Diferencia entre revisiones de «IGLESIA EN AMÉRICA (SIGLOS XVI-XX)»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Respecto a la Evangelización, los análisis realizados por López Medel le llevan a una serie de conclusiones de las que recogemos algunos ejemplos: es preciso mejorar la predicación;<ref>pp.30, 105-106</ref>dividir las diócesis y nombrar más obispos evitando sedes vacantes;<ref>pp.30, 127</ref>reorganizar los arzobispa¬dos<ref>pp.31, 130-131</ref>; delimitar el perfil del obispo que se nece¬sita en América;<ref>pp.34-36, 289</ref>reducir el número de penas canó¬nicas que se aplican por parte de la autoridad eclesiástica<ref>p.99</ref>; mejorar la formación del clero regular;<ref>p.38</ref>y secular;<ref>p.294</ref>construcción de iglesias;<ref>p.38, p.181</ref>elaboración de sermonarios, catecismos y tratados de higiene.<ref>pp.39-41</ref>
 
Respecto a la Evangelización, los análisis realizados por López Medel le llevan a una serie de conclusiones de las que recogemos algunos ejemplos: es preciso mejorar la predicación;<ref>pp.30, 105-106</ref>dividir las diócesis y nombrar más obispos evitando sedes vacantes;<ref>pp.30, 127</ref>reorganizar los arzobispa¬dos<ref>pp.31, 130-131</ref>; delimitar el perfil del obispo que se nece¬sita en América;<ref>pp.34-36, 289</ref>reducir el número de penas canó¬nicas que se aplican por parte de la autoridad eclesiástica<ref>p.99</ref>; mejorar la formación del clero regular;<ref>p.38</ref>y secular;<ref>p.294</ref>construcción de iglesias;<ref>p.38, p.181</ref>elaboración de sermonarios, catecismos y tratados de higiene.<ref>pp.39-41</ref>
  
Por lo que se refiere a los Sacramentos, resulta llamativo el interés que pone este autor: medidas para evitar la reitera¬ción del bautismo,<ref>p.107</ref>celebración de los matrimonios indígenas;<ref>pp.108-109</ref>culto a la Eucaristía; consejos a los Padres Dominicos para la instalación de un convento asegurando el nece¬sario recogimiento y culto a los santos. Otras medidas que sugiere de interés civil serían por ejemplo, sobre conexión entre el orden civil y eclesiástico, castigos de indios y repartimientos de indios.  Resalta constantemente como el buen ejemplo de los españoles resulta capital para la evangelización de estos territorios, pues añade que si no añadirán pecados a los ya conocidos por los indí¬genas.  
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Por lo que se refiere a los Sacramentos, resulta llamativo el interés que pone este autor: medidas para evitar la reitera¬ción del bautismo,<ref>p.107</ref>celebración de los matrimonios indígenas;<ref>pp.108-109</ref>culto a la Eucaristía;<ref>p.109</ref>consejos a los Padres Dominicos para la instalación de un convento asegurando el nece¬sario recogimiento y culto a los santos.<ref>p.185 y p.218</ref>Otras medidas que sugiere de interés civil serían por ejemplo, sobre conexión entre el orden civil y eclesiástico,<ref>pp.29, 100</ref>castigos de indios y repartimientos de indios.<ref>p.106) y p.160</ref>Resalta constantemente como el buen ejemplo de los españoles resulta capital para la evangelización de estos territorios, pues añade que si no añadirán pecados a los ya conocidos por los indí¬genas.<ref>p.129</ref>
  
Para finalizar queremos resaltar el Juicio de Residencia que se efectuó contra él, pues es una buena comprobación de la base jurídi¬ca y legal en la que se apoya toda la conquista de América, y que puede ser una de las grandes aportaciones de esta obra.
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Para finalizar queremos resaltar el Juicio de Residencia que se efectuó contra él, pues es una buena comprobación de la base jurídi¬ca y legal en la que se apoya toda la conquista de América,<ref>pp.245-285</ref>y que puede ser una de las grandes aportaciones de esta obra.
  
 
Esta mentalidad está presente también en los colonizadores, por ejemplo en el mismo Colón.  Así en sus cartas a la Corona anota datos interesantes sobre los indios,  al aplicar las Bulas Alejandrinas y en su largo memorial al Papa Alejandro VI.  Todo ello se compagina con conductas a veces no correctas, como lo expresa con claridad la Profesora Díaz Trechuelo: “En Colón se dan curiosas contradicciones, pues se le ve siempre con espíritu de mercader, busca con afán el oro y si no lo hay procura hallar otra fuentes de riquezas, pero a la vez se extasía pensando en la conversión de los indios y en la exaltación de la santa fe católica”.  
 
Esta mentalidad está presente también en los colonizadores, por ejemplo en el mismo Colón.  Así en sus cartas a la Corona anota datos interesantes sobre los indios,  al aplicar las Bulas Alejandrinas y en su largo memorial al Papa Alejandro VI.  Todo ello se compagina con conductas a veces no correctas, como lo expresa con claridad la Profesora Díaz Trechuelo: “En Colón se dan curiosas contradicciones, pues se le ve siempre con espíritu de mercader, busca con afán el oro y si no lo hay procura hallar otra fuentes de riquezas, pero a la vez se extasía pensando en la conversión de los indios y en la exaltación de la santa fe católica”.  

Revisión del 20:15 27 ene 2017

De la Evangelización de América a la Nueva Evangelización

El inicio del Tercer Milenio marca un periodo de estudio y reflexión de la historia y su inmediata proyección en el futuro. Porque son muchas las esperanzas, han de ser hondos los juicios de la realidad pasada y presente.

Los procesos de inculturación son siempre de enorme interés pues revelan los elementos imperecederos que cuajan en cualquier latitud, y los propios de cada área geográfica que le dan el sabor de las tradiciones entrañables de cada cultura, que la hacen sentirse como pueblo de características propias; así se entrela¬zan la unidad y la variedad. El estudio de la incorporación de los pueblos americanos a la Iglesia Católica es un ejemplo de inculturación de gran interés, pues no fue un simple trasplante del modelo europeo al otro lado del océano.

