Diferencia entre revisiones de «EVANGELIZACIÓN; proyecto de una sociedad integrada»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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''«La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina» (Gaudium et spes, 42).''  
 
''«La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina» (Gaudium et spes, 42).''  
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También es digno destacar que tal proyecto de sociedad integrada fue pro¬puesto desde el inicio, por parte de los Sumos Pontífices, en términos muy claros, y que ése era el ideal por el cual trabajaron siempre los obispos y misioneros y que el mismo rey de España compartía tal proyecto, como se comprueba en las Leyes de Indias. Si tal proyecto no llegó a realizarse plenamente o apenas pudo concretarse, nada disminuye el hecho de los planteamientos tan claros de quienes eran los primitivos agentes y responsables de la evangelización en América.  
 
También es digno destacar que tal proyecto de sociedad integrada fue pro¬puesto desde el inicio, por parte de los Sumos Pontífices, en términos muy claros, y que ése era el ideal por el cual trabajaron siempre los obispos y misioneros y que el mismo rey de España compartía tal proyecto, como se comprueba en las Leyes de Indias. Si tal proyecto no llegó a realizarse plenamente o apenas pudo concretarse, nada disminuye el hecho de los planteamientos tan claros de quienes eran los primitivos agentes y responsables de la evangelización en América.  
  
Quiero delimitar el ámbito de esta exposición. Respecto de los documentos de los Pa¬pas, me detengo especialmente en los del primer siglo de la dominación española, y que se encuentran en la excelente colección América Pontificia.   También quiero de¬clarar que -por razón de espacio e igualmente de mis propios conocimientos-, respecto de la actitud de los obispos, conocida por sus cartas y los sínodos, me con-traigo particularmente a Chile. Y deseo señalar que esta contracción a Chile no em¬pobrece ni disminuye el valor de esos ejemplos, ni los reduce a una solamente de las secciones de Indias.  
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Quiero delimitar el ámbito de esta exposición. Respecto de los documentos de los Pa¬pas, me detengo especialmente en los del primer siglo de la dominación española, y que se encuentran en la excelente colección América Pontificia.<ref>America Pontificia, primi saeculi evangelizationis 1493-1592. collegit, edidit JOSEF METZLER. Libre¬ria Editrice Vaticana. Cittá del Vaticano, 1991. Será citada en adelante AM.</ref>También quiero de¬clarar que -por razón de espacio e igualmente de mis propios conocimientos-, respecto de la actitud de los obispos, conocida por sus cartas y los sínodos, me con-traigo particularmente a Chile. Y deseo señalar que esta contracción a Chile no em¬pobrece ni disminuye el valor de esos ejemplos, ni los reduce a una solamente de las secciones de Indias.  
  
 
En efecto, todos sus obispos, con pocas excepciones, habían es¬tado anteriormente en otras partes de América, en particular los del primer siglo, de manera que traían una experiencia elaborada ya con anterioridad, como por ejemplo los obispos Antonio de San Miguel, Diego de Medellín, Jerónimo de Oré, etc. Además, Chile era una de las secciones más pobres de América y nunca tuvo una se¬de metropolitana; por esto, hace que lo sucedido allí no sea una excepción en el con¬junto de todos los dominios españoles en Indias. Puede deducirse, entonces, que en otras partes de mayor importancia deben haber sido de igual o mayor relieve aún las enseñanzas de sus propios pastores. Un ejemplo importante a este respecto son las actuaciones de los obispos en los Concilios segundo y tercero de Lima.  
 
En efecto, todos sus obispos, con pocas excepciones, habían es¬tado anteriormente en otras partes de América, en particular los del primer siglo, de manera que traían una experiencia elaborada ya con anterioridad, como por ejemplo los obispos Antonio de San Miguel, Diego de Medellín, Jerónimo de Oré, etc. Además, Chile era una de las secciones más pobres de América y nunca tuvo una se¬de metropolitana; por esto, hace que lo sucedido allí no sea una excepción en el con¬junto de todos los dominios españoles en Indias. Puede deducirse, entonces, que en otras partes de mayor importancia deben haber sido de igual o mayor relieve aún las enseñanzas de sus propios pastores. Un ejemplo importante a este respecto son las actuaciones de los obispos en los Concilios segundo y tercero de Lima.  
  
