JALISCO; Su protagonismo durante la Persecución Religiosa

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Una batalla sin tregua por parte de los católicos desde Jalisco

Durante el gobierno de Plutarco Elías Calles (1924-1928), la CROM quiso crear una iglesia cismática para conducir hacia la revolución a las fuerzas religiosas. La reacción católica fue inmediata y fuertemente combativa, sobre todo en Jalisco. En la ciudad de México nació el 9 de marzo de 1925 la «Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa», destinada a ser, junto con la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y la «Unión Popular», uno de los tres pilares del catolicismo cristero.

Ya desde mucho antes, en Jalisco, habían nacido «Ligas» para hacer respetar los derechos de la libertad religiosa y de la Iglesia: la «Liga Católica Social Arandense» (1921) o la Liga de Consumidores Católicos en Guadalajara, donde nacería en 1925 el Comité de Defensa Religioso (posteriormente Unión Popular) una vez que el gobernador había cerrado las escuelas particulares católicas, y había expulsado a los alumnos del seminario.

Algunos dirigentes católicos como Miguel Palomar y Vizcarra de la Confederación Nacional Católica del Trabajo, René Capistrán Garza de la ACJM y Luis G. Bustos, convocaron a las organizaciones católicas a formar una liga en base al proyecto del jesuita Bernardo Bergöend; dichas organizaciones, confederadas ya en 1923 como Unión de Sociedades Católicas, serían la base de la Liga la Asociación Nacional de Padres de Familia -ANPF- y la UP de Jalisco.

La Asociación Católica de la Juventud Mexicana se convirtió en el alma de la Liga, numerosa y presente en distintos puntos del país; con la figura del joven René Capistrán Garza como apasionado promotor. La «Liga» se presentó como una organización de carácter cívico (político, y por lo tanto la jerarquía era ajena a su mando y a sus actividades), argumentando que, desde el momento en que ha tenido cabida en la Constitución, la cuestión religiosa es cuestión política; exigía plena libertad de enseñanza, libertad plena para todos los ciudadanos católicos, derecho común para la Iglesia y para los trabajadores católicos.

Cuando en 1926 ante la dramática situación que se vivía en México (y que desembocaría en la guerra cristera) Roma propuso a los católicos mexicanos como remedio a su situación la oración y Acción Católica, la Liga no lo aceptó, y razonaba así: “tal situación es inaceptable para aquellos que quieren conducir el desarrollo social y político de México y convertirse en ciudadanos plenamente activos”.

Así que se dotó de un lema: «Dios y mi derecho», y de un periódico propio: «David». Y comenzó una lucha incansable en tal sentido. La primera medida consistió en aprovechar la experiencia de Jalisco en el campo de la resistencia pacífica; todas y cada una de las medidas que ya se habían demostrado exitosas en Jalisco en 1919, se repitieron a nivel nacional, teniendo al joven abogado Anacleto González Flores como líder carismático.

Pero, como el gobierno no cedió y fueron irrumpiendo en el escenario nacional los alzamientos populares, la Liga cambió de estrategia y no solo buscó el control político y militar de los combatientes, sino que fomentó la lucha. El 26 de noviembre de 1926 constituyó un comité de guerra; el 11 de enero del año siguiente con el «Manifiesto de los Altos» nació el Ejército Nacional de Liberación o Guardia Nacional; poco tiempo después, elaboró un proyecto de Constitución.

Los años 1918-1926 colocaban tanto al gobierno como a la Iglesia delante de dos cuestiones candentes: paz social y cuestión social. El gobierno buscó sobrevivir contra toda posible conciliación. “Iglesia y Estado colocaban frente a frente sus contingentes y el conflicto se hacía inevitable”. Al final no hubo ni paz ni cuestión social, y con la Cristiada fueron anuladas tanto la acción social y el sindicalismo católico como las esperanzas de un cambio en las leyes. Comenzaba un duro conflicto, que tuvo precisamente en Jalisco su epicentro.

Dando cronológicamente un paso atrás, cuando entraron los carrancistas en Guadalajara en 1914 y clausuraron los colegios católicos, se formaron espontáneamente círculos especializados de estudio para suplir la falta de los colegios ante la obligada dispersión del profesorado. En julio de 1916 llegó a Guadalajara un joven miembro del Centro de Estudiantes Católicos de la Ciudad de México, Luis Beltrán Mendoza; fue la circunstancia para organizar la ACJM en Jalisco.

