Diferencia entre revisiones de «LÓPEZ, Gregorio»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Buscó un lugar para poder cumplir su propósito y así se alejó de los territorios habitados por los españoles y sin miedo a los fieros indígenas [[CHICHIMECA | chichimecas]], quienes en lugar de atacarlo se hicieron sus amigos. Llegó hasta una hacienda de labor cercana a Zacatecas, propiedad del capitán Pedro Carrillo de Ávila ante quien se presentó para solicitarle permiso para establecerse en una rinconada que había visto río arriba. El capitán Carrillo se sorprendió de la juventud y deseos del solicitante, pero después de haber escuchado sus motivos le concedió el permiso.
 
Buscó un lugar para poder cumplir su propósito y así se alejó de los territorios habitados por los españoles y sin miedo a los fieros indígenas [[CHICHIMECA | chichimecas]], quienes en lugar de atacarlo se hicieron sus amigos. Llegó hasta una hacienda de labor cercana a Zacatecas, propiedad del capitán Pedro Carrillo de Ávila ante quien se presentó para solicitarle permiso para establecerse en una rinconada que había visto río arriba. El capitán Carrillo se sorprendió de la juventud y deseos del solicitante, pero después de haber escuchado sus motivos le concedió el permiso.
  
Vivió con gran austeridad, dormía en el suelo o en una tabla, con una piedra por almohada y se cubría con una delgada frazada. No comía carne y solamente hacía una comida al día; cuando recibía por regalo carne de vaca o alguna codorniz, los recibía con gusto pero no los comía sino que se los mandaba como obsequio a la esposa del capitán Carrillo para que se aprovechara en su casa, por medio de los dos pequeños hijos de éste, quien los enviaba con Gregorio para que aprendieran la doctrina cristiana. Nunca mendigó, sino que vivía de limosnas que espontáneamente le daban, y cuando éstas faltaban procuraba ganar el sustento con su trabajo. Solamente acudía a la hacienda cuando su amigo el capitán le avisaba que iba a ir algún sacerdote a celebrar la Eucaristía, a la cual asistía con gran devoción.
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Vivió con gran austeridad, dormía en el suelo o en una tabla, con una piedra por almohada y se cubría con una delgada frazada. No comía carne y solamente hacía una comida al día; cuando recibía por regalo carne de vaca o alguna codorniz, los recibía con gusto pero no los comía sino que se los mandaba como obsequio a la esposa del capitán Carrillo para que se aprovechara en su casa, por medio de los dos pequeños hijos de éste, quien los enviaba con Gregorio para que aprendieran la doctrina cristiana. Nunca mendigó, sino que vivía de limosnas que espontáneamente le daban, y cuando éstas faltaban procuraba ganar el sustento con su trabajo. Solamente acudía a la hacienda cuando su amigo el capitán le avisaba que iba a ir algún sacerdote a celebrar la [[EUCARISTÍA;_distribución_a_los_indios | Eucaristía]], a la cual asistía con gran devoción.
  
 
No obstante, después de tres o cuatro años de vivir de esta manera, decidió mudarse al pueblo de Alonso de Ávalos para poder escuchar la Santa Misa y no ser causa de escándalo, ya que su modo de vivir era nuevo en esa parte del mundo. Pasó un par de años viviendo en la huerta de Ávalos y cinco más en la hacienda de Sebastián Mexia, con la austeridad acostumbrada hasta que conoció a fray Domingo de Salazar, fraile dominico que le convenció de ir a vivir al convento de Santo Domingo en la ciudad de México. Sin embargo, al llegar ahí le dijeron que no podía vivir con ellos si no tomaba el hábito, el cual le ofrecieron con gusto pero él rechazó por sentir que no era ésa su vocación, de manera que partió hacia la Huasteca para continuar su vida ermitaña.
 
No obstante, después de tres o cuatro años de vivir de esta manera, decidió mudarse al pueblo de Alonso de Ávalos para poder escuchar la Santa Misa y no ser causa de escándalo, ya que su modo de vivir era nuevo en esa parte del mundo. Pasó un par de años viviendo en la huerta de Ávalos y cinco más en la hacienda de Sebastián Mexia, con la austeridad acostumbrada hasta que conoció a fray Domingo de Salazar, fraile dominico que le convenció de ir a vivir al convento de Santo Domingo en la ciudad de México. Sin embargo, al llegar ahí le dijeron que no podía vivir con ellos si no tomaba el hábito, el cual le ofrecieron con gusto pero él rechazó por sentir que no era ésa su vocación, de manera que partió hacia la Huasteca para continuar su vida ermitaña.
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Revisión actual del 05:19 16 nov 2018

(Madrid, 1542 – Santa Fe, 1596) Primer ermitaño de las Indias.


Nació en la villa de Madrid el 4 de julio de 1542. Se desconoce el nombre de sus padres o su linaje, ya que mientras estuvo en la Nueva España no escribió a familiar alguno, y cuando se le preguntaba sobre su patria y sus padres respondía: “Mi patria es el Cielo, mi padre es Dios (…)[1]solamente en una ocasión dijo ser el menor de sus hermanos. Aprendió a leer y a escribir, mas nunca aprendió latín ni otras artes. Cuando tenía aún poca edad, escapó de su casa y vivió como ermitaño en el reino de Navarra durante seis años, hasta que su padre lo encontró y lo obligó a servir como paje en la Corte durante un par de años.

