Diferencia entre revisiones de «ESPAÑA; la sociedad española en la época de los descubrimientos»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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El papel de la corona fue fundamental en los tres siglos siguientes, tanto en el ámbito de los descubrimientos y de la colonización, como en el de la evangelización. Ya desde el alba de la presencia española en el Nuevo Mundo, los Reyes Católicos emanaron una serie de disposiciones o cédulas legales y administrativas con el fin de regular un gobierno recto en aquellas tierras, y afrontar las problemáticas humanas, políticas y evangelizadoras que aquellas situaciones inéditas planteaban. En tal sentido el testamento del 12 de octubre de 1504 y el codicillo de Isabel la Católica añadido el 23 de noviembre de 1504, tres días antes de morir, dan las directivas del proyecto político (relación entre españoles e indios, y derechos de éstos) y de la evangelización e implantación de la Iglesia en América. Aquel texto fue codificado y se convirtió pronto en un texto legal, caso único en la historia constitucional de un país, entrando así a formar parte de la legislación de España sobre las Indias hasta las independencias de sus países.
 
El papel de la corona fue fundamental en los tres siglos siguientes, tanto en el ámbito de los descubrimientos y de la colonización, como en el de la evangelización. Ya desde el alba de la presencia española en el Nuevo Mundo, los Reyes Católicos emanaron una serie de disposiciones o cédulas legales y administrativas con el fin de regular un gobierno recto en aquellas tierras, y afrontar las problemáticas humanas, políticas y evangelizadoras que aquellas situaciones inéditas planteaban. En tal sentido el testamento del 12 de octubre de 1504 y el codicillo de Isabel la Católica añadido el 23 de noviembre de 1504, tres días antes de morir, dan las directivas del proyecto político (relación entre españoles e indios, y derechos de éstos) y de la evangelización e implantación de la Iglesia en América. Aquel texto fue codificado y se convirtió pronto en un texto legal, caso único en la historia constitucional de un país, entrando así a formar parte de la legislación de España sobre las Indias hasta las independencias de sus países.
  
==2. La población española en el momento del descubrimiento de América==  
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Se calcula que en el momento del descubrimiento de América, España tenía unos ocho millones de habitantes. De ellos, antes de 1492, medio millón eran judíos (la expulsión en masa de los mismos acontece en 1492) y un millón de mudéjares  a los que luego habría que añadir los “moriscos”.  
 
Se calcula que en el momento del descubrimiento de América, España tenía unos ocho millones de habitantes. De ellos, antes de 1492, medio millón eran judíos (la expulsión en masa de los mismos acontece en 1492) y un millón de mudéjares  a los que luego habría que añadir los “moriscos”.  
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En el territorio patrio no todo es fácil. El feudalismo antiguo persiste y la nobleza se encuentra inquieta con rebeldías endémicas que producen conflictos civiles y guerras episódicas de carácter dinástico dentro de las mismas familias reinantes, que después de todo se encuentran muy emparentadas entre sí. También en esta época de mediados del siglo XV, siguiendo el ejemplo del hermano Reino portugués, los castellano-leoneses salen al Atlántico e incorporan las Islas Canarias a sus dominios. Nos encontramos en tiempos de Juan II de Castilla y León, el padre de Isabel la Católica. Tras el reinado endeble y discutido de su hijo Enrique IV de Trastamara, llega el reinado de su hermana Isabel I la Católica, que se casará con su primo el príncipe Fernando de Aragón, que pronto se convierte en rey de aquel Reino. Con este matrimonio real, cambia radicalmente la historia española; se concluye la reconquista en Granada (1492) ; se unifican en las personas de los dos reyes los reinos hispanos, bajo el famoso lema del “Tanto monta monta tanto Isabel como Fernando” y la simbología heráldica que los dos esposos reales adoptan.  
 
En el territorio patrio no todo es fácil. El feudalismo antiguo persiste y la nobleza se encuentra inquieta con rebeldías endémicas que producen conflictos civiles y guerras episódicas de carácter dinástico dentro de las mismas familias reinantes, que después de todo se encuentran muy emparentadas entre sí. También en esta época de mediados del siglo XV, siguiendo el ejemplo del hermano Reino portugués, los castellano-leoneses salen al Atlántico e incorporan las Islas Canarias a sus dominios. Nos encontramos en tiempos de Juan II de Castilla y León, el padre de Isabel la Católica. Tras el reinado endeble y discutido de su hijo Enrique IV de Trastamara, llega el reinado de su hermana Isabel I la Católica, que se casará con su primo el príncipe Fernando de Aragón, que pronto se convierte en rey de aquel Reino. Con este matrimonio real, cambia radicalmente la historia española; se concluye la reconquista en Granada (1492) ; se unifican en las personas de los dos reyes los reinos hispanos, bajo el famoso lema del “Tanto monta monta tanto Isabel como Fernando” y la simbología heráldica que los dos esposos reales adoptan.  
  
Suceden también momentos muy discutidos por la historiografía antigua y reciente como la expulsión de los judíos (1492), malqueridos por sectores de la gente vulgar y de la nobleza a causa, sobre todo, de su papel en la recolección de los impuestos de la misma Corona y una antigua y jamás escondida animosidad, alimentada por antiguos prejuicios y leyendas populares, y por la persistente acusación de “deicidio” que las acompañaban por ser considerados presuntamente en parte, como una especie de “quinta columna” en la antigua época de las invasiones islámicas, y en la época de su expulsión, de los mismos turcos. Es en este momento histórico, y en el mismo año de toda esta serie de acontecimientos notables en la historia hispana, que acontece la aventura atlántica de Cristóbal Colón y el descubrimiento del Nuevo Mundo. Todo ello abrirá una nueva página en la historia hispana y también mundial. La noche quedaba atrás" .  
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Suceden también momentos muy discutidos por la historiografía antigua y reciente como la expulsión de los judíos (1492), malqueridos por sectores de la gente vulgar y de la nobleza a causa, sobre todo, de su papel en la recolección de los impuestos de la misma Corona y una antigua y jamás escondida animosidad, alimentada por antiguos prejuicios y leyendas populares, y por la persistente acusación de “deicidio” que las acompañaban por ser considerados presuntamente en parte, como una especie de “quinta columna” en la antigua época de las invasiones islámicas, y en la época de su expulsión, de los mismos turcos. Es en este momento histórico, y en el mismo año de toda esta serie de acontecimientos notables en la historia hispana, que acontece la aventura atlántica de Cristóbal Colón y el descubrimiento del Nuevo Mundo. Todo ello abrirá una nueva página en la historia hispana y también mundial. La noche quedaba atrás" .
  
 
==4. La mentalidad común de la época ante la infidelidad y la herejía==  
 
==4. La mentalidad común de la época ante la infidelidad y la herejía==  

Revisión del 15:41 28 mar 2014

ESPAÑA; la sociedad española en la época de los descubrimientos

1. La España de los Reyes Católicos

Durante la llamada Edad Media, la Iglesia había sido el punto de referencia en la creación en la Península Ibérica de una historia común. Algo semejante había sucedido también en la Europa medieval, pero en el siglo XVI aquella historia común europea se interrumpe con las divisiones religiosas y culturales. El momento en el que sucede el encuentro entre España y América coincidió con el paso de una época a la otra.

La unidad dinástica de los reinos hispanos sucede en 1479 con la fusión personal de Castilla-León y Aragón-Cataluña, por el matrimonio de los dos monarcas de ambos reinos: Isabel I (la Católica) de Castilla-León y Fernando V (el Católico) de Aragón. Doce años después (el 6 de enero de.1492),con la reconquista del reino moro de Granada, se cierra el ciclo de la reconquista y la unidad practica de los reinos españoles, bajo el lema que adoptan de igualdad de poderes y unidad de decisiones de las dos Coronas en una, con el lema “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”, y la simbología heráldica para expresar aquella unión (el Yugo, letra inicial de Isabel, entrelazado con la Flechas, letra inicial de Fernando). Este hecho tendrá repercusiones incalculables en el futuro de la misma España como en el Nuevo Mundo, que pronto iba a entrar en la escena mundial de la mano española.

Una frase: "en cabeza del rey", iba a expresar lapidariamente el papel de la monarquía en aquella empresa: frase que ya se encuentra en autores de la primera hora, y que viene a significar el papel o responsabilidad del Rey o de la Corona en todos los asuntos del gobierno, tanto civil como eclesiástico, del Nuevo Mundo: administración de la justicia, patronato, legislación, defensa de los derechos del indio, etc., como Fray Domingo de Betanzos, Francisco López de Gómara, en su Historia General de las Indias, o más tarde Felipe Guamán Poma de Ayala (comienzos del s. XVII) y muchos otros recuerdan en sus historia y crónicas.

La España de los reyes Católicos era una España claramente identificada con la historia que le había dado origen. Su monarquía conservaba todavía esta conciencia. Tal es la clave para comprender muchas iniciativas políticas y religiosas de los Reyes Católicos, Isabel I la Católica de Castilla y Fernando V el Católico de Aragón, y de sus descendientes, principalmente Carlos I (V como emperador del Sacro Romano Imperio Germánico) y Felipe II, y de sus descendientes los demás reyes de la Casa de Austria española (o Augsburgo). Durante el reinado de los reyes Católicos acontecen en la historia nacional española algunos grandes hechos: la unión dinástica de los dos grandes reinos ibéricos de Castilla-León y de Aragón-Cataluña con el consiguiente reforzamiento de la monarquía y la regularización del sistema administrativo de la Corona; la reforma de la vida eclesial en sus diversos niveles; la conclusión de la lucha secular de la reconquista del dominio musulmán del suelo patrio, que antiguamente había formado el reino hispano-visigodo; el comienzo de la expansión transoceánica que dio como resultado la llegada a las tierras del Nuevo Mundo, que para el historiador, capellán de Cortés, Francisco López de Gómara, había sido “el más grande acontecimiento después de la creación del mundo si se exceptúa la encarnación y la muerte de Aquel que lo había creado”.