El primer presidente local de la ACJM fue Pedro Vázquez Cisneros; entre los fundadores estaban el dirigente católico más importante de Jalisco el joven abogado y futuro mártir Anacleto González Flores; el abogado y también futuro mártir Miguel Gómez Loza, que cosecharía 59 detenciones en la cárcel y que llegaría a ser gobernador civil cristero; Efraín González Luna, destacado político jalisciense y Jorge Padilla, también futuro mártir.

Miguel Gómez Loza y Luis Beltrán fueron a visitar al arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, escondido en la sierra tras su regreso a México en noviembre de 1916, y obtuvieron en diciembre del mismo año la autorización para poner en marcha la recién fundada ACJM.

Intenso fue el dinamismo que desplegaron; organizaban manifestaciones contra las arbitrariedades del gobierno y supieron defender templos y sacerdotes durante el conflicto jalisciense de 1917. Defendieron al arzobispo tapatío ante el mismo presidente Carranza, primero en 1916 y luego en 1918, cuando fue detenido en Lagos. En esa ocasión se comisionó a Luis Beltrán y Mendoza, Jorge Padilla y Daniel Alba para buscar al arzobispo escondido y ayudarle a obtener para él la libertad de acción. También Anacleto González Flores participó en estos intentos para que se hicieran respetar los amparos legales.

El gobierno pretendía que Orozco y Jiménez renunciara a los amparos como condición para que pudiese ser dejado libre; los jóvenes, que sospechaban una trampa, le aconsejaron que no lo hiciera. Cuando finalmente el arzobispo pudo regresar de su segundo exilio, los jóvenes de la ACJM ya lo esperaban.

Desde entonces lo acompañaron en algunas de sus visitas pastorales: en Lagos, en Cocula y San Martín Hidalgo y en toda la zona de Tepatitlán en los Altos. Camberos Vizcaíno, uno de esos jóvenes, decía que esa relación directa y amistosa con el pastor se revelaría fundamental en los años sucesivos.

Los jóvenes de la ACJM en Jalisco estudiaban la «Rerum Novarum» de León XIII, a sociólogos católicos como Ketteler, Manning, Conde de Mun y la obra de hombres como García Moreno, Iturbide y Gandhi. De esta manera, la ACJM aportó al movimiento católico no solo oración, sino también ideas y acción. Toda su capacidad movilizadora se desplegó con ocasión del conflicto religioso.

En 1926, los jóvenes de la ACJM se convirtieron en guardias de las iglesias, propagandistas de un boicot y de huelga general patrocinada por el mundo católico como protestas contra el gobierno por sus medidas antirreligiosas, organizadores de grandes manifestaciones de protesta, recolectores de firmas para el cambio de las leyes, de la difusión de prensa y de volantes, así como de obras de caridad y de la organización del culto privado.

Tal vez por eso el gobierno decidió a comienzos de 1927 eliminar a los líderes del movimiento; entre los caídos se encuentran precisamente algunos de los mártires seglares, encabezados por Anacleto González Flores.

Por una ironía del destino, al comenzar el conflicto en 1926, la gubernatura de Jalisco recayó en Silvano Barba González, un exseminarista que en 1919 había sido vicepresidente de la ACJM en Guadalajara, pero que ya en 1922 como procurador de justicia y después como secretario del gobernador, había abandonado su militancia católica hostigando a sus antiguos compañeros de fe.

En 1924 un sacerdote alemán, el padre Neck, impartió una serie de conferencias sobre la «Volksverein», un tema en el que ya algunos jaliscienses habían entrado gracias a la lectura de Kannengiesser. Fue el punto de arranque. Anacleto González Flores se puso en acción, afirmando que: “Día llegaría en que aun la reunión de tres en un cuarto sería imposible, y para entonces, cuando todas las organizaciones de funcionamiento visible fueran aniquiladas, tendría que permanecer una imposible de destruir, porque estuviera en todas partes sin radicar en ninguna, sin local, asambleas ni solemnidades”.

La hora llegó cuando fue clausurado el Seminario Conciliar de Guadalajara. Para lograr su restablecimiento se instaló un Comité de Defensa, integrado por la ACJM y la CNCT; el «Maistro», como le llamaban a Anacleto sus compañeros, transformó la organización provisional en una institución permanente de lucha civil pacífica, pues había descubierto que la estrategia persecutoria consistía en golpear y esperar que las protestas de los católicos se calmasen para dar el siguiente golpe.

