GUADALUPE; el Acontecimiento Guadalupano en la identidad mexicana y los poblanos

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Trataremos de buscar las raíces de la verdadera identidad mexicana y la labor que destacados poblanos tuvieron en la formación de la misma. Hemos buscado autores que aceptan el milagro del Tepeyac, pero también algunos otros que, aun estando en contra, no dejan de reconocer como una realidad histórica la esencia guadalupana de nuestra identidad nacional.

El primer libro impreso en castellano que narra este Acontecimiento es obra del sacerdote poblano Miguel Sánchez, de la comunidad del Oratorio de San Felipe Neri que, con el título de “Imagen de la Virgen María, Madre de Dios de Guadalupe, milagrosamente aparecida en la Ciudad de México”, es editado en 1648 en México en la Imprenta de la viuda de Bernardo Calderón.

Esta publicación hace que entre criollos y españoles se conozca más detallado este Acontecimiento, el que antes solo se relataba por la tradición oral y por los comentarios de acontecimientos acaecidos que relataremos posteriormente. Los nativos seguían con el conocimiento de estos hechos, de boca en boca, ya que su acceso a la lectura era muy limitado.

La obra escrita con el lenguaje barroco de la época y llena de referencias de textos sagrados que demostraban la gran cultura del autor, quien semeja la aparición del Tepeyac con la Virgen del Apocalipsis que narra San Juan en su evangelio, es resumida en 1660 por el también presbítero Mateo de la Cruz,[1]haciendo más accesible su lectura. Este libro, con el patrocinio del canónigo poblano Juan García de Palacios, es impreso en la ciudad de Puebla en 1660 y reimpreso en Madrid, España en 1662, lo que nos hace ver la gran aceptación que tuvo. Numerosos escritores «antiaparicionistas» han puesto a Miguel Sánchez como “el inventor” de la mariofanía del Tepeyac, y autor del mito respectivo e incluso de ser el autor “intelectual” de la pintura.[2]Hoy, con todos los estudios y testimonios de escritos del siglo XVI que mencionan a la Guadalupana, esta tesis está científicamente desechada.

Para el historiador francés Jacques Lafaye, que no acepta la aparición milagrosa, el libro citado del presbítero Sánchez tiene una gran influencia y manifiesta que: “Miguel Sánchez se nos presenta como el verdadero fundador de la patria mexicana, ya que sobre las bases exegéticas que le ha proporcionado a mediados del siglo XVII podrá desarrollarse hasta la conquista de su independencia política bajo el pendón de Guadalupe. A partir del día en que los mexicanos aparecieron a sus propios ojos como un pueblo elegido, estuvieron potencialmente emancipados de la tutela española”.[3]

Miguel Sánchez en su libro de 1648 y en su emblemático lenguaje, ve en la Guadalupana: Signo, milagro, estandarte, imagen, sello, fin.[4]Jacques Lafaye interpretando estos términos escribe:[5]

Signo: santo y seña de la convivencia patriótica mexicana. Milagro: milagro de la unidad nacional realizada. Estandarte: estandarte de las guerras de Independencia. Imagen: imagen del pueblo mexicano. Sello: sello indeleble de las dos culturas enfrentadas a la tercera. Fin: la salvación histórica del pueblo mexicano, finalidad misteriosa de la devoción guadalupana.

La obra del poblano Miguel Sánchez fue como un detonante para que en la segunda mitad del siglo XVII otros autores se encargaran de profundizar el tema, sacando a la luz libros como el del bachiller Luis Lasso de la Vega, el de Francisco Becerra y Tanco, el del jesuita Francisco de Florencia y muchos más,[6]haciendo hasta la fecha, una enorme producción de estudios y datos acerca de este trascendental evento en la historia de nuestra patria. Mención especial requiere el libro del sabio lingüista Becerra y Tanco, ya que de su libro publicado en 1675 se harán dieciséis ediciones antes de terminar el siglo XVII, una de ellas impresa en Madrid.

