LOAYZA, Jerónimo de

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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(Trujillo, 1498 – Lima, 1575) Religioso; Primer Arzobispo de Lima

PRESENTACIÓN

Fray Jerónimo de Loayza es una de las figuras fundantes de la evangelización de América del Sur: fue misionero, Obispo en Cartagena Colombia, primer Arzobispo de Lima, pacificador durante las guerras civiles entre los conquistadores españoles, defensor de los derechos de los naturales, fundador del primer hospital para los indios, promotor de la construcción de la Iglesia Catedral de Lima e iglesias en los pueblos, gestor de los dos primeros Concilios Limenses y obras de caridad y promoción social que aún perduran, después de quinientos años.

BREVES DATOS BIOGRÁFICOS

Fray Jerónimo de Loayza y González, nació el año 1498 en Trujillo - Extremadura (España) y fue bautizado en la parroquia de Santa María. Sus padres, Álvaro de Loayza y Juana González, estaban relacionados con la Orden Dominicana. El Arzobispo de Sevilla, fray García de Loayza y fray Domingo de Mendoza, uno de los primeros misioneros que llegaron a América, eran dominicos. Nada extraña que fray Jerónimo de Loayza siguiera los pasos de sus parientes dominicos, ingresando a la Orden Dominicana. Fray Jerónimo inició su noviciado e hizo la profesión de sus votos religiosos en el Convento de San Pablo de Córdoba, luego pasó a Coria a realizar los estudios de humanidades y más tarde al Colegio de Sevilla, donde estudió los primeros años de Teología. En atención a su capacidad intelectual, pasó al Colegio Mayor de San Gregorio de Valladolid, donde terminó sus estudios teológicos el año 1521, a la edad de 23 años.

Su maestro, fray Francisco de Vitoria, lo promovió con el título de Colegial de dicho Colegio, y después de tres años de estudios superiores (1523- 1526), se graduó con el título de Catedrático de Artes y de Teología.

El año 1527 pasó a Andalucía para dictar clases en los Conventos dominicos de San Pablo de Córdoba y Santa Cruz de Granada. En dichos Conventos ejerció también el cargo de Prior, con aprecio y estima de sus hermanos religiosos.

MISIONERO

En 1528, fray Tomás Ortiz, misionero dominico en Santa Marta (Colombia), recorrió los Conventos de la Provincia Bética (España), invitando a los frailes a dejar su tierra y cruzar los mares, para llevar adelante la evangelización de los naturales del Nuevo Mundo, iniciada ya en 1510, por fray Pedro de Córdoba, fray Antonio de Montesinos y fray Bernardo de Santo Domingo. Fray Jerónimo de Loayza se sintió comprometido en esta gran empresa misionera y el año 1529 dejó España y pasó al Nuevo Mundo, para dedicar su vida y sus talentos a la gran misión de la evangelización, instrucción y protección de los indios, “allí donde había de ser su padre, su amparador y su abrigo”.[1]


Veinte frailes dominicos desembarcaron en Santa Marta, y con celo apostólico iniciaron su labor evangelizadora tierra adentro. Fray Jerónimo de Loayza dio prioridad a la evangelización y defensa de los derechos de los nativos de las etnias chibchas-hondas, taironas-huairas y buriticas. En 1533, el conquistador Pedro de Heredia fundó la ciudad de Cartagena de Indias, y llamó a los misioneros dominicos que misionaban en Santa Marta. Fray Jerónimo, respondió a tal llamado y desarrolló su misión evangelizadora entre los nativos de mahates, bahaire y Turbaco.[2]

Un año más tarde fray Jerónimo enfermó y regresó a España para recuperar su salud. Fue una ocasión para informar a sus superiores de la labor misionera que realizaba, y les pedía que enviaran otros misioneros para llevar adelante la instrucción en la fe y la defensa de los Naturales. Se quedó en España cuatro años (1534-1538), en cuyo lapso ejerció el priorato en el Convento de Carboneras.

OBISPO DE CARTAGENA

El 31 de diciembre de 1536 falleció fray Tomás Toro Cubero, dominico, Obispo de Cartagena de Indias. Este suceso fue ocasión, para que fray Jerónimo de Loayza fuera presentado como posible sucesor del Obispo difunto.

El Rey Carlos I-V, informado del ministerio ejemplar que fr. Jerónimo venía realizando, demostrando coraje en denunciar los abusos de los conquistadores, y en defender los derechos de los naturales, escribió una carta al Papa Paulo III, con fecha 3 de setiembre de 1537, en la cual le pedía preconizar Obispo de Cartagena a fray Jerónimo de Loayza.[3]

El Papa aprobó la propuesta y, el 29 de jimio de 1538 fue consagrado Obispo, en la Iglesia del Convento de San Pablo de Valladolid. A finales de 1538 retornó al Nuevo Mundo y tomó posesión de su sede episcopal, en la diócesis de Cartagena de Indias.