Había empezado así a funcionar medio año antes que la Liga para la Defensa de la Libertad Religiosa, la llamada «Unión Popular» que se inspiraba en la Volksverein alemana y en la obra de O’Connell en Irlanda contra la ocupación inglesa; la lucha de Windthorts y Malingkrodt años antes en Alemania para enfrentarse a Bismarck, el canciller de hierro, les parecía especialmente significativa, pues a los ojos del abogado tapatío era claro que Calles proyectaba en México una «Kulturkampf » (lucha cultural) sangrienta.

Los jóvenes estudiantes de la ACJM emplearon sus vacaciones veraniegas de 1925 difundiendo por todos lados la Unión Popular. Anacleto González y Miguel Gómez Loza se dieron a la tarea de coordinar las diversas organizaciones católicas bajo la bandera de protesta pacífica: cofradías, sindicatos, cooperativas, asociaciones de laicos. Pronto se incorporaron a la Unión Popular los obispados de Zacatecas, Colima, Tepic y Aguascalientes.

El jefe Anacleto, decía de su obra: “La Unión Popular, por su estructura, por sus estatutos, por su organización es, ante todo una escuela de esperanza, de optimismo, de aliento, de caracteres, de constancia, de firmeza por esto cada socio y sobre todo cada jefe debe tener entendido que dado el primer paso no habrá que retroceder”.

El funcionamiento y los recursos de la Unión Popular se caracterizaban por tres criterios: simplicidad, universalidad y maleabilidad. No exigía juntas, ni manifestaciones, ni se giraban oficios; se trataba de acciones individuales personalizadas y organizadas en una forma piramidal. La Unión Popular era un inmenso laboratorio de jefes y llegó a contar con cien mil afiliados; durante la persecución religiosa sostuvo la administración cristera, la escuela católica y el sostenimiento militar de los cristeros.

En la Unión Popular participaban hombres y mujeres, jóvenes y adultos, obreros, campesinos y trabajadores del mundo profesional (médicos, enfermeros, abogados, maestros de escuela, ingenieros, mecánicos, albañiles y un largo etcétera), ricos y pobres. Su lema distintivo era: «¡Viva Cristo Rey!».

La lucha se concentró en el catecismo, la escuela y la prensa. Así nació la publicación «Gladium», que, a pesar de secuestros continuos, en año y medio alcanzó 100 000 ejemplares. Su redactor era Anacleto. Para conjurar el choque violento, Anacleto confiaba en el poder de la Unión, la organización y la movilización social pacífica al modo de Gandhi, recientemente descubierto por estos líderes católicos mexicanos; prefería el martirio a las armas; por eso se resistió a la insistencia de la Liga sobre la lucha armada.

Eso mandaban los estatutos de la Unión Popular y también las disposiciones del arzobispo, quien, incluso ya suspendidos los cultos, declaraba el 11 de agosto de 1926 en Guadalajara: “En esta lucha nuestros esfuerzos se encauzan por el camino de la paz; y jamás se ha hablado de usar otros medios que no sean los pacíficos”.

Así pues, la Unión Popular y la Liga, coincidiendo en el fin, diferían en los medios, pues La Liga no excluía la lucha armada. Sin embargo, cuando todo se decidió por el movimiento armado, Anacleto González Flores aceptó dirigirlo en su estado, como se lo proponía la Liga, y los estatutos de la Unión Popular debieron ser radicalmente reformados al tiempo que Jalisco se convertía en el núcleo cristero de mayor empuje. El asunto fue uno de los problemas de mayor envergadura que debió tratar Anacleto en su vida, y que le provocó graves dilemas de conciencia tanto a él como a otros amigos de militancia católica.


Una historia de mártires

Durante aquellos años, por una parte, de viva lucha por los derechos fundamentales por la libertad religiosa por parte del mundo católico mexicano, y por otra con una hostilidad cada día más radical por parte del Estado y que desembocó en una cruenta persecución, se llegó en la década de 1920 a un conflicto entre el Estado y el pueblo católico, en el que la batalla legal en pro de la libertad religiosa resultó infructífera.

Por ello un nutrido grupo de católicos, especialmente en Jalisco y estados aledaños, llegaron a la conclusión de que el Estado opresor solo entraría en razones con una oposición férrea, lo que llevó al final al levantamiento armado de la Cristiada.

