LIMA: COLEGIO DE SANTO TOMAS

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Prólogo El Colegio de Santo Tomás corresponde a la tradición de la Orden Dominicana de los «Colegios Mayores», donde se preparaban los religiosos dominicos que habían de desempeñar cátedras en las univer¬sidades. Por lo tanto, estos Colegios Mayores no tenían nada que ver con los «estudios institucionales» de la Orden que se llevaban a cabo en los centros de estudios llamados específicamente «Estudios Generales». Los Colegios Mayores tampoco deben confundir¬se con los actuales colegios de estudios secundarios.

El antiguo Colegio de Santo Tomás de la Santísima Trinidad tuvo una fecunda existen¬cia de 173 años. En sus claustros se formaron genera¬ciones de catedráticos para la Universidad de San Marcos de Lima, y reli¬giosos calificados para responder a los compromisos que la Orden Domini¬cana había contraído con la Iglesia en la evangelización del Perú y otros países de América; misión en la cual estuvieron también comprometidas otras familias religiosas.

Creación de Colegios Mayores en la Provincia Dominicana de San Juan Bautista del Perú

La Orden Dominicana en el Perú, desde su llegada en 1532, fue contrayendo compromisos, casi simultáneos, en la evangelización de los territorios de Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile; al mismo tiempo, en forma progresiva, fue haciéndose de obligaciones harto exigentes en la Universidad de San Marcos de Lima, en las Curias diocesanas y en el Tribunal del Santo Oficio.

La Universidad de San Marcos nació en los claustros del Convento de Santo Domingo de Lima, el año 1551, y desde que abrió sus puertas a los primeros estudiantes seculares y re¬ligiosos el año 1553, comenzó a absorber a los mejores elementos intelec¬tuales de la Orden en el Perú. Fray Tomás de San Martín, primer Provincial de la Provincia Domi¬nicana de San Juan Bautista del Perú y Fundador de la Universidad de San Marcos, después de conseguir en España la aprobación real de este centro de estudios, fue promovido y consagrado obispo de Charcas (Bolivia), y dejó el destino de la naciente Universidad en manos del Vicario General, fray Domingo de Santo Tomás, elegido como Provincial en el Capítulo Provincial de 1553.

Fray Juan Meléndez, O. P., dice al respecto: “Comenzóse a formar y establecióse la Real Universidad en el Convento de Lima... dando su autoridad al Provincial para que proveyese las demás Cátedras de Gramática, Retórica, Artes y Teología”. Poco después la Universidad de San Marcos tuvo que salir de los claustros dominicanos, por injerencia del Virrey D. Francisco de Toledo.

Los Dominicos sintieron profundamente este desgarramiento; ya que habían considerado a la Universidad como algo propio de la Orden y por tanto, como su campo principal de apostolado intelectual. Para asegurar su presencia en la Universidad, pidieron al Rey de España tener “algunas cátedras que fuesen propias de la Orden”. 2

El Rey Felipe IV atento a las necesidades culturales del país y al proceso evangelizador, en el cual los dominicos estaban presentes desde su inicio, dotó a la Provincia Dominicana de dos cátedras: la Cátedra de Prima de Teología, creada por cédula real del 11 de marzo de 1643, y la Cátedra de Vísperas, con fecha 11 de marzo de 1658; con las mismas exigencias académicas de las Universidades de Salamanca, Valladolid y Alcalá, “donde la dicha Religión [Orden religiosa] tiene Cátedras de Prima y Vísperas”.

En 1636, D. Feliciano de la Vega, notable catedrático de Derecho y Rector de la Universidad de San Marcos, promovido a obispo de Popayán (Colombia), luego a obispo de La Paz (Bolivia) y finalmente a arzobispo de México, instituyó la “Cátedra de Teología Moral, con un salario de 600 pesos de haber particular, y la entregaba a los Dominicos”.

Estas obligaciones académicas con la Universidad de San Marcos y otras que con el tiempo contrajo la Orden, como la creación de la Cátedra de Artes, por el Padre Maestro y Catedrático de Vísperas, fray Ignacio del Campo, O.P., obligaban y urgían a una preparación cada vez más eficiente y permanente de los catedráticos que debían sustentar¬las. Para cubrir y obviar estas necesidades, el Capítulo Provincial de 1590, en el cual fue elegido Provincial fray Agustín Montes, ordenó que se fundase un Colegio Doméstico. Así fue como tuvo origen el primer Colegio Mayor de los Dominicos, en Lima, bajo el patrocinio de San Hipólito Mártir.

Después de veintidós años, el Capítulo Provincial de 1612, presidido por el Vicario General, fray Alfonso de Almería, declaró extinguido al Colegio de San Hipólito. “De él salieron hombres doctísimos que ilustraron a la Provincia con sus letras y regentaron y regentan hasta hoy las mayores Cátedras de la Real Universidad”. En substitución del Colegio de San Hipólito, el Vicario Almería, en el mismo Capítulo Provincial de 1612, instituyó el Colegio de San Luis de la Santísima Trinidad, en el Convento de Santo Domingo de Lima, con la misma finalidad del clausurado Colegio de San Hipólito: “para los religiosos dedicados a la docencia en la Universidad de San Marcos”.