Esta empresa política, pero también evangelizadora, fue posible gracias a la existencia de un sujeto tanto político como católico en la comunidad hispana, impregnada en este último caso de una conciencia de la fe católica, sea a nivel popular como en la Corona. Los Reyes Católicos tenían una clara conciencia de su autonomía política en la esfera secular. La tenían también como cristianos. También como príncipes católicos no estaban exentos de una mentalidad jurídica muy extendida en las relaciones entre los Estados cristianos nacientes y la Iglesia de querer controlar la vida eclesial en sus Estados, pretensión común en los gobernantes (o príncipes) cristianos de esta edad moderna. Tal pretensión, que databa ya de siglos anteriores, llevaría en muchos casos a caer en la tentación, nunca escondida, de crear de hecho Iglesias nacionales, bajo el control del Estado. En el siglo XV, a pesar de la crisis conciliarista, tenían una sana conciencia del papel del Papa como cabeza de la Iglesia y reconocían su misión y supremacía en el campo eclesial y espiritual, “no reconociendo superior temporal sino a Dios Omnipotente, y dando la obediencia espiritual debida al Sumo Pontífice y a la Iglesia apostólica de Roma”, como escribía entonces Fernández de Oviedo, uno de los primeros testigos e historiadores de la conquista en el Nuevo Mundo.

El papel de la corona fue fundamental en los tres siglos siguientes, tanto en el ámbito de los descubrimientos y de la colonización, como en el de la evangelización. Ya desde el alba de la presencia española en el Nuevo Mundo, los Reyes Católicos emanaron una serie de disposiciones o cédulas legales y administrativas con el fin de regular un gobierno recto en aquellas tierras, y afrontar las problemáticas humanas, políticas y evangelizadoras que aquellas situaciones inéditas planteaban. En tal sentido el testamento del 12 de octubre de 1504 y el codicillo de Isabel la Católica añadido el 23 de noviembre de 1504, tres días antes de morir, dan las directivas del proyecto político (relación entre españoles e indios, y derechos de éstos) y de la evangelización e implantación de la Iglesia en América. Aquel texto fue codificado y se convirtió pronto en un texto legal, caso único en la historia constitucional de un país, entrando así a formar parte de la legislación de España sobre las Indias hasta las independencias de sus países.

2.La población española en el momento del descubrimiento de América

Se calcula que en el momento del descubrimiento de América, España tenía unos ocho millones de habitantes. De ellos, antes de 1492, medio millón eran judíos (la expulsión en masa de los mismos acontece en 1492) y un millón de mudéjares a los que luego habría que añadir los “moriscos”.

¿Cómo se distribuía socialmente esta población? Un 80 % era rural. Se daba una endeblez numérica de clases. Lo que hoy se suele llamar "clase media" (pero que en este caso sería un anacronismo), puede ser distribuida de la siguiente manera: un 3%, que no eran clé¬rigos, ni militares, ni campesinos, ni patricios urbanos; eran gente común. Había unos 75.000 clérigos o eclesiásticos , el 1% de la población, de los que unos 2000 o 3000 pertenecían al llamado "clero alto". Los nobles o hidalgos de variada posición y entidad eran unos 115.000, el 2% de ese número total. En cuanto a la propiedad las tierras, éstas pertenecían al 2% o 3% de la población que poseían el 97% de las mismas. Esta alta aristocracia, personal o jurídica, era dueña de la mitad de España.

¿Y cómo se componía ésta aristocracia? Se contaban unas 50 familias unidas por vínculos de sangre y que constituían de hecho una fuerza social, política y económica paralela a la del rey, como lo demuestran las convocatorias de frecuentes “Cortes” para tratar los asuntos importantes del Reino, proclamar o reconocer al rey, que debía jurar sus fueros , proclamar ante ellas por parte del rey leyes, cédulas reales o disposiciones en los campos civil o eclesiástico y determinar la política a seguir en el Reino. Las Cortes eran en la antigua historia española medieval y en los comienzos de la moderna una asamblea general del Reino que convocaba el rey en los antiguos reinos de España para tratar asuntos de estado, generalmente, la elaboración de leyes y la concesión de impuestos: a las Cortes acudían los representantes del clero, de la nobleza y de las poblaciones importantes, ayuntamientos de ciudades y de villas. En las “Cortes” se encontraban representadas las diversas entidades o corporaciones que componían el Reino.

En todo este tren de vida política, algunos nobles (en realidad pocos), descendientes en buena parte de antiguas familias de caballeros, protagonistas en la reconquista, o de otros nuevos allegados por méritos o por influencias, ocupaban puestos en la Corte real, la que en esa época solía ser “ambulante” a lo largo de ciudades y villas del Reino. Estos nobles, que con frecuencia poseen sus castillos y palacios, comienzan a llevar un tren de vida a veces fastuoso. Estaba luego una pequeña nobleza de mayor peso social y económico, y otra mediana formada por militares, hijosdalgo, y caballeros, que constituyen dos poderosos es¬tratos sociales. El estamento militar asiste por derecho propio a las Cor¬tes. Vive en posesiones rurales e influye en el gobierno a través de la parentela y vínculos de nobleza. De esta pequeña noble¬za se recluta lo mejor de los capi¬tanes, diplomáticos y funcionarios. De la pequeña nobleza salieron muchos obispos ("llanos", no pertenecientes a la aristocracia o alta nobleza).

Se debe también hablar de una incipiente nobleza urbana: terratenientes, ricos por herencia, no comerciantes, y que es más culta que la nobleza militar. Sus hijos llenaban las universidades. También de aquí salen canónigos, obispos, abades. Fueron excelentes secretarios y administradores. Los pobladores de las pueblas (poblaciones fundadas con privilegio real y cuyos vecinos formaban “ayuntamientos” y concejos) y las villas (con sus pobladores llamados "villanos") tienen acceso o movilidad de ascenso a ese tipo de nobleza y constituyen una parte importante y fundamental en la estructura del Reino. La tendrán en el poblamiento español del Nuevo Mundo con sus fundaciones, al estilo castellano o de la madre patria.

En la estructura y en la vida social y política del Reino se encuentra el clero. Constituye un grupo social peculiar dentro de la sociedad. Dentro de él hay de hecho un clero socialmente alto y otro clero bajo, no por procedencia social, sino por los puestos que ocupan en la estructura eclesiástica. El clero tiene un fuerte espíritu corporativo (como en los otros países de la cristiandad medieval hasta la edad contemporánea) para defender sus inmunidades. Su fuerza económica la constituyen los diezmos (en especie, que se subastaban). La mentalidad de cada estrato era fuerte y reflejaba con frecuencia también su procedencia social. El papel del alto clero era notable. Constituían la columna vertebral de muchos sectores de la administración pública, cancilleres, presidentes y miembros del Supremo Consejo de Indias, cuando éste fue creado, y de muchos tribunales. Personajes fundamentales en la España de los tiempos del descubrimiento de América, como el arzobispo Talavera, Deza, los cardenales Cisneros y Mendoza, por citar nombres universalmente más conocidos, lo demuestran. En conjunto forman un grupo notable por "letras y virtud". Muchos de ellos actuaron en la vida política e incluso en la militar; son parte de la última hornada de prelados-capitanes, como lo fue incluso el cardenal franciscano reformador Francisco Ximénez de Cisneros (que tiene su proceso de canonización introducido).

Dentro del clero se encuentra una especie de alto clero menor, generalmente hacen parte de ella los prebendados (que eran dignidades, canónigos o racioneros de alguna iglesia catedral o colegiata). Normalmente son de elevada categoría intelectual. Existen 47 capítulos ca¬tedrales de gran poderío económico y con un nivel moral bastante bueno en general. Sin embargo entre el bajo clero, incluso entre el religioso, se da a veces inmoralidad, ignorancia y pobreza. Este fenómeno de decadencia en una parte del clero regular y secular era un fenómeno de la cristiandad europea de la época, con numerosos intentos de reforma por parte de papas y concilios a lo largo del siglo XV y comienzos del XVI. Basta recordar cómo el tema de la reforma del clero aflora y es tratado específicamente desde el Concilio de Constanza (1414-1418), Ferrara-Florencia (1438-1445), Lateranense V (1512-1517). En este cuadro el caso español corresponde al del resto de Europa. Sin embargo no se puede generalizar. Los concilios provinciales vigilaban y urgían por una reforma de las costumbres entre el clero. El siglo XVI será un siglo de notables "reformas" en este sentido, que verá el florecimiento de muchas Órdenes religiosas reformadas, de varios concilios provinciales y culminará con las reformas del Concilio de Trento (1545-1563).

Había en la España a la que nos referimos lo que se podría llamar "grupos medios", aunque el término no corresponda a la moderna acepción de “clase social”. Eran gentes de ejercitaban oficios y menesteres necesarios en toda sociedad, especialmente en villas y ciudades como mercaderes y comerciantes, no¬tarios, abogados, barberos (que ejercitaban a veces también una medicina rudimentaria, pero importante), médicos y curanderos y pequeños administradores. Demográficamente eran débiles. De ellos salía 1/3 o 1/4 de los regidores. Solían componer (en reinos como en Aragón) los cabildos de las ciu¬dades. Son la raíz de la futura burguesía industrial y mercantil.

Los artesanos constituían una especie de clase o grupo modesto urbano, que vivían asociados en gremios. La artesanía era más bien patriarcal y familiar, y menos técnica de taller, como en Italia o en Flandes. Proporcionaban un tercio o un cuarto de los regidores . Constituían la masa popular en los festejos. Este grupo social tiende a superarse y a presentarse bien. Su vida era suficientemente holgada. La población de todas estas clases sociales componía el 20% de los habitantes de España. Luego estaban los campesinos, que son un 80%, en desigualdad de condiciones, según las regiones. Había campesinos "de señorío", a veces en penosas condiciones, y campesinos de realengo , a veces muy dignos. Pero toda la población vivía a veces sometida a calamidades y grandes crisis, comunes a todo el resto de Europa, como pestes y enfermedades endémicas y crónicas, sequías o superabundancia de lluvias, inviernos crudos, o veranos tórridos; todo ello provocaba muertes frecuentes y prematuras, y hambrunas frecuentes, sobre todo en las tierras más áridas o secas como las castellanas. Sin embargo estas penosas situaciones, con frecuencia endémicas, no provocaron sublevaciones populares, como sucedió en otros lugares de Europa; basta pensar a las sublevaciones de los campesinos y de los caballeros en la Alemania de los tiempos de Lutero o en otras semejantes en la Italia e incluso en la Roma de los siglos XIV y XV.