Desde Sevilla ofrecemos unas líneas que sirvan de documentación básica para acerca de La Iglesia en América: siglos XVI-XX. No en vano “Andalucía ha dejado en América una huella imborrable que se hace presente en la religiosidad popular, modos de hablar, coplas y bailes, cos¬tumbres y recetas culinarias, en la literatura y en el arte, en los nombres de las ciudades y villas tomados de nuestra toponimia y en tantas cosas más.”[1]

Descubrimiento y Evangelización de América

El final del siglo XV es una época trascendental para el continente europeo. La aparición de la imprenta, el Renacimiento con su vuelta a los clásicos, el formidable desarrollo de las Artes y de la cultura en general, imprimen un incipiente dinamis¬mo social. Junto a lo anterior se da un nuevo esplendor comercial con las rutas maríti¬mas hacia el Oriente, y la fluida relación entre los diversos pueblos todavía unidos en gran parte por la lengua latina. Las disputas entre las naciones de Francia, Inglaterra y el Imperio de los Austrias.

En el otro Continente, aún ignoto para los europeos, al otro lado del Océano Atlántico se encontraban florecientes imperios como el azteca en el Norte, el maya en el Centro y el Inca en el Sur; junto a ellos numerosos pueblos en diferentes estados de cultura y civilización. Tenían una organización política-religio¬sa desarrollada, con sus leyes, organización administrativa y aplicación de justicia. Poseían avanzados conocimientos en astro¬nomía, así como en la agricultura, del Arte, de la lengua y lite¬ratura. Su desarrollo sin embargo era pausado.

En 1492 surcan las olas del Atlántico las Carabelas de Co¬lón, comienza así una nueva ruta marítima en expansión: la nueva ruta del Oriente. Lo que empieza como una temblorosa tentativa, acaba siendo un auténtico puente que unirá definitivamente los continentes americano y europeo, por muchos siglos separados. Miles de barcos, aviones, trasatlánticos, buques mercantes, etc., lo han atravesado en estos siglos en un flujo y reflujo constan¬te. Desde hace quinientos años el Océano ya no separa sino que une dos antiguos pueblos: Europa y América.

La celebración del V Centenario del Descubrimiento ha dejado un fruto muy importante: un buen número de trabajos de investigación, Congresos, Simposios, edición de fuentes, estudios de divulgación, etc. Lógicamente esos esfuerzos han llegado poco a poco al gran público, pero sin duda han acercado a un mejor conocimiento de aquella época. Sí se puede adelantar que no es cierta ni la «leyenda rosa» ni la «leyenda negra»; como en todo hubo muchos aciertos y también inter¬venciones desafortunadas; la resultante es claramente positiva.

Los puntos positivos que se rememoran de esa esta fecha son, entre otros,

• Sentido crítico del proceso colonial: desde los primeros años se levantaron voces autorizadas en la península y en América para pedir una reforma del proceso colonizador. Lo que produjo en la Corona un esfuerzo constante para adecuar las leyes al sentido cristiano de la vida.

La avanzada legislación de Indias: verdadero modelo de los dere¬chos humanos en el campo de la legislación laboral, defensa de los derechos básicos de la persona, leyes de propiedad, organiza¬ción de las ciudades, reales Audiencias, Virreyes, etc.

• Impulso de la cultura: creación de escuelas primarias, profesio¬nales, entidades universitarias. Desarrollo de una amplia litera¬tura que va desde tratados universitarios de nivel hasta las innumerables crónicas de indias, verdadero tesoro de la vida coti¬diana en las Indias.

• Inculturación de la fe en América; impulso de las manifestacio¬nes artísticas y culturales autóctonas, preservación del recuerdo de esas culturas antiguas etc. Los estudios etnográficos efectuados por los misioneros para poder llevar la fe a aquellos pueblos produjeron la conservación de esas culturas; esto se puede apre¬ciar en los catecismos de indias, las gramáticas y diccionarios, en las crónicas de América, etc.

• Incorporación de aquellos territorios a la Corona de Castilla, de modo que se sentían verdaderamente un reino más de España, eso sí manteniendo su particular idiosincrasia. Las aportaciones que desde América se realizaron no se redujeron al envío de los meta¬les preciosos; se establece un intercambio mucho más rico en ideas y personas.

• La aparición de productos nuevos, o de otros ya conocidos pero en cantidades enormes, revolucionaron la alimentación, la indus¬tria y el comercio, e hicieron aparecer hábitos sociales origina¬les. Patatas, maíz, azúcar, tomate y otros productos resolvieron en gran parte los antiguos problemas de hambre en Europa, y, en todo caso, proporcionaron una riqueza en la dieta de los hombres.

La Evangelización de América en cifras

“Hace casi 500 años se iniciaba en estas tierras la obra que Cristo confió a su Iglesia: la evangelización de todas las gen¬tes. La preparación de ese centenario es el motivo que nos con¬grega. Me alegro, por ello, que en esta fecha, que recuerda el encuentro entre dos mundos, entre el continente europeo y ameri¬cano, pueda el Papa reunirse con los Episcopados de la Iglesia que trajo la evangelización y de aquella que la recibió, reali¬zando así una sola y misma Iglesia: la de Cristo”.[2]

La Española fue la primera isla donde habitaron los misione¬ros que llegaron en 1493 para evangelizar el Nuevo Mundo. Desde entonces, sólo de España han partido para toda América unos 200.000 misioneros. Hoy día son 17.000 los sacerdotes, religiosos y religiosas españoles que trabajan en ese Continente. En los primeros años, Santo Domingo fue el centro de incul¬turación y evangelización por excelencia, y por consiguiente las Antillas su área de expansión. Con la conquista de México y el Perú, se crearon los virreinatos y con ellos la rápida expansión por todo el Continente.