Sus encuentros frecuentes con los nativos hicieron que nuevamente fuera constatando en el terreno, la explotación y abusos a los que estaban sometidos los naturales, y no tuvo a menos cuestionar a los encomenderos y a los conquistadores. “Con tanto celo se metió a cumplir su ministerio pastoral, que ni excusaba caminos, ni temía riesgos, ni se sabía negar a las mayores fatigas…[4]

Se preocupó “en repartir ministros que se dedicaran a la evangelización de los pueblos de su obispado”. Y con mucha solicitud inició la construcción de la Iglesia Catedral. La obra no tardó en verse acabada y bien ornamentada, con todos los objetos necesarios para el culto divino. Fue inaugurada el 28 de junio de 1538, bajo el patrocinio de Nuestra Señora. Otra inquietud que urgió a fr. Jerónimo fue la instrucción y promoción de los indígenas, para lo cual hizo construir una escuela.

OBISPO DE LIMA

La Corte Real venía haciendo los trámites para la creación de dos nuevas sedes episcopales: la de Quito, y la de la Ciudad de los Reyes (Lima). El 19 de junio de 1540, el Rey-Emperador Carlos I-V escribió al Obispo Jerónimo de Loayza, dándole a conocer su decisión de promoverlo a la nueva sede de la Ciudad de Lima. Le dio a conocer también que “el Gobernador Vaca de Castro le señalará los límites de su Obispado”.[5]

El 7 de octubre de aquel año, el Rey comunicó al Gobernador Vaca de Castro y a los Oficiales Reales que “el Obispo de Cartagena pasaba a ejercer su oficio pastoral a la Ciudad de los Reyes”.[6]El 14 de mayo do 1541, el Papa Paulo autoriza al Obispo Loayza para elegir a los miembros de su Cabildo.

El 18 de febrero do 1543, el Gobernador Vaca de Castro, después de haber recorrido la costa y sierra del Perú, y “de haber consultado a personas de calidad y honradas, para que dieran su parecer de ello”,[7]le señaló los límites de la Diócesis de la Ciudad de los Reyes:

Por la costa, hasta Nazca y Acarí. Por la región de la sierra: Lucanas, Chocorbos, Guaytará y Villacaja. En la región oriental: Angaraes, Jauja, Huánuco y Rupa-rupa. Por el norte: Trujillo, Túcume, Jayanca, Huambos, Huancabamba, Piura, San Juan de la Frontera o Chachapoyas, Santiago de Moyobamba, hasta los confines de Bracamoros.[8]

El Obispo Loayza desembarcó en San Miguel de Piura el 28 de marzo de 1543, e hizo su entrada solemne en la Ciudad de los Reyes el 25 de julio de 1543, por la Calle Real (Jr. Trujillo del Rímac), acompañado por el clero secular, los religiosos dominicos, franciscanos, mercedarios, las autoridades civiles y los habitantes de la ciudad. Entró en la humilde Iglesia Catedral y tomó posesión de su nueva sede episcopal. La serena y dulce mirada de su Pastor, cautivó a sus feligreses. El 17 de setiembre de 1543 firmó y publicó el «Acta de la erección canónica de la nueva Diócesis» y se entregó de lleno a su ministerio pastoral, llegando su ingeniosa caridad a las vastas fronteras de su diócesis.

ARZOBISPO METROPOLITANO

El 22 de abril de 1547 la Santa Sede facultó al Arzobispo Loayza el uso del «palio» (faja blanca con seis cruces), mediante el cual le da facultad para decidir con autoridad en determinadas circunstancias. Con la Bula del Papa llegó también una carta del Rey Felipe II, con fecha 26 de noviembre de 1547, en la cual le exhorta a “tomar la investidura que se le confería y ejercitase la jurisdicción que por derecho le estaba señalada”.[9]

El 9 de abril de 1548, cuando el Obispo Jerónimo Loayza cumplía la delicada y difícil misión de pacificar la guerra civil en la que andaban comprometidos Gonzalo Pizarro y el Virrey La Gasea, fue sorprendido con la buena noticia de haber sido promovido a la dignidad de Arzobispo.

“Estando en el pueblo de Huaynarimac, a doce leguas del Cusco, el Obispo de Lima, fray Jerónimo de Loayza recibió los despachos del Rey y del Papa, en que le hacían el primer Arzobispo de Lima. El hecho fue proclamado y celebrado con toda solemnidad en la Iglesia de la Merced del Cusco, el 24 de agosto de 1548, y la homilía la predicó fray Tomás de San Martín”.[10]

Según las Constituciones eclesiásticas de la época, desde el día que un Obispo era elevado a la dignidad de Arzobispo, la diócesis era elevada también a la categoría de Arquidiócesis. Más aún, fueron integradas como sufragáneas a la nueva Arquidiócesis las diócesis de Panamá, Nicaragua, Cartagena, Quito y Cusco. Andando el tiempo, se integraron también como sufragáneos los obispados de Paraguay, Charcas, Tucumán, La Imperial o Concepción y Santiago de Chile. Hasta el año 1546, los Obispados de Cusco, Panamá, Nicaragua, Popayán, Cartagena y Lima, ejercían su ministerio pastoral bajo la jurisdicción del Arzobispo Metropolitano de Sevilla (España), instituido por el Papa Paulo III, mediante la Bula del 01 de enero de 1545.