Por último, aunque la evangelización no se detiene con la independencia de los países americanos, porque continuaban existiendo territorios cuyos habitantes nece¬sitaban aún la primera evangelización o ésta apenas había penetrado en algunas par¬tes, esta exposición llega hasta la independencia. En efecto, desde entonces se fue hacien¬do más posible la realidad de una sociedad integrada -con muchos problemas vi¬gentes, por cierto- cuya raíz estaba en la primera evangelización.
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Por último, aunque la evangelización no se detiene con la independencia de los países americanos, porque continuaban existiendo territorios cuyos habitantes nece¬sitaban aún la primera evangelización o ésta apenas había penetrado en algunas par¬tes, esta exposición llega hasta la independencia. En efecto, desde entonces se fue hacien¬do más posible la realidad de una sociedad integrada -con muchos problemas vi¬gentes, por cierto- cuya raíz estaba en la primera evangelización.  
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==EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD INTEGRADA DESDE LA EVANGELIZACIÓN==
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==1. La influencia social del Evangelio==
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En la época de la primera evangelización hay que examinar cuál haya sido la in¬fluencia social que dimanaba del mismo anuncio del Evangelio de Jesucristo. No se encuentra, por cierto, entonces esta terminología como ahora, por ejemplo la Doctri¬na Social de la Iglesia o algo parecido. Pero, en el contexto de la predicación se llega¬ban a formular afirmaciones que apuntaban clara y decididamente a una influencia social y que debía expresarse hasta en la vida política de entonces.
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Y, en verdad, cuando se asume el Evangelio en la vida de un hombre, de una mujer y de una sociedad, ciertamente ese acto -que debe desarrollarse y que ¬tiene consecuencias sociales, debe tenerlas. Amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como cada uno se ama, y como Cristo nos ama (cfr. Mt 22, 39;Jn 13,34-35) no puede quedar en el interior de cada uno, sino manifestarse hacia los demás, en el quehacer diario de un creyente y de una sociedad de creyentes.
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En nuestro caso, no se trata de que con el Evangelio se establezca una sociedad teocrática, pues la Iglesia no tiene un proyecto político deter¬minado, sino que anima la vida de los suyos para que se construya una sociedad don¬de primen los valores del Evangelio. Y eso puede ocurrir en todos los regímenes po¬sibles, o, por lo menos, aporta elementos para que se camine hacia aquella meta de los valores evangélicos. En este proceso hay que tener en cuenta todas las fragilidades humanas, que siempre van a acompañar la acción de los creyentes. Pero, en la medi¬da que más profundamente se acepte el Evangelio, mayor será el testimonio social de sus discípulos.
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Para una sociedad integrada, desde la evangelización, debe ocupar un sitio muy importante el culto a Dios, de donde provienen las fuerzas para seguir el Evangelio. El culto es un instrumento de la Iglesia del mayor valor que tienen sus acciones, por¬que en él y desde él se tiene el encuentro con Dios y la participación de su vida. Si el culto a Dios es un hecho social, entonces, una fuerza de Dios acompañará los esfuer¬zos humanos para realizar su voluntad. De esto aquí no nos ocuparemos por lo nítida que es toda la acción de la Iglesia en este campo en aquel período.
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Después de Dios, el prójimo. Y el amor al prójimo, Dios lo ha hecho pasar por eficaces expresiones hacia los más pobres, desvalidos y afligidos, como manifestación del amor al mismo Dios (cfr. Mt 25,43 ss.). Esta acción de la Iglesia es igualmente evidente entonces, con grandes iniciativas también entre los laicos. Por esto aquí omitiremos referirnos a dicha actividad.
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Todo esto aparece muy claro en las reflexiones de los obispos, misioneros y teólogos, desde los primeros tiempos de la evangelización en Indias, especialmente frente a los acontecimientos que se iban desarrollando en forma contraria a una so¬ciedad fundamentalmente integrada y con muchos problemas de una convivencia que iba adquiriendo injustas estructuras o políticas, que contradecían los contenidos más profundos del Evangelio. Y estas reflexiones tenían lugar tanto en Indias como en España y encontraron muy diversas expresiones.
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Porque la evangelización constituía un hecho sustancial de la presencia de Espa¬ña en Indias, la influencia social debía seguir, igualmente, un parecido desarrollo mientras se consolidaba y se extendía el dominio español en el Nuevo Mundo. Queremos, por consiguiente, ver desde la evangelización cómo debía llegarse a un proyecto de sociedad integrada.
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==2. El proyecto según el magisterio de los Sumos Pontífices==
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Es fundamental fijarse en la enseñanza de los Sumos Pontífices, porque Alejan¬dro VI, con su célebre bu1a «lnter cetera», de 3 de Mayo de 1493, había otorgado la concesión de las tierras por descubrir, a los reyes de España, para que en ellas se pre¬dicara el Evangelio. Era una donación condicionada a obligaciones de orden espiri¬tual, como «adoctrinar a los dichos indígenas en la fe católica e imponerles las buenas costumbres». Y esto lo repitió Alejandro VI en la otra bu1a «Inter cerera» del día si¬guiente 4 de Mayo de 1493 y en la «Piis fidelium», de 25 de Junio de ese mismo año, y en varias otras del mismo tiempo.<ref>Como en la Bula «Dudum siquidern», de 26 de Septiembre de 1493.</ref>
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La misma tarea de la evangelización está destinada a una integración de todos los creyentes, de quienes anuncian el Evangelio con los que lo reciben, y entre todos ellos igualmente. Por esto, en las palabras en que se establece la evangelización en la bulas de los Papas se encuentran frases, que se irán repitiendo continuamente, para decir a los obispos a quienes se encargaba especialmente la evangelización, cómo debía realizarse: « ... prediquen el Santo Evangelio, y enseñen a los infieles, y con buenas palabras los conviertan a la veneración de la Fe católica; y ya convertidos, los instruyan en la religión cristiana, les den y administren el Santo Bautismo; y así convertidos, como a los demás fieles de Cristo, que viven y moran en dichas Islas, y a los que a ellas aportasen, les administren y hagan que se les administren los Santos Sacramentos de la Confesión, de la Eucaristía y los demás ... ».<ref>Bula «Romanus Pontifex», de Julio II, 8 de Agosto de 1511. Cuando constituye las tres primeras diócesis -después de haber dejado sin efecto la creación de tres anteriores- Santo Domingo, Concepción de la Vega, y San Juan de Puerto Rico. AM t. I, 114. (Hemos acomodado la ortografía al uso actual).</ref>El Papa Julio II no presenta ninguna discriminación respecto a los indígenas; antes, al contrario, expresa el respeto que se les debe, «con buenas palabras los conviertan a la Fe católica».
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Pronto, en esas frases se introduce una afirmación nueva, como respuesta a situa¬ciones que se estaban planteando en Indias. León X, en una de las bu1as de erección de una nueva diócesis, dice claramente refiriéndose a los moradores de esas nuevas tierras: « ... eiusque inco1as et habitatores rationis et humanitatis capaces esse, facile¬que Orthodoxae Fidei nostrae adhaerere, eiusque mores et praecepta libenter am¬plecti ... ».<ref>Bula «Sacri Apostolatus ministerio», de 24 de Enero de 1519, por la que erige la diócesis de la Beata María de los Remedios, en Yucatán. AM t. I, 142.</ref>O sea, afirma que los habitantes de esos lugares son capaces de la razón y por eso fácilmente pueden adherir a la fe católica y abrazar sus costumbres y precep¬tos. Y más adelante, en el mismo documento, vuelve a explicitar esos mismos con¬ceptos.<ref>Después de ordenar que se predique el Evangelio: « ... ac earum incolas Infideles ad praefatae Or¬thodoxae Fidei cultum convertat, et conversos in eadem Fide instruat et doceat atque confirmet, eisque Baptismi gratiam impendat, et tam illis sic conversis, quam aliis omnibus Fidelibus in Civitate et Dioecesi praedictis pro tempore degentibus, etc.» (o.c. 143).</ref>
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León X seguirá repitiendo estas afirmaciones acerca de la capacidad humana y religiosa de los habitantes de esas regiones, y por eso deben ser conducidos al verda¬dero culto de Cristo.<ref>Al crear la diócesis de Santiago en Yucatán, Bula «Super specula», de 5 de Diciembre de 1520. AM t. 1, 145. En uno de sus párrafos dice, sin hacer distinciones con los europeos: « ... gentesque illarum partium christianae veritatis ignaros ad christifidem converti, etc.» (le.)</ref>La igualdad entre los «infieles», es decir, los indígenas que habitaban el Nuevo Mundo y los católicos ya creyentes prosigue en todos los documentos posteriores.
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Adrián VI, e1 9 de Mayo de 1522, otorga amplias facultades a los superiores fran¬ciscanos en Indias y allí expresa también la igualdad de quienes serían beneficiados con dicho apostolado. Para proveer mejor a la conversión de los infieles y cuidar de los cristianos se daban esas amplias facultades: «... super Indos ad Fidem Christi con¬versos, quam etiam alios Christicolas ad dictum opus eosdem comitantes ... ».<ref>También Adrián VI, el 28 de Abril de 1522, al trasladar la iglesia catedral de Asunción a Santiago de Cuba, dice en la bula «Regiminis Ecclesiae» lo mismo que decía Julio II, en «Sacri Apostolatus ministerio» el 24 de Enero de 1519, en cuanto a! proceso de conversión de los habitantes infieles «convirtiese a los habitantes infieles della, al cathólico culto de la Fe, e convertidos los ynstruyese en ella eficiese las demás cosas que los otros catholicos prelados están obligados o deben facer de derecho e costumbre en las otras yglesias que gobiernan ... » (o.c. t. 1, 165).</ref>
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Al eri¬gir la diócesis de México, Clemente VII, en la bula «Sacri Apostolatus ministerio» de 2 de Septiembre de 1530, describe como algo pacífico la convivencia entre todos los habitantes de la ciudad de México. En ese territorio «... ultra viginti millia vicinorum vel incolarum, quorum plures Fideles, tam noviter conversi, quam etiam alii forenses et de diversis mundi partibus ad illud habitandum confluentes, commorentur et resi¬deant ...».<ref>AM t. 1, 199.</ref>Ellos son vistos por el Papa sin ninguna diferencia.
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El pensamiento de Clemente VII será siempre el mismo. En la bula «Super spe¬cula», de 6 de Septiembre de 1531, por la que erige la diócesis de Trujillo en el Cabo de Honduras, se refiere en parecidos términos a la acción evangelizadora y al trato subsiguiente de los convertidos. Cuando describe a los «incolas infideles» agrega sí algo nuevo: «et gentes barbaras ad ipsum orthodoxae fidei cultum convertat... ».<ref>AM t. 1, 235.</ref>
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Son muchos más los documentos en que Clemente VII reafirma esta igualdad y la voluntad de ir integrando en la fe a esos pueblos nuevos. Así, en la bula «Exponi nobis», de 19 de Octubre de 1532, dirigida a Carlos V autorizando el paso de 200 misioneros franciscanos, dominicos y jerónimos para evangelizar en Indias.<ref>AM t. 1, 250.</ref>En la bu¬la «Illius fulciti praesidio», de 11 de Febrero de 1534, en la que erige la diócesis de Panamá, repite palabras ya dichas por León X;<ref>AM t. 1, 262.</ref>y vuelve a decir las mismas expresiones en «Illíus fulciti praesidio» de 24 de Abril de 1534, erigiendo la diócesis de Car¬tagena.<ref>AM t. 1, 272-273.</ref>