Es importante hacer notar que con anterioridad a estas publicaciones, el sentido de pertenencia de la imagen Guadalupana iba penetrando en los habitantes de la Nueva España, nativos criollos y españoles y, como muestra de esta preferencia, podemos citar que, en las terribles inundaciones que sufrió la capital del virreinato en 1629, tanto el arzobispo Francisco de Manso y Zúñiga como el virrey Marqués de Cerralvo, encomendaron la salvación de la ciudad, no a la Virgen española de los Remedios, patrona de los conquistadores, sino a la Virgen Morena del Tepeyac, trasladando la Sagrada Tilma de su Santuario a la iglesia Catedral Metropolitana.[7]

El padre jesuita Bernardo Bergoend dice que al analizar las «Informaciones de 1556»[8]que se producen por el diferendo entre el arzobispo Montufar y el superior franciscano Francisco de Bustamante, se observa en los testimonios de los testigos que ya estaba difundido el culto guadalupano a sólo 25 años de la aparición y “como casi desde sus principios empieza a orientarse, aunque de una forma imprecisa y vaga, en sentido nacionalista: los naturales y los criollos ven en la Ermita de Guadalupe algo como su hogar materno y social”.[9]

Es decir, que ven algo propio, ajeno a la Madre Patria, que empieza a dar un sentido de nacionalismo, mientras algunos peninsulares ven con desconfianza no sólo el milagro, sino que este Acontecimiento empieza a aglutinar no solamente a los nativos, sino a todos los habitantes producto de la mezcla de las razas en estas nuevas tierras.

Para el año 1665 se pretende documentar el Acontecimiento del Tepeyac y para ello, el canónigo Francisco de Siles con el apoyo del obispo de Puebla, Diego Escobar y Llamas que fungió como virrey y arzobispo de México, se levantan las llamadas «Informaciones de 1666»,[10]que siguiendo la costumbre de la época son una recopilación de respuestas a determinadas preguntas encauzadas a justificar ante el Vaticano lo sobrenatural de la Aparición, y lograr las misas y oficios litúrgicos respectivas.

Estas informaciones se hacen con todo el rigor jurídico de esos tiempos, declarando ante la presencia de testigos y tomando nota textual de lo dicho por un notario. Para esto, se entrevista a ocho nativos de avanzada edad, que mediante la tradición oral describen lo que sus antepasados les relataron sobre estos hechos. También comparecen peninsulares y once sacerdotes, entre ellos, Francisco Becerra y Tanco y dos nobles españoles.

El obispo Diego Osorio Escobar y Llamas, sucesor de Juan de Palafox y Mendoza, durante su estancia en la capital construye en 1664 el altar de la Catedral Metropolitana dedicado a la Virgen de Guadalupe. Fue un ferviente guadalupano que promovió el culto en todo el enorme territorio que correspondía a la diócesis de Puebla y Tlaxcala.

Las «Informaciones de 1666» son mandadas al Vaticano por el canónigo Francisco de Siles y no encuentra fácil el acceso para entregar su documentación en tiempos del papa Alejandro VII e interviene entonces otro poblano, el canónigo Antonio Peralta, que era amigo del secretario del Papa, cardenal Julio Rospigliosi, quien llegó a ser el papa Clemente IX.

Desafortunadamente las citadas «Informaciones» son extraviadas en la burocracia vaticana, y será hasta 1754 cuando se encargue al jesuita Juan Francisco López que reanude las gestiones para conseguir misa y oficio divino, alentado por la declaración que se había hecho del Patronazgo de la Virgen de Guadalupe sobre la ciudad de México, en agradecimiento a su intervención para terminar la peste que asoló a la capital en 1736. Se consigue entonces que el papa Benedicto XIV otorgue esos privilegios y además exclame su célebre frase “Non fecit talliter omni nationi”, que marcará desde entonces el privilegio de María sobre la nación mexicana.[11]

Efectivamente en 1736 la llamada peste del “matlazahuatl” produce una gran mortandad en la población y el arzobispo Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta que fungía como virrey, decreta en mayo de 1737 el Patronazgo de la Guadalupana sobre la ciudad de México, y en 1746 la declara como «Patrona del Reino de la Nueva España» y encarga al canónigo Cayetano Cabrera y Quintero la redacción de un libro que narre estos hechos y justifique el Patronazgo.[12]En este libro, tan amplio como su nombre, Cabrera justifica el tomar como «Escudo de Armas» de la Nueva España a la imagen del Tepeyac, y la identifica como la identidad de esta nueva nación.

