LIMA: REAL CONVICTORIO DE SAN CARLOS. (I)

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Introducción

Una de las instituciones educativas más prestigiosas del Continente en las postrimerías del régimen español en el Perú fue sin duda el Real Convictorio de San Carlos. Los elogios de Benito Moxó y Francolí en sus «Cartas Mexicanas» nos lo confirman, así como el número y la calidad de sus estudiantes. En 1802, de los 22 Carolinos matriculados en la Facultad de Leyes de la Universidad de San Marcos sólo ocho eran limeños; los otros eran peninsulares afincados en Lima, como Santillán, o nacidos en otras provincias, como Feliú, Olmedo y Moreno.

No estudiaremos la influencia del Convictorio en la vida intelectual del Perú, sino que trataremos de presentar su desarrollo institucional en la época anterior a 1821.


La fundación

Después de la expulsión de los jesuitas, la educación sufrió también las conse¬cuencias. En todas partes se reclamaban instituciones que continuaran la labor realizada por la Compañía. El 9 de julio de 1769 se expidió la Real Cédula por la cual se establecía la Junta de Aplicaciones, cuya función consistiría en fijar el destino de los Colegios, Casas y bienes de la extinta Compañía. El 15 de junio del año siguiente se instaló en Lima dicha Junta y el 7 de julio del mismo año se firmó el acta de instalación. Esta sería el acta de Fundación del Convictorio de San Carlos y como tal fue conocida.

La Junta estuvo compuesta por el Virrey Amat, el arzobispo de Lima Antonio de la Parada, por el Oidor de la Real Audiencia D. Domingo Orrantia, por el Protector de Indios Conde de Villanueva del Soto, y por D. Jerónimo Manuel de Ruedas, Fiscal del Crimen de la Real Audiencia, decidió que se dispusiera de las casas y colegios de la Compañía en bien de la instrucción de los jóvenes, cumpliendo de esta manera lo establecido en las Reales Órdenes del 25 de octubre de 1768.

La primera medida consistió en “dado el escaso número de estudiantes de San Martín, trasladarlos al Noviciado de los jesuitas y que las rentas de los Colegios San Felipe y San Martin pasen al nuevo establecimiento, así como la pensión del Colegio de San Pablo, y que dicho nuevo establecimiento para perpetuar el Real Nombre de su Majestad y recordar a los presentes y a los futuros que han de participar en los laudables efectos de este establecimiento… será nombrado en adelan¬te Real Convictorio Carolino de San Carlos”.

El traslado y la ocupación del Noviciado sólo se harían hasta mediados del mes de enero de 1771. Mientras tanto la Junta redactó los nuevos estatutos, nombró al Rector, a los Vicerrectores –uno por el Colegio de San Martín y otro por el de San Felipe- a los Maestros y al Protector del Colegio, el Canónigo Domingo Orrantia. El 17 ó 18 de enero de 1771 debió instalarse el Nuevo Colegio.

Con una plana jerárquica con los pocos que quedaban alumnos de San Martín y con las rentas que le fijó la Junta de Aplicaciones, el Colegio empezó a marchar. San Felipe tenía cinco encomiendas, todas las cuales pasaron a San Carlos. Estas encomiendas eran la de Huambo en Cajamarca, la de Pasco, la de La Paz, la de Chumbivilcas y Parinacochas y la de Carangas, trasladada después a Oruro.

Del Colegio San Martín pasaron el importe de doce becas fundadas por el Rey, un impuesto a la hacienda «Cóndor» de Pisco en poder de los Oratorianos, algunos alquileres y otros impuestos que no se lograron materializar. Años después y haciendo las comparaciones del caso, D. Toribio podrá decir que a pesar de la magnanimidad del monarca, el Con¬victorio no fue bien fundado, lo que en el lenguaje de la época significa que no fue dotado de las rentas necesarias para su desenvolvimiento.

Compa¬rando las entradas y los gastos del Colegio San Martín con las del Convic¬torio, éstas resultan menores en 9,541 pesos, diferencia notabilísima la que en realidad es mayor si se considera el número y calidad de los alimentos suministrados a los Carolinos.