La persecución llevó a la muerte un crecido número de sacerdotes y de fieles católicos a lo largo de los varios periodos de las revoluciones que se siguieron a partir de 1910. Habría que distinguir diferentes categorías de víctimas de aquellos años:

a) Los propiamente mártires de la fe católica en el sentido que la Iglesia ha católica ha siempre dado a este término; de estos hasta el año 2005 la Iglesia había reconocido 40 casos; otras Causas de martirio están en proceso. b) Cuantos han sido víctimas inocentes de la represión gubernamental directa o han sido asesinados por grupos anticatólicos a lo largo de aquellos años y que en gran parte quedan en el anonimato.

c) Cuantos han sido víctimas de las guerras, concentraciones, y represiones generalizadas, especialmente en los años de las luchas civiles carrancistas, villistas y zapatistas, y más tarde al periodo de la década de los años veinte, especialmente durante el llamado «callismo» (el periodo de la presidencia de Calles y el posterior «maximato» vigente hasta 1936); en esta última parte los casos varían mucho de estado a estado de la República; las víctimas de esta categoría suman varios millares y son uno de los episodios de muertes y exterminios que ensombrecen trágicamente la historia mexicana del siglo XX.

d) Las víctimas de la guerra durante la Cristiada fueron también millares en las regiones donde se combatió aquella lucha desigual y que tocó prácticamente a todos los estados de la República, en algunos tuvo especial virulencia como en Jalisco; los caídos en aquella guerra fratricida, considerada como una «guerra de legítima defensa» y llevada a cabo por los cristeros, fueron numerosos por ambas partes.

e) Luego están los varios miles de cristeros victimados como represión gubernamental o como víctimas de venganzas de caciques locales desde 1929 hasta casi 1940.

Las cifras, las circunstancias y las varias situaciones de esta dramática historia varían mucho. Las víctimas de esta tragedia quizá no bajen de los ciento cincuenta mil, en unos cálculos minimalistas, si se tiene en cuenta que como el mismo Meyer apunta “la guerra costó 80 000 muertos al país en su totalidad”; pero como la Cristiada fue una guerra excepcionalmente mortífera, esa cifra es ciertamente mínima. Otros dicen que, si los federales perdieron unos 60 000 soldados y los cristeros unos 30 000, ya tenemos una cifra global aproximativa de unos 90 000. Si a estas cifras se añaden las de los civiles caídos a causa de “ la peste, del hambre, de la guerra” y los exilios forzados, no es exagerado hablar de una cifra que superaría ciento cincuenta mil víctimas.

En el caso de los mártires ya canonizados o beatificados, el primer beatificado fue el jesuita Miguel Agustín Pro el 25 de septiembre de 1988. Lo siguieron el 22 de noviembre de 1992 otros 25 mártires, casi todos de Jalisco: 22 sacerdotes y tres jóvenes seglares, canonizados por san Juan Pablo II el 21 de mayo del 2000. Posteriormente, el 12 de octubre de 1997, fue también beatificado el padre Elías del Socorro Nieves, un sacerdote agustino que ejercía su ministerio en el estado de Guanajuato.

En el estadio Jalisco de Guadalajara el 20 de noviembre de 2005 fueron beatificados otros trece mártires, de ellos diez seglares: Anacleto González Flores, Luís Padilla Gómez, Jorge Vargas González, Ramón Vargas González, Ezequiel Huerta Gutiérrez, Salvador Huerta Gutiérrez, Luís Magaña Servín, Miguel Gómez Loza, José Sánchez del Río, Leonardo Pérez Larios; y tres sacerdotes: José Trinidad Rangel Montaño, Andrés Sola Molist (misionero claretiano), Ángel Darío Acosta Zurita; también José Sánchez del Río, un joven adolescente de Sahuayo (Michoacán), que fue canonizado el 16 de octubre de 2016 por el papa Francisco.

Llama la atención en el grupo de seglares el hecho de que nos encontramos con dos parejas que eran también hermanos carnales y fueron martirizados juntos, y el martirio del adolescente José Sánchez del Río. Fueron todos asesinados por las autoridades del estado sin juicio alguno; todos fueron atormentados con indecibles torturas sádicas y rebuscadas; casi todos ejecutados en el mismo lugar de su detención, alevosamente, casi siempre durante la noche o fuera de las miradas de la gente, por miedo a la reacción popular.

Pero en algunos casos la ejecución fue pública y bárbara para asustar y escarmentar a los fieles. Los fieles, cuando pudieron, recogieron sus cuerpos, los lavaron, amortajaron, sepultaron, recogieron su sangre derramada en prendas y en el suelo, sus prendas y sus reliquias con la misma veneración con la que los cristianos de los primeros siglos lo solían hacer con los cuerpos venerados de los mártires. Fue de hecho un gesto de fe que declaraba con firmeza el origen de sus muertes violentas: la confesión de la fe cristiana.