Es muy interesante la opinión que sobre este expresa Francisco de la Maza en su obra «El Guadalupanismo Mexicano»,[13]que presentó en 1953 como tesis doctoral. El autor fue un brillante historiador del arte colonial, sucesor en la cátedra de don Manuel Toussaint, con un gran número de libros y artículos en México y España sobre el arte, la arquitectura y la historia. Excelente maestro y orador y miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia. En el texto que citamos, manifiesta también repetidamente su antiaparicionismo sobre el acontecimiento del Tepeyac, y su crítica a autores que defienden lo sobrenatural de la aparición, lo que hace más valiosos sus comentarios, aunado a numerosos testimonios que manifiestan su pensamiento liberal.

En la página 153 escribe: “La Virgen de Guadalupe como «escudo de armas», es decir, como enseña y bandera, como representante plástico de la Patria, fue la idea de Quintero. El creer que México no tuvo bandera hasta el flamante ejército de Las Tres Garantías es estarse engañando; desde el siglo XVII hubo bandera en la tilma juandieguina y suponer en Hidalgo una gran ocurrencia política al enarbolar a la guadalupana en Atotonilco es ignorar que en la conciencia de todos los mexicanos estaba ya plenamente clara, cuando menos desde mediados del siglo XVIII, que la guadalupana era, además de un retrato único de la Madre de Dios, un símbolo patriótico para reconocer y diferenciar a México del resto del mundo, que eso es una bandera”.

Estas líneas de De la Maza confirman la gran identificación que empezaba a tener la nueva nación en gestación con la Aparición del Tepeyac, y que se estaba formando la identidad de México con Guadalupe. Otras frases del autor en su libro son: “Es un milagro de origen netamente indígena, pero de floración absolutamente criolla” (pág. 28), Más adelante insiste en que Guadalupe surge como una manera de buscar lo propio, un ser distinto al gachupín (pág. 37) “de ese afán incontenible de tener algo propio, un ser tener algo propio y único donde representarse, donde recrearse, donde descansar”.[14]

En el siglo XVIII llega a México don Lorenzo Bouturini Benaduci, italiano, de origen nobiliario y de una gran cultura, que se siente profundamente impactado por el Acontecimiento Guadalupano y lo que esto significaba para los pobladores de estas tierras. Dedica su tiempo y capital a recopilar el mayor número posible de códices y documentos antiguos, muchos de ellos escritos en náhuatl llegando a tener un impresionante acervo.[15]

Todo esto lo realiza con el fin de buscar la Coronación Pontificia de la Virgen de Guadalupe, sabedor de que todos los habitantes de estas tierras verían con satisfacción la consolidación de estos esfuerzos que darían personalidad propia a la Nueva España ante el Vaticano. Sus intentos son violentamente frustrados por el virrey Pedro Cebrián, Conde de Fuenclara, que llevado por envidias y por su pertenencia masónica, decomisa a Bouturini todos sus legajos y lo hace salir del país. Desgraciadamente, muchos de los papeles se dispersan y se han perdido, quedando la constancia de lo que se había reunido por un documento del propio Bouturini que titula «Catálogo del Museo Histórico Indiano» que describe los documentos que había reunido.[16]

Sin embargo, estos trabajos del noble italiano por lograr la Coronación Pontificia, renace en los habitantes de la Nueva España el volver a hacer las gestiones ante el Vaticano para lograr este propósito, encabezados por el arzobispo de México Don Manuel Rubio y Salinas quien busca dar mayor fuerza a su petición mandando hacer un nuevo estudio de la imagen a los más afamados pintores de la época, encabezados por el oaxaqueño Miguel Cabrera que, acompañado de otros seis artistas renombrados, hacen un minucioso estudio de la Tilma y consignan sus observaciones por escrito en un documento que entregan al arzobispo para ser enviado a Roma,[17]junto con una copia fiel de la imagen del pincel del mismo Cabrera.