El Plan de Estudios fijado por el Junta era el mismo de San Marcos. Este Plan de Estudios no fue confeccionado por Rodríguez de Mendoza, como lo sostienen los editores de la «Memoria de Gobierno» de Abascal, Vicente Rodríguez Casado y Florentino Pérez Embid, pues por esos tiempos Toribio tenía escasos veinte años y estaba terminando sus estudios en Santo Toribio.

La aplicación y establecimiento de San Carlos fue –y de ello tuvieron conciencia los fundadores- una erección y no la reforma de los antiguos Colegios, sobre todo del de San Martín, “porque de él no se pueden apro¬vechar ni aun sus reglas o estatutos por carecer de ellos en el todo, no habiendo en su archivo Libro que las comprenda ni otro documento de su institución que la Real Provisión fecha de once de agosto de 1582”.

Pero tampoco hay que apurar las tintas y afirmar que la fundación fuera total¬mente novedosa sin referencia a ninguna institución, “los estudios deberán hacerse en él por las reglas seguidas y abrazadas por todas las ciudades de España en las que reside Universidad, y las que tienen en toda Europa este establecimiento”; lo que quiere decir que los Planes de Estudio del nuevo Colegio eran en manera alguna originales.

Por otro lado San Carlos, como obra de Amat, no fue acogido con simpatía: el uso de pelucas al estilo francés, el espadín y la casaca motivaron censuras por parte de las gentes; conocemos estas críticas a través del texto «Drama de los palanganas», publicado por Luis Alberto Sánchez.

Dotado de rentas y con un Plan de Estudios el Convictorio podía funcionar: “El reconocimiento exige que lo que menos se recuerden los nombres de los más principales que heroicamente abrieron camino para entrar en países desconocidos, tales fueron el Dr. Joaquín Vicuña, el Sr. Dr. José Silva, hoy electo obispo de Huamanga, y los doctores Vicente Morales y Mariano Rivero que lo condujeron con suma gloria y aprovechamiento de sus alumnos”.

Los Rectores

a) José Lasso Mogrovejo

El primer rector fue el Dr. José Lasso Mogrovejo, nombrado el 14 de enero de 1771. El 7 febrero del mismo año se aprobaron las “distribuciones y reglas que han de observarse interinamente en el Convic¬torio de San Carlos”. Estos reglamentos no tienen tampoco la novedad que algunos autores les atribuyen; eran mucho más benignos que los que regían, por ejemplo, en el Colegio de San Ildefonso.

Tampoco estuvieron influen¬ciados por el empirismo de Locke, según aventura un historiador del Convictorio. Eran sencillamente el medio por el cual la administración española trataba de cambiar el espíritu de vasallo por el de ciudadano capaz de portarse siempre con «buen gusto» y decencia como “les honnétes gens” de su tiempo. La Reforma educativa de Olavide está detrás, tanto del Plan de Estudios, como de las distribuciones de San Carlos.

En las distribuciones se habla de las vacaciones y el horario que en ellas se debe seguir; de la vida espiritual de los estudiantes, rezo del rosario, de los días de comunión, de la educación que debe reinar entre los estudian¬tes. Se prohíben las palabras injuriosas, los juramentos, el juego, el cigarro. Se castigan duramente la deshonestidad, el hurto, y se establecen reglas para el estudio y demás asuntos convenientes de la buena marcha de un Colegio.