Con la creación de la Sede Metropolitana de la Arquidiócesis de la Ciudad de los Reyes, en 1548, las Diócesis citadas fueron integradas a la Nueva Sede Metropolitana y desmembradas de la Sede Metropolitana de Sevilla.

CONSTRUCCIÓN DE LA CATEDRAL

Desde el día de la toma de posesión de su nueva sede episcopal, el Obispo Loayza vio y sintió la necesidad de construir una nueva Iglesia Catedral. Con la colaboración del Rey Carlos I-V, del Virrey La Gasca, de algunos amigos pudientes, y la limosna generosa de los fieles, empezó la construcción de la nueva Iglesia Catedral, “porque la Iglesia que había, era cosa vergonzosa, en tierra tan rica. Era pequeña, con muros de adobe y techo de paja”.

La construcción empezó en 1543 y quedó terminada el año 1551; bien ornamentada; bajo el Patronato de la venerada imagen de Nuestra Señora La Antigua, obsequiada por el Cabildo eclesiástico de Sevilla. El Arzobispo Loayza, en su carta de 9 de marzo de 1551, informa al Consejo Real que la nueva Catedral no es ostentosa; pero queda buen templo y de buena gracia, y si adelante pareciere que conviene hacerse mejor, podría ir haciéndose poco a poco.[11]

Meléndez comenta: “comenzó pues su fábrica nuestro Obispo (Loayza), y acabóla su cuarto sucesor, el Ilustrísimo Don Gonzalo de Ocampo, y ha quedado majestuoso y grave el edificio...”.[12]

TEMPLOS PARROQUIALES

El Arzobispo Loayza tomó también gran interés en construir iglesias en la ciudad de Lima. En 1550, en los Barrios Altos de Lima, comenzó la construcción de la Iglesia Santa Ana, y la inauguró en 1553, con el título de Parroquia de Santa Ana. En agosto de 1554 inauguró la Iglesia de San Sebastián, con el título de Parroquia. El 23 de Abril de 1562 autorizó al cura Antón Sánchez la construcción del Hospital e Iglesia de San Lázaro, en la otra banda del río Rímac. La inauguró con el título de Parroquia de San Lázaro de los naturales. Erigió también la Parroquia de San Marcelo. Puso la primera piedra en el templo de los Padres Agustinos. “Fundó en la misma Ciudad... el Monasterio de Monjas de la Encarnación, con el hábito de canónigas de San Agustín”.[13]

Santo Toribio de Mogrovejo, sucesor del Arzobispo Jerónimo de Loayza, en su primera visita a los pueblos y caseríos de su extensísima Arquidiócesis, “pudo comprobar que muchas de las parroquias debían su edificación, organización y próspero entable al celo pastoral del Arzobispo Loayza”.[14]

MÉTODOS DE EVANGELIZACIÓN

En su quehacer pastoral, el Obispo Loayza pudo comprobar que el Imperio de los Incas estaba poblado por numerosas etnias, cada una con su propio idioma: El «quechua» lo hablaban gran parte de los pueblos de la sierra del Perú, del Alto Perú ( Bolivia), del Tucumán (Argentina) y Ecuador. El «aimara», en numerosos pueblos asentados a orillas del Lago Titicaca. El «tallana», en Piura. El «mochica», en Trujillo. El «puquina», en Arequipa, Moquegua y Tacna.

Ante esta variedad de lenguas, los primeros evangelizadores optaron por escribir en pequeñas «cartillas» en las lenguas de los naturales, aquello que les habían de enseñar. Otro sistema empleado por los «curas doctrineros» que no dominaban el idioma de los naturales, era acudir a algún intérprete, con el riesgo de no interpretar debidamente las verdades de la fe que enseñaban. Entre los frailes dominicos, era requisito de ley que el fraile que había de ejercer el ministerio de «cura-doctrinero», primero, debía aprender y dominar el idioma de los nativos y luego, ser “aprobado por un tribunal que posea el idioma de sus feligreses”.

Las enseñanzas de la doctrina cristiana a los naturales, la impartían verbalmente, y para ayudar a profundizar en la fe y ser pedagógicos en sus enseñanzas, escribían también cartillas, coloquios o catecismos breves, con preguntas y respuestas, que luego corrían de mano en mano. Fray Jerónimo escribió también su cartilla, con el título de «La instrucción en la fe».

El Arzobispo Loayza, atento a las instrucciones del Concilio de Trento, y con el propósito de mantener un estilo pedagógico unido de cuanto se enseñaba, en 1545 dispuso recoger todas las «cartillas» escritas por autores diversos, hasta que se redactara y publicara el Catecismo oficial, que luego haría llegar a todos los curatos de la Arquidiócesis.