El año 1643 el Capitán D. Andrés Cintero, antes de morir testó e hizo donación de “ochenta mil pesos de a ocho reales” al Prior del Convento de Potosí (Bolivia), fray Francisco Carrasco, con la voluntad expresa de fundar un Colegio en la Ciudad de los Reyes, para que estudien en él los que “predican a los naturales y a los españoles y regentan cátedras”, en la Universidad.

El testamento del Capitán Cintero se conserva en el Archivo del Convento de Santo Domingo de Lima y lleva fecha del 18 de febrero de 1643, ante el Escribano Público Francisco García Canoso. En dicho documento, folio 4v, aparece fray Francisco Carrasco como heredero, en estos términos: “de los bienes del dicho Capitán Andrés Cintero, ochenta mil pesos de a ocho reales, para la fábrica y obra y edificio del dicho Colegio; los cuales han de entrar en poder del dicho Padre Maestro fray Francisco Carrasco”.

Para cumplir con la voluntad del donante, los dominicos comenzaron a construir desde los cimientos el Colegio de Santo Tomás. Cuando las obras de construcción aún no habían sido iniciadas, el Capítulo Provincial de 1653 ordenó: “que el Colegio de San Luis de la Santísima Trinidad se llamase desde entonces de Santo Tomás de la Santísima Trinidad” ; o sea que, en la intención de los Padres Capitulares estaba el trasladar íntegramente el Colegio de San Luis al nuevo local del Colegio de Santo Tomás que se empezaría a construir.

Desafortunadamente, años más tarde, esta determinación capitular quedó sin efecto, obedeciendo una orden fulminante del Maestro de la Orden, fray Juan Bautista de Marinis, que en carta firmada en Roma el 1 de octubre de 1666, ordenaba conservar en su integridad el Colegio de San Luis de la Santísima Trinidad.

En el libro de Actas de los Capítulos Provinciales que se conserva en el Archivo del Convento de Santo Domingo de Lima, se lee en la página 674: “Exhortamos y recomendamos el aumento de Nuestro Colegio de Santo Tomás de Lima que se está construyendo desde los cimientos. Sin embargo, para que la construcción del dicho Colegio no sea causa de la extinción del Colegio de San Luis de la Santísima Trinidad, del cual salieron en nuestra Provincia hombres insignes, mandamos, bajo pena de privar del oficio, ipso facto, [...], que dicho Colegio Doméstico de San Luis de la Santísima Tri¬nidad permanezca, lo conserven, lo continúen y lo promuevan en el mismo estado, modo, leyes, estatutos y prácticas de que gozaba antes”.

Construcción del Colegio Santo Tomas

Es importante conocer el proceso que siguió la construcción del Colegio de Santo Tomás, por ser un monumento arquitectónico nada común. Su construcción se realizó entre 1641 y 1669. Supuso un trabajo continuo y fuertes inversiones de dinero, sobre la base de la donación del Capitán Cintero. Varios Provinciales y Rectores, durante su gestión, dejaron en este Colegio monumental la impronta de su empeño, dedicación, buen gusto y, sobre todo, el fino simbolismo que quisieron encerrar en el «claustro redondo».

En el Capítulo Provincial de 1645 se aprobó la fundación del Colegio de Santo Tomás: “Denunciaron y aprobaron la creación y fundación del Colegio de Santo Tomás de la Santísima Trinidad en Lima, que se había de hacer a expensas de D. Andrés Cintero (...) adjudicando el Patronato del dicho Colegio a la memoria del dicho fundador D. Andrés Cintero”.

Contando con este apoyo económico, el Provincial Francisco de la Cruz puso la primera piedra del Colegio de Santo Tomás, orientando la construcción a lo más importante y necesario para la vida conventual, como es la vivienda de los religiosos y algunos ambientes adecuados para aulas y actos comunitarios. “Puso gran calor en que se prosiguiese la obra del Colegio de Santo Tomás, comenzada desde el tiempo del Ilustrísimo D. fray Juan de Arguinao”.

El P. Antonio San Cristóbal atribuye al P. Francisco de la Cruz la paternidad del llamado «claustro redondo»: “Promovió las obras del Colegio el P. Francisco de la Cruz, «natural de Granada», recordando sin duda, el patio redondo del palacio de Carlos V, en la Alhambra, pudo haber impuesto la idea de una planta similar para el nuevo claustro limeño”.