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Lo mismo, respecto de los habitantes de una nueva diócesis, expresa Paulo III en su bula «Aequum reputamus», de 3 de Noviembre de 1534, al erigir la diócesis de León en Nicaragua,<ref>AM t. 1,281-282.</ref>y en la bula «Illius fulciti praesidio», de 18 de Diciembre de 1534, cuando erigía la diócesis de Guatemala.<ref>AM t. 1, 295-296.</ref>También cuando Paulo III extiende la bula de Adrián VI, de 9 de Mayo de 1522, de privilegios a los superiores francisca¬nos, con su bula «Alias felicis», de 15 de Febrero de 1535, repite la igualdad de «su¬per Indos ad fidem Christi conversos, necnon, et alias Christicolas in dictis terris existentes... ».<ref>AM t. 1, 307.</ref>Y sigue repitiendo esos conceptos Paulo III en la bula «Illius fulciti praesidio», de 8 de Agosto de 1536, cuando erige la diócesis de Michoacán,<ref>AM t. 1, 325-326.</ref>y en la erección de la diócesis de Cuzco, con su bula «Illius fulciti praesidio», de 8 de Enero de 1537;<ref>AM t. 1, 346-347.</ref>y en la erección de la diócesis de Chiapas, con la bula «Inter multiplices cu¬ras», de 19 de Marzo de 1539;<ref>AM t. 1, 391.</ref>y en la de Lima, con la bula «mius Iulciti praesidio», de 14 de Mayo de 1541.<ref>AM t. 1, 431.</ref>
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Con Paulo III se llega a expresiones todavía más claras de esta igualdad entre todos. Escribe al Cardenal Tavera, arzobispo de Toledo, el 29 de Mayo de 1537, su bula «Pastorale officium», en que le manifiesta que el Emperador ha publicado un edicto para castigar a quienes por la codicia actúan en forma inhumana y prohíbe que los indios occidentales sean hecho esclavos o se los quiera privar de sus bienes. «Nos igitur attendentes Indos ipsos, licet extra gremium Ecclesiae existant non ta¬men sua libertate aut rerum suarum dominio privatos vel privandos es se cum homi¬nes ideoque fidei et salutis capaces sint, non servitute delendos, sed praedicationibus et exemplis ad vitam invitando s fore, ac propterea etiam nos talium impiorum tam nepharios ausus reprimere et ne iniuriis et damni exasperati ad Christi fidem amplec¬tendam duriores efficiantur providere cupientes... ».
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Es decir, concuerda con lo de¬cretado por Carlos V y agrega que pensando en los mismos indios, porque son hom¬bres capaces de la fe y de la salvación, aunque pertenezcan a la Iglesia, hay que invi¬tarlos a la fe con la predicación y el ejemplo, y que esos tratos inhumanos les harán más difícil abrazar la fe cristiana, y, por lo tanto, le encomienda al Cardenal y le man¬da ejecutar sobre aquellos que usan esos malos tratos descritos por Carlos V, y que él repite, cualquiera que sea su dignidad, estado, condición, grado y excelencia, que incurren ea ipso en excomunión reservada al Romano Pontífice.
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O sea, no basta con denunciar y castigar con pena humana, sino que el Papa agrega la excomunión.<ref>AM t. I, 360.</ref>Elocuente documento que, sin embargo, hubo de anular más tarde, el 19 de Junio de 1538, por su bula «Non indecens»;<ref>AM t. I, 374-375</ref>pero no revocaba su condenación a la esclavitud de los indios.<ref>AM t. l, 374.</ref>
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Otro documento muy importante de Paulo III es, en este plano, la bula «Altitudo Divini consilii», de 1 de junio de 1537,<ref>AM t. I, 362 y 364.</ref>en que da principios para la atención pastoral de los indios, como miembros de la Iglesia, pero que por encontrarse como en la in¬fancia de una Iglesia naciente o nuevas plantaciones de la Iglesia, deben ser tratados como párvulos en Cristo, y da una serie de maneras como tratarlos en el bautismo, en el matrimonio y en algunas disciplinas eclesiásticas como la abstinencia, el ayuno, días de descanso y que no rige para ellos la reservación de los pecados.<ref>Más tarde Pío N, con la bula «Etsi Sedes Apostolica», de 12 de Agosto de 1562, permitía el ma¬trimonio de los indios en los tiempos prohibidos por la Liturgia, AM t. 1., 706; y con la bula «Romanus Pontifex», de la misma fecha, mitigaba las leyes de la Iglesia universal en favor de los indios, AM t. I, 707-711.</ref>
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Al día si¬guiente de ese documento pastoral, el2 de Junio de 1537, Paulo III, publicaba un ex¬traordinario nuevo documento prohibiendo la esclavitud de los indios, que es su bula «Ventas ipsa». Establece, en primer lugar, que la predicación del evangelio es para todos: «... omnes dixit absque omni delectu... », sin excepciones; pues, todos son ca¬paces para recibir la fe. En seguida, se hace cargo de que algunos afirman que los in¬dios, porque no tienen fe, pueden ser tratados -y así los trataban- como brutos animales: «...qui suam cupiditatem adimplere cupientes occidentales et meridionales Indos et alias gentes quae temporibus istis ad notitiam nostram pervenerunt, sub praetextu, quod fidei orthodoxae expertes existant, uti bruta animalia ad nostra ob¬sequia dirigendos esse, passim asserere praesumant et eos in servitutem redigunt tan-tis afflictionibus illos urgentes quantis vix bruta animalia illis servientia urgeant».
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El Papa, por su cuidado de todos, aun de los que no están en su rebaño, «quae extra eius ovile sunt», estima a los indios como verdaderos hombres: «Attendentes Indos ipsos, ut pote veros homines...», y quiere proveer con adecuados remedios a esa situación. Los indios y todas las gentes de que más tarde se tengan noticias, aunque vivan fuera de la fe cristiana, tienen derecho a su libertad y a usar los bienes de su propiedad libre y lícitamente, y no pueden ser reducidos a servidumbre, y cuanto se hiciere en contrario carece de todo valor.<ref>« ... ac volentes super his congruis remediís providere, praedictos Indos et omnes alias gentes ad notitiam christianorurn in posterurn deventuras, licet extra fidem christianam existant, sua libertate ac re¬rurn suarurn dominio huiusmodi uti et potiri et gaudere libere et licite posse, nec in servítutem redigi de¬bere, ac quidquid secus fieri contigerit írríturn et inane, ipsosque Indos et alias gentes verbi Dei praedicatione et exemplo bonae vitae ad dictam fidem Christi invitandos fore, auctoritate Apostolica per praesen¬tes litteras decernimus et declaramus ... », AM t. I, 365-366.</ref>
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Un documento importantísimo proviene del pontificado de San Pío V. Es una «Instrucción al Nuncio Apostólico en España relativo a la evangelización de los in¬dios», y data de 1566. El Nuncio debía hacer conocer que tales instrucciones provenían únicamente del ardiente celo del Papa, en su oficio pastoral, por la salvación de las almas de esos habitantes y, más aún, donde era recientemente planta¬da la fe católica, que no debía dejarse deteriorar o entibiar por defecto de cultivo, si¬no al contrario, procurar conducir a la mayor perfección. La «Instrucción» abunda en estos conceptos. Después entra a expresar la benevolencia del Papa frente a los nombramientos del rey para gobernar el Perú y México, pues por la buena relación que tiene de ellos piensa que pondrán en práctica lo mandado por Carlos V y que, contra la mente de quien mandaba, no habían sido llevados aún a la práctica.
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Lo primero es la conversión de los infieles, pues ésta fue la razón por la cual se concedió al rey de España la conquista de esos pueblos. Por esto, hay que atender a proveer de predicadores cristianos a esas tierras y mantenerlos, y no fuera que por fal¬ta de subvención y estipendio vinieran a faltar esas personas eclesiásticas. En seguida, renueva las normas sobre el bautismo y la preparación a él.
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Luego, se recomienda la reducción a pueblos de los indios que viven dispersos, «para que se conserve también mejor la justicia», y que los castigos para quienes se ofenden entre ellos, se hagan con mansedumbre. Y si en ese pueblo habitaren cristia¬nos y gentiles, no se permita a éstos tener lugares de idolatría. Y si viven cristianos antiguos y nuevos, los antiguos den buen ejemplo, pues, de otra manera, les causarían daño a los nuevos.
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Se pide también que los indios infieles sean enseñados a guardar la ley natural. Por cuanto el Papa sabe, el rey ordena una buena administración de justicia. Na¬die puede servirse de indios esclavos, sino sólo pueden contratarse para trabajos los que espontáneamente quieran hacerlo y hay que pagar a ellos el sueldo convenido. Y que los indios no sean gravados con tributos inmoderados. Se pide que los predicadores del Evangelio sean tratados bien por las autoridades y señores de esas tierras. La justicia debe ser igual, cuando hay que aplicarla, para los indios como para los cristianos antiguos.
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Para que se cumpla todo esto, el Papa confía que el rey hará visitar a las autori¬dades y así premie a los que se comportan bien y castigue a quienes hubieren dejado impune la opresión a los pobres. El Papa pide no se usen las armas contra los gentiles y no hacer guerra sin las condiciones necesarias, de manera que sea justa y no se proceda cruelmente en ella. Al Papa le ha agradado la forma como en La Florida se ha hecho la predicación del Evangelio y espera que así se haga en otras partes.
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Esta «Instrucción» toca puntos candentes ya en la segunda mitad del siglo XVI y los puntos más relevantes, después de asegurar cómo se anuncie el Evangelio, trata muy claramente cuál ha de ser la actitud de las autoridades españolas respecto de los in¬dios, dejando bien establecida la igualdad entre todos.
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El Papa San Pío V no tuvo muchos resultados de lo que encargaba en esa «Instrucción» y, entonces, decidió dirigirse directamente al rey Felipe II y a quienes éste había designado virreyes en Perú y México. Al rey lo exhorta, en gene¬ral, acerca de la propagación del Evangelio, en su bula «Cum oporteat nos», de 17 de Agosto de 1568,<ref>AM t. II, 805.</ref>y que ya le había hecho llegar antes por medio de un arzobispo.
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A Francisco de Toledo, virrey en Perú, le dirige su carta «Magnopere in Domi¬no», de 18 de Agosto de 1568, en que le manifiesta su confianza en que pondrá en práctica las ordenanzas del rey, y que así los que están débiles en la fe puedan ser sostenidos en ella, y que los idólatras puedan recibir la fe cristiana y que sean tratados con prudencia para que así ellos conozcan la misericordia divina y con ese buen ejemplo sean invitados a creer, y que no sean desalentados por quienes han ido allá y tuvieren malas costumbres.<ref>AM t. II, 806-807.</ref>Otra carta, «Magnopere gavisi sumus», de la misma fecha 18 de Agosto de 1568, dirige San Pío V a Pedro Menéndez, de Florida. Y lo mismo escribe a Martín Enríquez, con igual fecha, virrey en México.<ref>AM t. II, 807.</ref>
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Con estas cartas, el Papa hacía sentir a los más directamente responsables por su autoridad en aquellas regiones, cómo debía ser, en general, su colaboración a la evangelización y la manera de tratar a los naturales. Y más allá mostraba también el Papa su personal preocupación por la forma como se desarrollaba la evangelización y la vida civil de esos pueblos. Completa San Pío V estas advertencias, con una carta al Consejo de Indias, de la misma fecha 18 de Agosto de 1568, en que les expresa a sus miembros los mismos consejos dichos a los virreyes, y les agrega que para que esos pueblos se puedan alegrar por la fe recibida deben ser tratados con caridad y clemen¬cia, y si aún estuvieran gravados por pesadas obligaciones eso debe levantarse, para que ellos sientan el imperio clemente del rey cristiano. Y concluye haciendo notar la presencia del Nuncio en España para tratar más cosas con ellos.<ref>AM t. II, 808-809.</ref>