Más tarde viajó a la Nueva España donde llegó en 1562 a la edad de veinte años. Arribó al puerto de San Juan de Ulúa y a Veracruz, donde repartió la ropa de lino que llevaba consigo; posteriormente viajó a la Ciudad de México en la cual trabajó como amanuense de los escribanos reales Sanromán y Turcios para costearse el viaje a Zacatecas, lugar en el que deseaba llevar una vida solitaria como lo había hecho en Navarra. Al poco tiempo de haber llegado a Zacatecas presenció una riña entre dos hombres que terminó con la muerte de ambos; este acontecimiento le hizo afirmar su decisión de vivir nuevamente como ermitaño.

Buscó un lugar para poder cumplir su propósito y así se alejó de los territorios habitados por los españoles y sin miedo a los fieros indígenas chichimecas, quienes en lugar de atacarlo se hicieron sus amigos. Llegó hasta una hacienda de labor cercana a Zacatecas, propiedad del capitán Pedro Carrillo de Ávila ante quien se presentó para solicitarle permiso para establecerse en una rinconada que había visto río arriba. El capitán Carrillo se sorprendió de la juventud y deseos del solicitante, pero después de haber escuchado sus motivos le concedió el permiso.

Vivió con gran austeridad, dormía en el suelo o en una tabla, con una piedra por almohada y se cubría con una delgada frazada. No comía carne y solamente hacía una comida al día; cuando recibía por regalo carne de vaca o alguna codorniz, los recibía con gusto pero no los comía sino que se los mandaba como obsequio a la esposa del capitán Carrillo para que se aprovechara en su casa, por medio de los dos pequeños hijos de éste, quien los enviaba con Gregorio para que aprendieran la doctrina cristiana. Nunca mendigó, sino que vivía de limosnas que espontáneamente le daban, y cuando éstas faltaban procuraba ganar el sustento con su trabajo. Solamente acudía a la hacienda cuando su amigo el capitán le avisaba que iba a ir algún sacerdote a celebrar la Eucaristía, a la cual asistía con gran devoción.

No obstante, después de tres o cuatro años de vivir de esta manera, decidió mudarse al pueblo de Alonso de Ávalos para poder escuchar la Santa Misa y no ser causa de escándalo, ya que su modo de vivir era nuevo en esa parte del mundo. Pasó un par de años viviendo en la huerta de Ávalos y cinco más en la hacienda de Sebastián Mexia, con la austeridad acostumbrada hasta que conoció a fray Domingo de Salazar, fraile dominico que le convenció de ir a vivir al convento de Santo Domingo en la ciudad de México. Sin embargo, al llegar ahí le dijeron que no podía vivir con ellos si no tomaba el hábito, el cual le ofrecieron con gusto pero él rechazó por sentir que no era ésa su vocación, de manera que partió hacia la Huasteca para continuar su vida ermitaña.

En la Huasteca comenzó a estudiar las Sagradas Escrituras hasta saberlas de memoria; mientras se encontraba viviendo ahí enfermó de disentería, y ante la escasez de alimentos y medicinas fue auxiliado por el sacerdote Juan de Mesa, quien le atendió y lo alojó en su casa donde le dio una austera habitación. Permaneció allí durante cuatro años hasta que pasó a la villa de Atlixco, lugar en el que vivió dos años. Posteriormente se encaminó a la ciudad de México, y al pasar por el Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, decidió quedarse a vivir en este lugar al servicio de la Virgen María. Durante dos años vivió el venerable Gregorio López en el santuario, hasta que debido a su salud, se trasladó al Hospital de Oaxtepec.

Mientras se encontraba en el hospital permaneció en retiro y continua oración, aunque siempre tuvo abierta la puerta para quien quisiera hablar con él. Además, con el objetivo de ayudar al hospital, escribió una obra sobre plantas medicinales y sus aplicaciones, titulado Tesoro de medicinas o de las yerbas medicinales, el cual fue de mucha utilidad para los Hermanos de ese hospital y de otros. Todavía en Oaxtepec enfermó de tabardillo y decidieron que necesitaba vivir en un lugar menos caluroso, por lo que le mudaron a la ciudad de México, donde el padre Loza –su biógrafo- le recibió en su casa. Tiempo después se fue a vivir al pueblo de Santa Fe; allí permaneció hasta su muerte.

A pesar de carecer de instrucción formal, dio muestras de erudición, e incluso era consultado sobre las Sagradas Escrituras: “Obispos doctísimos, catedráticos de Escritura en la Universidad de México, doctores en teología, eruditísimos maestros de las órdenes religiosas solían consultarlo sobre las divinas Escrituras, y oírlo con encanto y admiración. Muy docto era también en las ciencias humanas, sin que se hubiera ayudado de maestro alguno para aprenderlas, y más bien con el socorro de la lumbre celeste que del propio ingenio, aunque éste era grande y tan pronto en achaque de libros, que en tres días leía del título al calce un volumen que otro apenas en un mes terminaría[2].