Se reúnen además de este estudio y la pintura, los papeles de la Jura del Patronazgo, una copia de las «Informaciones de 1666» que había publicado el padre Esteban Anticoli,[18]y se comisiona al jesuita Juan Francisco López para gestionar esta coronación ante el Papa reinante Benedicto XIV y, después de muchas gestiones y anécdotas, se consigue que el 24 de abril de 1754, la Congregación de Ritos del Vaticano dé un Decreto para aprobar la misa y el oficio solemne del 12 de diciembre para la advocación de Guadalupe de la Virgen María, Patrona Principal del Reino de la Nueva España.

Un mes después, el 25 de mayo, S.S. Benedicto XIV decreta oficialmente que la Guadalupana sea tenida como Patrona Principal de la Nación y se relata que pronunció las palabras “Non fecit talliter omni nationi”. Esto causó un gran júbilo en toda la Nueva España donde se hicieron solemnes celebraciones en todo el territorio, fortaleciéndose entonces el concepto de unidad nacional, como un ente independiente de la Madre Patria.[19]

Un factor importante del sentimiento de patria mexicana unida a la imagen guadalupana, se debe sin duda a la orden jesuita. Cuando en 1767 son desterrados de los territorios españoles por el rey borbón Carlos III, la mayoría de los que habitaban en la Nueva España se establecieron en Italia en los dominios Pontificios, dedicándose muchos de ellos a escribir sobre estos territorios, su vida y sus costumbres, tratando de acallar las tesis de autores italianos muy leídos como Buffon, Raynal, Roberston y De Paw, que consideraban como salvajes a sus habitantes, y el territorio como insalubre y peligroso, a pesar de que nunca habían estado en él. Surgen así lo escritos de Francisco Javier Alegre, Francisco de Jerónimo, José Márquez, y Francisco Javier Clavijero entre otros.

Todos ellos se formaron en su sentimiento nacionalista y guadalupano, el que se acrecentó en su destierro, y en sus obras reflejan claramente que los habitantes de estos territorios tenían ya un sentido de patria independiente. En sus escritos de la segunda mitad del siglo XVIII hablan repetidamente de «los mexicanos», gentilicio que ellos difunden y de «la Nación Mexicana». Fueron unos grandes difusores del culto a la Virgen del Tepeyac, dejando en Italia un buen número de imágenes y altares consagrados a Ella.

Es especialmente importante la obra de Clavijero que arranca su historia desde la peregrinación azteca y la formación de Tenochtitlan, a los que llama “los antiguos mexicanos”, para pasar después a relatar la conquista y el virreinato. Así se forma la idea de patria, no sólo por lo que aportaron los peninsulares y los criollos, sino por los valores culturales y religiosos que existían en el Anáhuac que fueron sublimados por la presencia de María en el Tepeyac.[20]

Unos años después, a principios del siglo XIX, las tropas de Napoleón Bonaparte invaden España destituyendo al rey Fernando VII y colocando como emperador a su hermano José Bonaparte. Este hecho es el detonante para que los habitantes de la Nueva España, unidos por ese sentido de nación que se aglutina alrededor de la Virgen del Tepeyac, manifiesten cada día en forma más clara, su deseo de independencia. Se producen cantidad de círculos sociales y políticos que discuten seriamente el constituir una nueva nación.