En 1492, con Colón viajó un sacerdote mercedario. Pero ya desde los siguientes viajes, estaban en América franciscanos y mercedarios. En 1510 llegaron los dominicos; después en 1532 los agustinos y, finalmente a partir de 1566, los jesuitas. A estas órdenes se les denomina Ordenes misioneras americanas, pues sobre ellas cargó el peso fundamental de la evangelización. Los sacer¬dotes seculares fueron pasando a América en número creciente desde el comienzo. El envío de misioneros a América cargó sobre la Corona, que realizó una tarea de selección y autorización a través del Consejo de Indias. En 1570 y sólo en México había establecidos 74 conventos de franciscanos, 39 de dominicos y 40 de agustinos.

A lo largo del primer siglo de la Evangelización llegaron a existir 32 diócesis en toda América. El ritmo de crecimiento va acorde con la evangelización y pacificación de los territorios:

1) 1511-1520: surgen 5 obispados en las Antillas.

2) 1530-1548: Obispados de los grandes territorios conquistados como México y Perú.

3) 1552-1577: se añaden 7 sedes y se dividen otras. Las diócesis creadas en el siglo XVI fueron: 4 en la Audiencia de Santo Domingo, 2 en la de Guadalajara, 5 en la de México, 1 en la de Panamá, 3 en la de Santa Fe, 2 en la de Quito, 5 en la de Lima, 3 en la de Charcas y 2 en la de Chile.

Hasta 1546 el obispo metropolitano de todas las diócesis americanas fue el arzobispo de Sevilla. El 11 de febrero de 1546 se crearon los arzobispados de Santo Domingo (albergaban las Antillas, la costa Caribe de Venezuela y Colombia); el de México (sobre los territorios del norte-desde Guatemala hasta el rio Mississippi); y el de Lima (desde Nicaragua y Panamá en el istmo hasta tierra de fuego), a los que se sumó en 1564 el de Santa Fe.

Entre los años 1500 a 1800 ocuparon las diócesis 681 obis¬pos. Para el periodo de 1500-1620 el número de Prelados era de 161 es decir el 23,6% del total.

El origen de esos obispos es de un 88,1% peninsulares y un 11,9% americanos; de todas formas muchos de los nombrados como peninsulares llevaban muchos años trabajando en América cuando fueron ordenados obispos. El 70% de los mismos procedían del clero regular (48% Dominicos, 25% franciscanos y 13% agustinos), y el 30% del clero secular.

Finalmente destacaremos su buena preparación intelectual: el 50% eran doctores (el 71.7% en Teología y el 8% en Derecho Canó¬nico), 32% Maestros, 17% licenciados y 1% bachiller; los lugares de estudio son significativos: el 37.7% lo hizo en la más impor¬tante Universidad europea de la época, Salamanca; el 7.2% en Sevilla, 5.2% en Alcalá, el 3.9% en Sigüenza, el 13% en México y el 13% en Lima.

Gobernaron la diócesis una media de 14 años, realizando un trabajo enorme de visitas pastorales, convocatoria de Sínodos, de los que se tienen datos de medio centenar desde el Concilio de Trento hasta el siglo XVIII, aparte de los 10 Concilios provinciales inter-diocesa¬nos habidos en el siglo XVI; los más importantes fueron los de México (1555, 1565 y 1585) y los de Lima (1551, 1567, 1582, y 1601). etc.

Las diócesis estaban integradas por parroquias o doctrinas, según el desarrollo de la evangelización. Cuando la zona estaba suficientemente desarrollada, normalmente iban pasando las doctri¬nas a parroquias, y del clero regular al clero secular. Estaban bajo la jurisdicción del obispo. Los territorios indios aún no cristianizados, estaban en manos de los religiosos. Una vez cristianizado el territorio se convertía en doctrina.

La tarea educativa se puso en marcha enseguida a todos los niveles, primaria, secundaria, profesional y universitaria. La creación de la Universidad de Santo Domingo (1538), Lima (1551) y México (1551), sirvieron de modelo para otras muchas que fueron surgiendo. Lógicamente empezaron con pocos medios, en lugares poco adecuados, casi itinerantes, y con escasos alumnos: en la Universidad de Méxi-co había en 1553 más de un centenar de ellos, hijos de conquista¬dores en su mayoría; en 1630 eran ya 500 y a finales del XVII se habían graduado allí cerca de 28.000 bachilleres y 580 docto¬res y maestros. Así pues, aunque fueran pocos alumnos, suponía un gran avance, un florecimiento de la cultura y del saber. Los principales dirigentes de América, con el transcurso del tiempo acabarían saliendo de esas aulas.

Muchos antiguos alumnos de Salamanca acaban en América: de los profesores, misioneros y altos funcionarios con formación universitaria que pasan a Indias en el periodo de 1535-1580, 180 han sido identificados como discípulos directos de los grandes maestros de Salamanca: 113 son personalidades de la vida civil o eclesiástica, 33 son obispos o arzobispos, y 35 son profesores universitarios.

Respecto a los libros se ha demostrado en estos años cómo los títulos que circulaban en Europa también lo hacían en Améri¬ca. Los inventarios que se conservan hablan de obras de teología, derecho, sagrada escritura, ciencias naturales, poesía, artes, libros piadosos etc. Un ejemplo es la enorme obra «Thesaurus indi¬cus» del jesuita Diego de Avendaño, escrita sin salir de Lima; por las citas de esa obra se puede descubrir la variada y actualizada biblioteca que tenía a su disposición. Joaquín García Icazbalceta reseña más de cien títulos publicados en el siglo XVI; ochenta corres¬ponden a temas teológicos

La llegada de abundantes libros es índice del interés por el estudio que, desde el primer momento, había en todas las órdenes religiosas, aunque más de los dominicos, agustinos y después los jesuitas. Esa producción literaria, teológica, jurídica, filosó¬fica etc., hacía que hubiera una gran conformidad de pensamiento con la Metrópoli. Esto se manifestará en la misma producción teológica que se hace en América.