Y ¿cuál era el valor monetario corriente en esta época? En el caso español el más común era el "ducado", que correspondía a 375 maravedís, una equivalencia a unos ocho jornales de obrero especializado o veinte jornales de un peón. El marqués de Villena, por ejemplo, tenía 100.000 ducados de renta al año. La Iglesia (sus instituciones y su personal ministerial) tenía seis millones de ducados de renta: dos millones el clero re¬gular y cuatro, el clero secular.

3. La España católica y la Reconquista

1. Carácter y temperamento del catolicismo español de la época: ¿Cómo se explica la vehemencia y también la fuerza del catolicismo español? Hay muchas teorías y opiniones al respecto. No hay que olvidar la característica historia cristiana española a partir del siglo VIII, cuando los musulmanes del Norte de África invaden el Reino español de los visigodos y lo desbaratan en la batalla de Guadalete (Andalucía) donde perece el último rey visigodo Don Rodrigo, que pasará a la leyenda épica española en multitud de romances (711). Casi todo el Reino visigodo español cae bajo dominio musulmán, si se exceptúan las regiones montañosas del Norte, astures, cántabros, vascos, y zonas de la Navarra y de la Cataluña pirenaica. En el año 721 encontramos los hechos conocidos como “batalla de Covadonga” en las montañas de Asturias, donde un príncipe visigodo, Don Pelayo (+737), levanta el estandarte de la Cruz contra el invasor musulmán y da comienzo a la Reconquista, que se concluirá en 1492, en Granada.

Fue el comienzo del minúsculo Reino de Asturias, que lentamente alargará sus fronteras reconquistando los territorios de León y luego las mesetas castellanas. Dará lugar así al nacimiento, como prolongación del reino asturiano del de León (s. IX), y más tarde al de Castilla (s. X) (Castilla y León unidas de nuevo a partir del 1230), del que nacerá con el tiempo el condado de Portugal (condado dependiente de Castilla a partir del 1094 y luego reino, totalmente autónomo). En el caso Asturiano ya a finales del siglo VIII se funda la ciudad de Oviedo (760), alrededor del monasterio benedictino de San Pelayo, donde el rey Fruela I (757-768) establecerá su Corte y que alcanzará un notable esplendor artístico en tiempos de su hijo y sucesor Alfonso II el Casto (rey 792-842), contemporáneo de Carlo Magno, con el que mantendrá relaciones culturales y políticas. Nace así aquel arte que todavía hoy se contempla en la región asturiana, el llamado “pre-románico”, la preciosa Cámara Santa de la Catedral de Oviedo, como relicario de valiosas reliquias traídas del resto de la España invadida por los musulmanes, entre ellas la Cruz de la Victoria (símbolo de la reconquista, levantada por su primer caudillo don Pelayo), la de los Ángeles símbolo heráldico de Oviedo, de tiempos del rey Alfonso II, el Santo Sudario y otras muchas de indiscutible valor histórico y religioso.

En este tiempo de Alfonso II el Casto, comienza la histórica peregrinación hacia Compostela, lugar donde se señalaba la traslación de las reliquias del Apóstol Santiago y que dará lugar a uno de los tres grandes centros de peregrinación medieval: Santiago, Roma y Jerusalén. Algo semejante comienza a suceder en las estribaciones de los Pirineos aragoneses (como en los alrededores del monasterio de San Juan de la Peña) y catalanes. Son las raíces tempranas de varios condados y marcas del reino de Aragón, con una historia unida a los nacientes reinos de Navarra y de Castilla y de los condados catalanes, cuya historia autónoma comienza a caminar a partir del s. IX, y que pasados varios siglos se unirán a la Corona aragonesa (Alfonso II de Barcelona, conde de la misma y rey de Aragón, une al reino aragonés el condado hereditario de Barcelona en 1162).

Sin embargo la reconquista fue dura y larga. De hecho, hacia el año 750, gran parte de la península se encontraba bajo el califato de los Omeyas, en Córdoba, fundado por Abd-er-Rhaman I (756-788), que llega a su máximo esplendor en tiempos del califa Abd-er-Rhaman III (912-961). Y sus caudillos atormentaban con continuas incursiones los territorios cristianos. Así todavía en el año 1000, el caudillo musulmán Almanzor logró llegar hasta la misma Compostela en el oeste y a Barcelona en el este, convirtiendo en tierra quemada cuanto encontraba a su paso . Por ello también los reinos cristianos en su avanzada hacia el sur, de grandes ríos en grandes ríos, desde el Duero hasta el Tajo, van creando espacios desiertos de frontera para estorbar las frecuentes incursiones de los reinos musulmanes. Son la “Extrema-dura”, o las vacías y desérticas tierras fronterizas; se van levantando castillos y fortalezas a lo largo de la geografía hispana que darán también lugar incluso al nombre del futuro condado y reino de Castilla. En esta misma época se asiste al nacimiento del califato de Córdoba, que en mundo islámico de la época es de la misma grandeza esplendorosa de los de Damasco y Bagdad, y a su historia cultural incomparable, que ha dejado una herencia imborrable en la cultura mundial e hispana. Entre el 1009 y el 1031, el califato de Córdoba se va dividiendo en pequeños estados independientes (reinos de taifas), entre los que hay que recordar: Toledo y Badajoz (1009); Murcia (1010); Zaragoza (1012); Almería y Granada (1013); Denia (1014), Málaga (1016); Valencia (1021); Sevilla (1023); Mallorca (1015); Córdoba (1031), etc.. luego: Orihuela, Huesca, Jaén, Carmona, Niebla, Algeciras. Incluso Córdoba se erige en una especie de republica aristocrática entre 1031 y 1070; es ocupada por el rey musulmán de Sevilla en 1070; conquistada por los musulmanes Almorávides de África en 1086 y luego en 1148. En 1091 los musulmanes Almohades de Mauritania invaden los reinos musulmanes de la Península ibérica (1091-1229), que serán derrotados por los reinos cristianos unidos en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), comenzando así la fase final de la reconquista cristiana. El rey castellano Fernando III el Santo, conquistará Córdoba el 29 de junio de 1236 y Sevilla en 1248. Ya en 1085, el rey cristiano Alfonso VI de Castilla había conquistado Toledo y la había convertido en su corte; los aragoneses habían reconquistado Zaragoza en 1146. Jaime I de Aragón reconquista Valencia el 29 de septiembre de 1238. El último reino musulmán de la Península ibérica, Granada, será reconquistado por los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, el 5 de enero de 1492 .

2. La Reconquista: Entre el 830 y 1030, se vive un período de dos siglos de exaltación cristiana en la Reconquista; florece la cristiandad mozárabe y nacen o avanzan los reinos cristianos: León, Castilla y Navarra, nace el de Aragón y los condados catalanes, entre los que emerge el de Barcelona cuyos condes, con el andar del tiempo, se convierten en reyes de Aragón, dándose así la unión dinástica entre ambos estados. En los siglos XI, XII, XIII: la Reconquista avanza en las diversas líneas fronterizas: del Duero, luego hasta el Tajo, con la conquista de Toledo, la antigua capital visigoda, la ciudad de las tres culturas o religiones (cristiana, islámica y hebrea, que había alcanzado un enorme esplendor cultural frente al resto de la misma Europa medieval cristiana). Por parte suya se asiste a una decadencia y luego al ocaso del califato de Córdoba, la división del mismo en números reinos de taifas que pueblan el sur de la Península .

Los musulmanes del norte de África intentan reconquistar las tierras perdidas y unificar a los reinos de taifas. Son las invasiones de los almohades. Pero en el año 1212 se da el paso definitivo del choque entre los reinos cristianos españoles y los musulmanes de los almohades en la batalla de Las Navas de Tolosa. Es la época que sigue a la renovación de la vida eclesial española a través de la aplicación en España de la reforma gregoriana con el apoyo de benedictinos y cistercienses. Es también la época de las grandes peregrinaciones a Santiago de Compostela, la del románico de los siglos XI al XIII, del nacimiento del gótico con sus grandes catedrales que se extienden por toda la geografía española hasta el siglo XV. En el siglo XIII la vida eclesial se renueva a través de los canónigos regulares primero, de los frailes mendicantes luego, entre ellos Santo Domingo de Guzmán, canónigo en Osma (Castilla), y sus dominicos y la llegada también de los franciscanos, y del mismo san Francisco, peregrino a Santiago de Compostela. Fernando III el Santo de Castilla y León, reconquista Sevilla y Córdoba, y su hijo, Alfonso X el Sabio, da un nuevo esplendor a las letras y a la compilación jurídica de las antiguas leyes hispanas; las tres lenguas de su Reino (latín, castellano, árabe y hebreo) formaban parte del bagaje cultural del Reino .

En Aragón brillan las epopeyas de Jaime I, el conquistador de Valencia del dominio musulmán. A pesar de episodios lamentables para los cristianos, con signos de algunas episódicas luchas dinásticas y señales de decadencia, como en el resto de Europa, los Reinos cristianos españoles han entrado de lleno en el bullir de una conciencia que camina a pasos agigantados hacia el ocaso de la Edad Media y el nacimiento de una modernidad, todavía confusa, con la constitución de reinos-naciones, raíces de los futuros estados nacionales.