Hemos referido en el pensamiento de Francisco de la Maza,[21]como el cura Miguel Hidalgo que inicia formalmente esta lucha, lo que hace es aprovechar ese sentimiento de unidad ya existente en los habitantes de estas tierras alrededor de la Imagen Guadalupana, que él enarbola como símbolo de la Independencia recorriendo parte de nuestro territorio con el lema “Viva la Virgen de Guadalupe y muera el mal gobierno”.

Es interesante hacer notar que el cura Hidalgo tomó de la parroquia de Atotonilco una pintura al óleo de la Virgen de Guadalupe, que enarboló en un largo palo de madera y no el tradicional estandarte con el que, casi sin excepción, lo representan los pintores, y que fue adoptado por su ejército. Ambos están en el museo del Castillo de Chapultepec

Al ser Hidalgo capturado y ejecutado, su sucesor como jefe insurgente es el cura José María Morelos y Pavón, con mucho más sentido de la lucha armada, que pone en aprietos a las tropas españolas. Siendo un ferviente guadalupano, desde su cuartel general de Ometepec lanza una proclama agradeciendo a la Virgen de Guadalupe su intervención en sus triunfos y estableciendo que en todos los pueblos que conquiste, se celebre el día 12 de cada mes una misa en honor de Ella, dictaminando que sus tropas porten un listón blanco y azul en su honor añadiendo: “reservando declarar por indevoto y traidor a la Nación al individuo que reconvenido por tercera vez, no usare la cucarda nacional o no diera culto a la Sma. Virgen, pudiendo”.[22]

Son muy importantes estas palabras de Morelos ya que no impone a sus soldados un castigo como sacerdote, sino que, como caudillo, declara “traidor a la Nación” a todo aquel que no sea guadalupano, lo que confirma, una vez más, que el sentimiento de independencia y nueva nación, está íntimamente ligado a la figura de María de Guadalupe.

“A partir de la Independencia la imagen de la Guadalupe va virando, desde su función principal de protectora contra las epidemias, hasta convertirse en “diosa de las victorias” y de la libertad. Cada momento histórico después, capaz de proporcionar a la imagen piadosa una recarga sagrada, dotándola de un poder nuevo adaptado a nuevas aspiraciones. Este enriquecimiento estaba contenido en la noción de “patronazgo universal”, es decir, polivalente y no específicamente limitado a las inundaciones y a las epidemias”.[23]

Terminamos esta época de antecedentes e inicio de la independencia nacional con la Constitución de Cádiz que se establece en España en 1820, con una esencia masónica, revolucionaria e irreligiosa que, vista desde la Nueva España revive aún más el deseo de separarse definitivamente de la Madre Patria, olvidando al rey y sus leyes. Don Agustín de Iturbide, militar criollo, unifica este sentimiento logrando en el Plan de Iguala el acuerdo con el caudillo nacional Vicente Guerrero y proclamando lo que será hasta la fecha nuestra bandera con el simbolismo en sus colores de la unión, la religión y la independencia. Hace Iturbide su entrada triunfal en la capital el 27 de septiembre de 1821 y al día siguiente, establece un solemne novenario en el Tepeyac para dar gracias a la Virgen de Guadalupe por el éxito de la Independencia.

El primer presidente de México, Félix Fernández demostrando la identidad de México y la Guadalupana, cambia su nombre al ser electo por el de Guadalupe Victoria. Es simbólico que la gesta insurgente que empieza con la toma de la pintura de la Virgen en Atotonilco por Hidalgo, termina con Iturbide a los pies de la Morenita del Tepeyac, verdadera autora de la Nacionalidad Mexicana.[24]No puede hablarse de la historia de México, ni de la historia de Puebla, prescindiendo del Acontecimiento Guadalupano, aglutinante que le ha dado vida como Nación y que, hasta la fecha, sigue y seguirá siendo la verdadera esencia de nuestro ser.