En la carta que el Arzobispo Loayza escribió al Rey Felipe II, con fecha 30 de setiembre de 1583, le dice:

“... y porque somos informados que con santo y virtuoso celo se han hecho algunas cartillas, en las lenguas de los naturales, donde se contienen los principios de nuestra santa fe... mandamos, so pena de excomunión mayor, a todos los que dicho es, al presente están adoctrinados... que doctrinen y enseñen a los dichos naturales, en el estilo general que es en la legua latina o en romance castellano, conforme al contenido en las cartillas que de España vienen impresas…”[15]

Estas medidas, en el ejercicio de la evangelización, garantizaban no solo el aprendizaje de la doctrina cristiana, sino confortaban y ayudaban a los indios catequizados a profundizar en su fe y a sentirse comprometidos, como Moisés en Egipto, en la defensa de sus paisanos maltratados y explotados.

EJERCICIO DE LA CARIDAD

Los pobres en la vida del Arzobispo Loayza, ocupaban un lugar privilegiado; por ello en su celo la evangelización y caridad fueron a la par. Socorría a indios y españoles, a hombres y mujeres, a seglares y religiosos, “especialmente a los indios que comúnmente son los más necesitados en el Perú”.[16]

“Era de su naturaleza ser compasivo y no podía sufrir ver miserias en sus prójimos, quisiera darles no solo lo que tenía, la vida diera si fuera posible, para remedio de los pobres”.[17]

En la encañada de Cohoayllu (Yauyos), “mandó hacer unas casas de piedra que las llaman del Arzobispo. Venía a la mitad del año con grandes esmeros y prevención de médico y medicinas para los enfermos, usando de especialísima providencia en sustentar a los impedidos de los pueblos...”[18]

Y, cuestionando la vida alegre de los encomenderos, les decía: “... perciben sus tributos, gastando y triunfando de ellos, sin acordarse de aquellos miserables de cuyo sudor se sustentan, ...cumplan con su conciencia, acuérdense de hacer algo por ellos...”[19]

El Virrey Pedro de la Gasea, conociendo el espíritu de caridad del Arzobispo Loayza, le pareció “que el mayor premio que le podía ofrecer (al Arzobispo), era darle más materia, con qué poder ejecutar su mucha caridad con los pobres, y así, al partirse de Lima a España, le dejó cincuenta mil reales de plata, para que repartiese entre los pobres de la ciudad, socorriéndolos en sus muchas necesidades espirituales y corporales...”[20]. El Arzobispo ejecutó con gusto y puntualidad, la voluntad del donante, repartiendo dichos bienes entre los indios necesitados, y proveyendo a las Iglesias pobres de los pueblos los útiles necesarios para las celebraciones litúrgicas.

“Mandaba recoger o cuantos indios enfermos había por la ciudad y en las chacras... Los clérigos y seculares le informaban de los que necesitaban curación y los hacía atender para brindar un servicio de salud permanente, curando y cuidando la salud de los Indios”;[21] para esa finalidad hizo construir un Hospital para los Indios.

HOSPITAL DE SANTA ANA

La fundación del Hospital de Santa Ana para los Naturales, en los Barrios Altos de Lima, fue una respuesta a la situación de desamparo y abandono en que vivían y morían muchos indios “a causa de que venían a ella (a Lima) así a servir a sus encomenderos, como otros que acuden con españoles a esta Ciudad con sus negocios. Entendiendo cuántos cada día se mueren en sus ranchos, y otros cabos, así por falta de curación como de comida y otros refrigerios, nos pareció bueno hacer una Casa Hospital donde los dichos naturales y enfermos fuesen curados, se haría una obra muy aceptada a Nuestro Señor...”[22]

El Arzobispo Loayza puso la primera piedra del apetecido hospital, en enero de 1549. Para iniciar la construcción de esta obra gigantesca, “vendió todas las alhajas de su casa, dejando solo aquello muy necesario, para el servicio de su persona”.[23]Tampoco tuvo reparos en solicitar ayuda económica al rey Carlos V, al príncipe Felipe II, y al Cabildo de la Ciudad; también colaboraron algunos amigos pudientes y los fíeles con su limosna.[24]

El hospital contaba con dos enfermerías una para varones y otra para mujeres, con un total de cincuenta camas, y otras dependencias, para una adecuada atención. Pasados algunos años, en 1565, construyó un apartamento sencillo, para su residencia... para cuidar de cerca la buena marcha del Hospital.

Para la conservación, el buen régimen y orden que se debía guardar en el Hospital, el Arzobispo fundador expidió once «Ordenanzas» y cinco «Constituciones». Mediante estas disposiciones recuerda a los responsables, que “el dicho hospital se fundó para curar y doctrinar a los Indios”, y no con una finalidad lucrativa. Dispuso también que las personas que trabajan en el Hospital, “sean personas de buenas costumbres y aficionados al bien de los naturales...”[25]

Para honrar la memoria del benemérito fundador del primer Hospital del Perú, en 1925 el Presidente de la República, D. Augusto B. Leguía hizo construir y trasladar el antiguo Hospital de Santa Ana a un moderno edificio, con el nombre de su insigne fundador «Hospital Arzobispo Loayza».[26]

LABOR EDUCATIVA

En 1545 el Arzobispo Jerónimo de Loayza escribió una pequeña cartilla sobre la Instrucción de la fe cristiana, y en ella hacía hincapié en la Instrucción de los niños indios; sobre todo, en el aprendizaje del idioma castellano.