¿Cuántos fueron los sacerdotes asesinados en odio a la fe católica durante la persecución, especialmente en Jalisco? Lauro López Beltrán en un libro bien documentado «La persecución religiosa en México» nos ofrece dos listas solamente de los sacerdotes y seminaristas victimados de 1926 a 1933, en total 104 mártires.

Otro autor, el sacerdote Nicolás Valdés Huerta, nos ofrece una larga lista de nombres de víctimas de la persecución en orden alfabético. Entre ellas se cuentan mezclados sacerdotes y laicos; algunos son claramente mártires de la fe mientras otros han sido asesinados por diversos motivos (no excluidos los religiosos) o fueron víctimas de represiones en tiempos de la Cristiada. Otra lista parcial de víctimas de la persecución la encontramos en un libro del padre Guillermo Ma. Havers, en la que nos ofrece los nominativos de algunos.

Según las fuentes recogidas en las diversas diócesis de México, los sacerdotes, religiosos y seminaristas víctimas de la persecución religiosa en todo México quizá ronden los quinientos. La lista de los seglares católicos victimados en la persecución en odio directo a la fe católica o como consecuencia de esta son sin duda algunos millares.

Si a estas víctimas se añaden luego las de la Cristiada, sobre todo cuantos fueron traidoramente asesinados tras los conflictos y tras los llamados «Arreglos» de 1929 estipulados bajo el patrocinio de la diplomacia de los Estados Unidos entre el Estado mexicano y dos representantes no oficiales del episcopado, el número de estas víctimas alcanzan números escalofriantes: unos treinta mil que cayeron en la Cristiada y cinco mil asesinados tras la contienda.

Todos los sacerdotes y seglares mártires reconocidos por la Iglesia fueron asesinados por las autoridades del Estado sin juicio alguno tras indecibles torturas por ser sacerdotes o católicos confesantes. En el caso de los sacerdotes exponían a diario su vida para impartir los sacramentos de la Iglesia, sobre todo celebrando la Eucaristía, con frecuencia clandestinamente, y visitando en sus domicilios a los enfermos o a los perseguidos.

En cuanto al gran número de fieles laicos asesinados: muchos católicos se habían manifestado públicamente defendiendo el derecho a la libertad religiosa o se habían distinguido por su protagonismo en la vida social. Hubo otros, en los días aciagos de la persecución, que se habían levantado en armas para defender los derechos de la libertad religiosa. También es de notar cómo en este ambiente surgen los gérmenes de numerosas fundaciones religiosas mexicanas. Su estilo de vida cristiana y hasta los mismos nombres canónicos que adoptan, expresan las circunstancias del combativo catolicismo mexicano de aquellos años.

El movimiento cristero se encuadra en este ambiente. Como escribe un bien conocido historiador de la Cristiada, Jean Meyer, “pobres diablos se convierten en mártires y dejan de obedecer a los poderes que todavía a la víspera saludaban humildemente. Explican que la persecución es una prueba del favor con que Nuestro Señor distingue a México, puesto que después de haberle mandado a su madre [la Virgen de Guadalupe], da sus habitantes la posibilidad de llegar rápidamente al cielo”.

Los cristeros eran hombres y mujeres comunes, campesinos, obreros o profesionistas que se alzaron contra «el mal gobierno». Lo hicieron “para que Dios volviera”, como decían en sus manifiestos. Escribe Meyer: “Tomaron escopetas viejas y machetes, partieron como en una procesión litúrgica a enfrentar al «demonio» del gobierno; cada vez que fueron vencidos, se reorganizaron y crecieron; el ejército federal pudo derrotar en dos o tres meses varias rebeliones de generales perfectamente armados y disciplinados, pero en tres años no pudo acabar con los cristeros. Los hombres que se lanzaron a luchar lo dejaron todo: los hijos, la casa, el futuro; muchos lo perdieron todo, incluso la vida. Pero también en las ciudades muchos se desprendieron interiormente de todo y, sin tomar las armas, anhelaron morir por Cristo, alojar a sus sacerdotes, ayudar con medicinas y víveres a los «libertadores», someterse al luto y a la penitencia, buscar de mil modos los sacramentos en medio de grave peligro de la vida”.

Los testimonios y documentos que ilustran la vida y el martirio de los mártires se encuentran recogidos en las llamadas «Positiones super martyrio» correspondientes. En esta historia se incluyen los mártires, todos, sacerdotes y laicos. En los sacerdotes vemos su fidelidad a su ministerio sacerdotal. En los seglares su fe y su amor a la Iglesia. No eran ni temerarios ni idealistas utópicos. ¿Para qué vivir si había que vivir encadenados como esclavos? Veían en la libertad religiosa el sentido de su dignidad como personas y como parte de un pueblo al que se le quería cortar sus raíces.