3. La vitalidad de los reinos hispanos: En este cuadro, los reinos hispanos se encuentran ya plenamente activos en la vida tanto eclesial como civil europea, con tratados, matrimonios reales, participación en la vida cultural europea con las nuevas universidades, de las cuales Palencia y luego Salamanca, pertenecen a la primera generación, o en los grandes y dolorosos conflictos que enturbian la paz de la “christianitas” europea, como los que caracterizan el siglo XIV y comienzos del XV, como el cisma occidental (1378-1417). Las suertes de la reconquista están echadas. Los reinos musulmanes que todavía persisten en el sur o se convierten en vasallos de los reyes hispanos o son reducidos a su mínima expresión, a pesar de momentos de gloria artística, como en el caso del reino nazarita de Granada. En esta época, los aragoneses y catalanes salen de sus fronteras, navegan por el Mediterráneo y buscan alianzas y ensanchar sus fronteras en el mismo: Nápoles, Sicilia, Cerdeña y hasta el extremo oriental del Mediterráneo.

En el territorio patrio no todo es fácil. El feudalismo antiguo persiste y la nobleza se encuentra inquieta con rebeldías endémicas que producen conflictos civiles y guerras episódicas de carácter dinástico dentro de las mismas familias reinantes, que después de todo se encuentran muy emparentadas entre sí. También en esta época de mediados del siglo XV, siguiendo el ejemplo del hermano Reino portugués, los castellano-leoneses salen al Atlántico e incorporan las Islas Canarias a sus dominios. Nos encontramos en tiempos de Juan II de Castilla y León, el padre de Isabel la Católica. Tras el reinado endeble y discutido de su hijo Enrique IV de Trastamara, llega el reinado de su hermana Isabel I la Católica, que se casará con su primo el príncipe Fernando de Aragón, que pronto se convierte en rey de aquel Reino. Con este matrimonio real, cambia radicalmente la historia española; se concluye la reconquista en Granada (1492) ; se unifican en las personas de los dos reyes los reinos hispanos, bajo el famoso lema del “Tanto monta monta tanto Isabel como Fernando” y la simbología heráldica que los dos esposos reales adoptan.

Suceden también momentos muy discutidos por la historiografía antigua y reciente como la expulsión de los judíos (1492), malqueridos por sectores de la gente vulgar y de la nobleza a causa, sobre todo, de su papel en la recolección de los impuestos de la misma Corona y una antigua y jamás escondida animosidad, alimentada por antiguos prejuicios y leyendas populares, y por la persistente acusación de “deicidio” que las acompañaban por ser considerados presuntamente en parte, como una especie de “quinta columna” en la antigua época de las invasiones islámicas, y en la época de su expulsión, de los mismos turcos. Es en este momento histórico, y en el mismo año de toda esta serie de acontecimientos notables en la historia hispana, que acontece la aventura atlántica de Cristóbal Colón y el descubrimiento del Nuevo Mundo. Todo ello abrirá una nueva página en la historia hispana y también mundial. La noche quedaba atrás" .

4. La mentalidad común de la época ante la infidelidad y la herejía

Ocho siglos de esfuerzos en una reconquista trabajosa, y no siempre constante y uniforme, forjaron un temperamento en la España cristiana de entonces, con sus luces y sus sombras, hasta alcanzar una ordenación unita¬ria. La reforma católica se adelanta casi un siglo y en forma origi¬nal en estos Reinos españoles unidos bajo los reyes Católicos. “España […] que se había convertido en una gran potencia […] se convierte en el país del catolicismo del futuro […] pudo así convertirse en un cierto sentido en la patria espiritual de la restauración católica y de la contra-reforma” . Y esta actitud de lucha continúa bajo el nieto de los Reyes Católicos Carlos I (V como emperador): 1520-1558 frente a la herejía . Los teólogos del siglo XVI no abandonan la idea del “Orbis christianus” frente a la herejía. Según su posición general, no se puede dar ninguna coacción sobre los infieles para abrazar la fe, pero sí sobre los bautizados, para conser¬varla. Quedaba en pie un problema ante la situación en el suelo español de la población no cristiana de judíos y de moros: ¿por qué se da esa disyuntiva con-tra ellos de, o abrazar la fe o de emigrar? ¿En qué sentido el poder civil toma parte en favor de una solución radical en el asunto que lleva a la exclusión de estos grupos divergentes? ¿No fue en parte por motivos meramente seculares y civiles, con la naciente “razón de estado” de querer construir un reino unido (Estado) sin discrepancias o elementos centrífugos? ¿No estuvo esto en parte en los orígenes de la creación del tribunal de la Inquisición para examinar los falsos conversos, sea del judaísmo o del islamismo, y que más tarde se extenderá a otros divergentes religiosos, protestantes o pensadores considerados heterodoxos? ¿Protestaron los teólogos contra este tipo de coacciones? .

5. La nación española

En el contexto señalado se forja un celoso nacionalismo, traducido en el estatuto de “lim¬pieza de sangre”, una especie de “culto al honor nacional e innoble criterio de casta” . Los siglos XIV-XV españoles fueron tolerantes. Para el siglo XVI se suelen dar las siguientes estadísticas de la población española : unos 7.000.000 cristianos viejos; unos 350.000 conversos; unos 300.000 moriscos . De pronto aparece la intolerancia. ¿Por qué? La convivencia de cristianos, judíos y musulmanes en los reinos cristianos españoles durante la Edad Media, había tenido que ver con el proceso de "Reconquista" cristiana española de sus tierras invadidas, y la conquista por parte de los musulmanes, sobre todo de las tierras meridionales que ellos llaman Al Andalus (Andalucía, o “tierra de los Vándalos”, antiguos invasores de la misma de origen germánico en el s. V) y posterior ocupación del territorio por los diferentes reinos cristianos del norte de la península.

La escasa repoblación cristiana de sus nuevos territorios hace que sigan viviendo en ellos un importante número de musulmanes, tanto en zonas urbanas (aunque en barrios propios, como la morería de Zaragoza), como en zonas rurales (como siervos de señorío). El final de la Reconquista - con la toma de Granada- y la política religiosa de los Reyes Católicos, modifican la situación previa: en Granada se producen bautismos en masa, y los Reyes Católicos sólo permiten la religión cristiana en España, por lo que judíos y mudéjares han de convertirse o salir del país. En la lucha enconada contra el creciente poderío turco, se teme su alianza con el mismo y en concreto con los piratas berberiscos y turcos que atacaban las costas de la Europa cristiana. Los moriscos andaluces protagonizan una insurrección en 1568 (la rebelión de las Alpujarras), que fue sofocada casi dos años después por don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II. Los moriscos de esa zona fueron desterrados, hecho que aumentó la suspicacia contra ellos en otras regiones donde los moriscos eran todavía muy numerosos, como Valencia o Aragón. En 1609, con el rey Felipe III, se decretó la expulsión de los moriscos, primero de Valencia, después de los otros reinos españoles. Unos 300.000 tuvieron que abandonar España; la mayoría se dirigió al norte de África. Su marcha tuvo graves consecuencias demográficas y económicas, sobre todo en Valencia y en Aragón, afectando especialmente a la agricultura.

Todos los problemas señalados son complejos y de diversas interpretaciones. Los Judíos constituían una gran minoría cualificada; habían disfrutado por una parte de la protección de los reyes y por otra del odio del pueblo, debido fundamentalmente a su papel en el campo de la recolección de impuestos y al sistema de ganancias económicas con los préstamos; tal aversión será luego transferida a los falsos conversos o hebreos ocultos (marranos), algo común en otros muchos lugares de Europa y a los musulmanes pseudo-convertidos. En el caso español, ya en 1449 se había dado una explosión de odio en Toledo contra los conversos y la puesta en marcha del llamado “estatuto de sangre” (el de “limpieza”). Casos semejantes se dieron en Córdoba, Jerez, Jaén, en el Reino de Castilla, y otros muchos semejantes en Aragón y Cataluña . Debido también a las conversiones fingidas, el “estatuto de limpieza” pretendía restarles eficacia social. Aquí están en parte, los orígenes de la Inquisición española, que fue creada en el siglo XV precisamente para aclarar y combatir las conversiones ficticias de moros y judíos .

6. Nuevos intentos de cruzada ante la caída de Constantinopla en poder de los turcos=

El tema de la “cruzada” flotaba en el ambiente español cristiano desde hacía siglos a lo largo de la “reconquista”, cruzada llevada a cabo en casa, como algunos la han llamado; pero era también una mentalidad muy extendida en la Europa medieval. Baste pensar a los últimos intentos de cruzada contra los turcos en tiempos de Pío II (1458-1464). La urgencia de la defensa contra el avance de los turcos había empujado a los griegos a buscar ayuda en la cristiandad latina occidental, e incluso a una posible reconciliación con Roma recomponiendo la antigua división entre Oriente y Occidente. Tal fue el intento que fracasaría tras el concilio de Ferrara-Florencia (1438-1445), porque no encontró el apoyo necesario en algunos metropolitas orientales y sobre todo en buena parte de los monjes y de la gente desde siempre muy influida por ellos.

Constantinopla cae bajo el dominio turco el 29 de mayo de 1453, y su basílica de Santa Sofía será convertida en mezquita después de diez siglos desde su construcción. La caída de Constantinopla causó honda impresión en el mundo cristiano occidental; y no era para menos: había sido, desde los tiempos de Constantino, el corazón del Imperio Romano Oriental o Bizantino. Ahora se convertía en Estambul, cabeza del grande Imperio Otomano, que ponía también pie en el continente europeo, revolucionando así los cuadros políticos del Occidente cristiano. Por ello se explica el impulso que algunos, sobre todo el Papa, quisieron dar lanzando una nueva “cruzada” en defensa tardía del Imperio Bizantino. Fracasarán en sus intentos los Papas Eugenio IV, Nicolás V, Calixto II y Pío II, desde 1433 a 1464, debido sobre todo a las divisiones y rivalidades entre los nacientes estados nacionales europeos.