Gracias al esfuerzo catequético se fijaron por escrito 51 lenguas indígenas con 60 dialectos, clasificados en 11 familias idiomáticas. Lo cual quiere decir gramáticas, diccionarios, etc., que se imprimieron y estudiaron en el siglo XVI. Fruto de ello es la creación en las Universidades de las cátedras de lenguas; la asistencia a las mismas llegó a ser condición imprescindible para poder ejercer el ministerio pastoral. La inculturación nece¬saria para la predicación, llevó a los misioneros a realizar extensos trabajos etnográficos, muchos de los cuales han llegado hasta nosotros. Destacan fundamentalmente los de Fray Bernardino de Sahagún en Nueva España. Como consecuencia de todo lo anterior se conservan cientos de catecismos, doctrinas, cartillas, sermo¬narios, confesonarios, etc., que constituyeron los elementos auxiliares para la predicación del Evangelio.

Finalmente está el gran número de obras asistenciales, que sería in¬terminable de resumir. Actualmente, por ejemplo, en las Antillas existen 70 Hospitales, 288 Dispensarios, 2 leproserías, 36 Orfe¬linatos, 30 Jardines de Infancia y 47 Centros asistenciales di¬versos creados por la Iglesia.

La Evangelización en las Leyes de Indias

Es importante resaltar claramente el fondo jurídico de toda la colonización, manifestado a cada paso desde el descubri¬miento de un territorio hasta la vida cotidiana de los virreina¬tos. La fuerte estructura jurídica hace posible la permanencia en unidad de Corona de aquellos territorios a la España peninsular y su desarrollo habitual como si de Castilla se tratase. Al estudiar las Ordenanzas y leyes de indias dictadas por la Corona desde 1492 hasta la Recopilación de 1573, se descubre un fondo cristiano basado en la defensa de la persona humana del indio.

La acción de la Iglesia es decisiva en ese trasfondo, lo que se comprueba en las indicaciones de los Prelados, en las leccio¬nes de Francisco de Vitoria en su cátedra Salmantina, y en la acción de los misioneros americanos. Así desde el sermón de Fray Antonio de Montesinos, el último Domingo de Adviento de 1511 en la Isla de la Española, hasta las leyes Nuevas dictadas en 1542, hay un largo camino de defensa de los derechos humanos amenazados por las irregularidades del régimen de encomienda instaurado en el Go¬bierno de Nicolás de Ovando al comienzo del XVI en las Antillas.

Bartolomé de Las Casas y tantos otros dedicaron muchas ener¬gías a fustigar la «Real conciencia», trayendo una y otra vez a la memoria y juicio de los reyes, los abusos cometi¬dos en la conquista americana. Todo ello impulsó, sin duda, el mayor esfuerzo legislador que se ha dado en la historia de las colonizaciones: las sucesivas Ordenanzas de Burgos, Valladolid, etc. hasta las Leyes Nuevas de 1542 son el mayor pago de sus es¬fuerzos. Todo ello desembocará en la Recopilación de las Leyes de Indias, e incluso en la desaparición del término «conquista» en tiempos de Felipe II. Un esfuerzo jurídico y humano que consolidó el deseo de la reina Isabel de que los indios fueran verdaderos vasallos de Castilla.

El título con el que desembarcaron aquellos navegantes era la Donación Pontificia de aquellos territorios por el Papa Ale¬jandro VI a los Reyes Católicos, mediante las Bulas «Inter Cetera» de 1493. Esta circunstancia histórica marcará todo el desarrollo de la colonización poniendo el acento en la evangelización de esos pueblos, hasta el punto de ser denominada por algunos auto¬res como «el sentido misional de la conquista».

La constante petición de rendición de cuentas sobre el esta¬do de la evangelización por parte de la Corona y de los organis¬mos del Consejo de Indias, hacen constatable que el deseo de evan¬gelizar aquellos territorios no quedó en mera teoría.

Valga como resumen del denominado «Patronato de Indias» las palabras del Prof. Sánchez Bella: “En la década de los treinta (siglo XVI), el Papado confirmaba los extensos privilegios conce¬didos a los Reyes de España. Los Concilios Provinciales de Lima de 1583 y el Tercero Mexicano de 1586, aprobados por el Pontífice, reconocían el Patronato universal de los Reyes en las Indias. Y Benedicto XIV en el Concordato de 1753, indica expresamente que nunca se había controvertido el derecho de los Reyes en las pre¬sentaciones para los beneficios de las Indias. Así pues, la base jurídica para el ejercicio de lo que, sintéticamente se denominará «Real Patronato» era firme como punto de partida para el gobierno espiritual de las Indias. El Monarca y sus ministros irán en la práctica mucho más lejos dando lugar a abusos de jurisdicción -nunca dogmáticos- que privaban a la Iglesia en América de su legítima libertad.”[3]

Las manifestaciones fundamentales del regalismo que se dedu¬cen del Patronato Regio y la sucesiva cadencia de las concesiones Pontificias que se desarrollarán posteriormente, serían la retención de las Bulas, los esfuerzos para impedir la comunica¬ción directa de los obispos con la Santa Sede (prohibición de hacer la visita «ad limina» personalmente y el envío directo de los Memoriales), exclusión del Nuncio en Madrid en asuntos eclesiás¬ticos de Indias, la restricción de la jurisdicción eclesiástica en la segunda mitad del siglo XVIII, las exacciones económicas, etc.

La Recopilación de Indias de 1680 recogió los principios y las prácticas del que podemos denominar «regalismo de los Aus¬trias», lo que llevó a denunciarla al Papa. Por eso, hay que afirmar, ante todo, la clara continuidad en el regalismo de Aus¬trias y Borbones. Después, reconocer también que, en el siglo XVIII se dieron nuevos pasos en el avance del regalismo indiano, sobre todo con Carlos III y Carlos IV.