Para el logro de este objetivo el Arzobispo recurrió a la Corte Real para que ordenara la creación de escuelas. En la realización de este proyecto jugó un papel importante el dominico fray Pedro de Ulloa. Viajó a España e hizo las diligencias del caso, y consiguió que la Reina y el Príncipe Felipe II expidieran la Cédula real, firmada en Valladolid el 2 de mayo de 1551, en la cual ordenan a los oficiales de la Real Hacienda del Perú dar el apoyo solicitado para la construcción de escuelas en las Doctrinas.[27]

El segundo Concilio Límense acordó y ordenó que en todas las Catedrales hubiese escuelas y maestros que se dedicaran a la Instrucción de los naturales. La Real Cédula de 19 de octubre de 1566 alude a esta Ordenanza, y recomienda se tenga en cuenta lo dispuesto en el Concilio de Trento sobre esta necesidad.

Años más tarde el Virrey Lope García de Castro, en su carta al Rey del 4 de enero de 1567, le demuestra su solidaridad con lo dispuesto en el Segundo Concilio Límense. Insiste en que los doctrineros de los indios debían dialogar con frecuencia en el idioma de los naturales para adquirir facilidad en el uso de dicho idioma, “y que se fundasen escuelas en los pueblos de Indios donde se enseñase a los niños el castellano”.[28]

ARZOBISPO PACIFICADOR

Los gobernantes de la época, cuando se veían asediados por las revueltas y guerras civiles, recurrían a la autoridad del Obispo y a los superiores religiosos, para que, en diálogo con los litigantes, lograran la paz. El Obispo Loayza, actuó como pacificador en la tercera guerra civil en Perú (1544-1548), provocada por los encomenderos contra el Virrey Blasco Núñez de Vela. En esta delicada y difícil misión, el Obispo Loayza actuó junto con sus hermanos dominicos fray Tomás de San Martín, fray Domingo de Santo Tomás y fray Pedro de Ulloa. El historiador Vargas Ugarte dice al repecto: “Fray Jerónimo de Loayza tuvo que adoptar el papel de pacificador, exigido por las circunstancias y no podía negarse, pues, supo condicionarse con tino y dirección notable”.[29]

Pero la loable tarea pacificadora del Obispo Loayza y de sus hermanos dominicos, no siempre fue bien vista y entendida. “Los encomenderos a impulsos de sus ambiciones, metieron a fray Pedro de Ulloa en un sótano sin luz, a donde lo tuvieron catorce días con grillos y cadenas, el sótano era una cisterna junto a una alberca de agua, llena de sapos y otras sabandijas ponzoñosas”.[30]

Otro caso: La Audiencia en Lima, ante su situación de impotencia frente a los encomenderos descontentos, “hizo autor de la situación al Obispo Loayza, hasta el extremo de decretar su destierro, a cinco leguas de la ciudad. Por fortuna, no insistieron los Oidores, porque en diálogo con sus detractores aceptaron las razones y explicaciones que daba el Obispo”.[31]

Un tercer caso: Por haberse asilado en la Iglesia Catedral el Capitán Ruy Barba, después de una sangrienta pendencia con el factor Romaní, los Oidores, amigos de Romaní y sus alguaciles, atacaron con armas a los responsables del cuidado de la Catedral, y no tuvieron a menos llevar presos y meter en prisión a algunos clérigos, sacristanes y gente que trabajaba en la Catedral.[32]

Harto de agravios, maltratos e incomprensiones, el Obispo Loayza optó por renunciar a su sede episcopal. Así se lo manifestó al Rey Carlos V en su carta del 3 de febrero de 1549, en la cual le pedía que le exonerase del Obispado y le permitiera volver a España, para pasar sus últimos días en un Convento de su Orden.[33]

Le informa asimismo, que el país ha entrado en un periodo de paz, y que ha ordenado se ponga mayor empeño en el cuidado de los naturales: “Ya he dado orden que se tome a pecho la instrucción de los naturales, adultos y niños... que se tenga más cuidado y se ponga mayor diligencia en su buen tratamiento y conversión”.[34]

El Presidente de la Audiencia La Gasea escribió también al Rey, dándole a conocer los valiosos servicios que prestaba al buen gobierno del país. En su carta, firmada en la Ciudad de los Reyes, con fecha 2 de mayo de 1549, atestigua:

“Con su autoridad y prudencia, el Arzobispo ha ayudado en la jornada contra Gonzalo Pizarro y después del sosiego y concierto en la tierra y amparo de los naturales y en allegar y poner recaudo de la hacienda. A pesar de su edad y flaco y no de entera salud... gastó todo lo que tenía en socorrer a la gente y darles de comer...”[35]

Con cuánto acierto escribió el historiador Hampe Martínez que el Arzobispo, Jerónimo de Loayza “constituye una figura de primerísimo plano en el manejo de los asuntos políticos del virreinato, distinguiéndose además por su defensa humanitaria de los súbditos aborígenes.”[36]

En conclusión, podemos decir que la intervención de fray Jerónimo de Loayza, Arzobispo de Lima, no fue por intereses personales, sino por el interés de conseguir la paz en el país, facilitar la evangelización e instrucción de los naturales y defender sus derechos. Es verdad que estos compromisos de carácter social y político, en aquellas circunstancias, en parte, le restaron tiempo y dedicación a su ministerio pastoral, pero, después de todo, el Arzobispo Loayza, con su recomendada autoridad, dejaba sentir lo que mejor convenía hacer para el desarrollo pacífico del país y el bienestar de todos sus ciudadanos.


