un nuevo estilo apostólico al episcopado. Muchos jóvenes seminaristas y sacerdotes eran enviados a estudiar a Roma, especialmente al Colegio Pío Latino Americano de Roma. La preocupación por una mejor formación del clero en aumento, y se hizo notar con la creación de 10 nuevos seminarios entre 1882 y 1911. Se fundaron congregaciones religiosas mexicanas o llegaron otras antiguas y nuevas de Europa.

En este mismo período es convocado el Primer Concilio Plenario Latinoamericano que se llevó a efecto en Roma en 1899, celebrándose como preparación varios Sínodos provinciales en Oaxaca 1893, México 1896, Durango 1896, Guadalajara 1897 y Michoacán 1897, faltando sólo la Provincia eclesiástica de Linares para celebrar su Sínodo. Un hecho importante fue la Coronación pontificia de la Virgen de Guadalupe, el 12 de octubre de 1895, ante numerosas muestras de devoción del pueblo mexicano. El 24 de agosto de 1910, a petición de más de 70 prelados latinoamericanos, la Virgen de Guadalupe fue proclamada Patrona de América Latina por San Pío X.

Todo este desarrollo se tradujo en un catolicismo vigoroso, cuya actividad renovada llamó la atención de los gobernadores y de los medios liberales radicales. El gobernador Carlos Canseco dejaba conocer al general Porfirio Díaz su preocupación por la creciente influencia de los sacerdotes sobre la conciencia popular y por la organización de nuevas asociaciones católicas. La imagen de una Iglesia Católica triunfante se acentuó entre los liberales en 1895 y 1896 con la celebración del Concilio Provincial Mexicano, la coronación pontificia de la Virgen de Guadalupe y la visita de Monseñor Nicolás Averardi, visitador papal, a México.

La Constitución y las Leyes de Reforma continuaban vigentes y los liberales clamaban por su aplicación. Pero cuando alzaban su voz, callaban ante las dádivas de Díaz. “Este gallo quiere máis” (maíz), se afirma que decía, y se prodigaba en repartir escaños en el Congreso, puestos en el Gabinete presidencial o en los Gobiernos de los Estados. Embridaba así a la oposición y fortalecía su poder personal; era el dueño de la «caballada», el omnipotente general Don Porfirio Díaz, «dueño de vidas y haciendas». Pero todo llega a su fin. También el «porfiriato».

En búsqueda de un proyecto de Estado y de la construcción de una nación.

El problema de México estaba en la tortuosa búsqueda de una experiencia de Estado libre y moderno, al mismo tiempo que no lograba alcanzar y tardará todavía mucho tiempo en conseguirlo a base de descalabros y dolores interminables de un parto. Nace así la dicotomía entre un Estado que no renuncia a su proyecto ideal de sociedad liberal y que, al no alcanzarlo, va a darlo por supuesto, y una sociedad que no renuncia a sentirse y a reconocerse católica.

Lentamente, pero con decidida voluntad, muchos en México, a partir de los dolorosos conflictos sociales, políticos y religiosos de finales de los años veinte y treinta del siglo XX, sacaron a la luz los deseos de la sociedad mexicana por iniciar una etapa nueva en su historia nacional. Las esperanzas de los distintos grupos sociales fueron saliendo con voluntad firme a la esfera pública, expresándose abiertamente.

En este ámbito de cosas se entienden también las luchas políticas y las diversas lecturas históricas que se han venido haciendo sobre la historia mexicana. Todos deseaban una sociedad de aires nuevos, que superase aquellos viejos esquemas liberales decimonónicos, resucitados en sus esquemas más radicales a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. En esta historia del pensamiento social y político y de sus actuaciones se entremezclan con desorden ilusiones y temores, anhelos y nostalgias, programas y utopías, estudios y prejuicios, propuestas y reservas, solidaridades confiadas y autodefensas susceptibles, apremios generosos e intereses de parte, proyectos radicalmente jacobinos y atisbos de programas con tintes del ya difundido socialismo de matriz marxista o anárquico.

Algunos toman forma más o menos estable en reivindicaciones sociales, planes políticos, protestas ideológicas, proyectos culturales, apuestas empresariales; otros, forman un conjunto de fuerte conciencia que apuesta por la construcción de una sociedad que corresponda a la estructura y a las raíces del pueblo real donde se recuperen y se tengan siempre presentes las propias raíces y su herencia histórica. La historia de la persecución religiosa y de sus mártires muestra a las claras la carne viva de México, sus venas abiertas, por las que corre un río de sangre viva.

La Iglesia, con sus fieles, no miran con pena ni rencor esta historia; en ella lee cómo ha tenido ocasión de purificarse y renovarse, volviendo su mirada a Jesucristo; mirando a sus mártires, descubre lo esencial de su vida y el profundo anhelo de profunda libertad de la gente. En tal sentido, la historia de la persecución y de los mártires en el siglo XX mexicano no puede ser separada de esta historia y de todo ese camino tortuoso y ambiguo, en los afanes de construir una nación y un Estado.

Hay que tener muy presentes todos estos factores y los momentos de este camino, también con sus yerros y sus equivocaciones, sin otro ánimo del querer llegar posiblemente a fondo de las raíces de cada cosa: “sin decir nada que no haya sucedido [lo falso], ni ocultar nada de lo sucedido [lo verdadero]”, como decía Cicerón y repetirá León XIII sugiriendo el método crítico en los estudios históricos.


NOTAS

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FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