Respecto a la actitud de la Santa Sede ante el Patronato, resalta Sánchez Bella como conclusión: “Juzgada a posteriori la actitud de la Santa Sede frente al Patronato indiano de los Reyes de España, podrá parecer excesivamente débil y complaciente. Pero si nos situamos, por ejemplo en el siglo XVI, en el reinado de Feli¬pe II (...) podemos comprender que era difícil otra postura que la de contemporizar”.[4]

Y un poco más adelante añade: “La Iglesia no se ha enfrentado, en el caso español, con cuestio¬nes dogmáticas, ni problemas de cisma o de falta de adhesión a la Sede Apostólica, sino a un paternalismo estatal que ahogaba la legítima libertad de actuación de la Iglesia, aunque fue acompa¬ñada de un sincero deseo evangelizador. Si se mide por sus fru¬tos, hay que reconocer que la política religiosa de los monarcas españoles, contribuyó eficazmente a la consolidación del catolicismo en el Continente americano y en Filipinas. Por otra parte, las posibilidades de una eficaz intervención de Roma eran casi nulas. Sin duda, los grandes defectos del Patronato, tal como se entendía y aplicaba por los Monarcas y sus ministros, han servido para desaconsejar la fórmula para el futuro, pero cabe pensar si en el pasado cabía otra fórmula distinta de la que rigió la vida religiosa en América durante más de tres siglos”.[5]

El «sentido misional» de la conquista se observa no sólo en la Corona, sino también en sus funcionarios. En los escritos y en la vida de Tomás López Medel tenemos un ejemplo de esto.[6]Tomás López Medel, jurista, político y teólogo, estudió en la Universidad de Alcalá, Bolonia y París, en el esplendor de la teología y del derecho hispano del siglo XVI. Hombre de carácter fuerte y de gran fe y honradez. Sus trabajos en la Casa de Con¬tratación de Sevilla, en aquel bullir del comercio de Indias, le dieron la práctica necesaria para sus embajadas y trabajos reales en América.

Recogemos algunos aspectos del informe del que fue Visitador y Oidor de las Audiencias de Guatemala y Nueva Granada en la segunda mitad del siglo XVI. Estos informes y Cartas recogidas de diversas fuentes (algunos inéditos), constituyen una documenta¬ción de gran valor para estudiar el asentamiento de la evangeli¬zación y del proceso colonizador americano, pasada la primera fase de descubrimientos y conquistas, así como para conocer la aplicación de Las Leyes Nuevas de 1542 sobre el régimen de las encomiendas.

De la lectura de su obra resalta el atrevimiento con el que se expresa el autor, que no teme -como tampoco Las Casas- fustigar la Real Conciencia, expresando con claridad los desórdenes de los gobernantes americanos a cualquier nivel, tanto civiles como eclesiásticos: busca reclamar un mayor interés de la Corona por los asuntos de las Indias. Así dirá en una carta al Consejo de Indias fechada en 1557, reclamando reformas en Guatemala, Yucatán y Nueva Granada: “Acerca desto el remedio sería enviar santísimos Prelados, santísimos Jueces y Magistrados y celosísimos ministros del Evangelio para que se corrijan las malas costumbres y se castigue con rigor y se enmienden y mejoren para adelante con su buen ejemplo”.[7]

López Medel se muestra como un hombre de una gran fe que no teme profetizar un castigo del cielo si no se evangeliza mejor,[8]y que pide la celebración de una Misa votiva del Espíri¬tu Santo para pedir luces antes de realizar una tasación.[9]Son continuas las referencias a la cristianización como motor y causa de la presencia en Indias de los españoles.

Respecto a la Evangelización, los análisis realizados por López Medel le llevan a una serie de conclusiones de las que recogemos algunos ejemplos: es preciso mejorar la predicación;[10]dividir las diócesis y nombrar más obispos evitando sedes vacantes;[11]reorganizar los arzobispa¬dos[12]; delimitar el perfil del obispo que se nece¬sita en América;[13]reducir el número de penas canó¬nicas que se aplican por parte de la autoridad eclesiástica[14]; mejorar la formación del clero regular;[15]y secular;[16]construcción de iglesias;[17]elaboración de sermonarios, catecismos y tratados de higiene.[18]

Por lo que se refiere a los Sacramentos, resulta llamativo el interés que pone este autor: medidas para evitar la reitera¬ción del bautismo,[19]celebración de los matrimonios indígenas;[20]culto a la Eucaristía;[21]consejos a los Padres Dominicos para la instalación de un convento asegurando el nece¬sario recogimiento y culto a los santos.[22]Otras medidas que sugiere de interés civil serían por ejemplo, sobre conexión entre el orden civil y eclesiástico,[23]castigos de indios y repartimientos de indios.[24]Resalta constantemente como el buen ejemplo de los españoles resulta capital para la evangelización de estos territorios, pues añade que si no añadirán pecados a los ya conocidos por los indí¬genas.[25]

Para finalizar queremos resaltar el Juicio de Residencia que se efectuó contra él, pues es una buena comprobación de la base jurídi¬ca y legal en la que se apoya toda la conquista de América,[26]y que puede ser una de las grandes aportaciones de esta obra.

Esta mentalidad está presente también en los colonizadores, por ejemplo en el mismo Colón. Así en sus cartas a la Corona anota datos interesantes sobre los indios, al aplicar las Bulas Alejandrinas y en su largo memorial al Papa Alejandro VI. Todo ello se compagina con conductas a veces no correctas, como lo expresa con claridad la Profesora Díaz Trechuelo: “En Colón se dan curiosas contradicciones, pues se le ve siempre con espíritu de mercader, busca con afán el oro y si no lo hay procura hallar otra fuentes de riquezas, pero a la vez se extasía pensando en la conversión de los indios y en la exaltación de la santa fe católica”.

Métodos de Evangelización

Entramos en la parte misionológica propiamente dicha. En ella el esquema de la Iglesia ha sido siempre el siguiente: testimonio, anuncio, conversión, bautismo, implantación de la Iglesia local. En primer lugar el testimonio. Así se expresaba Juan Pablo II: “El hombre contemporáneo cree más a los testi¬gos que a los maestros; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en las teorías”. Así pues siempre ha sido importante el testimonio del misionero, de la familia cristiana, y de la entera Iglesia. Un testimonio de caridad con los que sufren vi¬viendo la Doctrina Social de la Iglesia, y dando testimonio de coherencia de vida cristiana.