Por encima de todo sobre lo que se diga y se opine de fray Jerónimo de Loayza por sus intervenciones en asuntos civiles, está su empeño en asentar los cimientos de una nueva Iglesia y organizar los servicios de los curas y doctrineros, para lograr una eficaz y verdadera conversión de los indios. El Rey Carlos I-V, en su carta al Arzobispo Loayza de 12 de setiembre del 1557, le agradece por lo mucho y bien, en la pacificación del reino, como por el celo y cuidado que había dedicado a la defensa e instrucción de los naturales.

SUGERENCIAS Y RELACIONES

La falta de atención religiosa en la zona de Charcas realmente inquietó el celo pastoral del Arzobispo Loayza y, sin darle de largas, sugirió al Rey Carlos V la creación de un nuevo Obispado, y propuso como posible candidato al distinguido promotor de la educación en el Perú virreinal, creador de sesenta y dos escuelas y fundador de la Universidad Nacional de San Marcos: el dominico fray Tomás de San Martín.

La sugerencia del Arzobispo Loayza fue bien acogida en la Corte Real y en Roma. El Papa Julio III no tardó en erigir la diócesis de Charcas - La Plata, y promover a su primer Obispo, fray Tomás de San Martín, en 1552. El Arzobispo Loayza gozó mucho con la llegada a Lima de los primeros religiosos jesuitas que arribaron al Perú en 1568. El Padre Rubén Vargas Ugarte comenta: “El Arzobispo Loayza los favoreció cuanto pudo y contribuyó de su parte a la compra de las casas que sirvieron de morada a estos religiosos y en donde luego edificaron casa e Iglesia”.[37]

CONCILIOS LIMENSES

El panorama sombrío que presentaba la realidad social y religiosa del Perú virreinal dejaba sentir la necesidad de algo que fuera capaz de frenar el atropello y el desconocimiento de los derechos humanos de los naturales. En las guerras civiles los rivales llevaban no sólo a españoles contra españoles, sino también a los indios contra sus hermanos. En esta situación de violencia, la evangelización de los naturales estaba sumamente afectada, en todas sus dimensiones.

Fue en ese contexto cuando, el Arzobispo, Jerónimo de Loayza, en su condición de Arzobispo Metropolitano, convocó a los Obispos sufragáneos a la celebración del Primer Concilio Limense; posteriormente siguiendo las indicaciones del Concilio de Trento, convocó al Segundo Concilio Limense.

PRIMER CONCILIO

Los primeros pasos que se habían dado en la evangelización de los naturales, a pesar de la permanente instrucción que se impartía sobre las verdades de la fe cristiana, se veía una falta de perseverancia en la fe y una conversión no auténtica. Esta inestabilidad en la fe con la que los nativos eran incorporados en la Iglesia, motivó la celebración del primer Concilio Limense.

El Arzobispo Loayza así se lo dio a entender al Rey en su carta del 3 de febrero de 1549. En ella le comunica que le está enviando la «Instrucción» que había escrito para la enseñanza de los naturales y le hace ver la necesidad de un encuentro con los Obispos sufragáneos “porque conviene mucho que, a los mismos, en lo sustancial de la fe y administración de los sacramentos, nos conformemos...”

El 3 de abril año 1550, el Arzobispo Loayza convocó a los obispos sufragáneos de Nicaragua, Popayán, Quito, Panamá y Cusco, con la finalidad de estudiar y decidir juntos, lo que mejor convendría hacer para consolidar la fe de los nativos. Pero los Obispos convocados no concurrieron.

El año 1551 repitió la convocatoria y de ello informó a S.M. diciendo: “escribí a los Prelados sufragáneos a esta Iglesia que nos juntásemos para el Abril o Mayo pasado del 50. Algunos respondieron excusándose y ninguno vino y como esto es cosa que cierto importa mucho he tornado a convocarlos para la Pascua del Espíritu Santo de este año 51, de lo que se hiciese haré relación a V.M…”.[38]

El Príncipe Felipe II, estaba plenamente de acuerdo con la celebración de un Concilio y, desde Madrid, el 5 de enero de 1552, le escribió una carta en la cual le decía que le estaba remitiendo Cédulas para los Obispos sufragáneos, “a fin de que cada uno y cuando fuesen por él convocados a Concilio Provincial, acudan en conformidad con lo que prescriben los cánones, y remite también otra cédula al Virrey para que le diese todo a favor en ello”.[39]

Los Prelados convocados fueron: El Obispo de Nicaragua, fray Antonio Valdivieso, dominico, asesinado antes de emprender viaje a Lima. El Obispo de Panamá, fray Pablo de Torres, dominico, envió a su Delegado Rodrigo de Arcos. El Obispo de Cusco, fray Juan Solano, dominico, envió como Postulador al clérigo Baltazar de Loayza. El Obispo de Quito, envió como Postulador al Lic. Juan Fernández. Del Obispo de Popayán, D. Juan del Valle, no se dice nada.