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Cierra el Papa este círculo de cartas, con una dirigida al Inquisidor general y presidente de los Consejos de Castilla y de Estado, Cardenal Diego de Espinosa, con la misma fecha 18 de Agosto de 1568. En ella, después de repetir su oficio pastoral respecto de la evangelización, hace memoria de la tanta piedad y clemencia del rey de España, que espontáneamente ha quitado muchos pesos a esos pueblos de Indias que antes eran vejados y oprimidos.
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Y le dice al Cardenal que, después de presentar al rey esos sentimientos, con su destreza lo exhorte a perseverar en ese santo propósito de propagar la religión ortodoxa en dichos pueblos, y que si aún permane-cen esos agravios, sean quitados, para que esos pueblos sean tratados de manera que se gocen en abandonar la idolatría y abrazar la fe cristiana. Eso se alcanzará si los que emigran desde Europa, con su fe católica y buenas costumbres, edifican a los natu¬rales. Y alude, finalmente, al Nuncio Castagna, arzobispo de Rossano, para que lo ayude.<ref>AM t. II, 809-810.</ref>
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Gregorio XIII, con su bula «Muneris nostri debitu», de 13 de Septiembre de 1574, reitera varias constituciones de Papas anteriores como Julio II, Paulo III, Julio III y Pío IV, en que se prohibía que los «alumina» de infieles fueran llevados a regio¬nes de cristianos, lo que penaban con gravísimas censuras y pérdida de los bienes de ellos y de sus socios o de quienes los auxiliaban en esa acción.<ref>AM t. II, 987-988.</ref>Finalmente Gregorio XIII renueva una petición anterior de los Papas en el senti¬do de tener un Nuncio en Indias, y lo hizo con la carta «Considerando Sua Beatitudi¬ne» de 2 de Mayo de 1579 a Felipe II.<ref>AM t. II, 1143-1145.</ref>
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Le hace ver al rey su oficio pastoral de vigilar con todas sus fuerzas su rebaño y, por eso, mirando a las Indias donde recién se ha planta¬do la religión católica, que se puede llamar una Iglesia primitiva, siente la ne-cesidad de apoyar, revisar, regar y cultivar esa nueva planta. Y más allá de lo bueno que haga el rey en esas regiones, él tiene que satisfacer su conciencia. Ha pensado que es muy a propósito proponer al rey la intención que tiene de enviar un Nuncio, con las debidas buenas condiciones personales, para ayudar a esos pueblos, y la gente no tenga necesidad de pasar de ese mundo a Europa para encontrar remedio a sus necesidades.
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Él, por otra parte, debe vigilar cómo se desarrolla la vida de la Iglesia allá, porque varias medidas ordenadas por sus antecesores Alejandro VI y León X parece que ya no son oportunas, y así un Nuncio en Indias podrá juzgar todo lo que conviene en esas nuevas Iglesias, o que no conviene. El Papa confiaba que el rey accedería a esta petición suya y le solicitaría ejecutarla, la que se haría con gastos de la propia Santa Sede.
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El Nuncio en Madrid respondió al Papa el 11 de Mayo de 1579, y le dice que le dejó el memorial al rey, que lo había escuchado con mucha atención y le pidió tiem¬po para responder acerca de este nuevo asunto que se le planteaba. Más tarde, el 12 de Diciembre de ese año, el Nuncio escribía otra vez al Papa y le decía que después de hablar nuevamente con el rey, esperaba muy poco en este asunto, porque el presi¬dente del Consejo de Indias nada respondía sobre esta materia.<ref>AM t. II, 1145.</ref>
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Esto tenía una larga historia, porque ya antes, e1 21 de Abril de 1568, el cardenal Michele Bonelli había escrito al Nuncio en Madrid, Castagna, diciéndole que hiciera entender al rey que el Papa estaba informado que en las Indias se tenían muy poco en cuenta a las personas eclesiásticas –y eso naturalmente incidía en la tarea evange¬lizadora- y que tenía el pensamiento de mandar una persona que obtuviese infor¬maciones para poner los remedios necesarios.
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El Papa esperaba, sin duda, que el rey consentiría en este proyecto. El Papa pretendía enviar un Nuncio, dependiente en forma inmediata de la Santa Sede y con autoridad de Nuncio, y no lo había hecho hasta entonces, porque antes quería hacerlo saber al rey.<ref>AM t. II, 1145-1146.</ref>Pero entonces nada se ob¬tuvo, y tampoco se alcanzó algo más con las nuevas gestiones. Pero se hacía manifies¬ta esa voluntad del Papa, que se renovaría muchas otras veces más adelante.
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==3. Los esfuerzos de los Obispos y del clero misionero==
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==a.- Los obispos==
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Desde el principio, los obispos, junto con acometer la evangelización, entran en la defensa de los indios. En efecto, en los primeros tiempos de conquista y en el si¬guiente período de estabilización, se dieron muchos abusos contra los indígenas, co¬mo se refleja dicha realidad en los documentos de los Papas de aquel primer siglo y de los obispos en todo este período.
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Los obispos estaban convencidos de la igualdad de todos los hombres y, por eso, tenían el ministerio de evangelizar a todos, y en Indias una principal preocupación de llevar la fe a sus habitantes naturales. Como, de hecho, lo realizaban. Desde la base de la igualdad, los obispos trataron de que todos respetaran los derechos de los in¬dios. Esto no sucedía siempre; al contrario, se daban muchos abusos contra los in¬dios. Y, por esto, los obispos, junto con representarlo a quienes eran autores de tales abusos, apelaban al rey para que él diera las oportunas instrucciones y ordenanzas y esos derechos conculcados fueran respetados.
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Son innumerables, desde el inicio de la evangelización, las cartas de los obispos al rey en que presentan la descripción de esos males y los remedios que esperaban del monarca. Esta es una abundante documentación y que ha sido publicada una parte importante de ella, pero dista muchísimo de ser completa en todas la naciones de América.<ref>Un ejemplo de esto es LIZANA, PBRO. ELÍAS. Cartas de los obispos al rey, 1564-1814, en Colección de documentos históricos del Archivo del Arzobispado de Santiago, vol. I. Santiago de Chile, 1919. Muy meritoria es esta colección, pero también incompleta, en cuanto corresponde especialmente a la diócesis La Imperial-Concepción.</ref>
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Suele contarse como el mejor ejemplo a Bartolomé de las Casas, obispo de Chia¬pas, pero no son menores las acciones de numerosos obispos de Indias y a través de todo el período hispano. De Chile se puede citar especialmente a los obispos Antonio de San Miguel (1568-1587), Diego de Medellín (1574-1595), Juan Pérez de Es¬pinoza (1601-1618), Jerónimo de Oré (1622-1630), Francisco González de Salcedo (1625-1634), y más adelante el obispo de Santiago Diego de Humanzoro (1662-1676) quien dio una batalla tenaz por la defensa de los indios, pidiendo a la reina regente hasta que lo desligara de su cargo episcopal por temor a perder su al-ma, ya que nada podía rectificar en la conducta abusiva contra los indios
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Esta acti¬tud de los obispos se mantiene a lo largo de ese período, aunque se fue mitigando más hacia fines del siglo XVIII, porque había una notable mejoría. Pero, en el siglo XVIII también resalta la valiente acción del obispo de Concepción -primero auxi¬liar y después diocesano - Pedro Felipe de Azúa, que se expresó mejor en su Sínodo y en la defensa que hubo de hacer del mismo Sínodo.<ref>Cfr. OVIEDO CAVADA, CARLOS, «La defensa del indio en el Sínodo del obispo Azúa de 1744», en «Historia» N. 17 (1982), 281-354.</ref>
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En otra parte, en Quito, se tiene a uno de sus obispos, Alonso de la Peña y Mon¬tenegro, que escribió su célebre «Itinerario para párrocos (de indios)», y que tuvo varias ediciones en la segunda mitad del siglo XVII. El obispo describe la situación penosa de los indios con el propósito de superar esas tristes condiciones.<ref>«Estos son -escribía- para quienes les falta la caridad, y les sobra la paciencia; son gentes vivas y muertas, y en vida y muerte desiertas; estos son los siempre tristes y abatidos, y miserabilísimos, para quienes todo son afrentas, ultrajes, persecuciones, trabajos e infinitas miserias». Vid. De La Torre Villar, Ernesto. «Vida cristiana y convivencia social en la América española», en «Evangelización y Teología en América, (siglo XVI)", t. II, 921.</ref>
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Los ejemplos se pueden multiplicar en todas las latitudes de esta América, pero, baste, por ahora, con estos pocos ejemplos. Se volverá acerca de los obispos cuando se trate de los Concilios y de los Sínodos y también habrá que admitir que se hayan dado excepciones, por negligencia u omisión de algunos pastores; pero éstas son, ciertamente, algo excepcional y lo común fue lo otro, la decidida y constante defensa de los indios.
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Por otra parte, en diversas secciones de Indias, los obispos estaban li¬gados a las prescripciones de los Concilios Provinciales que se habían celebrado tanto en México, como en Lima, y en ellos daban una orientación y normas bien claras acerca de la defensa de los indios.
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==b- El clero misionero==
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En el clero se tenía la misma actitud que los obispos respecto de los indios. Y en muchas partes, esta acción de sacerdotes y religiosos antecedió a la de los obispos, ya que ellos llegaron cuando aún no había erección de diócesis, y después, debido a las largas vacancias que fueron comunes en toda América, el clero y los religiosos queda¬ban responsables de esas Iglesias en la pastoral ordinaria.
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Montesinos desató una reacción de muy vastas consecuencias para considerar seriamente el problema originado por el mal trato de los indígenas. Pero, otros ejemplos menos conocidos no fueron menos valientes, y siempre fueron constantes. Los franciscanos en México marcan un hito muy importante en la evangelización y defensa de los indios, como también en la catequesis adaptada a la misma lengua de ellos.
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Pero hay muchísimos más ejemplos y que, poco a poco, van siendo más conoci¬dos. Una de las grandes buenas consecuencias que tuvo celebrar los 500 años de la evangelización fue difundir, después de estudios meritorios, la acción de tantos religiosos y sacerdotes que trabajaron en este sentido. Fray Pedro de Córdova, O.P., escribió la «Doctrina cristiana para instrucción de los indios», que se imprimió en México en 1544 y luego en 1548
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En esta obra desta¬ca la visión cristiana de la persona de los indios, que coincide plenamente con lo que los Papas entonces exponían también desde Roma, y enseña la unidad del origen y la esencial igualdad de todos los hombres: «Debéis saber, mis muy amados, que todos los hombres y mujeres del mundo salen de estos dos que ahora oís: Adán y Eva. Así vosotros como nosotros y todos los demás hombres y mujeres, porque sólo estos dos son nuestros primeros padres».<ref>OTERO TOMÉ, MARÍA MERCEDES, y FERRER RODRÍGUEZ, MARÍA PILAR, «La dignidad del hombre en la Doctrina de Fray Pedro de Córdova», en «Evangelización y Teología en América (siglo XVI»,. t. II, 973-980.</ref>
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Otro caso es Fray Alonso de Molina, con su confesionario de 1565,<ref>o.c. 917.</ref>y Fray Juan Bautista, con otro confesionario editado en 1599, siguiendo en las enseñanzas a Fray Juan Focher, muestra cómo cumplir los mandamientos. Así, estos autores trataban de regular las formas de convivencia social y que las relaciones económicas fueran justas y no perjudicaran a nadie.<ref>Ibíd</ref>
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==Notas==
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<references/>
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=Bibliografía=