Es llamativo que después de cinco siglos siga siendo el primer paso importante de lo que se ha denominado en la misionología la «captación de la benevolencia». A continuación el anuncio: “El anuncio tiene la prioridad permanente de la misión: la Iglesia no puede substraerse al man¬dato explícito de Cristo: no puede privar a los hombres de la Buena Nueva de que son amados y salvados por Dios.”

Ese anuncio, al que la Iglesia tiene derecho, no representa ninguna novedad doctrinal, pues la Iglesia debe ser fiel al depó¬sito recibido, pero lógicamente variará «el modo» de presentarla según el auditorio. El mismo Papa en la Redemptoris Missio recoge diversos esquemas tomados de la predicación de los Apóstoles (Ibíd. nn.24-25).

En América hay diversos modelos de predicación, según sean las fases de la evangelización. Un ejemplo se puede tomar de los esquemas recogidos en el primer catecismo de Fray Pedro de Córdoba; en ellos se dan los siguientes pasos: buscar captar la benevolen¬cia, refutar indirectamente las creencias anteriores, ejemplifi¬car para una mejor comprensión y usar la Escritura como base de autoridad.

Es llamativa la fe de aquellos misioneros les llevaba a creer que expuesta la Revelación con claridad, aquellos indios creerían, pues Dios estaba empeñado en llenar sus manos de frutos. También se ensayaron el método del diálogo con los sacer¬dotes indígenas para refutarles racionalmente al estilo de Sn. Pa¬blo en el areópago; este es el método de Fray Bernardino de Sahagún.

La predicación o el anuncio va dirigido a lograr la conver¬sión. Una conversión que en el caso americano fue espectacular. La conversión es un don del Espíritu Santo, que implica una fe total y radical que no pone límites a ese don de Dios; una fe que se abre a un proceso de santidad hasta hacerse discípulo de Cris¬to. Lograr esas conversiones auténticas es el objetivo de la misión.

Así dice Juan Pablo II: “Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los no cristianos se pone en tela de juicio (...) se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión; que basta con formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene derecho a escuchar la Buena Nueva de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación”.

Segui¬damente, el Papa recoge el modo de operar de los Apóstoles: pedían cambio de vida, conversión y luego el bautismo. Con el sacramento del bautismo se produce el nacimiento por el Espíritu Santo a la vida de la gracia y nos hacemos miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. La Recepción del bautismo fue también en América la puerta de entrada en la Iglesia. Vino precedida de un periodo de cate¬quesis previa que no llegó a un catecumenado propiamente dicho, pero lo suficiente para asegurar la validez del sacramento.

La polémica surgida en Nueva España entre los dominicos y francisca¬nos, por motivos de disparidad de criterios sobre los tiempos de esa catequesis, constituyen una prueba de la seriedad con que se evangelizó. El famoso dictamen de la Universidad de Salamanca de 1541, que sirvió para dirimir la cuestión, muestra claramente como este modo de hacer ha sido tradicional en la Iglesia. Por último la implantación de la Iglesia local: “El misterio de la Iglesia está contenido en cada Iglesia particular con tal de que ésta no se aísle”. A este objeti¬vo lleva la misión «ad gentes», a constituir una Iglesia local que será madura en la fe en cuanto ella misma sea apostólica y misio¬nera.

Respecto al método de evangelización en el siglo XVI, es de rigor comenzar por referirse al concepto de evangelización y su concre¬ción en Francisco de Vitoria: “El planteamiento evangelizador de Vitoria no sólo centra ética y evangélicamente el problema, sino que le da una solución verdaderamente cristiana. Se puede y se debe predicar, pero no lesionando los derechos y la libertad de los indios, es decir, no haciendo nada que se pueda oponer a su bien y salvación, obstaculizando su conversión y su fe. El acto de fe es un acto de libertad y la guerra es el acto más opuesto a este bien y libertad. Prácticamente todos los autores salmantinos de la época (...) seguirán con pequeñas variantes al pensamiento de Vitoria”.

Resumimos a continuación los tres grandes métodos de evange¬lización de la época y las diversas posturas: Las Casas, Sepúlve¬da y Fray Alonso de la Veracruz:

Bartolomé de las Casas (1484-1566) expone con gran claridad su postura en el Tratado “De Unico vocationis modo,” redactado a modo de tesina de licenciatura y elaborada sobre la base de Santo Tomás y los principios de Vitoria. El resumen del principio Las¬casiano de la «evangelización pacífica» está muy bien expresado en las siguientes líneas del Prof. Paulino Castañeda: “La tesis central de este libro es la siguiente: el único modo de llevar a todos los pueblos a la verdadera religión es la evangelización pacífica. Como podemos observar, la tesis tiene dos partes per¬fectamente definidas: 1) no hay más que un camino establecido por Dios para que los hombres reciban la religión verdadera: la per¬suasión del entendimiento por medio de razones, y la invitación y suave moción de la voluntad; 2) es este un modo de predicación que, indudablemente, ha de ser común a todos los hombres, sin distinción alguna. Y a probar esta tesis, en sus dos partes, se ordenan los tres capítulos conservados y que presentamos aquí. Pero las pruebas aportadas por Las Casas son muchas y evidente¬mente rebasan esa finalidad”.

Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) es un hombre clave para entender la historia de América en el siglo XVI. Conocido por sus ideas acerca de la naturaleza de los indios expuestas en su obra “Democrates alter o de las justas causas de las guerras contra los indios”. En ella consideraba a los indios siervos por naturaleza, por lo que su opinión es claramente opuesta a la visión de Barto¬lomé de las Casas, con el que disputa públicamente en 1551 bajo la presencia y arbitrio de Domingo de Soto.