En el Capítulo Provincial de 1649 se dio a conocer la carta del Maestro de la Orden, fray Tomás Turco, firmada en Valencia (España), el 26 de junio de 1647, en la cual daba por aprobada la fundación del Colegio de Santo Tomás y, para que no decayera en ningún momento, lo colocó “debajo de su inmediata jurisdicción”. La asamblea capitular de 1653 ordenó “que el Colegio de San Luis de la Santísima Trinidad de Lima, se llamase desde entonces, Colegio de Santo Tomás de la Santísima Trinidad”. . Anhelo que, como ya se dijo, no se vio cumplido.

Fray Juan López, Provincial de 1657 a 1660 “Vivía todo entregado a la fábrica del Colegio de Santo Tomás, del que era Rector y Administrador perpetuo [...I; emprendiéndola con toda suntuosidad, que se hallarán muy pocos en Europa, en que el arte de la Arquitectura haya gastado tanto sus primores, como en cualquier pieza de este Colegio. Aplicó para sus gastos [...I todos los Sínodos de la Provincia. Fundóle haciendas, no sólo de que saliesen bastantes rentas para la cóngrua de los Colegiales, sino superabundantes para proseguir la fábrica, con la grandeza que se comenzó; porque obra de tanto primor y curiosidad, no podía pro¬seguirse sino a mucho costo, ni tanto costo podía salir sino de muy grandes rentas”.

El Maestro General de la Orden, fray Juan Bautista de Marinis, no queriendo que la construcción se paralizara por falta de fondos, escribió varias cartas a los Rectores del Colegio, dándoles indicaciones y órdenes muy concretas. En 1655 escribió una carta ordenando que, “la aplicación de los Sínodos de la Provincia y de las haciendas de los Conventos de Yungay, Pausa y Chincha, pasen al Colegio de Santo Tomás”.

En carta del 10 de febrero de 1656, el mismo Maestro de la Orden “manda a los Padres Rectores, que por tiempo fueren del Colegio de Santo Tomás de Lima, que las rentas del mismo Colegio se gasten solo en su fábrica, relevándole de cualesquiera colectas, contribuciones y tasas impues¬tas a otros Conventos de la Provincia”. .

Fray Martín Meléndez, durante su gestión como Vicario General de la provincia (1660-1661), hizo dos cosas muy importantes: primero, terminó la construcción del segundo piso, luego pobló el Colegio:

“Hizo que el Colegio de Santo Tomás se cubriese de la vivienda de los altos, en que habían de vivir los Estudiantes, aderezar y echar puertas a las celdas bajas para los Padres Rectores y oficiales del estudio. Dispuso poblar el mismo Colegio, llevando a él a los Rectores y Colegiales, y para esto previno una gran procesión; en que con asistencia del Señor Virrey Conde Alva de Aliste, la Real Audiencia, Cabildo de la Ciudad y mucha caballería y adornadas ricamente las calles; llevó debajo de majestuoso palio el Santísimo Sacramento, precediendo toda la Comunidad del Convento de Santo Domingo de Lima, y los Rectores y Colegiales en medio, que llevaban en unas andas bellísimas, adornadas de flores de singular primor, al Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino, en su sagrada imagen, y habiendo colocado al Señor en el Sagrario del altar mayor de su iglesia, se quedaron los Colegiales a dar principio al fervor de sus estudios, siendo Rector [...] el Ilustrísimo Doctor fray Juan Isturrizaga, que después fue obispo de Santa Cruz; con que debió la Provincia al celo del Vicario General, el P. Martín Meléndez, la población del Colegio de Santo Tomás de Lima”. .

Terminado su cargo como Vicario General de la Provincia, fray Martín Meléndez viajó a Roma para informar del estado de la Provincia y princi¬palmente de las obras realizadas en el Colegio de Santo Tomás. El Maestro de la Orden, Fray Juan Bautista de Marinis aprobó la obra realizada y le ratificó su confianza nombrándole Rector del Colegio de Santo Tomás. Siendo Rector hizo construir entre 1665 y 1669, el claustro redondo, la sala del «De profundis», el Refectorio, la Librería o Biblioteca, el Cementerio conventual y otras dependencias secundarias.

En «los Tesoros Verdaderos de las Indias», se lee: “Vino a Roma (fray Martín Meléndez) y volvió a Lima por Rector del Colegio de Santo Tomás, en que volvió a continuar con las obras del Colegio que había poblado; prosiguió y acabó el claustro redondo de bóvedas, levantó desde los cimientos y las acabó, y puso en toda perfección las dos admirables piezas del "De Profundis" y Refectorio, poniendo en este una hermosa sillería y púlpito para leer, todo de cedro, de primoroso ensamblaje. Dejó en buen punto y a mucha costa las paredes de la Librería que, por gruesas, parece que no se hartaban de consumir y gastar cuanta cal y ladrillo se hacía en la calera del Colegio. Y últimamente puso puertas a la Iglesia; hizo un bello Cementerio y otras obras que siempre serán perpetuas, en las memorias futuras de los hijos de la Provincia”. .