El rectorado de Lasso Mogrovejo es satisfactorio, puesto que dotó a San Carlos de los instrumentos necesarios para su desenvolvimiento. Pero su gestión fue corta, tal vez a causa de los problemas personales que debía afrontar: sostenía un entredicho con el arzobispo por excederse en un permiso concedido. Después de su renuncia al rectorado, le encontramos de Chantre en la Catedral de Trujillo en 1772, y luego Arcediano de la misma diócesis; allí de nuevo tuvo dificultades con su obispo Francisco Javier Luna Victoria.

b)Francisco Arquellada y Sacristán

El 1° de abril de 1772 fue nombrado el Dr. Francisco Arquellada y Sacristán. Gobernó el Convictorio por espacio de catorce años. Algunos, en su afán de exaltar la figura de D. Toribio, tratan de echar sombras sobre la figura de Arquellada. En realidad muy pocas cosas se pueden decir sobre él. Era peninsular; llegó antes de 1757 porque ese año se graduó en Cánones en San Marcos; en 1760 se le nombró cura de San Marcelo; el 1775 era ya canónigo de la Catedral Metropolitana; en 1789 fue Tesorero de la misma; el 96 Chantre de la Catedral. Falleció en 1801.

Según D. Toribio, “su gestión no fue afortunada”. Se pidió al rector Arquellada razón de lo que necesitaba el Colegio para su subsistencia cómoda, y debiendo proceder en materia tan importante con prudencia y verdad, se excedió en asentar que el Colegio necesitaba un aumento de diez mil pesos anuales. La exorbitante cantidad obligó a que se le pidiese una razón exacta de entradas y gastos. Parece que el rector Arquellada no pudo precisar y justificar las partidas pedidas y se quedó sin ellas. Por eso dirá D. Toribio “todo se debe a un solo hombre”.

Se le achaca, además, el haber tomado “con indiferencia la propuesta de cambiar la cátedra de Cánones por la de Historia Eclesiástica”, “sepultando en el olvido semejante proyecto”, y lo que es peor para que “usía si fuera de agrado lo promueva”.

En el Archivo Arzobispal de Lima se encuentran algunos documentos firmados por Arquellada. El 25 de noviembre de 1776 firmó el expediente del Bachiller D. Bernardo Landa; el 21 de octubre se le remiten unos papeles de D. Clemente Carrillo para que informe sobre ellos. El 9 de febrero de 1785 Arquellada hace gestiones para que se establezca que las fincas que fueron del Colegio de San Martín no pertenecen a los bienes ocupados a los regulares de la Compañía de Jesuitas sino al Colegio Carolino. El 16 de agosto de 1786 renunció Arquellada y el 17 del mes siguiente parece que se le hizo un acto al cual no concurrió el rector Rodríguez de Mendoza, alegando enfermedad.

Estos son los datos que poseemos sobre el rector Arquellada. Mal podemos hacer un juicio imparcial sobre su actuación: al parecer debió ser mediocre, de otra manera se hubieran conservado más referencias de su paso por San Carlos. Pero sus posteriores ascensos en el Cabildo Metropolitano no pueden ser interpretados solamente como fruto de influencias y recomendaciones.

c) Toribio Rodríguez de Mendoza y sus 30 años de Rectorado

El 16 de agosto de 1786 se nombró como interino a D. Toribio, y el 26 de enero de 1788 fue confirmado en su cargo como propietario. La obra de Rodríguez de Mendoza en el Convictorio es de todos conocida. Un día escribió: “Puedo decir que nació en mis manos porque fui el primer maestro que el Superior Gobierno destinó a la enseñanza, y mis discípulos fueron los primeros que, llenándose de gloria, desempeñaron cabalmente en sus públicas actuaciones el esmero a este Superior Gobierno y los deseos del soberano. La época más brillante y floreciente ha sido la de mi Rectorado”.

No son palabras jactanciosas las que escribió sexage¬nario ya, porque el 1° de abril de 1805 el Claustro entero de la Universidad expidió un informe verdaderamente elogioso de la obra realizada por el Rector. Los doctores de San Marcos decían: “Bajo estos Planes se han formado jóvenes sabios que, esparcidos hoy por varios cuerpos del Estado, hacen honor a su Rector y Maestro”. Firman este elogio entre otros Fray Jerónimo de Calatayud, Jacinto Muñoz Calero, José Sebastián de Goyeneche, Jerónimo de Vivar, José Larriva, etc.


NOTAS

NOÉ ZEVALLOS ORTEGA

Revista Peruana de Historia Eclesiástica, 1 (1989) 182-211]