En este contexto, Eugenio IV llamó al Occidente cristiano en defensa de aquel Imperio (1443). Casi nadie se movió entonces, a excepción del rey de Polonia y el de Hungría, Ladislao, que fue vencido por los turcos en Varna, junto con el legado pontificio el cardenal Cesarini (1444). En otro lugar meridional de Europa, en Albania, Jorge Castriota, conocido con el nombre de Skanderberg, resistirá a lo largo de 24 años a la invasión turca. La derrota sufrida en Varna fue el prólogo de la caída de Constantinopla. El papa Nicolás V querrá renovar la llamada a una nueva cruzada que no logra comenzar; lo intenta su sucesor, el español Calixto III (1455-58) mandando predicadores de la misma por Europa e invitando a ella a los príncipes cristianos, proponiéndose no sólo liberar Constantinopla, sino también llegar incluso a Jerusalén. También aquí vemos una primera respuesta positiva por parte de los príncipes cristianos, pero que enseguida cae en el vacío.

Un ejército cristiano guidado vía tierra por Juan Hunyadi, asistido por el cardenal Carvajal y animado espiritualmente por S. Juan de Capistrano, vence en Belgrado (1456), impidiendo así a los turcos continuar avanzando hacia Viena, mientras que Skanderberg los vencerá en Taormizza (1457), y el cardenal Scarampo, guiando vía mar una escuadra, los derrota en Metelino (1457). Calixto III esperaba entonces de nuevo una respuesta positiva por parte de las potencias cristianas. Pero de nuevo la indiferencia y las rivalidades, agravadas con la muerte de Juan Hunyadi, hicieron fracasar aquellos planes. El sucesor de Calixto III, el humanista Pío II (Enea Silvio Piccolomini) (1458-1464) intentó tomar de nuevo la iniciativa; llegó a convocar una especie de congreso de las potencias europeas en Mantua (1459-1460) donde participó personalmente, pero de nuevo aquel proyecto fracasó por los mismos motivos que los anteriores. Al Papa se le ocurrió una idea totalmente utópica: mandó a Muhammad II, el conquistador de Constantinopla, una carta, espléndida en su estilo literario, en la que le invitaba a convertirse al cristianismo, prometiéndole el imperio de Oriente y de Occidente (¡!). Luego, en 1463, el mismo Papa tomó la decisión de conducir él mismo la cruzada lanzando una invitación en tal sentido al Occidente cristiano. Anciano y enfermo se pone al frente de un ejército en dirección al puerto italiano de Ancona, donde ya agotado muere (1464).

Moría así una antigua utopía y la idea misma de cruzada, que había atravesado con numerosos vaivenes la historia medieval europea, todavía objeto de enconadas controversias historiográficas y de resentimientos. Sin embargo, en aquellos precisos momentos, y en un cuadro muy distinto en los extremos del mundo europeo, en la Península Ibérica sucedían una serie de acontecimientos, algunos de ellos muy unidos a motivos no lejanos del sentir común de la christianitas europea de la época y de los Papas: la conclusión de la Reconquista, y coincidiendo con la misma, los descubrimientos transoceánicos por parte de Portugal y de España. En el caso español encontramos ingredientes variados e híbridos, muy presentes en la vida política y popular del siglo XV. La conquista de Granada que concluye este ciclo y da comienzo a otro nuevo, la tomó el pueblo como algo suyo .

7. La Iglesia Española de finales del S. XV y comienzos del s. XVI

7.1. Para comprender el estilo de la primera evangelización en el Continente americano. España y la Iglesia española fueron los agentes de la evangelización del Nuevo Mundo de lengua española, como en el Brasil lo será el Portugal hermano. Es preciso conocer su idiosincrasia, las potencialidades y limitaciones de su contenido católico. Ya nos hemos referido a la importancia que tenía el clero dentro de la sociedad española del tiempo y a su composición. Nos vamos a fijar en otros elementos de esta España religiosa.

Para comprender mejor "el encuentro del catolicismo ibérico y las culturas americanas", que "dio lugar a un proceso peculiar de mestizaje, que si bien tuvo aspectos conflictivos, pone de relieve las raíces católicas así como la singularidad del Continente" , es necesario adentrarnos más, tanto en la historia de la España de aquél entonces, como en los primeros pasos de la Iglesia en tierras americanas. El dinamismo que impulsó y que aún continua fecundando tal síntesis, que es el continente latino americano en su configuración, lo constituye la fuerza de la fe católica. Los obispos latinoamericanos escribieron en su reunión plenaria de Puebla, celebrada en 1978: "Con deficiencias y a pesar del pecado siempre presente, la fe de la Iglesia ha sellado el alma de América Latina, marcando su identidad histórica esencial y constituyéndose en la matriz cultural del continente, de la cual nacieron los nuevos pueblos" . Es esto lo que le da sentido a su ser; el encuentro con el Evangelio, con la verdad de que existe Dios Padre Bueno, que nos ha dado a su Hijo Jesucristo para salvación nuestra, bajo el aliento del Espíritu Santo, encarnado y nacido de una mujer (cf. Gal. 4, 4), la Virgen María de Nazaret .

Se tenía mucho cuidado de que las Órdenes que pasaban a América fueran todas reformadas. Serán cinco Órdenes religiosas reformadas o nuevas las protagonistas de la historia de la evangelización en el Nuevo Mundo hispano: los franciscanos, los dominicos, los agustinos y más tarde los mercedarios; a estas Órdenes religiosas antiguas, llamadas mendicantes por su origen y estilo, se sumarán pasado medio siglo los recién fundados jesuitas. Los franciscanos que llegaron a México para emprender la evangelización pertenecían a la más severa y genuina de las Observancias evangélicas. El humanismo español constituía el ambiente cultural de estos misioneros. Es conocida la influencia, por ejemplo, de Erasmo de Rotterdam ; el mismo Zumárraga había leído sus libros, como lo demuestra la carta que envió, el 2 de noviembre de 1547, a fray Francisco del Castillo, provincial de su comunidad en Burgos .

Desde este horizonte los evangelizadores trataron, desde sus posibilidades, de crear una nueva humanidad cristiana, singularmente sana y fiel. “La primera generación de misioneros en México, por ejemplo, los obispos Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga, se caracterizaban por el sello del humanismo contemporáneo; Zumárraga estaba influenciado por Erasmo y Quiroga por Tomás Moro. Esta actitud espiritual fue decisiva en algún modo, y precisamente también en relación con la labor misional” . La extraordinaria labor evangelizadora que realizaron los misioneros en tierras americanas, encuentra en estos altos ideales de reforma y santidad de vida, una de sus principales motivaciones. Son elementos que no podemos dejar de tomar en cuenta al momento de estudiar la labor y los métodos que usaron para lograr la conversión de los indígenas americanos.

España estaba en un momento de apogeo y expansión. Venía de concluir la guerra de reconquista contra el dominio musulmán de su suelo. Los Reyes Católicos otorgan una gran importancia a la fe y alientan con gran energía y constancia un proceso de reformas y austeras observancias que, aunque ya venía gestándose desde hacía tiempo, alcanza con ellos una sistemática propuesta de reforma cristiana. El humanismo español de finales del siglo XV y de todo el XVI es sumamente rico en realizaciones literarias y espirituales. Es un tiempo donde lo épico y lo religioso se entrelazan en un universo cultural sumamente fecundo.

7.2. Una antigua exigencia de reforma en toda la Iglesia La exigencia de reforma en la vida de la Iglesia en cuanto sociedad humana, es un fenómeno continuo en la historia de la Iglesia. En los finales de la edad Media y comienzos de la Moderna se sentía agudamente, sobre todo en algunos ambientes. Se pedía entre otras cosas una reforma radical “in capite et in membris” (en la cabeza y en los miembros), empezando por una adecuada puesta al día de las estructuras jurídicas (centralización y reservas con los desórdenes consecuentes, fiscalismo y abusos) de la vida eclesiástica del clero alto y de la formación del bajo clero, sobre todo en relación a la atención pastoral de los fieles. La respuesta dada a esta exigencia urgente no fue siempre equilibrada y ortodoxa en muchos ambientes cristianos europeos, ni tampoco fue amplia y promovida con decidida voluntad por parte de la jerarquía de esa época, lo que causará con el tiempo la ruptura de los movimientos protestantes. En este contexto, en varios países de la cristiandad se dan discutidos movimientos de reforma desde el punto de vista de la ortodoxia católica, como los llamados “espirituales” o grupos de frailes franciscanos con ideas eclesiológicas heterodoxas, influenciadas a veces por las teorías de Joaquín de Fiore sobre la existencia de dos iglesias, una carnal y rica, y en contraposición otra espiritual, santa y evangélicamente pobre, Otros sostenedores de ideas radicales heterodoxas serán el inglés John Wicliff y luego el bohemo Jean Hus y otros que preceden en muchos puntos la futura mentalidad cristológica y eclesiológica de los reformadores protestantes, como Jakoubek, Nicolás de Dresde o Wesel Gansford (1419-1489) en Alemania.

Son comprensibles estos movimientos radicales de reforma ante la situación de una jerarquía eclesiástica con frecuencia mundana. Estas tendencias ideológicas, fomentadas también por desórdenes sociales, se agudizaban por la falta de una voluntad eficaz de reforma en muchos responsables eclesiásticos. Sin embargo, lentamente comienza a abrirse paso una mayor voluntad de reforma por parte de la jerarquía eclesiástica (Papas y Concilios) a lo largo del s. XV y comienzos del XVI. Así en el concilio de Costanza y en los concordatos que estipuló Martín V, se ve tal voluntad; éste papa eligió también cardenales óptimos y una buena bula de reforma (16.V.1425), que quedó en letra muerta; en la misma línea decretó el concilio de Basilea con medidas radicales, nunca aplicadas. Los papas siguientes emanaron varios decretos y bulas también en tal sentido, casi siempre ineficaces y raramente aplicados, quedándose en meros proyectos. La historia va adelante con vanos intentos de reforma, incluidos los del concilio ecuménico Lateranense V (1513-1517). La doctrina católica fue siempre defendida, pero las situaciones de desórdenes graves en la vida cristiana continuaron vivos.