El diseñador y proyectista del Colegio de Santo Tomás fue el notable Arquitecto Dominico fray Diego Maroto, Maestro Mayor de Fábricas Reales. El Virrey Melchor de Navarra y Rocafull Martínez de Arroytia y Vique hizo este merecido elogio de fray Maroto: es “el alarife del primer crédito de esta ciudad y pudiera tenerle entre los muy maestros de Europa”.

Antonio San Cristóbal nos hace el alcance también de las fechas de los contratos y nombres de los alarifes y carpinteros que ejecutaron las obras: “Los conciertos de los frailes con diversos alarifes, se suceden uno tras otro, hasta cerrar y cubrir el claustro. El 16 de mayo de 1665 Lorenzo de los Ríos se obligaba a levantar once pilares para asentar diez arcos y diez bóvedas. El 30 de diciembre de 1665, el mismo maestro concertó "los pila¬res y arcos que faltan, hasta cerrar con ello el claustro redondo...”

Desde el 4 de mayo de 1669 comienza a trabajar para el Colegio el alarife Juan Egoaguirre; hace primero la sala del «De profundis» y el Refectorio, que cubriría el carpintero Juan Pérez Cañete; y el 2 de enero de 1669, concertó la pared curva de la Librería y la prosecución de las bóvedas del claustro. Todavía el 26 de enero de 1666, el maestro Pedro Fernández de Valdés, se concertó para hacer “en medio del claustro redondo de dicho Colegio una alberca y un pilón de agua”, tendiendo la cañería desde la “caja del agua principal de esta dicha ciudad”, concluye Antonio San Cristóbal.

Reglamentos

Es posible que el Colegio de Santo Tomás haya tenido sus propios Reglamentos y Estatutos. Con excepción de unas pocas Ordenaciones Capitulares dedicadas a este asunto, no existen otros testimonios. Lo más probable es que el Colegio de Santo Tomás hizo suyos los Reglamentos del Colegio de San Luis de la Santísima Trinidad, por cuanto el Capítulo Provincial de 1653 ordenó “que el Colegio de San Luis de la Santísima Trinidad, se llamase desde entonces de Santo Tomás de la Santísima Trinidad”, determinación que, como queda dicho, no prosperó por disposición del Maestro General.

A partir de este hecho histórico, los Colegios de Santo Tomás y de San Luis de la Santísima Trinidad llevaron hasta su extinción una vida para¬lela, bajo los mismos Reglamentos. Por cuanto, uno y otro estaban abocados a la misma tarea académica: preparar catedráticos para la docencia univer¬sitaria y otros compromisos eclesiales, sobre todo, para la evangelización. Ambas entidades estaban bajo la inmediata jurisdicción del Maestro General de la Orden, y ambos tenían abiertas sus puertas a los conventos del Perú y provincias dominicanas del Continente.

Los conventos de Cusco y de La Plata (Bolivia) tenían opción a dos colegiaturas o becas, en el Colegio de San Luis de la Santísima Trinidad; y las provincias dominicanas de Chile y Quito gozaban de la gracia de tener cuatro colegiaturas, dos para cada una, en el Colegio de Santo Tomás.

El Capítulo Provincial de 1612 creó el Colegio de San Luis de la Santísima Trinidad y echó las bases de los Reglamentos, según los cuales encauzaría su quehacer para el logro de sus objetivos institucionales. Si¬guiendo la dinámica de la organización, planificación y renovación perma¬nente de las obras en la Orden Dominicana, los Capítulos Generales y Capítulos Provinciales sucesivos fueron enriqueciendo estos Reglamentos, con Ordenaciones, Exhortaciones y modificaciones oportunas, de acuerdo a los cambios de los tiempos y necesidades de las cátedras que regentaban en la Universidad de San Marcos y al proceso de la evangelización en el cual estaban empeñados desde su llegada, en 1532.

Una constante en los Capítulos Provinciales es insistir en la impor¬tancia de elevar cada vez más el nivel de los Estudios en los Colegios Mayores de la Provincia; y para lograr esta finalidad, de un Capítulo Pro¬vincial a otro, se nombran nuevos Rectores, Regentes primarios, Regentes secundarios, Maestros de estudiantes, Lectores de Filosofía, Lectores de las Sumas, Lectores de Artes y Lectores del idioma quechua.

De las Actas del Capítulo Provincial de 1612 entresacamos algunas disposiciones que fueron redactadas para el Colegio de San Luis de la Santísima Trinidad y que, sin lugar a dudas, andando el tiempo, fueron también normas para el Colegio de Santo Tomás. En la introducción del texto, se lee:

“Como nuestra Orden tiene en la Iglesia un lugar excelso, porque las múltiples ocupaciones de los conventos, en cierta manera, impiden que ellos se dediquen a los estudios, hemos creído necesario instituir, desde los cimientos, un Colegio para que se dediquen totalmente y sin impedimento a estos estudios. Esperamos, pues, que este Colegio, sea en la Provincia una firmísima columna”.