Los mártires seglares pertenecen a una generación de hombres y mujeres que valoraban la libertad y la fe más que la propia vida. Estos mártires laicos hubiesen podido ser canonizados sin más, solamente examinando su vida cristiana en la vida heroica diaria que vivían en su familia y en su trabajo. En ellos no hubo nunca alguna dicotomía o esquizofrenia psicológica, religiosa o humana. Eran cristianos normales y cabales.

Algunos fueron ciertamente carismáticos, como Anacleto González y sus amigos de Guadalajara; otros pertenecieron simplemente al pueblo sencillo y fiel; otros fueron jóvenes gallardos, algunos casi adolescentes como José Sánchez del Río. Pero todos ellos tenían la conciencia clara de su ser cristianos.

El gobierno acusaba a los obispos, especialmente a algunos como al arzobispo de Guadalajara Francisco Orozco y Jiménez, a los sacerdotes y a muchos laicos como Anacleto González Flores, de ser los jefes de la revuelta de los cristeros. No tenían razón. Pero al mismo tiempo sí que la tenían. La tenían porque todos ellos, cada cual a su modo, habían infundido en la gente una viva conciencia de su dignidad de personas y de sus derechos y la certeza de que Dios está sobre todas las cosas.

En el caso de los laicos mártires eran solamente culpables de querer ser cristianos en todos los sectores de la vida: de pensar, hablar y actuar como cristianos. Tuvieron sin duda todos ellos una fuerte personalidad y un temperamento decidido. En el caso de los de Jalisco, estaban metidos de lleno en las experiencias del catolicismo social mexicano. Alrededor del carisma de algunos de estos jóvenes cristianos se congregaron muchos otros jóvenes y adultos que encabezaron la defensa de la Iglesia y de la libertad religiosa.

En unos momentos en los que obispos y sacerdotes o tuvieron forzosamente que abandonar el país o vivir de la salta a la mata, escondidos, ellos perseveraron firmes durante los días más negros de la persecución. Muchos de ellos eran gente de los Altos de Jalisco. Sus personalidades y temperamentos encarnaban los rasgos de los alteños. Los Altos aportaron a México lo mejor de sí: el sentido de su dignidad, su coraje valiente y temerario en la defensa de sus derechos, el amor a la libertad a costa de la misma vida y su catolicismo sin miedos.

Casi todos estos mártires seglares fueron gente comprometida en la vida pública. Habían sido formado en la escuela de los nuevos círculos católicos que se estaban formando por aquellos entonces en el movimiento católico de Jalisco. Usaron luego en la vida pública los medios que aquellos tiempos le ofrecían: la palabra, la pluma, los círculos de estudio, las manifestaciones públicas y los grupos de acción social y católica.

Se empeñaban en la catequesis y en la formación de niños y jóvenes; publicaban folletos y pequeños libros, fundaron revistas, incluso de grande tirada que difundían de mano en mano. De sus círculos salieron oradores y animadores de la causa católica que intervenían en reuniones y mítines públicos. Se distinguieron los jóvenes de la A.C.J.M.

Hasta los primeros años del siglo XX el catolicismo era fundamentalmente una realidad tradicional y conservadora, reducido a las prácticas devotas, sin una fuerza en los problemas de la vida social. La revolución despertó los corazones dormidos. Muchos católicos crearon varias organizaciones que demostraron en aquellos años una fuerza singular ante las minorías sectarias anticatólicas. De ahí el empeño de estos católicos militantes por formar grupos de jóvenes, cooperativas de trabajadores, cajas de ahorro, sindicatos, uniones de católicos.


Preguntas dramáticas sobre la licitud de la lucha armada

Todos los mártires optaron por la vía pacífica: su pacifismo fue sin embargo activo; es decir, se manifestaba en boicots cuanto podía facilitar el apoyo a las actividades del Gobierno. Era una forma de huelga general pacífica que puso en varias ocasiones en jaque al Gobierno. Otras veces las protestas de los católicos se manifestaban con el luto, apagones de luz, con folletos y volantes distribuidos a millares y con carteles murales; la policía solía perseguir a muerte a cuantos se distinguían en estos actos que consideraba subversivos.