Sin embargo, en algunos lugares de la cristiandad occidental se empezaba lentamente un camino de reforma de la vida de la Iglesia, como lo demuestra el llamado fenómeno de la “Devotio moderna”, movimiento eclesial comenzado en los Países Bajos a finales del s. XIV y que se desarrolla a lo largo del XV dando lugar a asociaciones como “los hermanos y las hermanas de la vida común”. “Devotio moderna” significaba “servicio de Dios” con una proyección clara de cristocentrismo, una espiritualidad ascética práctica (contra la mística especulativa de los dominicos alemanes), una marcada tendencia afectiva (de raíces franciscanas, de la escuela de S. Bernardo y del teólogo francés Gerson), una interioridad y subjetivismo notables en detrimento de los contactos, también apostólicos con el mundo, y una insistencia ascética que subraya el papel responsable del fiel en la recepción de los sacramentos. El libro “La imitación de Cristo” es fruto de tal “devoción” y su probable autor, Tomás de Kempis, pertenecía a tal movimiento. Esta espiritualidad ejercitará un influjo en el siglo siguiente en muchos santos y fundadores como Ignacio de Loyola e incluso en algunos protagonistas de la reforma protestante.

7.3. El movimiento de reforma de la vida religiosa monacal y conventual en la Iglesia. Hay otro aspecto notable en el incipiente movimiento de reforma eclesial de este periodo, y es el comienzo de la misma en el seno de algunas antiguas Órdenes religiosas, en gran parte en un lamentable estado de decadencia, si se exceptúan los Cartujos y en parte los Cistercienses. La peste negra que asoló media Europa en aquellos dos siglos (XIV y XV) había vaciado los monasterios, que luego se habían llenado con vocaciones mediocres o por motivos que nada tenían que ver con la consagración religiosa. Por ello los nuevos religiosos o monjes vivían con frecuencia una vida disipada, en monasterios y conventos con abundantes bienes, falta de la vida común fundada en privilegios obtenidos de los papas, y con una clausura más teórica que práctica, sobre todo en el caso de las monjas, que en muchos casos provenían de la nobleza y traían consigo sus niveles de vida y privilegios y en muchas ocasiones eran obligadas por motivos sociales a entrar en los monasterios. También aquí las decisiones de Papas y Concilios sobre la reforma religiosa caían en un terreno árido.

En este panorama se dan los primeros intentos de refreno religioso, cuando algunos religiosos buscan volver a las raíces carismáticas de su fundación, y se reúnen en un convento donde querían vivir claramente el espíritu de tal origen. En los comienzos, ese convento buscaba ponerse bajo las órdenes del General de la Orden por encima de su Superior Provincial. A tal convento se asociaban otros con el mismo espíritu; se formaban así las “Congregaciones” de reforma, bajo la obediencia a un Vicario con poderes amplios. Se quería llevar a cabo de esta manera la reforma de la Orden. Aquí ahondan sus raíces divisiones sucesivas entre “conventuales” y “observantes”, “calzados” o “descalzos”, etc… en varias antiguas órdenes religiosas, ya a partir de finales del s. XV y sobre todo en el s. XVI. El fenómeno se da en la mayoría de las antiguas, también en España, y tendrá consecuencias notables en la historia de los evangelizadores del Continente americano. No todas las “Congregaciones” duraron, sin embargo favorecieron la reforma, en cuanto extendieron su influjo sobre todo a través de la predicación popular ambulante.

7.4. El movimiento de reforma de la vida religiosa monacal y conventual en la Iglesia. La historia de la reforma eclesial en España se encuadra en este movimiento. Fue conducida hasta llegar a la gente común, comenzando ya mucho antes del Concilio de Trento y llegando al mismo, que ratificó muchos aspectos que la Iglesia en España ya había puesto en marcha desde hacía tiempo. Una de sus características peculiares fue que la iniciativa vino de los Reyes Católicos, con pasos sucesivos de reforma del episcopado, del clero y del pueblo.

La reforma de la vida religiosa en España se dió de manera precisa y orgánica . En el caso de los monjes comienza con la del monasterio de San Benito de Valladolid, por iniciativa del rey de Castilla Juan I (en 1389-1390), con el objetivo de que los monjes viviesen la regla benedictina de manera precisa y rígida, y con voto de clausura perpetua al modo de las Clarisas; reclutó para ello unos 15 monjes provenientes de varios monasterios que se comprometieron a seguir tal vida rígida. Luego evolucionará hacia una mayor elasticidad, pasando a finales del s. XV a constituir una “Congregación” de unos 10 monasterios (en 1524 contaba con 32), y durará en los siglos siguientes. Algo semejante ocurre con los cistercienses con la fundación o reforma de la “Congregación de S. Bernardo de Castilla”, en tiempos de los papas Martín V y Eugenio IV, por obra del monje cisterciense que provenía de los Ermitaños de San Jerónimo (Jerónimos), Martín de Vargas. Esta fundación fue duramente obstaculizada por el capítulo general de Citeaux (cistercienses) a lo largo del s. XV; en 1549 reunía 45 monasterios de los 59 españoles de la Orden.

No se observan generalmente nuevas fundaciones con nuevas Reglas en las grandes órdenes religiosas. Sin embargo en España nacen los Jerónimos (ya presentes en Italia como “Eremitas de S. Jerónimo”). Fue un canónigo de Toledo, Fernando Yáñez de Figueroa y su camarero mayor, Pedro Fernández Pecha, que comenzaron a vivir una vida eremítica, pasando luego a la cenobítica, adaptándose a la regla de S. Agustín, con la aprobación de Gregorio XI en 1373. En 1423, Lope de Olmedo quiso reformar la Orden siguiendo algunas indicaciones que sacó de los escritos de S. Jerónimo, y creó así un nuevo ramo llamado “Congregación de la Observancia de S. Jerónimo”, pero que en España tuvo un éxito muy relativo, uniéndose luego en 1567 al resto de los Jerónimos. Se mantuvieron fieles a la regla de manera bastante rígida; crecerán a lo largo de los s. XV y XVI en España fundando y agregando numerosos monasterios, entre ellos hay que señalar el de Yuste, en Extremadura, donde se retirará el emperador Carlos V, el del Escorial, fundado por Felipe II, y el Guadalupe en el célebre santuario de Extremadura.

En cuanto a las Ordenes mendicantes tuvo en España, como en otros lugares, dificultades notables de reforma, dada su organización centralizada que había favorecido en cierto modo también su decadencia. Sin embargo, tal organización luego favorecerá o pondrá obstáculos a la reforma o la apoyará tibiamente. La historia de la reforma de los mendicantes, también en España dependió en buena parte de estos factores, a parte de los apoyos de papas y reyes, característica de la misma reforma, oposición de superiores locales, intervenciones abusivas de los poderes seculares, etc.. En España la reforma nace por iniciativa autónoma en varias provincias. En Santiago en 1390, que se autonomiza en 1440 de los conventuales; en Aragón, con una tendencia de carácter eremítico y se convierte en una provincia de observancia en 1442; en Castilla, parece ser que la observancia franciscana llega de Sicilia. Todos estos conventos reformados, a partir de 1446, forman con los observantes franciscanos franceses, ingleses, belgas, alemanes norte-occidentales la “Vicaria Ultramontana”.

Pero en España nacen también grupos “ultra-reformistas”. Un primer iniciador de esta tendencia es Pedro de Villacreces (+1422), que se proponía reproducir el ideal de la Porciúncula gobernada por S. Francisco de Asís: vida austera y contemplativa, retiro y vida eremítica dentro del convento, pobreza radical, siempre descalzos, oración prolongada, silencio total. El estudio era reducido al mínimo. El sucesor de Villacreces, Lope de Salinas, aumenta el tiempo dado al estudio teológico y moral para formar predicadores y confesores, usando pequeños manuales. Prosigue esta línea el antiguo jerónimo Juan de La Puebla (+1495) con la reforma del convento de Santa María de los Ángeles de Sevilla. De este grupo nace la reforma de Juan de Guadalupe, la observancia rigurosísima, que da mayor fuerza a la predicación y al apostolado. Estos grupos diversos de franciscanos reformados continúan difundiéndose a partir de 1517; entre ellos se encuentra el de San Pedro de Acantara, confidente de Santa Teresa de Jesús, llamados “alcantarinos” o “pascualitas-alcantarinos”. A estos grupos reformados de franciscanos pertenecen los primeros grandes misioneros franciscanos del Continente americano.

Otra Orden religiosa reformada en España es la de los Agustinos. La formación de la “Congregación de observancia” española tiene una propia historia. Parece ser que su primer convento fue el de “Domus Dei” de Castelví de Rosanes en Cataluña (1420), que permaneció solo y aislado en medio del conventualismo hasta 1569. La “Congregación de observancia” española surge de hecho en Castilla por obra de Juan de Alarcón (+1451 c.), que actuó bajo la protección del padre general Favaroni y tras haber conocido la fuerte renovación de la Orden en Italia. Así se crea en España una “Congregación de observancia” ya en 1438, con 4 conventos de frailes y uno de monjas. Alarcón obtuvo en aquel mismo año la bula de confirmación de parte del Papa, mientras que en los demás casos italianos las bulas llegarán decenios después. La extensión de esta reforma en España se puede deducir del hecho que en 1504-5 se decretó la unión de la “Congregación de Observancia” con la Provincia agustiniana española, que tras divisiones y tensiones, sólo se pudo actuar en 1512. Ello se debió gracias a los Reyes Católicos.