Y a continuación ordena lo siguiente:

- Que los colegiales no excedan el número de doce. - Que nuestro Colegio funcione en todo de conformidad con el Colegio Mayor de San Gregorio de Valladolid. - Que el Rector sea propuesto por el Capítulo Provincial, y confirmado por el Maestro General de la Orden. - Que el Maestro de la Orden otorgue la categoría de Universidad al dicho Colegio de San Luis.

En los Capítulos Provinciales posteriores se ordenó, asimismo:

- Que ninguno sea admitido al honor de este Colegio, sin que haya cumplido cuatro años de la recepción del hábito. - Que esté dotado de virtudes y piedad, ya que el principio de la Sabiduría es el temor del Señor. - Que la recepción se haga por oposición. - Que el postulante 24 horas antes, prepare una lección sobre el punto que le toque en suerte, y la sustente ante el Rector, Regente de Estudios, Maestro de estudiantes y Lectores. Y si se hace de otro modo, sea írrito e inválido. - Que completados los tres años de Facultad, tienen que dedicarse, por un cuarto año íntegro, al aprendizaje del quechua, so pena de no aprobar el curso de Teología. - Que los Colegiales de los Conventos de Cusco y de La Plata sean elegidos entre los jóvenes más hábiles, con la oposición y examen de costumbres y por voto secreto. Si el candidato no cumple con estos requisitos, se omita este examen. - Que todos los estudiantes de Artes y Teología se sometan a exámenes, dos veces al año, ante el Regente, los Lectores y el Prior. - Que los Regentes de Estudio tengan un Libro en el cual escriban el comienzo y el final de los cursos de todos los estudiantes. - Que ninguno sea instituido Lector, si no ha hecho formalmente la Teología, durante cuatro años completos.

El Maestro General de la Orden, fray Tomás Turco, en carta a la Provincia, con fecha 26 de junio de 1647, prestó una especial atención a la situación y destino futuro del Colegio. Las ordenanzas 6a y 7a se refieren en forma exclusiva al asunto.

“La sexta admitiendo la excepción del Colegio de Santo Tomás de la misma ciudad, debajo de la inmediata jurisdicción del Reverendísimo, como se había ordenado en el antecedente Capítulo Gene-ral, y concediendo a los Padres Provinciales de la Provincia que, como sus delegados, le puedan visitar, cada uno en su cuadrienio, dos veces; ordenan¬do que cada visita, no pueda pasar de dos días, y que cumplidos éstos expirase totalmente su autoridad sobre dicho Colegio”.

“La séptima, que el Provincial, en el dicho Colegio, nombrase cuatro Colegiaturas, dos para la Provincia de Chile y dos para la de Quito, que solo las pueden ocupar los hijos de aquellas provincias, con condición que sus alimentos corran por cuenta de las provincias cuyos hijos fuesen”.


Organización interna

La organización interna del Colegio de Santo Tomás fue del mismo estilo de todo convento dominicano, a saber: vida comunitaria, observancia de los consejos evangélicos, remarcando en la obediencia, la misa coral, el rezo coral del oficio litúrgico y el estudio de la Verdad evangélica, orientado al anuncio de la Palabra de Dios y a la denuncia de cuanto se oponía al “buen tratamiento de los naturales”.

El Colegio de Santo Tomás gozó de todos los derechos de un convento, y como tal, sus moradores estaban obligados a las observancias regulares. Los conventos fundados explícitamente para estudios, como el de Santo Tomás, tenían privilegios especiales; uno de ellos, la ley de la dispensa, en virtud de la cual los religiosos que se encontraban física o moralmente impedidos para el estudio, podían ser dispensados de algunos actos comunitarios. El texto de la Constitución primitiva de la Orden, rezaba: “Tenga el prelado en su convento la facultad de dispensar a los hermanos cuando lo creyere conveniente, principalmente en todo aquello que pareciere impedir el estudio, la predicación o el provecho de las almas”.

Apoyados en esta norma, los Rectores, Regentes de Estudios y Catedrá¬ticos se exoneraban de la obligación del oficio divino en el coro; se les permitía celebrar la misa en capillas y oratorios privados, acompañados indispensablemente de un acólito y, en algunos casos, se les permitía el peculio para la adquisición de libros. El Rector gozaba de los mismos derechos y privilegios que los priores conventuales. Por tanto, gozaba también del derecho de poder ser Vicario Provincial y presidir la elección del Provincial, cuando le correspondía al Colegio de Santo Tomás ser sede de un Capítulo Provincial.