Abundan los testimonios, incluso muchachos apresados infraganti y por ello torturados para saber dónde se imprimían los folletos o quienes los mandaban distribuir. La resistencia pacífica era una proeza en el contexto violento de la revolución, donde un alud de rencores e impunidad lo arrastraba todo. Sin embargo, estos mártires de la fe supieron proponer la defensa de la fe católica y la protesta pacífica, a pesar de los temperamentos vehementes que caracterizaban a muchos de ellos.

La actitud de estos católicos contribuyó a menguar la presión anticatólica en los últimos tiempos de Carranza (1918-1919) y luego en parte durante los gobiernos de Adolfo de la Huerta y de Álvaro Obregón. Durante el «callismo», en los años de 1924 a 1929, cuando aquella tiranía quiso imponerse contra los católicos, la experiencia de Jalisco en 1918 a 1920 fue tenida en cuenta y en la práctica fue la adoptada por los obispos y por todos movimientos católicos para todo el país.


Las iniciativas experimentadas en Jalisco en los años que siguieron a la promulgación de la Constitución de 1917: boicot, peticiones al Gobierno del estado, manifestaciones, huelgas y manifiestos, fueron adoptadas en todo el país en el cenit de la opresión callista contra los católicos a partir de 1926 con la aplicación de las leyes anticatólicas.

Si es cierto que en el complejo mapa católico de México no todos los estados latían vigorosamente en las filas católicas con la fuerza y la organización que se contaba en algunos estados del centro norte, sin embargo, muchos siguieron sus pasos y el mismo Gobierno extremó todas sus medidas para eliminar todo brote de protesta.

Se abría paso la idea lanzada con fuerza por muchos intelectuales católicos tras la Constitución de 1917 sobre la injusticia de las leyes antirreligiosas, contrarias al derecho natural y a las garantías individuales, aunque aquellas posiciones no fueron escuchadas. Fue entonces cuando la LNDLR optó por la lucha armada como único recurso.

Muchos otros −como el mismo Anacleto González Flores− se debatieron en dolorosas dudas. Por una parte, optaban por la vía pacífica; por otra veían la urgencia de mantener la unidad entre los católicos que se habían inclinado por aquella discutida solución. Muchos tampoco sabían cuál era la actitud de los obispos sobre el punto, ya que tampoco entre ellos se mostraba una clara unidad de juicio sobre este punto.

El arzobispo de Guadalajara Orozco y Jiménez, escondido y perseguido en aquellos momentos, parecía demostrarse inflexible sobre este punto: la lucha armada no conducía a algún sitio y no se podía aceptar como solución al conflicto. Y aquí asistimos al drama de Anacleto, que, en cuanto jefe de la UP, al final y ante tanta duda y en aras a la unidad de los católicos, optó por acceder a la licitud de la lucha armada en curso. Los obispos no habían condenado la lucha armada de los católicos, por considerarla defensa legítima, si bien tampoco la habían apoyado.

En un ambiente cargado de tensiones, ¿qué podían hacer aquellos católicos atrapados entre la espada y la pared? La lucha armada ya no se podía detener pues había explotado por doquier. Muchos, como el mismo Anacleto, pensaron que había que optar entre la supervivencia o la cancelación de la Iglesia. Optaron por evitar las rupturas; dejaron libres a los socios de la Unión Popular que libremente tomaran las armas a título individual, sin comprometer a la asociación y a sus jefes. Todo ello en nombre de la legítima defensa.

Es significativo lo que Anacleto habría dicho al decidirse finalmente por aquella opción discutible: En junio de 1926 las conciencias de los católicos se hallaban como perdidas ante las difíciles decisiones que cada cual responsablemente tenía que tomar. Las persecuciones se agudizaban. Los obispos estaban fuera del país. Los curas morían fusilados. Las organizaciones católicas estaban prácticamente fuera de la ley.

Por su parte el Gobierno de Calles creía que tenía en sus manos todos los ases de la partida. Se negó a negociar, a dialogar y a llegar a todo arreglo posible. El Gobierno acorraló a los católicos a punta de pistola, sacándoles incluso de sus pueblos y de sus casas. La única salida era o el martirio o la fuga. Pero el martirio es una gracia que no se da a todos; la fuga para la mayoría era imposible.

Muchos creyeron que solo les quedaba la defensa de los retazos de libertad que les quedaban. Por ello se alzaron en armas. Era un sistema al que, por otra parte, México estaba acostumbrado desde hacía mucho tiempo. Y fue la Cristiada, uno de los movimientos de carácter social más popular que haya contemplado la historia contemporánea en Occidente. Fue algo dinámico y arrollador que al final tuvo en su mano la victoria y la dejó correr por pura obediencia a indicaciones eclesiásticas recibidas en vistas de un bien común superior, se dijo.