Desgraciadamente desde mediados del siglo XIX, el pensamiento liberal y jacobino ha pretendido borrar esta esencia de nuestra nacionalidad, pero un estudio serio de la historia de México, de manera objetiva y fuera de sectarismo, no puede prescindir de él, ni dejar de profundizar en su estudio. El gran paladín del liberalismo en esta época, don Benito Juárez, proclama en 1858 como fiesta nacional el 12 de diciembre en honor a la Virgen de Guadalupe, a pesar de toda su enemistad a la iglesia católica, manifestada en las Leyes de Reforma, en que proclama entre otras cosas, la desamortización de todos los bienes del clero, produciendo con esto, un caos en los servicios asistenciales.

Sobre el tema, René Capistrán Garza dice: “En rededor de la Virgen se construyó la Patria, y el culto guadalupano significa tradición constante, vida espiritual intensa y cálida, fusión de razas, identidad de pensamientos y comunidad de ideales. En síntesis: significa la formación del alma nacional”[25]

Más adelante este mismo autor escribe: “Nacionalidad no es otra cosa que unidad de un pueblo en los intereses espirituales y materiales, que por ser comunes, estructuran la tradición. Gentes que conviven moral y biológicamente en el mismo territorio, con una aspiración uniforme, con un ideal constante, con un intenso amor que las satura, con un sentimiento de fusión derivado de su maternidad común, eso es ya, fundamentalmente, una nacionalidad definida. Y eso fue fraguando en la Nueva España gracias a la existencia de ese vínculo superior de maternidad para indios y peninsulares, que fue Santa María de Guadalupe desde el instante mismo de sus apariciones.”[26]

En el siglo XX, con la introducción del cinematógrafo, se siente la necesidad de contar la historia de nuestra patria, en especial quizá, la historia de la Independencia. Se producen un gran número de películas sobre estos temas; la primera que aborda el tema de la guadalupana es la cinta « Tepeyac», filmada en 1917, todavía con el cine mudo y filmada en una época difícil y convulsionada en nuestro país, con la que se trata de refrendar el nacionalismo mexicano. Le seguirán “El Milagro de la Guadalupana” en 1925 y “Alma de América” en 1931. Se sucederán después otras varias, destacando la basada en el libro de Rene Capistrán Garza, “La Virgen que forjó una Patria”.[27]En todas ellas se refirma la identidad del mexicano con la guadalupana.

Puebla ha manifestado su profundo guadalupanismo no sólo en la intervención de notables poblanos en la construcción y estudio del mismo, sino que es a la fecha, la Diócesis que mayor contingente lleva anualmente el día que le corresponde en las peregrinaciones al Tepeyac, ya que, a diferencia de estados como Querétaro que peregrinan un solo día, la diócesis de Puebla ocupa toda la semana alrededor del 12 de febrero y logra así, el mayor número de fieles peregrinos, como lo atestiguan los dos últimos rectores de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe, monseñor Diego Monroy y monseñor Enrique Glennie Graue.

La diócesis de Puebla fue la primera a nivel nacional que tuvo la idea de una peregrinación masiva al Tepeyac, razón por la cual, tiene el privilegio de ser la que encabece las peregrinaciones de los estados en el mes de febrero, cediendo el mes de enero a la diócesis Primada de la capital.

Terminamos con este pensamiento:

“El día que no se adore a la Virgen del Tepeyac en esta tierra, es seguro que habrá desaparecido, no sólo la nacionalidad mexicana, sino hasta el recuerdo de los moradores del México actual.” Estas palabras del insigne liberal Ignacio Manuel Altamirano en su obra “Paisajes y Leyendas, Tradiciones y costumbres de México” editada en 1886, nos hace ver la importancia que en la vida de nuestra patria tuvo y tiene, el Acontecimiento Guadalupano acaecido en diciembre de 1531.

Es importante tomar las palabras de un personaje que fue un destacado masón, del círculo de Guillermo Prieto y Ignacio Ramírez y que trabajó con todas sus fuerzas en la implantación de la educación laica en el Liceo de Puebla y en la Escuela Normal de Maestros. Es el mismo que en 1881 dice que: “la imagen de Guadalupe fue el anzuelo de Zumárraga”, para entender que la identidad mexicana no puede existir si se niega la intervención de la Virgen de Guadalupe en la formación de la misma, y que esta realidad es reconocida por creyentes y no creyentes. No cabe duda que el dicho popular “ser mexicano es ser guadalupano”, refleja con profundas bases históricas, el ser de nuestra nacionalidad.