Revisión del 11:08 7 sep 2016

«La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, económico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina» (Gaudium et spes, 42).

INTRODUCCIÓN

En la historia de la evangelización en América, es muy importante comprobar cómo esa evangelización, sin salir de su carácter religio¬so, se proyectaba hacia las bases de un sistema político, precisamente por los princi-pios doctrinales de la Iglesia sobre Jesucristo y el hombre. Quiero describir aquí cómo a partir del Evangelio, en ese Nuevo Mundo a don¬de llegaban los españoles, debía proyectarse una sociedad integrada y no de vencedo¬res y vencidos, o de opresores y oprimidos, o de señores y esclavos, o de dominado¬res y dominados.

Es también muy importante, y de muy vastas proyecciones -especialmente en el con¬texto de las polémicas que se han suscitado en los últimos años acerca de la dominación española en América- aclarar que este proyecto de sociedad integrada estuvo siempre vigente, aunque no se realizara en plenitud, y a pesar de los innega¬bles y graves abusos que se dieron durante el período hispano con los naturales de Indias.

También es digno destacar que tal proyecto de sociedad integrada fue pro¬puesto desde el inicio, por parte de los Sumos Pontífices, en términos muy claros, y que ése era el ideal por el cual trabajaron siempre los obispos y misioneros y que el mismo rey de España compartía tal proyecto, como se comprueba en las Leyes de Indias. Si tal proyecto no llegó a realizarse plenamente o apenas pudo concretarse, nada disminuye el hecho de los planteamientos tan claros de quienes eran los primitivos agentes y responsables de la evangelización en América.

Quiero delimitar el ámbito de esta exposición. Respecto de los documentos de los Pa¬pas, me detengo especialmente en los del primer siglo de la dominación española, y que se encuentran en la excelente colección América Pontificia.[1]También quiero de¬clarar que -por razón de espacio e igualmente de mis propios conocimientos-, respecto de la actitud de los obispos, conocida por sus cartas y los sínodos, me con-traigo particularmente a Chile. Y deseo señalar que esta contracción a Chile no em¬pobrece ni disminuye el valor de esos ejemplos, ni los reduce a una solamente de las secciones de Indias.

En efecto, todos sus obispos, con pocas excepciones, habían es¬tado anteriormente en otras partes de América, en particular los del primer siglo, de manera que traían una experiencia elaborada ya con anterioridad, como por ejemplo los obispos Antonio de San Miguel, Diego de Medellín, Jerónimo de Oré, etc. Además, Chile era una de las secciones más pobres de América y nunca tuvo una se¬de metropolitana; por esto, hace que lo sucedido allí no sea una excepción en el con¬junto de todos los dominios españoles en Indias. Puede deducirse, entonces, que en otras partes de mayor importancia deben haber sido de igual o mayor relieve aún las enseñanzas de sus propios pastores. Un ejemplo importante a este respecto son las actuaciones de los obispos en los Concilios segundo y tercero de Lima.

Por último, aunque la evangelización no se detiene con la independencia de los países americanos, porque continuaban existiendo territorios cuyos habitantes nece¬sitaban aún la primera evangelización o ésta apenas había penetrado en algunas par¬tes, esta exposición llega hasta la independencia. En efecto, desde entonces se fue hacien¬do más posible la realidad de una sociedad integrada -con muchos problemas vi¬gentes, por cierto- cuya raíz estaba en la primera evangelización.

EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD INTEGRADA DESDE LA EVANGELIZACIÓN

1. La influencia social del Evangelio

En la época de la primera evangelización hay que examinar cuál haya sido la in¬fluencia social que dimanaba del mismo anuncio del Evangelio de Jesucristo. No se encuentra, por cierto, entonces esta terminología como ahora, por ejemplo la Doctri¬na Social de la Iglesia o algo parecido. Pero, en el contexto de la predicación se llega¬ban a formular afirmaciones que apuntaban clara y decididamente a una influencia social y que debía expresarse hasta en la vida política de entonces.

Y, en verdad, cuando se asume el Evangelio en la vida de un hombre, de una mujer y de una sociedad, ciertamente ese acto -que debe desarrollarse y que ¬tiene consecuencias sociales, debe tenerlas. Amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como cada uno se ama, y como Cristo nos ama (cfr. Mt 22, 39;Jn 13,34-35) no puede quedar en el interior de cada uno, sino manifestarse hacia los demás, en el quehacer diario de un creyente y de una sociedad de creyentes.

En nuestro caso, no se trata de que con el Evangelio se establezca una sociedad teocrática, pues la Iglesia no tiene un proyecto político deter¬minado, sino que anima la vida de los suyos para que se construya una sociedad don¬de primen los valores del Evangelio. Y eso puede ocurrir en todos los regímenes po¬sibles, o, por lo menos, aporta elementos para que se camine hacia aquella meta de los valores evangélicos. En este proceso hay que tener en cuenta todas las fragilidades humanas, que siempre van a acompañar la acción de los creyentes. Pero, en la medi¬da que más profundamente se acepte el Evangelio, mayor será el testimonio social de sus discípulos.

Para una sociedad integrada, desde la evangelización, debe ocupar un sitio muy importante el culto a Dios, de donde provienen las fuerzas para seguir el Evangelio. El culto es un instrumento de la Iglesia del mayor valor que tienen sus acciones, por¬que en él y desde él se tiene el encuentro con Dios y la participación de su vida. Si el culto a Dios es un hecho social, entonces, una fuerza de Dios acompañará los esfuer¬zos humanos para realizar su voluntad. De esto aquí no nos ocuparemos por lo nítida que es toda la acción de la Iglesia en este campo en aquel período.

Después de Dios, el prójimo. Y el amor al prójimo, Dios lo ha hecho pasar por eficaces expresiones hacia los más pobres, desvalidos y afligidos, como manifestación del amor al mismo Dios (cfr. Mt 25,43 ss.). Esta acción de la Iglesia es igualmente evidente entonces, con grandes iniciativas también entre los laicos. Por esto aquí omitiremos referirnos a dicha actividad.

Todo esto aparece muy claro en las reflexiones de los obispos, misioneros y teólogos, desde los primeros tiempos de la evangelización en Indias, especialmente frente a los acontecimientos que se iban desarrollando en forma contraria a una so¬ciedad fundamentalmente integrada y con muchos problemas de una convivencia que iba adquiriendo injustas estructuras o políticas, que contradecían los contenidos más profundos del Evangelio. Y estas reflexiones tenían lugar tanto en Indias como en España y encontraron muy diversas expresiones.

Porque la evangelización constituía un hecho sustancial de la presencia de Espa¬ña en Indias, la influencia social debía seguir, igualmente, un parecido desarrollo mientras se consolidaba y se extendía el dominio español en el Nuevo Mundo. Queremos, por consiguiente, ver desde la evangelización cómo debía llegarse a un proyecto de sociedad integrada.

2. El proyecto según el magisterio de los Sumos Pontífices

Es fundamental fijarse en la enseñanza de los Sumos Pontífices, porque Alejan¬dro VI, con su célebre bu1a «lnter cetera», de 3 de Mayo de 1493, había otorgado la concesión de las tierras por descubrir, a los reyes de España, para que en ellas se pre¬dicara el Evangelio. Era una donación condicionada a obligaciones de orden espiri¬tual, como «adoctrinar a los dichos indígenas en la fe católica e imponerles las buenas costumbres». Y esto lo repitió Alejandro VI en la otra bu1a «Inter cerera» del día si¬guiente 4 de Mayo de 1493 y en la «Piis fidelium», de 25 de Junio de ese mismo año, y en varias otras del mismo tiempo.[2]

La misma tarea de la evangelización está destinada a una integración de todos los creyentes, de quienes anuncian el Evangelio con los que lo reciben, y entre todos ellos igualmente. Por esto, en las palabras en que se establece la evangelización en la bulas de los Papas se encuentran frases, que se irán repitiendo continuamente, para decir a los obispos a quienes se encargaba especialmente la evangelización, cómo debía realizarse: « ... prediquen el Santo Evangelio, y enseñen a los infieles, y con buenas palabras los conviertan a la veneración de la Fe católica; y ya convertidos, los instruyan en la religión cristiana, les den y administren el Santo Bautismo; y así convertidos, como a los demás fieles de Cristo, que viven y moran en dichas Islas, y a los que a ellas aportasen, les administren y hagan que se les administren los Santos Sacramentos de la Confesión, de la Eucaristía y los demás ... ».[3]El Papa Julio II no presenta ninguna discriminación respecto a los indígenas; antes, al contrario, expresa el respeto que se les debe, «con buenas palabras los conviertan a la Fe católica».