El Maestro General de la Orden, fray Juan de Marinis, en su carta del 19 de octubre de 1666, señalaba:

“los conventos en los cuales debe celebrarse, desde ahora los Capítulos Provinciales, son: el Convento del Rosario, el de Santa María Magdalena, el Colegio de Santo Tomás en Lima y el de Santa María del Callao. Por lo cual, en vez de nuestro Convento de Chincha (que era uno de los nombrados por nuestro predecesor, fray Nicolás Rodulfio, para celebrar los Capítulos Provinciales), sustituimos por nuestro Colegio de Santo Tomás de Lima, declarando que el Rector, pro tempore, de dicho Colegio, tiene la misma autoridad, jurisdicción, derechos y privi¬legios que tienen los demás priores conventuales en nuestra Orden y en la Provincia, que en nada se difiere de ellos, sino en el nombre, con el título de Rector”.

Dentro de esta organización interna estaban también las llamadas «sabatinas», conferencias y prácticas de exposición. A estos ejercicios aca¬démicos se refiere Meléndez cuando dice que el Provincial, fray Juan Ló¬pez (1657), “era el primero que se hallaba en las sabatinas de la semana, en las conferencias comunes de cada día y en los ejercicios privados del Colegio”.

Estos ejercicios seguían muy de cerca el ritmo de la Universidad de San Marcos, especialmente el de las cátedras que sustentaban los dominicos. Siguiendo la tradición de la Orden, los colegiales de cualquier centro de estudios dominicano eran entrenados en el método escolástico de la disputa, en los llamados círculos sabatinos. El catedrático del curso en cuestión, señalaba un tema de profundización teológica, sobre el cual el colegial señalado de antemano, hacía una exposición y fundamentación. Luego el argumentante oficial cuestionaba y refutaba lo expuesto.

Estos ejercicios escolásticos se realizaban ante el Rector, Regente de estu¬dios, Maestro de estudiantes, Lectores y Colegiales en pleno. Fray Juan López “dirigía en los argumentos y soluciones a los estudiantes, argumentaba y replicaba, como si fuera uno de ellos; resolvía las dificultades, haciendo a un tiempo los oficios de estudiante, Lector y Regente...”.

Los cargos de Rector, Regente de estudios y otros cargos menores dentro de la comunidad, eran limitados, duraban de un Capítulo Provincial a otro; en algunos casos podían ser reelegidos, pero nunca por tres veces consecutivas o en forma indefinida. Esta disposición constitucional tenía como finalidad hacer que los religiosos dedicados a la docencia consagraran también parte de su vida a la predicación de la Palabra de Dios, en las Doctrinas y Parroquias.

En el aspecto económico, el Colegio de Santo Tomas contaba con las rentas de bienes raíces, la remuneración que percibían los catedráticos en la Universidad y el fruto de las capellanías, con las cuales el Colegio se obligaba a celebrar un determinado número de misas por las intenciones de los donantes, como fue el caso del Capitán Cintero y el de D. Mateo Pastor que dejaron donaciones de dinero para que el Colegio celebrara o hiciera celebrar misas, por sus almas y por las almas de sus deudos.

El Maestro General de la Orden, fray Juan Bautista de Marinis, en su carta del 16 de febrero de 1655, mandó aplicar “de los sínodos de la Provincia y de las haciendas de los conventos de Yungay, Pausa y Chincha al Colegio de Santo Tomás”.

En conclusión, la organización interna del Colegio de Santo Tomás, estaba orientada a un objetivo común: preparar catedráticos para la Uni¬versidad de San Marcos y para el cumplimiento de compromisos eclesiales, pero sin renunciar a lo especifico de su vocación religiosa: la vida comunitaria, los consejos evangélicos, la celebración litúrgica de la Eucaristía y del Oficio Divino y la predicación del Evangelio.

Tendencias doctrinales

La línea doctrinal, el método y las obras practicadas y enseñadas, tanto en el Colegio de Santo Tomás como en los demás centros de estudios dominicanos de América, eran los mismos que se practicaban y enseñaban en los Colegios Mayores de España en los siglos XVI, XVII y XVIII. Alrededor de este esquema doctrinal, giraron algunas tendencias propias de cada situación histórica.

En el siglo XVI fue una tendencia marcadamente profético-evangelizadora y liberadora; el siglo XVII estuvo signado por una tendencia teológico-mística, y el siglo XVIII por un com¬promiso con la libertad de carácter político. Profundizando un poco en estas tendencias, me hay que constatar diferencias notables: En los escritos de los Dominicos del siglo XVI encon¬tramos una sólida fundamentación teológica y una auténtica denuncia profética frente a las realidades públicas, sociales, económicas y políticas. La postura de los Dominicos de esta hora estaba orientada a la defensa de la dignidad y derechos de los naturales del Perú y todo el Nuevo Mundo, a su conservación y liberación.

Sólo un ejemplo: fray Domingo de Santo Tomás, primer Rector de la Universidad de San Marcos, nos ha dejado una valiosa documentación al respecto. Escribió la primera «Gramática quechua» (1560) y el primer «Vocabulario quechua», demostrando que el Imperio de los Incas tenía una cultura propia y que no era un país de bárbaros. Escribió también varias cartas defendiendo los derechos, la dignidad y la liberación de la opresión de los naturales del Perú.