NOTAS

  1. Mateo de la Cruz. “Relación de la Aparición de la Santa Imagen de la Virgen de Guadalupe de México sacada de la historia que compuso Miguel Sánchez”, México 1660.
  2. Como Muñoz, De la Maza, Andrade y otros.
  3. Jacques Lafaye: Quetzalcóatl y Guadalupe, La formación de la conciencia nacional de México”-fondo de Cultura Económica 1985 – original en francés editado en 1974, p.353
  4. páginas 117 a 130
  5. Lafaye, 1985, página 405
  6. Bachiller Luis Lasso de la Vega: “HueyTlamahuizoltica” 1649. Transcribe el documento original de las apariciones de Antonio Valeriano titulado “Nican Mopohua” Francisco Becerra y Tanco. “Felicidad de México”, obra póstuma 1675 Francisco de Florencia: “Estrella del Norte de México” 1668
  7. Bernardo Bergoend: “La Nacionalidad Mexicana y la Virgen de Guadalupe”, Editorial JUS, segunda edición, 1968, página 96
  8. Bergoend - ibidem
  9. Bergoend, pág. 93
  10. Madre Ana María Sada Lambretón: Juan Diego y las Informaciones de 1666” – Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, 1991
  11. Zodiaco Mariano”, 250 años de la declaración pontificia de María de Guadalupe como Patrona de México, Basílica de Guadalupe, 2004. Varios autores
  12. “Escudo de Armas de México, Celestial protección de esta Nobilísima Ciudad de la Nueva España y de casi todo el Nuevo Mundo, MARÍA SANTÍSIMA en su portentosa imagen del MEXICANO GUADALUPE, milagrosamente aparecida en el palacio arzobispal el año de 1531 y jurada Principal Patrona el pasado de 1737”, dedicada al arzobispo y al rey Fernando VI, e impresa en el año de 1746
  13. “El Guadalupanismo Mexicano” Francisco de la Maza, México , Porrúa, 1953
  14. Francisco de la Maza –ibídem pág. 124
  15. “El Caballero Andante” – vida, obra y destierro de Lorenzo Bouturini Benaduci (1698-1755) – Giorgio Antei, Museo de la Basílica de Guadalupe
  16. Georgio Antei - ibídem
  17. “Maravilla Americana y conjunto de Raras Maravillas Observadas en la Dirección de las Reglas del Arte de la Pintura de la Prodigiosa Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México” Editorial JUS 1989, tercera edición.
  18. “Historia de la Aparición de la Sma. Virgen de Guadalupe en México” Esteban Antícoli – Tip. Y Lit “La Europea de Fernando Camacho, calle de Sta. Isabel Núm. 8, 1897
  19. “Zodiaco Mariano”, ibídem. Este libro relata las gestiones del padre López ante el Vaticano, basándose en una pintura de Cabrera que ilustra el hecho (p.27 y siguientes)
  20. Revista Jesuitas en México” mayo-diciembre 2014, número 57, J. Jesús Gómez Fragoso, S.J.
  21. Francisco de la Maza, texto citado
  22. Bernardo Bergoend – obra citada p.108
  23. Jacques Lafaye – obra citada página 435
  24. Bernardo Bergoend – obra citada, página 164
  25. Rene Capistrán Garza. “La Virgen que forjó una Patria”, Editorial Biblioteca Hoy, 1939, p. 18
  26. “Madre de la Patria”, editada por Museo de la Basílica de Guadalupe, 2010, página 149.
  27. El autor es uno de los fundadores de la “Liga Defensora de la Libertad Religiosa”, base de la resistencia a la persecución religiosa de 1926


JOSÉ ANTONIO QUINTANA FERNÁNDEZ