Escribió en ocho días una explicación sobre el libro del Apocalipsis, al que tituló Tratado del Apocalipsis, el cual fue presentado ante el inquisidor Bonilla y diversos teólogos por el padre Loza, quienes aprobaron el documento y su circulación. También elaboró otra obra llamada Cronología universal y calendario histórico.

Fue muy devoto de la Santísima Virgen e infundía en cuantos podía la devoción al rosario; asimismo era devoto de San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo. Oraba continuamente y ofrecía sacrificios por la Iglesia, los pecadores y por la difusión de la fe cristiana en todo el mundo; pasaba casi toda la noche en contemplación en medio de la obscuridad. Desde antes de su muerte tuvo fama de santidad y fue admirado por aquellos que lo trataron, e incluso aquellos que tuvieron noticia de sus virtudes. De hecho varios obispos de la época, como Pedro Moya de Contreras y Alfonso de la Mota y Escobar, fueron amigos y devotos de Gregorio. Sufrió una gran cantidad de calumnias y murmuraciones, y fue despreciado por algunos que lo calificaban como loco o hereje; incluso fue objeto de investigación por parte de autoridades eclesiásticas, las cuales no encontraron objeción alguna en su modo de vida y en su doctrina.

Enfermaba continuamente pero nunca se quejaba, hasta que en mayo de 1596 contrajo nuevamente disentería. No permitió que se le llamara al médico, solamente accedió que le asistiera el hermano Pedro Sarmiento del Hospital de San Hipólito de México. La enfermedad le impedía alimentarse correctamente, por lo que se fue debilitando cada vez más hasta que finalmente murió el 20 de julio de 1596 en el pueblo de Santa Fe, a los cincuenta y cuatro años de edad. Durante toda su enfermedad mantuvo una gran paz y conformidad con la voluntad divina, sin mostrar en algún momento rastros de tristeza; mientras estuvo enfermo fue visitado por varias personas, desde humildes indígenas hasta señores principales. Su funeral fue oficiado solemnemente por Mons. Alfonso de la Mota y Escobar, deán de la Catedral Metropolitana y obispo electo de Guadalajara.

Después de su muerte se verificaron señales prodigiosas a través de algunas reliquias de Gregorio, como el caso de una india principal, esposa del gobernador Rafael de Alvino, que estaba manca y sufría de fuertes dolores, y al tocar durante el entierro del ermitaño la mano del difunto sanó y dejó de tener dolor. Otro caso fue el de una niña indígena que enfermó gravemente del estómago por comer tierra, y pidió una reliquia de Gregorio López para sanar; al día siguiente amaneció sana y sin fiebre. De este modo, las reliquias del vestido del venerable Gregorio López sanaron a muchos enfermos, hombres, mujeres y niños de diferentes dolencias en varias ciudades de la Nueva España. Asimismo, se cuenta que tanto sus despojos mortales como sus pobres pertenencias, expedían un olor muy agradable que perduró aún años después de su muerte.

Fue sepultado en la iglesia del pueblo de Santa Fe, cerca del altar mayor, aunque más tarde sus restos fueron trasladados al convento de monjas teresianas de la ciudad de México. Tiempo después fueron llevados a la Catedral Metropolitana y depositados en la capilla de Nuestro Señor Crucificado, donde actualmente reposan.

El proceso para elevar a Gregorio López a los altares inició hace varios siglos. El 27 de enero de 1686 fue publicado el edicto que “la Sagrada Congregación de Ritos de Roma embió a los ilustrísimos y reverendísimos señores arzobispo de este arzobispado de México y obispos sufragáneos de la Puebla y Goatemala en orden a la beatificación del venerable Siervo de Dios, Gregorio López, primero anachoreta de las Indias (…)[3]. Sin embargo, la causa se mantiene en fase romana[4].

Obras: Tesoro de medicinas o de las yerbas medicinales; Tratado del Apocalipsis; Cronología universal y calendario histórico.

Notas

  1. Loza, pp. 3-4.
  2. Eguiara y Eguren, p. 109.
  3. Testimonio de Bartolomé Rosales, Secretario del Cabildo Catedral Metropolitano de México, citado en Albani, pp. 190-191.
  4. Las causas de los santos que se han elaborado o que están en trámite en su Fase Diocesana o Fase Romana, por parte de la Arquidiócesis de México, pueden encontrarse en su página web: http://www.arquidiocesismexico.org.mx/Causas%20de%20los%20Santos.html

Bibliografía

  • Albani, Benedetta. “Un documento inédito del siglo XVII: el «diario» de Bartolomé Rosales, secretario del Cabildo Catedral Metropolitano de México” en Estudios de Historia Novohispana, no. 38, (enero- junio 2008), pp. 165-207.
  • Eguiara y Eguren, Juan José. Historia de sabios novohispanos. UNAM, México, 1998.
  • Loza, Francisco. Vida del Siervo de Dios Gregorio López. Imprenta de Juan de Aritzia, Madrid, 1727.


SIGRID MARÍA LOUVIER NAVA