Sepúlveda niega, como es lógico, la coacción directa para obtener la conversión de los indios, pero defiende una cierta coacción indirecta para lograr la “captación de la benevolencia” y la posible conversión. Así dirá: “es de derecho natural y divino corregir a los hombres que caminan a su perdición”; por tanto añadirá que si no son posibles o suficientes los medios persuasivos, serán necesarios el domi¬nio, la guerra y la conquista previa.

El modelo intermedio lo tenemos en las aportaciones del catedrático de Prima en Teología y de Sagrada Escritura en la Universidad de México, Fray Alonso de Veracruz, O.S.A (1504-1584). Pasó a América en 1538, y se consideró siempre seguidor de Santo Tomás y de Vitoria. Es autor del tratado “De Dominio infidelium et iusto bello”, publicada por E. Burrus (Se trata de una Relección refundida por el autor en el tratado “De Dominio infidelium et iusto bello”, y ha sido editado por Ernest J.BURRUS.

En su obra establece dos posibles motivos para ejercer la violencia: uno que el Papa, en virtud del poder que tiene sobre las cosas espirituales, puede obligar a los infieles a que reciban a los misioneros, y castigarlos si no lo hicieren, por ejemplo con disponer de sus bienes, o privarles del reino y darlo a otros. El segundo si el Papa tuviese certeza de que en alguna provincia hubieran matado a los evangelizadores, podría proveer el envío de soldados para defenderlos y resolver la posi¬ble injuria.

Por otra parte, al hablar de si el rey de Castilla puede o no hacer una guerra justa a los infieles, explica que si se trata de infieles no súbditos que admiten a los predicadores, no se puede hacer la guerra aunque se nieguen a creer; ahora bien si se trata de in¬fieles súbditos se les puede obligar con amenazas pero no obli¬garles a creer. Añade que si la fe ha sido sufi¬cientemente predicada a estos bárbaros, puede el Papa obligarlos a recibirla y guardarla, si no hubiese peligro de escándalo y de volver al paganismo. El problema es que para fray Alonso de la Veracruz, la fe no ha sido suficientemente expuesta por el mal ejemplo de muchos españoles.

Concepto y objetivos de la Nueva Evangelización

«Nueva Evangelización» es una expresión que cobró fuerza y carta de naturaleza en la predicación del Papa Juan Pablo II y de los Pastores. Precisamente en la Encíclica “Redemptoris Missio”, el Papa explicita qué entiende por Nueva Evangelización: la tarea misionera de la Iglesia dirigida a países de tradición y cultura cristiana, que requieren ser nuevamente evangelizados. La necesidad de la Nueva Evangelización es clara cuando se observa esos rasgos de la cultura europea que el Papa ha califi¬cado de «cultura de muerte», y que recientemente los obispos espa¬ñoles han resumido en el documento “La verdad os hará li¬bres”.

Frente a esos síntomas evidentes, el Papa Juan Pablo II nos lanzó a una Nueva Evangelización, con un planteamiento positivo y esperanzado, pues en esta civilización hay más elementos positi¬vos que negativos; no en vano la Iglesia lleva trabajando veinte siglos. No es partir del kilómetro cero, por decirlo gráficamente¬.

Una Nueva Evangelización que lleva, en palabras de Monseñor Carlos Amigo Vallejo, Arzobispo de Sevilla, a “ahondar en las raíces de la fe, vivir de la fe, vivir en espíritu solidario y fraterno, llevar el Evangelio al diálogo con la cultura de los hombres, ofrecer al mundo, y con renovado entusiasmo, el ejemplo, la palabra y la gracia de Cris¬to. Estos son los grandes objetivos de la Nueva Evangeliza-ción”.

Los elementos de la Nueva Evangelización se apoyan en textos del Concilio Vaticano II, Juan XXIII y Pablo VI. Pero fue en Haití en 1983 donde el Papa Juan Pablo II expresó ese concepto de Nueva Evangelización, y lo caracterizó con tres adjetivos que resultarán claves: nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones. Desde entonces se han sucedido muchos documentos que van perfilando ese proyecto.

Los aspectos más relacionados con la Doctrina Social de la Iglesia están constantemente presentes en esos textos: “La Iglesia no acepta aquella instrumentalización de la universalidad que equivale a una unificación de la humanidad por vía de una injusta e hiriente supremacía y dominio de unos pueblos o sectores socia¬les sobre otros pueblos y sectores.” O poco después en el documento de la Sagrada Congrega¬ción de la Doctrina de la Fe sobre ciertas Teologías de la Libe¬ración: “Se hace a la Iglesia un profundo llamamiento con audacia y valentía, con clarividencias y prudencia, con celo y fuerza de ánimo, con amor a los pobres hasta el sacrificio, los pastores -como muchos ya lo hacen- considerarán tarea prioritaria el res¬ponder a esta llamada.” No es, por tanto, una cuestión más de la Nueva Evangelización, sino aspecto capital.

El segundo objetivo de la Nueva Evangelización es la trans¬formación de la cultura: hacer cultura e inculturar la fe, sin que se pierda ninguno de sus contenidos. La fe y cultura se unen en la vida de cada cristiano corriente: “una fe que no se hace cultura, es una fe no plenamente acogida, no pensada en su tota¬lidad y no vivida fielmente”. Un diálogo que recomponga lo que lamentaba Pablo VI: “La ruptura entre el Evangelio y la cultura es el drama de nuestro tiempo”.