Pronto, en esas frases se introduce una afirmación nueva, como respuesta a situa¬ciones que se estaban planteando en Indias. León X, en una de las bu1as de erección de una nueva diócesis, dice claramente refiriéndose a los moradores de esas nuevas tierras: « ... eiusque inco1as et habitatores rationis et humanitatis capaces esse, facile¬que Orthodoxae Fidei nostrae adhaerere, eiusque mores et praecepta libenter am¬plecti ... ».[4]O sea, afirma que los habitantes de esos lugares son capaces de la razón y por eso fácilmente pueden adherir a la fe católica y abrazar sus costumbres y precep¬tos. Y más adelante, en el mismo documento, vuelve a explicitar esos mismos con¬ceptos.[5]

León X seguirá repitiendo estas afirmaciones acerca de la capacidad humana y religiosa de los habitantes de esas regiones, y por eso deben ser conducidos al verda¬dero culto de Cristo.[6]La igualdad entre los «infieles», es decir, los indígenas que habitaban el Nuevo Mundo y los católicos ya creyentes prosigue en todos los documentos posteriores.

Adrián VI, e1 9 de Mayo de 1522, otorga amplias facultades a los superiores fran¬ciscanos en Indias y allí expresa también la igualdad de quienes serían beneficiados con dicho apostolado. Para proveer mejor a la conversión de los infieles y cuidar de los cristianos se daban esas amplias facultades: «... super Indos ad Fidem Christi con¬versos, quam etiam alios Christicolas ad dictum opus eosdem comitantes ... ».[7]

Al eri¬gir la diócesis de México, Clemente VII, en la bula «Sacri Apostolatus ministerio» de 2 de Septiembre de 1530, describe como algo pacífico la convivencia entre todos los habitantes de la ciudad de México. En ese territorio «... ultra viginti millia vicinorum vel incolarum, quorum plures Fideles, tam noviter conversi, quam etiam alii forenses et de diversis mundi partibus ad illud habitandum confluentes, commorentur et resi¬deant ...».[8]Ellos son vistos por el Papa sin ninguna diferencia.

El pensamiento de Clemente VII será siempre el mismo. En la bula «Super spe¬cula», de 6 de Septiembre de 1531, por la que erige la diócesis de Trujillo en el Cabo de Honduras, se refiere en parecidos términos a la acción evangelizadora y al trato subsiguiente de los convertidos. Cuando describe a los «incolas infideles» agrega sí algo nuevo: «et gentes barbaras ad ipsum orthodoxae fidei cultum convertat... ».[9]

Son muchos más los documentos en que Clemente VII reafirma esta igualdad y la voluntad de ir integrando en la fe a esos pueblos nuevos. Así, en la bula «Exponi nobis», de 19 de Octubre de 1532, dirigida a Carlos V autorizando el paso de 200 misioneros franciscanos, dominicos y jerónimos para evangelizar en Indias.[10]En la bu¬la «Illius fulciti praesidio», de 11 de Febrero de 1534, en la que erige la diócesis de Panamá, repite palabras ya dichas por León X;[11]y vuelve a decir las mismas expresiones en «Illíus fulciti praesidio» de 24 de Abril de 1534, erigiendo la diócesis de Car¬tagena.[12]


Lo mismo, respecto de los habitantes de una nueva diócesis, expresa Paulo III en su bula «Aequum reputamus», de 3 de Noviembre de 1534, al erigir la diócesis de León en Nicaragua,[13]y en la bula «Illius fulciti praesidio», de 18 de Diciembre de 1534, cuando erigía la diócesis de Guatemala.[14]También cuando Paulo III extiende la bula de Adrián VI, de 9 de Mayo de 1522, de privilegios a los superiores francisca¬nos, con su bula «Alias felicis», de 15 de Febrero de 1535, repite la igualdad de «su¬per Indos ad fidem Christi conversos, necnon, et alias Christicolas in dictis terris existentes... ».[15]Y sigue repitiendo esos conceptos Paulo III en la bula «Illius fulciti praesidio», de 8 de Agosto de 1536, cuando erige la diócesis de Michoacán,[16]y en la erección de la diócesis de Cuzco, con su bula «Illius fulciti praesidio», de 8 de Enero de 1537;[17]y en la erección de la diócesis de Chiapas, con la bula «Inter multiplices cu¬ras», de 19 de Marzo de 1539;[18]y en la de Lima, con la bula «mius Iulciti praesidio», de 14 de Mayo de 1541.[19]


Con Paulo III se llega a expresiones todavía más claras de esta igualdad entre todos. Escribe al Cardenal Tavera, arzobispo de Toledo, el 29 de Mayo de 1537, su bula «Pastorale officium», en que le manifiesta que el Emperador ha publicado un edicto para castigar a quienes por la codicia actúan en forma inhumana y prohíbe que los indios occidentales sean hecho esclavos o se los quiera privar de sus bienes. «Nos igitur attendentes Indos ipsos, licet extra gremium Ecclesiae existant non ta¬men sua libertate aut rerum suarum dominio privatos vel privandos es se cum homi¬nes ideoque fidei et salutis capaces sint, non servitute delendos, sed praedicationibus et exemplis ad vitam invitando s fore, ac propterea etiam nos talium impiorum tam nepharios ausus reprimere et ne iniuriis et damni exasperati ad Christi fidem amplec¬tendam duriores efficiantur providere cupientes... ».


Es decir, concuerda con lo de¬cretado por Carlos V y agrega que pensando en los mismos indios, porque son hom¬bres capaces de la fe y de la salvación, aunque pertenezcan a la Iglesia, hay que invi¬tarlos a la fe con la predicación y el ejemplo, y que esos tratos inhumanos les harán más difícil abrazar la fe cristiana, y, por lo tanto, le encomienda al Cardenal y le man¬da ejecutar sobre aquellos que usan esos malos tratos descritos por Carlos V, y que él repite, cualquiera que sea su dignidad, estado, condición, grado y excelencia, que incurren ea ipso en excomunión reservada al Romano Pontífice.

O sea, no basta con denunciar y castigar con pena humana, sino que el Papa agrega la excomunión.[20]Elocuente documento que, sin embargo, hubo de anular más tarde, el 19 de Junio de 1538, por su bula «Non indecens»;[21]pero no revocaba su condenación a la esclavitud de los indios.[22]


Otro documento muy importante de Paulo III es, en este plano, la bula «Altitudo Divini consilii», de 1 de junio de 1537,[23]en que da principios para la atención pastoral de los indios, como miembros de la Iglesia, pero que por encontrarse como en la in¬fancia de una Iglesia naciente o nuevas plantaciones de la Iglesia, deben ser tratados como párvulos en Cristo, y da una serie de maneras como tratarlos en el bautismo, en el matrimonio y en algunas disciplinas eclesiásticas como la abstinencia, el ayuno, días de descanso y que no rige para ellos la reservación de los pecados.[24]

Al día si¬guiente de ese documento pastoral, el2 de Junio de 1537, Paulo III, publicaba un ex¬traordinario nuevo documento prohibiendo la esclavitud de los indios, que es su bula «Ventas ipsa». Establece, en primer lugar, que la predicación del evangelio es para todos: «... omnes dixit absque omni delectu... », sin excepciones; pues, todos son ca¬paces para recibir la fe. En seguida, se hace cargo de que algunos afirman que los in¬dios, porque no tienen fe, pueden ser tratados -y así los trataban- como brutos animales: «...qui suam cupiditatem adimplere cupientes occidentales et meridionales Indos et alias gentes quae temporibus istis ad notitiam nostram pervenerunt, sub praetextu, quod fidei orthodoxae expertes existant, uti bruta animalia ad nostra ob¬sequia dirigendos esse, passim asserere praesumant et eos in servitutem redigunt tan-tis afflictionibus illos urgentes quantis vix bruta animalia illis servientia urgeant».

El Papa, por su cuidado de todos, aun de los que no están en su rebaño, «quae extra eius ovile sunt», estima a los indios como verdaderos hombres: «Attendentes Indos ipsos, ut pote veros homines...», y quiere proveer con adecuados remedios a esa situación. Los indios y todas las gentes de que más tarde se tengan noticias, aunque vivan fuera de la fe cristiana, tienen derecho a su libertad y a usar los bienes de su propiedad libre y lícitamente, y no pueden ser reducidos a servidumbre, y cuanto se hiciere en contrario carece de todo valor.[25]

Un documento importantísimo proviene del pontificado de San Pío V. Es una «Instrucción al Nuncio Apostólico en España relativo a la evangelización de los in¬dios», y data de 1566. El Nuncio debía hacer conocer que tales instrucciones provenían únicamente del ardiente celo del Papa, en su oficio pastoral, por la salvación de las almas de esos habitantes y, más aún, donde era recientemente planta¬da la fe católica, que no debía dejarse deteriorar o entibiar por defecto de cultivo, si¬no al contrario, procurar conducir a la mayor perfección. La «Instrucción» abunda en estos conceptos. Después entra a expresar la benevolencia del Papa frente a los nombramientos del rey para gobernar el Perú y México, pues por la buena relación que tiene de ellos piensa que pondrán en práctica lo mandado por Carlos V y que, contra la mente de quien mandaba, no habían sido llevados aún a la práctica.

Lo primero es la conversión de los infieles, pues ésta fue la razón por la cual se concedió al rey de España la conquista de esos pueblos. Por esto, hay que atender a proveer de predicadores cristianos a esas tierras y mantenerlos, y no fuera que por fal¬ta de subvención y estipendio vinieran a faltar esas personas eclesiásticas. En seguida, renueva las normas sobre el bautismo y la preparación a él.