De igual manera, escribió una «Relación hecha a fray Bartolomé de las Casas», proponiéndole lo que conviene proveer para el mejor aumento y conservación de los naturales del Reino del Perú. Son signos reveladores del compromiso apostólico de los dominicos, en aquel primer momento de la evangelización en el Perú.

El siglo XVII se distinguió principalmente por un marcado misticismo. Se enfatizaba en lo sobrenatural y trascendente. Se multiplicaron las cofradías, hermandades, terceras órdenes, fundaciones pías, conventos, monasterios y beaterios. Las fiestas patronales creaban obligaciones que empobrecían a los naturales. “teniendo en cuenta la finalidad con que se establecían en este tiempo, ellas contribuían al empobrecimiento del indígena y de las clases populares, dando motivo para que en las fiestas de la cofradía se gastase los escasos ahorros de los indios y trabajadores”.

Es notoria también la presencia de los santos peruanos, como Rosa de Lima, Martin de Porres, Juan Macías, Toribio de Mogrovejo, Francisco Solano y otros, al lado de los pobres y sirviendo a los pobres, en circuns¬tancias en que los religiosos, paulatinamente iban abandonando las doctri¬nas y parroquias, para refugiarse en los conventos y capellanías, atraídos, tal vez, por una corriente mística de buscar a Dios en la soledad y en el recogimiento.

En este periodo aparecen los conventos de recolección, comúnmente llamados "Recoletas": lugares de recogimiento, oración, contempla¬ción y penitencia. Santa Rosa de Lima que vivió entre 1586 y 1617 y que conocía muy de cerca el movimiento conventual de Santo Domingo, adoptó a un niño pobre, con miras a que más tarde fuera misionero.

El Colegio de Santo Tomás fue fundado en la segunda mitad del siglo XVII, cuando se acentuaba la tendencia mística, más inti¬mista y personal, y al parecer, menos comprometida. Entonces, cabría preguntarse: ¿El Colegio de Santo Tomás iluminaba realmente la situación y problemas de los naturales? Los dominicos de este momento histórico ¿hicieron lo que en el siglo anterior habían hecho fray Domingo de Santo Tomás y otros hermanos? ¿Hasta qué punto la doctrina de Santo Tomás de Aquino, enseñada y defendida por los dominicos del siglo XVII, fue fermento de transformación e instrumento adecuado para fundamentar la defensa de la dignidad y derechos humanos de los naturales? Estos interrogantes y otros, son cabos sueltos que aún quedan por investigar.

En los siglos XVIII y XIX se acentuaron las diferencias entre los dominicos peninsulares y los criollos, a causa del proceso ascendente de la emancipación del Perú. Los dominicos peninsulares en ningún momento estuvieron de acuerdo con los movimientos de la independencia y optaron, en su mayoría, por emprender el camino de retorno a la Madre Patria. Tenían conciencia cierta de que “no hay autoridad que no venga de Dios, y las que existen han sido establecidas por Dios. Por eso, el que se rebela contra la autoridad se pone en contra del orden establecido por Dios”. Era, pues, un caso de conciencia muy respetable, no tan simple de resolver.

Por su parte, los dominicos criollos optaron tenazmente por apoyar el movimiento emancipador que llevaría a la independencia política del Perú. Este movimiento no siempre concordó con las exigencias de una fe compro¬metida ni con los principios de una auténtica justicia; ya que la libertad ardorosamente buscada y proclamada, vino a ser privilegio de los ciudada¬nos criollos y de escaso o ningún provecho para los naturales. Simplemente se creó un nuevo sistema de servidumbre y explotación del hombre peruano. En el aspecto religioso, llegó hasta el cierre de conventos, monasterios y colegios religiosos, como el Colegio de Santo Tomás.

Personajes notables

Los Rectores, Regentes de estudios, Catedráticos y Lectores que pasaron por las aulas del Colegio de Santo Tomás, fueron religiosos notables, admirados y reconocidos por su competencia teológica; algunos entre los cuales han pasado a la historia por sus escritos. Sus enseñanzas y opiniones pesaban en la Universidad de San Marcos, en el Tribunal del Santo Oficio, en el púlpito y en las curias diocesanas, donde generalmente desempeñaban el cargo de penitenciarios eclesiásticos. Algu¬nos fueron promovidos a obispos, otros sobresalieron por sus escritos y muchos por su acendrada virtud y obras de bien, en favor de las comuni¬dades cristianas y Doctrinas a ellos encomendadas.