También fueron convocados y participaron los Superiores Provinciales de las Órdenes Religiosas: Fray Domingo do Santo Tomás, Provincial de los Dominicos. Fray Martín de Victoria, Comisario de San Francisco. Fray Miguel de Orenes, Comendador de la Merced. Fray Juan Estacio, Provincial de los Agustinos. Actuó como Secretario el Canónigo Agustín Arias.

El primer Concilio Límense debió inaugurarse los primeros días del mes de mayo de 1551; pero los Postuladores de los Obispos sufragáneos, demoraron en llegar a Lima. Por este motivo, la inauguración del Concilio se retrasó hasta el 4 de octubre de dicho año. Las sesiones se prolongaron hasta el año 1552. Las Constituciones aplicadas a los indios, fueron leídas y promulgadas el 24 de enero de 52, y las Constituciones para los españoles, el 22 de febrero del 52.

Las Constituciones aprobadas y promulgadas, estaban orientadas, en primer lugar, a promover en los pueblos y caseríos de la Arquidiócesis de Lima y en las diócesis sufragáneas, la evangelización, y fortalecer la fe de los naturales ya bautizados e integrados a la Iglesia; en segundo lugar, impulsar a los curas doctrineros del clero secular y de las órdenes religiosas, para que ninguna provincia de la diócesis sufragánea carezca de la predicación del Evangelio.

SEGUNDO CONCILIO

La demora en llegar la aprobación de las disposiciones del Primer Concilio Limense de la Corte Real y del Papa, preocupaba al Arzobispo Loayza. Para revisar lo dispuesto y reafirmar lo que se consideraba una necesidad en la evangelización de los países del Nuevo Mundo, el 10 de julio de 1553, convocó nuevamente a los Obispos sufragáneos de Quito, Cartagena (Popayán), Panamá, Nicaragua y Cusco para la celebración del Segundo Concilio Limense.

Pero los Obispos convocados no concurrieron. Posiblemente esperaban las disposiciones o decretos, del Concilio de Trento (1545-1563), para dar un paso más seguro. A mediados de 1565, llegó a Lima el texto del Concilio de Trento, y la cédula del rey Felipe II, en la cual ordenaba públicamente dar a conocer las disposiciones del Concilio Tridentino, en todos los países del virreinato.

El Arzobispo Loayza, de acuerdo con el Presidente D. Lope García de Castro, en presencia de la Audiencia de ambos Cabildos (civil y eclesiástico), y de los fieles, el 3 de marzo de 1567 después de la Misa celebrada por el Arzobispo, desde el pulpito de la Iglesia Catedral, se leyeron los Decretos del Concilio de Trento.

En carta al Rey de 20 de abril de 1567, el Arzobispo Loayza, le dice: “Ya tengo escrito a V.A. cómo el Santo Concilio de Trento se recibió en la Iglesia Mayor de esta ciudad. Domingo a 20 de Octubre del año pasado de 65, día de San Simón y San Judas, con la más solemnidad que pudo ser, el mismo día se publicaron en romance en la dicha Iglesia los decretos que parecía que convenía que el pueblo supiese”[40].

A la carta convocatoria adjuntó la Cédula, en la cual Felipe II ordena a los Obispos sufragáneos acudir al llamamiento del Arzobispo Metropolitano. La inauguración del segundo Concilio Límense se efectuó el 2 de marzo de 1567 y contó con la presencia de nueve Obispos sufragáneos de Quito, Popayán, Panamá, Nicaragua, Cusco, La Plata (Charcas), Paraguay, Santiago de Chile y la Imperial. Tomaron parte también D. Lope García de Castro, Gobernador del Virreinato, y los Superiores de los diversos institutos religiosos y consultores de calidad. En la citada carta al Rey, le informa también: “El Virrey Lic. Castro se halla siempre con nosotros, para que tenga más autoridad lo que se ordenare. Todo lo que ordenare se enviará para que V. Alteza los mande ver y también a su Santidad.”[41]

En la misa inaugural el Arzobispo Loayza exhortó a la Asamblea a elevar sus preces al Espíritu Santo, “para ser útil para la conversión de los indios y la reforma del clero y del pueblo cristiano”.

En las primeras sesiones de la Asamblea se deliberó ampliamente sobre las propuestas de los Cabildos del Clero y de los Religiosos; de la instrucción en las verdades de la fe cristiana, a españoles e indios; de las herejías, especialmente la luterana, y de la obediencia filial al Sumo Pontífice.

Fray Jerónimo de Loayza declaró clausurado el Concilio y despidió a los Obispos sufragáneos que habían participado, recomendándoles una vez más, la necesidad de redactar una «Suma Breve de la Doctrina Cristiana», para uso de los doctrineros diocesanos, en tanto se publicaba el Catecismo del Concilio de Trento.