La historia de la reforma de los dominicos españoles tiene características semejantes. Ya en el Capítulo general de Burgos (1413), el general de obediencia aviñonesa (nos hallamos en los tiempos del cisma de Occidente), Juan de Puinoix, trata de eliminar los defectos más salientes en la Orden con fuertes medidas disciplinares, incluida la cárcel, y de restaurar la vida común. Probablemente tuvo un gran influjo San Vicente Ferrer con su vida santa, su predicación y sus escritos (Tratado de vida espiritual). Pero la verdadera reforma hay que señalarla también aquí en el método de la fundación de “Congregaciones de observancia”, alrededor, parece ser de Santa Catalina de Siena (+1380) y de su confesor Raimundo de Capua, maestro general de la Orden a partir del 22 de mayo de 1380. La lista de dominicos eminentes que llevan adelante la reforma de la Orden en Europa, a partir de Italia, es abundante. En España comienza en Castilla en 1423 y recibe el reconocimiento de derecho pontificio en 1478. Su desarrollo se debe a los Reyes Católicos, por lo que en 1505 se une a la Provincia dominica de aquel Reino, eliminando los conventos no reformados e introduciendo la Observancia. Una de sus características fue su expansión a partir de un convento reformado, lo que se puede señalar como un ejemplo de reforma a partir de la base. En estas “Congregaciones de observancia” se quiere volver a la experiencia primera de la Orden y se resuelve el problema de la pobreza buscando una línea media: queda la “mendicidad” como ideal, pero se corrige con otros medios de subsistencia, cuando aquella se mostraba insuficiente.

El caso de la Orden de los carmelitas, sea en el s. XV como en el XVI, sigue un itinerario parecido. Se pueden enuclear varias reformas serias: dos de “Congregaciones de observancia” fuera de España ya en el s. XV (las de Mantua en Italia y de Albi en Francia), y las del s. XVI, la general de Nicolás Audet de toda la Orden (1524), y la teresiana en España, que coincide con la historia de la reforma de la gran Santa Teresa de Jesús (1515-1582), seguida por su discípulo San Juan de la Cruz (1542-1591), los dos grandes místicos y literatos incomparables en su género. En España hay otras órdenes mendicantes, que en esta misma época siguen el camino de la reforma y que tendrán también un papel importante en la evangelización americana, principalmente los Mercedarios y los Trinitarios, ambas órdenes fundadas para la redención de cautivos en manos de los musulmanes del Norte de África. La primera de estas dos órdenes, que pasarán tempranamente a América (el capellán de Cortes fray Bartolomé de Olmedo, muerto en 1524, era un mercedario), desarrollará un papel fundamental en la historia de la evangelización americana.

La estructura de las “Congregaciones de observancia” de los mendicantes son bastante comunes. Son ordinariamente reconocidas, algunas por documentos papales (de derecho pontificio), otras por el general de la misma Orden. No crean sistemas jurídicos nuevos, como en el caso de los monjes; introducen sólo un gobierno doble, casi completo, dentro de la misma Orden, autónomo en relación a sus provinciales locales, pero no en relación al general de la Orden. La historia de cada caso muestra con frecuencia caminos y características peculiares. Estas reformas quisieron ir a la raíz de los males y cortarlas de cuajo. Se caracterizan en general por la pobreza vivida, la austeridad, la vida común, la penitencia aflictiva, la meditación y la “lectio divina” y con ella el silencio; un monje-abad de Monserrat en Cataluña preparará un tratado y meditaciones titulado “Exercitatorio de la vida espiritual” que ejercerá un influjo notable en tal sentido en todas las Órdenes de observancia. Al contrario, el tiempo dado al estudio estaba marcado por las necesidades apostólicas más que por una necesidad intelectual en sí; puede decirse, que sobre todo en sus comienzos, hubo una reacción contra los estudios académicos, o al menos una indiferencia y desestima para la formación sacerdotal.

La razón de esta desestima, sobre todo en el mundo de los monjes de este tiempo, era el pretender una oposición entre el monje “homo devotus” y “homo spiritualis” por una parte y del “homo doctus” por otra. El problema se empezará a resolver a lo largo de los primeros decenios del s. XVI, cuando los monjes reformados comienzan a erigir también colegios universitarios, pero el desarrollo fue bastante lento. Por su parte en las Órdenes de observancia encontramos actitudes muy diversas. En el caso español los agustinos, por ejemplo, son más bien contrarios. Lo mismo sucede con otras Órdenes. El rechazo de los grados académicos se fundaba en que habían sido en su tiempo una de las causas de la decadencia religiosa. Los dominicos resuelven el problema admitiendo a los mismos a frailes de virtud probada, y combatiendo los antiguos privilegios que tenían los titulados lectores (profesores o doctores). Poco a poco todas estas Órdenes resuelven el problema instituyendo en cada provincia casas de estudios, esto a partir de mediados del s. XV; sin embargo sigue durante mucho tiempo la oposición a los grados académicos. Así los agustinos de Castilla tardan hasta 1542 en organizar los estudios humanísticos, filosóficos y teológicos, cuando el General Seripando le impone una organización de los estudios para dar una mayor formación a los frailes candidatos al sacerdocio. La solución al problema fue positiva gracias a que la Observancia religiosa se consideró el valor principal al que se debían subordinar los otros valores. Además la solución ejemplar la habían ya ofrecido las grandes figuras reformadoras, que entran doctas y santas, es decir estrictamente observantes y regulares, y que se encontraban tanto en los monjes reformados como en las Congregaciones de Observancia.

Cuanto hemos afirmado sobre la reforma de la vida religiosa en los reinos españoles de Castilla y Aragón, se puede aplicar en parte, aunque no con la misma radical insistencia, en el reino de Portugal. Entre las reformas destaca la de los franciscanos, llamados “Capuchos” (que no se debe confundir con los Capuchinos), favorecida por Alfonso V, y cuyo centro fue Varatojo. Estos franciscanos se distinguirán también por su compromiso en la empresa evangelizadora portuguesa bajo el Padroado. 7.5. La reforma del episcopado en la España de los Reyes Católicos y de comienzos del s. XVI. Los Reyes Católicos, la Reina Isabel sobre todo, habían promovido una reforma del clero diocesano y regular, basados en criterios válidos, no siempre exentos de cálculos también políticos, que Fernando no siempre había aplicado. No faltarán tensiones entre Fernando (+1516), Julio II y León X sobre las provisiones episcopales, porque el rey tendía a presentar los candidatos con el sistema de la “súplica”, cuando no existía el patronato (como era el caso de Granada). Con los criterios adoptados –naturales de los reinos, honestos, de la clase “burguesa”, doctos- los reyes Católicos no solamente habían puesto en marcha una reforma, especialmente en Castilla; habían también unido los obispos a la Corona.

Carlos I (V), nieto y sucesor de los Reyes Católicos (rey 1516-1556), quiere obtener de la Sede Apostólica lo que la misma había concedido con un concordato en 1516 a Francisco I de Francia. Lo obtiene de Adriano VI (1522-1523) (que había sido su consejero y regente en Castilla durante su ausencia obligada por motivos de su elección como emperador del Sacro Imperio Romano en 1520); es decir el patronato sobre Castilla y Aragón, tras haberlo obtenido sobre Pamplona (Navarra) (4-28 de mayo de 1523) con el ius patronati et praesentandi. Con la bula “Eximiae devotionis affectus” (6.9.1523) obtiene el patronato, por lo tanto el derecho de presentar a los candidatos, a todos los obispados, abadías y otros beneficios consistoriales. Tal concesión fue revocada el 3 de abril de 1527 bajo Clemente VII (1523-1534) con el voto del Consistorio, porque había sido concedida sin el voto del Colegio cardenalicio; tras el saqueo de Roma (1527), con la bula “Etsi ea quae” en Bolonia, antes de la coronación imperial de Carlos V (el 11 de enero de 1530), confirmada por Pablo III el 7 de julio de 1536, Carlos V obtenía de nuevo el patronato y el derecho de presentación. Desde este momento en adelante, durante siglos, los nombramientos episcopales estarán en manos del Rey de España en sus Reinos.

La reforma de la vida eclesiástica comenzada por los Reyes Católicos empieza por la elección al episcopado de obispos doctos y rectos. Criterios de reforma: que fueran españoles, doctos, virtuosos, llanos (no aristócratas), residentes. "El clero de España es el nervio de la Cristiandad", habría dicho San Carlos Borromeo en los tiempos del Concilio de Trento . Los Reyes quieren que el Papa nombre obispos españoles porque debían residir en sus diócesis, de vidas íntegras; no nobles, para que no se convirtiesen en señores feudales. En su época brillaron de manera especial algunas figuras. Entre ellas destacan las figuras del jerónimo fray Hernando de Talavera (c. 1430-1507), primer arzobispo de Granada después de la Reconquista, confesor de Isabel la Católica y el tipo ideal de obispo; el arzobispo, y teólogo dominico de Salamanca, fray Diego de Deza (1443-1523), el arzobispo y cardenal franciscano fray Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517) .

Hernando de Talavera lleva una vida santa, con la celebración diaria de la Misa, el catecismo a los niños, reunión-capítulo mensual con los párrocos, y fundación de un seminario modelo, entre otros aspectos. Diego de Deza formó parte del Consejo de Sabios que examinó las propuestas de Colón, y fue uno de los pocos que consideró las mismas como viables. De ahí nació la gran amistad y admiración que el Almirante sintió siempre por Deza. Francisco Jiménez de Cisneros, figura fundamental en la historia religiosa y política de la España de su tiempo y en los comienzos de la evangelización de América, quien reformó a su Orden franciscana de la que era provincial en medio de oposiciones y de luchas. La Reina Isabel le ayudó en estas reformas, especialmente en la de las monjas. Para formar el clero funda los llamados “collegia minora” para el estudio de las letras, y los “collegia maiora” para la filosofía y la teología. Recomienda al clero doctrina, pureza de costumbres, empeño pastoral y litúrgico. Él fue el restaurador en Toledo de la liturgia mozárabe. En el mundo de la cultura ha pasado a la historia como humanista en cuanto funda la Universidad de Alcalá (Complutum) (1508) con un claro planteamiento humanístico y moderno, que edita la Biblia poliglota complutense en 6 volúmenes. Edita también varias obras devocionales en español, como la Vida de Cristo de Ludolfo y otra obras de la “Devotio Moderna”, que prepararon el florecimiento de los grandes místicos del siglo XVI. Además renovó la enseñanza de la teología. Su metodología será indicada por el teólogo dominico Melchor Cano en su “De locis theologicis” y por los estudios jurídicos del también dominico Francisco de Vitoria en Salamanca.