Luego, se recomienda la reducción a pueblos de los indios que viven dispersos, «para que se conserve también mejor la justicia», y que los castigos para quienes se ofenden entre ellos, se hagan con mansedumbre. Y si en ese pueblo habitaren cristia¬nos y gentiles, no se permita a éstos tener lugares de idolatría. Y si viven cristianos antiguos y nuevos, los antiguos den buen ejemplo, pues, de otra manera, les causarían daño a los nuevos.

Se pide también que los indios infieles sean enseñados a guardar la ley natural. Por cuanto el Papa sabe, el rey ordena una buena administración de justicia. Na¬die puede servirse de indios esclavos, sino sólo pueden contratarse para trabajos los que espontáneamente quieran hacerlo y hay que pagar a ellos el sueldo convenido. Y que los indios no sean gravados con tributos inmoderados. Se pide que los predicadores del Evangelio sean tratados bien por las autoridades y señores de esas tierras. La justicia debe ser igual, cuando hay que aplicarla, para los indios como para los cristianos antiguos.

Para que se cumpla todo esto, el Papa confía que el rey hará visitar a las autori¬dades y así premie a los que se comportan bien y castigue a quienes hubieren dejado impune la opresión a los pobres. El Papa pide no se usen las armas contra los gentiles y no hacer guerra sin las condiciones necesarias, de manera que sea justa y no se proceda cruelmente en ella. Al Papa le ha agradado la forma como en La Florida se ha hecho la predicación del Evangelio y espera que así se haga en otras partes.

Esta «Instrucción» toca puntos candentes ya en la segunda mitad del siglo XVI y los puntos más relevantes, después de asegurar cómo se anuncie el Evangelio, trata muy claramente cuál ha de ser la actitud de las autoridades españolas respecto de los in¬dios, dejando bien establecida la igualdad entre todos.

El Papa San Pío V no tuvo muchos resultados de lo que encargaba en esa «Instrucción» y, entonces, decidió dirigirse directamente al rey Felipe II y a quienes éste había designado virreyes en Perú y México. Al rey lo exhorta, en gene¬ral, acerca de la propagación del Evangelio, en su bula «Cum oporteat nos», de 17 de Agosto de 1568,[26]y que ya le había hecho llegar antes por medio de un arzobispo.

A Francisco de Toledo, virrey en Perú, le dirige su carta «Magnopere in Domi¬no», de 18 de Agosto de 1568, en que le manifiesta su confianza en que pondrá en práctica las ordenanzas del rey, y que así los que están débiles en la fe puedan ser sostenidos en ella, y que los idólatras puedan recibir la fe cristiana y que sean tratados con prudencia para que así ellos conozcan la misericordia divina y con ese buen ejemplo sean invitados a creer, y que no sean desalentados por quienes han ido allá y tuvieren malas costumbres.[27]Otra carta, «Magnopere gavisi sumus», de la misma fecha 18 de Agosto de 1568, dirige San Pío V a Pedro Menéndez, de Florida. Y lo mismo escribe a Martín Enríquez, con igual fecha, virrey en México.[28]

Con estas cartas, el Papa hacía sentir a los más directamente responsables por su autoridad en aquellas regiones, cómo debía ser, en general, su colaboración a la evangelización y la manera de tratar a los naturales. Y más allá mostraba también el Papa su personal preocupación por la forma como se desarrollaba la evangelización y la vida civil de esos pueblos. Completa San Pío V estas advertencias, con una carta al Consejo de Indias, de la misma fecha 18 de Agosto de 1568, en que les expresa a sus miembros los mismos consejos dichos a los virreyes, y les agrega que para que esos pueblos se puedan alegrar por la fe recibida deben ser tratados con caridad y clemen¬cia, y si aún estuvieran gravados por pesadas obligaciones eso debe levantarse, para que ellos sientan el imperio clemente del rey cristiano. Y concluye haciendo notar la presencia del Nuncio en España para tratar más cosas con ellos.[29]

Cierra el Papa este círculo de cartas, con una dirigida al Inquisidor general y presidente de los Consejos de Castilla y de Estado, Cardenal Diego de Espinosa, con la misma fecha 18 de Agosto de 1568. En ella, después de repetir su oficio pastoral respecto de la evangelización, hace memoria de la tanta piedad y clemencia del rey de España, que espontáneamente ha quitado muchos pesos a esos pueblos de Indias que antes eran vejados y oprimidos.

Y le dice al Cardenal que, después de presentar al rey esos sentimientos, con su destreza lo exhorte a perseverar en ese santo propósito de propagar la religión ortodoxa en dichos pueblos, y que si aún permane-cen esos agravios, sean quitados, para que esos pueblos sean tratados de manera que se gocen en abandonar la idolatría y abrazar la fe cristiana. Eso se alcanzará si los que emigran desde Europa, con su fe católica y buenas costumbres, edifican a los natu¬rales. Y alude, finalmente, al Nuncio Castagna, arzobispo de Rossano, para que lo ayude.[30]

Gregorio XIII, con su bula «Muneris nostri debitu», de 13 de Septiembre de 1574, reitera varias constituciones de Papas anteriores como Julio II, Paulo III, Julio III y Pío IV, en que se prohibía que los «alumina» de infieles fueran llevados a regio¬nes de cristianos, lo que penaban con gravísimas censuras y pérdida de los bienes de ellos y de sus socios o de quienes los auxiliaban en esa acción.[31]Finalmente Gregorio XIII renueva una petición anterior de los Papas en el senti¬do de tener un Nuncio en Indias, y lo hizo con la carta «Considerando Sua Beatitudi¬ne» de 2 de Mayo de 1579 a Felipe II.[32]


Le hace ver al rey su oficio pastoral de vigilar con todas sus fuerzas su rebaño y, por eso, mirando a las Indias donde recién se ha planta¬do la religión católica, que se puede llamar una Iglesia primitiva, siente la ne-cesidad de apoyar, revisar, regar y cultivar esa nueva planta. Y más allá de lo bueno que haga el rey en esas regiones, él tiene que satisfacer su conciencia. Ha pensado que es muy a propósito proponer al rey la intención que tiene de enviar un Nuncio, con las debidas buenas condiciones personales, para ayudar a esos pueblos, y la gente no tenga necesidad de pasar de ese mundo a Europa para encontrar remedio a sus necesidades.

Él, por otra parte, debe vigilar cómo se desarrolla la vida de la Iglesia allá, porque varias medidas ordenadas por sus antecesores Alejandro VI y León X parece que ya no son oportunas, y así un Nuncio en Indias podrá juzgar todo lo que conviene en esas nuevas Iglesias, o que no conviene. El Papa confiaba que el rey accedería a esta petición suya y le solicitaría ejecutarla, la que se haría con gastos de la propia Santa Sede.

El Nuncio en Madrid respondió al Papa el 11 de Mayo de 1579, y le dice que le dejó el memorial al rey, que lo había escuchado con mucha atención y le pidió tiem¬po para responder acerca de este nuevo asunto que se le planteaba. Más tarde, el 12 de Diciembre de ese año, el Nuncio escribía otra vez al Papa y le decía que después de hablar nuevamente con el rey, esperaba muy poco en este asunto, porque el presi¬dente del Consejo de Indias nada respondía sobre esta materia.[33]

Esto tenía una larga historia, porque ya antes, e1 21 de Abril de 1568, el cardenal Michele Bonelli había escrito al Nuncio en Madrid, Castagna, diciéndole que hiciera entender al rey que el Papa estaba informado que en las Indias se tenían muy poco en cuenta a las personas eclesiásticas –y eso naturalmente incidía en la tarea evange¬lizadora- y que tenía el pensamiento de mandar una persona que obtuviese infor¬maciones para poner los remedios necesarios.

El Papa esperaba, sin duda, que el rey consentiría en este proyecto. El Papa pretendía enviar un Nuncio, dependiente en forma inmediata de la Santa Sede y con autoridad de Nuncio, y no lo había hecho hasta entonces, porque antes quería hacerlo saber al rey.[34]Pero entonces nada se ob¬tuvo, y tampoco se alcanzó algo más con las nuevas gestiones. Pero se hacía manifies¬ta esa voluntad del Papa, que se renovaría muchas otras veces más adelante.


3. Los esfuerzos de los Obispos y del clero misionero

a.- Los obispos

Desde el principio, los obispos, junto con acometer la evangelización, entran en la defensa de los indios. En efecto, en los primeros tiempos de conquista y en el si¬guiente período de estabilización, se dieron muchos abusos contra los indígenas, co¬mo se refleja dicha realidad en los documentos de los Papas de aquel primer siglo y de los obispos en todo este período.

Los obispos estaban convencidos de la igualdad de todos los hombres y, por eso, tenían el ministerio de evangelizar a todos, y en Indias una principal preocupación de llevar la fe a sus habitantes naturales. Como, de hecho, lo realizaban. Desde la base de la igualdad, los obispos trataron de que todos respetaran los derechos de los in¬dios. Esto no sucedía siempre; al contrario, se daban muchos abusos contra los in¬dios. Y, por esto, los obispos, junto con representarlo a quienes eran autores de tales abusos, apelaban al rey para que él diera las oportunas instrucciones y ordenanzas y esos derechos conculcados fueran respetados.