FALLECIMIENTO

Con el gozo de haber gastado su vida al servicio de la Iglesia y del Perú, el Arzobispo Jerónimo de Loayza llegó a la edad de 77 años. “Murió en el cuarto que había hecho en el mismo Hospital (de Santa Ana), para vivir con los pobres, Pastor entre sus ovejas y Padre que supo defender la dignidad de sus hijos. Entregó su alma a Dios, mandándose enterrar en la Iglesia del mismo Hospital, queriendo que fuesen dueños de sus cenizas... los que habían sido de su cariño, de su amor y de su hacienda en la vida... Murió en 25 de octubre de 1575”.[42]

NOTAS

  1. MELÉNDEZ, ir. Juan. Tesoros Verdaderos de las Indias (T.V.I.) Tomo I, p. 466.
  2. MESANZA, O.P. fr. Andrés. Los Obispos de la Orden Dominicana en América. 1938, p. 84.
  3. MESANZA, fr. Andrés. O.P. ob. cit.
  4. MELÉNDEZ, Fr. Juan ob. cit. p. 467
  5. Arch. Hist. Nac. Madrid. Cedulario Indio Tomo IX. N° 261 p. ISO.
  6. A. de I. Sevilla Patronato 1-1-2. N° 2.
  7. Cartas de Indias. Madrid 1877 (RV.U. ob. dt. p. 146).
  8. VARGAS UGARTE, Rubén, S.J. Historia de la Iglesia en el Perú, tomo I, p. 147.
  9. Cédula Real de 26 de noviembre de 1547.
  10. VARGAS UGARTE, Rubén. Historia General del Perú. t. II. p. 29.
  11. A. de Lima, 300 (71-1-8).
  12. MELÉNDEZ, ob. cit. p. 474.
  13. MELÉNDEZ, ob. cit. p. 504.
  14. VARGAS UGARTE, ob. cit. p. 148.
  15. Carta del Arzobispo a S.M. Los Reyes, 30 de setiembre de 1583. V.C.I.O.I. en el P. Tomo I P- 267. (V.U. ob. cit. T. I. p. 51).
  16. MELÉNDEZ, ob. cit. Tomo I. p. 503.
  17. LIZÁRRAGA h. Reginaldo. Descripción breve de toda la Tierra del Perú. p. 109.
  18. MELÉNDEZ, ob. di. p.
  19. Ibid
  20. Ibid.
  21. VARGAS U. ob. tit p. 296.
  22. MELÉNDEZ, ob. tit. p. 611.
  23. Cédula de Felipe H, firmada el 18 de mayo de 1553. Cf. Meléndez, ob. tit. p. 516.
  24. Carta de 01 de diciembre de 1555, Cf. Meléndez, ob. tit. p. 516.
  25. MELÉNDEZ, ob. cit. pp. 512-517.
  26. VARGAS U. ob. cit. p. 307.
  27. MELÉNDEZ, ob. cit. p. 493.
  28. Colección Levíllier. Gobernantes del Perú en el siglo XVI.
  29. VARGAS, Historia de la Iglesia en el Perú (1611-1563). T.I. p. 120.
  30. MELÉNDEZ, ob. cit. p. 115.
  31. VARGAS UGARTE, op. cit, p. 192.
  32. Ibidem.
  33. Biblioteca de la Academia de la Historia. Madrid. Col. Muñoz. Tom. 85.
  34. Carta al Rey - Lima, 3 de febrero 1549.
  35. Colección Levillier, Gobernantes del Perú, en el siglo XVI. (CLGO.) T. I p. 274.
  36. Teodoro Hampe, Compendio histórico del Perú. Tomo II, Lima-Perú 1993.
  37. VARGAS U. Rubén, ob. cit. p. 319.
  38. C.D.H. IJP. Tomo I, p. 215.
  39. Ibid. p. 227.
  40. Carta de 20 de abril de 1567. A. de I. Lima, 300.
  41. Ibid.
  42. MELÉNDEZ, (ir. Juan, ob. cit. p. 523. 28

BIBLIOGRAFÍA

HAMPE Teodoro, Compendio histórico del Perú. Tomo II, Lima- 1993

Levíllier Roberto, Colección Levíllier.( 15 Vol.) Gobernantes del Perú en el siglo XVI. Madrid, 1925

LIZÁRRAGA Reginaldo. Descripción breve de toda la Tierra del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile. Revista del Instituto Histórico del Perú, Lima, 1908

MELÉNDEZ, Juan. Tesoros verdaderos de las Yndias en la historia de la gran prouincia de San Iuan Bautista del Peru de el Orden de Predicadores. Roma, 1681

MESANZA, O.P. fr. Andrés. Los Obispos de la Orden Dominicana en América. 1938

VARGAS UGARTE, Rubén, S.J. Historia de la Iglesia en el Perú. Imprenta de Santa María. Lima, 1953

VARGAS UGARTE, Rubén. Historia General del Perú (10 vol.) Librería e Imprenta Gil, Lima, 1956.


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