Era un nuevo método de estudio de la teología que superaba el bizantinismo de una escolástica decadente, y trataba las cuestiones más importantes y candentes del momento. Se quería una exposición sencilla, sobria, elegante, a partir de las fuentes (Escritura, Padres, Concilios, documentos eclesiásticos); sustituye las “Sentencias” de P. Lombardo con la “Summa theologica” de Sto. Tomás. Así se preparan los maestros de los grandes teólogos españoles que acudirán a Trento o a sus discípulos. En Alcalá estudiará una falange de grandes figuras del humanismo español, algunos como San Juan de Ávila (c. 1499-1569), declarado doctor de la Iglesia (2012), o personalidades que ejercitarán un papel importante en la historia de la evangelización y de los derechos humanos en América, como el p. jesuita José de Acosta (1540-1600) . Esta Universidad contará con célebres maestros, entre ellos el dominico Domingo de Soto (1494-1560) y celebres alumnos. Con algunos entablará una amistad duradera, como con Don Pedro Guerrero, futuro arzobispo de Granada.

La España cultural de la época comienza a respirar con los dos pulmones culturales de las universidades de Salamanca y de Alcalá. En estas universidades asistimos a un renacimiento del humanismo renacentista, con varias corrientes que lo caracterizan: vuelta a los estudios bíblicos en Alcalá (Biblia Políglota), con referencias a una teología positiva, siguiendo las huellas de los Padres, y reformismo eclesiástico. Encontramos también en ellas corrientes humanísticas, filosóficas y teológicas de matrices diversas, como el tomismo, el escotismo, y en medida menor algunos brotes nominalistas, y el influjo de humanistas como Erasmo y Tomás Moro. En estas universidades echan sus raíces las corrientes jurídicas que las harán célebres en el campo del derecho de gentes o internacional, con figuras como los dominicos Francisco de Vitória y Domingo de Soto y otros conocidos teólogos que ejercerán un fuerte influjo en el Concilio de Trento (1545-1563).

Esta reforma del episcopado no encontró un camino llano y fácil. Cuando Fernando el Católico muere en 1516, el cuadro del episcopado español no era homogéneo. La mayor parte de los obispos era ciertamente digna y muy convencidos del servicio al Rey, de buena altura eclesiástica e intelectual, aunque se daban casos de obispos poco dignos, nombrados por motivos de parentesco; había cardenales que no residían en sus sedes, nombrados por razones de amistad; había también obispos nobles, nombrados gracias a su proveniencia social y algunos por ser flamencos o por intereses con aquellos territorios bajo la Corona española, a partir de Carlos V . El emperador Carlos trató de seguir los criterios establecidos por los reyes Católicos, pero no siempre los mantuvo totalmente, lo que llevó a veces a consecuencias negativas, aunque en menor medida que en otros países europeos. ¿Cuáles habían sido los criterios de los reyes Católicos, sobre todo de Isabel? Ante todo la elección de personas doctas. Carlos V escogerá fundamentalmente personas preparadas y bien formadas en colegios eclesiásticos universitarios españoles, en los “Estudios generales” de los religiosos y en las universidades italianas. En su día, el cardenal franciscano, arzobispo de Toledo y primado de España, confesor y consejero de la reina Isabel y luego regente del Reino hasta su muerte (+ 8.11.1517), optó por teólogos, preferentemente canonistas, contra la tendencia que se daba en Italia, Inglaterra y franca. Este criterio será luego seguido por el Consejo real. Por ello los obispos españoles darán una notable aportación en el concilio de Trento. La reina Isabel había querido obispos honestos y había seguido rigurosamente este criterio.

Fernando fue menos severo en este campo, por lo que encontramos algún caso de obispos con hijos como Alonso de Aragón (+1520), hijo del rey Fernando, arzobispo de Zaragoza y con hijos. Por su parte Carlos V aplicó aquel mismo criterio, también porque podía disponer de sacerdotes formados en los colegios de Talavera y de González Mendoza. La extracción social de los obispos era prevalentemente de la clase media. Carlos V por su parte nombrará luego también nobles, españoles y extranjeros, por motivos de gratitud y no siempre por razones eclesiásticas. El primero de ellos fue el joven Guillermo de Croy, de 20 años, que sucedió al gran Cisneros en Toledo ; era ya obispo de Cambray y cardenal, y nunca puso los pies en España. Dio también el obispado de Valencia a Eduardo de la Marca, obispo de Lieja, porque le servía para el Imperio . Se cuentan hasta 30 provisiones suyas de este tipo de obispos.

Para salvar el principio de los Reyes Católicos (“obispos naturales de estos reinos”), el rey Carlos concedía “cartas de naturalización” por las que se habilitaba a estos extranjeros a ser nombrados obispos de cualquier diócesis española; y si no podía dar provisiones de obispados, les daba pensiones sobre las rentas de estas diócesis. Estas provisiones llevaron al absentismo. Los obispos españoles debían comprometerse a residir en sus diócesis para poder recibir la provisión, con una especie de pacto, como dirá un obispo español en el concilio de Trento. Pero no la exigía de los extranjeros, que a veces eran cardenales italianos de curia. La exige de los españoles residentes en Roma o en la Corte. Pero era él mismo a dificultar o a imposibilitar la residencia porque se servía de los obispos para los servicios administrativos, civiles, para la dirección del consejo real, para las Cancillerías de Valladolid y de Granada, como embajadores, etc. Así, por ejemplo, el cardenal Pedro Pacheco, primer obispo residencial de Pamplona después de 80 años, nunca estuvo ni en Jaén ni en Sigüenza, sedes a las que había sido trasferido (1545-1560), y fue también virrey de Nápoles. El inquisidor Fernando Valdés nunca residió en alguna de las diócesis para las que había sido nombrado, e incluso consideraba abstractos a los “frailes teólogos” (como Victoria) y a los predicadores, como Pablo de León, que criticaban duramente este ausentismo.

Por todo ello vemos que en tiempos del emperador Carlos V en sus dominios europeos, también en España hubo periodos en los que encontramos que pocos obispos residían en sus diócesis. El hecho ahondaba sus raíces en motivos de ambiciones a ser trasladados a sede más importantes, por ser más ricas, con posibilidades de ejercer influencias y tener mayores poderes; en una palabra, una mundanidad infiltrada en aquellas esferas episcopales, denunciadas con dureza por parte de figuras episcopales del calibre del agustino Santo Tomás de Villanueva (1486-1555), arzobispo de Valencia , y más tarde en el concilio de Trento por parte del obispo dominico portugués Bartolomé de Martyribus en su “Stimulus pastorum” . A pesar de estos límites, serán los obispos españoles quiénes en Trento lucharán por la reforma del episcopado y por la residencia de los obispos en sus diócesis. 7.6. El clero inferior. Hacia finales del s. XV y comienzos del XVI el clero, tanto el secular como el regular, contaba como ya se ha indicado, un alto porcentaje de miembros. En el clero diocesano había un clero “medio”, al que pertenecían los canónigos de los capítulos, el de las colegiatas y los párrocos de parroquias importantes. Los canónigos como cuerpo habían sufrido el contragolpe de la acción de los reyes Católicos. Esta clase clerical pertenecía de hecho a la antigua estructura feudal, por lo que buscaron defender su posición. Con frecuencia vivían con un tenor de vida bastante secular y garantizaban también una serie de beneficios a su parentela, por lo que con frecuencia accedían a estos cargos, más por intereses económico-sociales que por vocación a la vida clerical. Pertenecían al considerado clero bajo, la mayoría de los párrocos, de los capellanes y de los beneficiados menores. Tenían que ejercitar un oficio para poder vivir porque las rentas del beneficio no eran suficientes. Los reyes Católicos trataron reformar también a este clero, juntamente con obispos y otros prelados, buscando la promoción del sacerdote reformado ideal. En esta empresa tendrán luego un papel fundamental muchos tratadistas teológicos, jurídicos y humanistas como Vitoria, el arzobispo de Toledo Carranza, Soto, San Juan de Ávila, fundador en su tiempo de varios colegios-seminarios para la formación del clero, ya antes de Trento , Luis de Granada y otros muchos.

A la luz de cuanto descrito surge una pregunta obligada: ¿Se puede hablar en un sentido apropiado y estricto de una Iglesia “nacional” española, como se habla de la “Iglesia galicana” en Francia o de la “Iglesia anglicana” en Inglaterra? Las tendencias eclesiales centrífugas se dan en varios países de Europa y se agudizarán a partir del siglo XVI. No parece que se pueda hablar en el mismo sentido en el caso español y en el portugués. Ciertamente en España y Portugal se podría ver en sistema del “Patronato” y del “Padroado” una expresión centrífuga. Sin lugar a dudas existe una conciencia bastante claro de la propia identidad nacional y eclesial, pero sin llegar a los límites de las concepciones de buscar la creación de una Iglesia autónoma del Papado, ni siquiera la defensa de “unas libertades eclesiales adquiridas” como sucedía en otros países europeos. La fidelidad al Romano Pontífice nunca fue puesta en duda a lo largo de esta historia ni por los Reyes ni por los obispos, juristas y teólogos españoles. Incluso el largo proceso de elaboración de la doctrina sobre el Patronato no fue ni fácil ni unánime. Se legisló sobre la exclusión del episcopado de todo extranjero, en la práctica esta regla fue con frecuencia olvidada o se encontraron salidas para evitarla. Incluso las “represalias” que tomaban los Reyes contra Roma, fueron siempre mitigadas por el realismo en las relaciones, tensiones sin ruptura, que al final se recomponían. En todo caso serán más duras en el siglo XVIII con la dinastía de los Borbones, incluso con nuevas y más radicales interpretaciones en favor de las dos Potencias católicas del Patronato o del Padroado, pero ya era una situación nueva que la Iglesia vivía en toda la antigua cristiandad europea bajo los regímenes del absolutismo ilustrado.

NOTAS:


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FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