Son innumerables, desde el inicio de la evangelización, las cartas de los obispos al rey en que presentan la descripción de esos males y los remedios que esperaban del monarca. Esta es una abundante documentación y que ha sido publicada una parte importante de ella, pero dista muchísimo de ser completa en todas la naciones de América.[35]

Suele contarse como el mejor ejemplo a Bartolomé de las Casas, obispo de Chia¬pas, pero no son menores las acciones de numerosos obispos de Indias y a través de todo el período hispano. De Chile se puede citar especialmente a los obispos Antonio de San Miguel (1568-1587), Diego de Medellín (1574-1595), Juan Pérez de Es¬pinoza (1601-1618), Jerónimo de Oré (1622-1630), Francisco González de Salcedo (1625-1634), y más adelante el obispo de Santiago Diego de Humanzoro (1662-1676) quien dio una batalla tenaz por la defensa de los indios, pidiendo a la reina regente hasta que lo desligara de su cargo episcopal por temor a perder su al-ma, ya que nada podía rectificar en la conducta abusiva contra los indios

Esta acti¬tud de los obispos se mantiene a lo largo de ese período, aunque se fue mitigando más hacia fines del siglo XVIII, porque había una notable mejoría. Pero, en el siglo XVIII también resalta la valiente acción del obispo de Concepción -primero auxi¬liar y después diocesano - Pedro Felipe de Azúa, que se expresó mejor en su Sínodo y en la defensa que hubo de hacer del mismo Sínodo.[36]

En otra parte, en Quito, se tiene a uno de sus obispos, Alonso de la Peña y Mon¬tenegro, que escribió su célebre «Itinerario para párrocos (de indios)», y que tuvo varias ediciones en la segunda mitad del siglo XVII. El obispo describe la situación penosa de los indios con el propósito de superar esas tristes condiciones.[37]

Los ejemplos se pueden multiplicar en todas las latitudes de esta América, pero, baste, por ahora, con estos pocos ejemplos. Se volverá acerca de los obispos cuando se trate de los Concilios y de los Sínodos y también habrá que admitir que se hayan dado excepciones, por negligencia u omisión de algunos pastores; pero éstas son, ciertamente, algo excepcional y lo común fue lo otro, la decidida y constante defensa de los indios.

Por otra parte, en diversas secciones de Indias, los obispos estaban li¬gados a las prescripciones de los Concilios Provinciales que se habían celebrado tanto en México, como en Lima, y en ellos daban una orientación y normas bien claras acerca de la defensa de los indios.


b- El clero misionero

En el clero se tenía la misma actitud que los obispos respecto de los indios. Y en muchas partes, esta acción de sacerdotes y religiosos antecedió a la de los obispos, ya que ellos llegaron cuando aún no había erección de diócesis, y después, debido a las largas vacancias que fueron comunes en toda América, el clero y los religiosos queda¬ban responsables de esas Iglesias en la pastoral ordinaria.

Montesinos desató una reacción de muy vastas consecuencias para considerar seriamente el problema originado por el mal trato de los indígenas. Pero, otros ejemplos menos conocidos no fueron menos valientes, y siempre fueron constantes. Los franciscanos en México marcan un hito muy importante en la evangelización y defensa de los indios, como también en la catequesis adaptada a la misma lengua de ellos.

Pero hay muchísimos más ejemplos y que, poco a poco, van siendo más conoci¬dos. Una de las grandes buenas consecuencias que tuvo celebrar los 500 años de la evangelización fue difundir, después de estudios meritorios, la acción de tantos religiosos y sacerdotes que trabajaron en este sentido. Fray Pedro de Córdova, O.P., escribió la «Doctrina cristiana para instrucción de los indios», que se imprimió en México en 1544 y luego en 1548

En esta obra desta¬ca la visión cristiana de la persona de los indios, que coincide plenamente con lo que los Papas entonces exponían también desde Roma, y enseña la unidad del origen y la esencial igualdad de todos los hombres: «Debéis saber, mis muy amados, que todos los hombres y mujeres del mundo salen de estos dos que ahora oís: Adán y Eva. Así vosotros como nosotros y todos los demás hombres y mujeres, porque sólo estos dos son nuestros primeros padres».[38]

Otro caso es Fray Alonso de Molina, con su confesionario de 1565,[39]y Fray Juan Bautista, con otro confesionario editado en 1599, siguiendo en las enseñanzas a Fray Juan Focher, muestra cómo cumplir los mandamientos. Así, estos autores trataban de regular las formas de convivencia social y que las relaciones económicas fueran justas y no perjudicaran a nadie.[40]

Notas

  1. America Pontificia, primi saeculi evangelizationis 1493-1592. collegit, edidit JOSEF METZLER. Libre¬ria Editrice Vaticana. Cittá del Vaticano, 1991. Será citada en adelante AM.
  2. Como en la Bula «Dudum siquidern», de 26 de Septiembre de 1493.
  3. Bula «Romanus Pontifex», de Julio II, 8 de Agosto de 1511. Cuando constituye las tres primeras diócesis -después de haber dejado sin efecto la creación de tres anteriores- Santo Domingo, Concepción de la Vega, y San Juan de Puerto Rico. AM t. I, 114. (Hemos acomodado la ortografía al uso actual).
  4. Bula «Sacri Apostolatus ministerio», de 24 de Enero de 1519, por la que erige la diócesis de la Beata María de los Remedios, en Yucatán. AM t. I, 142.
  5. Después de ordenar que se predique el Evangelio: « ... ac earum incolas Infideles ad praefatae Or¬thodoxae Fidei cultum convertat, et conversos in eadem Fide instruat et doceat atque confirmet, eisque Baptismi gratiam impendat, et tam illis sic conversis, quam aliis omnibus Fidelibus in Civitate et Dioecesi praedictis pro tempore degentibus, etc.» (o.c. 143).
  6. Al crear la diócesis de Santiago en Yucatán, Bula «Super specula», de 5 de Diciembre de 1520. AM t. 1, 145. En uno de sus párrafos dice, sin hacer distinciones con los europeos: « ... gentesque illarum partium christianae veritatis ignaros ad christifidem converti, etc.» (le.)
  7. También Adrián VI, el 28 de Abril de 1522, al trasladar la iglesia catedral de Asunción a Santiago de Cuba, dice en la bula «Regiminis Ecclesiae» lo mismo que decía Julio II, en «Sacri Apostolatus ministerio» el 24 de Enero de 1519, en cuanto a! proceso de conversión de los habitantes infieles «convirtiese a los habitantes infieles della, al cathólico culto de la Fe, e convertidos los ynstruyese en ella eficiese las demás cosas que los otros catholicos prelados están obligados o deben facer de derecho e costumbre en las otras yglesias que gobiernan ... » (o.c. t. 1, 165).
  8. AM t. 1, 199.
  9. AM t. 1, 235.
  10. AM t. 1, 250.
  11. AM t. 1, 262.
  12. AM t. 1, 272-273.
  13. AM t. 1,281-282.
  14. AM t. 1, 295-296.
  15. AM t. 1, 307.
  16. AM t. 1, 325-326.
  17. AM t. 1, 346-347.
  18. AM t. 1, 391.
  19. AM t. 1, 431.
  20. AM t. I, 360.
  21. AM t. I, 374-375
  22. AM t. l, 374.
  23. AM t. I, 362 y 364.
  24. Más tarde Pío N, con la bula «Etsi Sedes Apostolica», de 12 de Agosto de 1562, permitía el ma¬trimonio de los indios en los tiempos prohibidos por la Liturgia, AM t. 1., 706; y con la bula «Romanus Pontifex», de la misma fecha, mitigaba las leyes de la Iglesia universal en favor de los indios, AM t. I, 707-711.
  25. « ... ac volentes super his congruis remediís providere, praedictos Indos et omnes alias gentes ad notitiam christianorurn in posterurn deventuras, licet extra fidem christianam existant, sua libertate ac re¬rurn suarurn dominio huiusmodi uti et potiri et gaudere libere et licite posse, nec in servítutem redigi de¬bere, ac quidquid secus fieri contigerit írríturn et inane, ipsosque Indos et alias gentes verbi Dei praedicatione et exemplo bonae vitae ad dictam fidem Christi invitandos fore, auctoritate Apostolica per praesen¬tes litteras decernimus et declaramus ... », AM t. I, 365-366.
  26. AM t. II, 805.
  27. AM t. II, 806-807.
  28. AM t. II, 807.
  29. AM t. II, 808-809.
  30. AM t. II, 809-810.
  31. AM t. II, 987-988.
  32. AM t. II, 1143-1145.
  33. AM t. II, 1145.
  34. AM t. II, 1145-1146.
  35. Un ejemplo de esto es LIZANA, PBRO. ELÍAS. Cartas de los obispos al rey, 1564-1814, en Colección de documentos históricos del Archivo del Arzobispado de Santiago, vol. I. Santiago de Chile, 1919. Muy meritoria es esta colección, pero también incompleta, en cuanto corresponde especialmente a la diócesis La Imperial-Concepción.
  36. Cfr. OVIEDO CAVADA, CARLOS, «La defensa del indio en el Sínodo del obispo Azúa de 1744», en «Historia» N. 17 (1982), 281-354.
  37. «Estos son -escribía- para quienes les falta la caridad, y les sobra la paciencia; son gentes vivas y muertas, y en vida y muerte desiertas; estos son los siempre tristes y abatidos, y miserabilísimos, para quienes todo son afrentas, ultrajes, persecuciones, trabajos e infinitas miserias». Vid. De La Torre Villar, Ernesto. «Vida cristiana y convivencia social en la América española», en «Evangelización y Teología en América, (siglo XVI)", t. II, 921.
  38. OTERO TOMÉ, MARÍA MERCEDES, y FERRER RODRÍGUEZ, MARÍA PILAR, «La dignidad del hombre en la Doctrina de Fray Pedro de Córdova», en «Evangelización y Teología en América (siglo XVI»,. t. II, 973-980.
  39. o.c. 917.
  40. Ibíd

Bibliografía