Algunos religiosos que pertenecieron a la comu¬nidad del Colegio de Santo Tomás fueron:

Fr. Esteban Benites Fr. Juan López Fr. Francisco Carrasco Fr. Martín Meléndez Fr. Juan Gonzalez Fr. Antonio Morales Fr. Martin Pereira Fr. Juan Arguinao Fr. Francisco de la Cruz Fr. Agustín Montes Fr. Juan de los Ríos Fr. Ignacio del Campo Fr. Cristobal de Toro

OBISPOS

Fr. Francisco de la Cruz, obispo de Santa Marta (Colombia) 1652. Fr. Juan de Isturrizaga, obispo de Santa Cruz (Bolivia) 1672. Fr. Antonio Morales, obispo de Concepción (Chile) 1676.

ESCRITORES Y OBRAS

Fr. Francisco de la Cruz escribió: Proposición teológica. 1636. Exposición comentada de las dos primeras palabras del Pater Noster. 1640. Manifiesta obligación del vasallo. 1648. Historia del Rosario. 1652. Demostración teológica de la pura concepción de la Bda. Virgen Madre de Dios. 1653. Jardín de María Francisca de la Cruz. 1655. A la Bda. Virgen Madre de Dios. 1657. Breve explicación de la Doctrina Cristiana. 1657. Tratado del conocimiento de Dios. 1657. Comentarios a las Cuestiones disputadas de Santo Tomás. s.f. Curso de Artes. s.f.

Fr. Juan Meléndez escribió: Tesoros Verdaderos de las Indias. Historia de la Provincia de San Juan Bautista del Perú. 3 tomos. 1681. Vida, virtudes y muerte del Vble. y penitente siervo de Dios Fr. Vicente Bernedo. 1675. Señor. 1680. Causas que motivaron la extinción del Colegio de Santo Tomas

El Capítulo Provincial de 1728 eligió Provincial a fray Alonso del Río, y dejó en sus Actas observaciones reveladoras de cierto malestar que ponía en riesgo la integridad de la vida conventual en los Colegios de la Provincia dominicana de Perú. Fray Domingo Angulo haciéndose eco de esta denuncia, escribe:

“El Colegio de Santo Tomás de poca reforma había menester, ya porque siempre había sido regido por hombres de probada competencia, ya porque sus sólidos principios y severas ordenanzas nutrían y vigorizaban todavía su vetusto tronco; no sucedía lo mismo con el Colegio Doméstico de San Juan, esta¬blecido en el Convento del Rosario (1689); las vicisitudes del tiempo y la fortuna habían debilitado su organismo, de suerte que los estudios ya no revestían ahí el severo régimen de tiempos más felices”.

Lo cierto es que los Colegios Dominicanos, y entre ellos el Colegio de Santo Tomás, llegaron a la segunda mitad del siglo XVIII bastante dismi¬nuidos de vocaciones. Los candidatos eran pocos; se hacía muy poca o ninguna selección de los postulantes y la formación teológica dejaba que desear.

A consecuencia del movimiento emancipador, de día en día se acentuaba notablemente la división entre religiosos peninsulares y religio¬sos criollos. Vargas Ugarte, al ocuparse de la relajación de las costumbres del clero y de los regulares, dentro de los cuales se hallaban los dominicos, escribe: “La sobra de bienes temporales y la falta de celo de las almas, hizo que muchos llevaran una vida muelle y sin provecho, y estuvieran lejos de romper con las aficiones mundanas”.

Con la Independencia del Perú el año 1821, las cosas empeoraron. Así lo da a entender fray José Santiago Polar, O. P., en su carta del 22 de octubre de 1822, dirigida al Gobernador Eclesiástico, D. Francisco Javier Echague.

Este deterioro al interior de la vida conventual, entre otros efectos, dio lugar a la supresión de muchos conventos y colegios mayores de los religio¬sos. El 28 de setiembre de 1826, el Gobierno decretó que, “en ninguna población de la República podían subsistir dos casas de la misma Orden, salvo la Franciscana, la cual conservaría la casa de la Recolección de los Descalzos de la ciudad de Lima. De este modo, al convento grande del Rosario de la Orden de Santo Domingo se agregaron los religiosos de los conventos de Santa Rosa, Recoleta de la Magdalena y Colegio de Santo Tomás”.

Así se perdieron para la historia, para el arte y para la Iglesia, muchos conventos y colegios mayores. El benemérito Colegio de Santo Tomás desapareció después de siglo y medio de profusa labor teológica. Lo inaudito del caso fue que la ignorancia, la fobia anticlerical y, en algunos casos, el rechazo a todo lo peninsular, dio al Colegio de Santo Tomás los usos más increíbles: por un buen tiempo fue cuartel y caballeriza del ejército, luego pasó a ser mercado de abastos, después cárcel de mujeres y, finalmente, tuvieron el acierto de destinarlo para colegio. Hoy, en el viejo local del Colegio de Santo Tomás funciona la «G.U.E.F. Mercedes Cabello de Carbo¬nera».

NOTAS (del DHIAL)