El estilo de los mártires y el tipo de martirio son variados

El estilo de los mártires y el tipo de martirio en esta persecución fue muy variado. Uno fue el de muchos sacerdotes y seglares, otro el de la mayor parte de los laicos asesinados en Jalisco, muchos en proceso y aún no canonizados. Existen luego los miles de confesores y de testigos de su fe durante la persecución y que tienen en común el amor a la Iglesia y el grito de total adhesión a Cristo Rey y a Santa María de Guadalupe.

Cuando los obispos suspendieron el culto público en 1926, lo hicieron como protesta contra unas leyes antirreligiosas inicuas y contra el intento del Gobierno de controlar la vida de la Iglesia en todas sus manifestaciones, de sustituir la obediencia eclesial a Roma por la obediencia a un Estado anticristiano en una especie híbrida de Iglesia Estatal, para convertirla en un instrumento más al servicio del Estado. Todos estos elementos jugaron a favor de la opción por la revuelta contra aquel Estado ilegítimo. Tal fue el motivo de la Cristiada.

Otros muchos, sacerdotes y fieles, y buena parte de los obispos, optaron por una paz difícil. Es significativo que Jean Meyer documenta cómo, mientras generalmente la federación mataba, violaba y pasaba por las armas sin más a los prisioneros que lograba agarrar o a los pacíficos vecinos de los pueblos o les esquilmaba todo, generalmente los jefes cristeros dejaban en libertad a sus prisioneros de la federación y procuraban respetar a la gente de los pueblos. No es por ello extraño que los apoyasen por doquier.

Excesos ciertamente los hubo, pero no hubiesen triunfado, como estaban triunfando, si hubiesen sembrado el terror o no hubiesen sido gentes del pueblo. Por su parte, ese pueblo intuyó inmediatamente la diferencia y las motivaciones. Además, un dato común a todos los mártires es que mueren sin rencor, perdonando.

El Estado opresor era débil y dividido, sujeto a continuos pronunciamientos y desconocimientos por parte de sus mismos cabecillas, y caído con frecuencia en manos de caciques y bandoleros de la vida pública. Frente a este Estado se encontraba el pueblo real, arraigado en su fe católica con la Iglesia visible y jerárquica, arraigada en el pueblo.

Aquel Estado pretendía imponer su poder con acciones persecutorias contra ella con inútiles exilios, despojos, matanzas e incluso queriendo intervenir en su vida interna, inventándose una iglesia cismática que duró pocos días, nacionalizando todos los templos e intentando reorganizar el culto.

En todo este proceso, llevado a cabo por un pequeño grupo de intelectuales y de caciques políticos y militares, el pueblo sencillo estuvo siempre al margen, indiferente cuando no se le tocaba en su vida religiosa de manera directa. Este pueblo, “pueblo de cristiandad monolítica reaccionó violentamente contra la reforma, cuando tocó a la Religión, contra la reforma concebida como antirreligiosa […]”.


No solo anticlericalismo, sino odio anti eclesial

Aquel odio perseguidor contra la Iglesia se expresó en mil maneras. Por ello los primeros en ser golpeados fueron los sacerdotes. Eran sacerdotes normales con una clara conciencia de su ministerio sacerdotal, a pesar de sus límites. El pueblo los reconocía como suyos. Y a los que morían asesinados los proclamaba mártires en el mismo momento de su ejecución, recogiendo con veneración sus cadáveres torturados. Lo mismo sucedía con los seglares sacrificados por la persecución, que fue tan acerba que el papa Pío XI la comparó a la de los primeros siglos cristianos.

La explicación de tan cruda intolerancia anticatólica ha de buscarse en la ideología jacobina extremista de la que sus sostenedores bebían, y que consideraban al catolicismo mexicano como presencia incómoda que se debía arrancar desde sus raíces para construir una sociedad ideológicamente diversa.

Al principio se pretendió hacerlo con una legislación laicista, pero cuando las leyes se demostraron ineficaces, se optaron por los pelotones de ejecución. Ninguno de los mártires fue sometido a juicio alguno; ninguno fue condenado por crimen alguno demostrado, ninguno bajo la legalidad. Como en el caso de las persecuciones romanas −y de todas las persecuciones− fue la simple pertenencia confesada a Jesucristo vivo, confesado sin ambigüedades en aquel grito mil veces repetido y que los mártires gritaban antes de morir y rubricaban con su sangre de ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!


NOTAS

REFERENCIAS

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FIDEL GONZÁLEZ FERNANDEZ