El tercero es la atención prioritaria de la juventud; como esperanza y futuro de la Iglesia. Para ello esa Nueva Evangeliza¬ción requiere el ejemplo de vida, la coherencia, etc. La atención especial de la familia donde se realiza la primera evangeliza¬ción. Para lograr esos objetivos se requiere:

a) Profundización y fortalecimiento de la fe: "La Evangelización debe contener siempre -como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo- una clara proclamación de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios".

b) Procurar la cultura de la solidaridad. De modo que la Doctrina Social de la Iglesia en la Nueva Evangelización sea la solución al economicismo, mercantilismo e individualismo, causan¬tes en gran parte de la situación actual.

c) Promoción de una Iglesia evangelizadora: de ahí las frecuentes lla¬madas que hizo el Papa Juan Pablo II a la responsabilidad apostólica de los cristianos. “En la proximidad del tercer milenio de la Redención, Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo. En efecto, tanto en el mundo no cristiano como en la antigua tradición cristiana, existe un progresivo acercamiento de los pueblos a los ideales y a los valores evangélicos, que la Iglesia se esfuerza en favorecer. Hoy se manifiesta una nueva convergencia de los pueblos hacia estos valores: el rechazo de la violencia y de la guerra; el respeto de la persona humana y de sus derechos; el deseo de libertad, de justicia y de fraternidad; la tendencia a superar los racismos y nacionalismos; el afianzamiento de la dignidad y la valoración de la mujer”. Para ello se requiere vocaciones y forma¬ción de las mismas.

Precisamente uno de los puntos clave para llevar a cabo la Nueva Evangelización, es la actuación libre y responsable de los laicos. Formando la conciencia de cada cristiano, éste podrá actuar libre y responsablemente y buscar el bien común con un objetivo abierto: una sociedad justa que sea camino para ir a Dios. La solidaridad es ante todo reconocer y apreciar la digni¬dad de la persona humana; es trabajar para que el fruto de ese trabajo me perfeccione como persona, y contribuya al perfecciona-miento de los demás. Superar el tener y poseer buscando el ser hombre. Así se podrá implantar el Reino de Cristo. Por ello el trabajo humano es clave para la Doctrina Social de la Iglesia.

En la Nueva Evangelización se dan la mano dos cuestiones importantes: la deontología profesional y la Doctrina Social de la Iglesia: el trabajo que repercute en la perfección del hombre y en la construcción de la sociedad. De ese modo la Doctrina Social de la Iglesia se convierte verdaderamente en parte de la Teología Moral y no simple moralismo.

Así pues, se pide al cristiano que tome en plenitud lo que significa su vocación bautismal: algo que amplia y potencia su misión en el mundo. De ahí que el Papa Juan Pablo hiciera una llamada nueva a toda la Iglesia con acentos de esperanza, pero también de una gran exigencia: “Se necesitan heraldos del Evangelio, expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen en sus gozos y esperanzas, de sus angustias y triste¬zas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes evangelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al Señor que aumente el espíritu de santidad en la Iglesia y nos envíe nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy”.

La Doctrina Social de la Iglesia se apoya como sujeto operativo fundamentalmente en el libre y responsable ac¬tuar de cada cristiano; sólo esforzándose en vivir con plenitud su vida cristiana podrá desarrollar la Doctrina Social de la Iglesia, y la viceversa, no hay verdadera vida de santidad sin esforzarse en aplicar a su actuar esos principios de la Doctrina Social. Una fe que se hace cultura.

Finalmente es necesario una revitalización de la Teología Dogmática y una Pastoral encaminada a mejorar la comprensión del papel de la Virgen en la Nueva Evangelización.

El Prof. José Arturo Domínguez, del Centro de Estudios Teológicos de Sevi¬lla y del Seminario de Huelva, fue quien se ocupó de redactar el «Instrumentum Laboris» que se utilizó para los XI Congreso Marioló¬gico y XVIII Congreso Mariano Internacional, que tuvo lugar en Huelva del 18 al 27 de septiembre de 1992. Como título del libro se recoge el lema de esos congresos: «Estrella de la Evangelización».

El autor realizó una interesante síntesis del Magiste¬rio reciente en torno a la figura de la Virgen, añadiendo comen¬tarios y perspectivas enriquecedoras. La obra resulta muy actual y de una profunda altura teológica. Son de particular interés los comentarios a la Encíclica “Redemptoris Mater” de Juan Pablo II sobre la fe de la Virgen. Junto a la hondura teológica, el autor hizo tam¬bién apreciaciones muy útiles a la piedad mariana. Así, retomando la expresión de Pablo VI, “Si queremos ser cristianos tenemos que ser marianos”, analiza las aplicaciones actuales para una espiritualidad mariana más viva y operativa en la vida de los fieles.

Así concluyeron los obispos españoles su mensaje para el día de Hispanoamérica de 1992: “Bajo la acción del Espíritu Santo, protagonista de la Misión de la Iglesia -Redemptoris Mis¬sio n°.21-29-, y apoyados en el amor de María, madre de América en su advocación india de Guadalupe, confiamos nuestra preocupación a la solicitud de nuestros hermanos”.


NOTAS

  1. Lourdes DIAZ-TRECHUELO (dir.), La emigra¬ción andaluza a América. Siglos XVII-XVIII, Edición de la Aseso¬ría V Centenario de la Consejería de Cultura y Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, Sevilla 1991, p.85
  2. Juan Pablo II, Discurso al CELAM, Santo Domingo, 12 de octubre de 1984
  3. Ismael SANCHEZ BELLA, Iglesia y Estado en la América Española, Eunsa, Pamplona, 1990, p.26-27
  4. ibid.p.103
  5. Ibid.p.106
  6. Cfr. Luciano PEREÑA (ed.), Tomás LOPEZ MEDEL. Colonización de América. Informes y Testimonios (1549-1572, Corpus Hispanorum de Pace, Vol.XXVIII, CSIC, Madrid 1990, 403 pp.
  7. Ibid.p.126, cfr.pp.165 y 294
  8. p.125
  9. p.122
  10. pp.30, 105-106
  11. pp.30, 127
  12. pp.31, 130-131
  13. pp.34-36, 289
  14. p.99
  15. p.38
  16. p.294
  17. p.38, p.181
  18. pp.39-41
  19. p.107
  20. pp.108-109
  21. p.109
  22. p.185 y p.218
  23. pp.29, 100
  24. p.106) y p.160
  25. p.129
  26. pp.245-285

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JOSÉ CARLOS MARTIN DE LA HOZ