DOMINICOS en la Nueva España

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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DOMINICOS en la Nueva España

En la ciudad de Toulouse, Francia, en el año de 1215, Santo Domingo de Guzmán fundó la Orden de Predicadores (conocidos como Dominicos) bajo el carisma del estudio y la predicación, lo cual en esa época constituyó una novedad pues la predicación era oficio del clero secular y no de las órdenes monásticas; en el lema de los dominicos “contemplar y dar a otros lo contemplado” quedó sintetizado el carácter a la vez monástico y apostólico de la Orden de Predicadores que fue confirmada por el Papa Honorio III el 22 de diciembre de 1216. La Orden dominicana destacó pronto en el estudio con figuras intelectuales tan importantes como Santo Tomás de Aquino (1224-1274) y San Alberto Magno (1193-1280).

Poco después del Descubrimiento de América los Dominicos se aprestaron a participar en la evangelización de las nuevas tierras y ya en el Capítulo General de la Orden celebrado en 1501 se señaló: “Que los frailes viajeros al Nuevo Mundo sean idóneos para la predicación, ejemplares y doctos, a la vez que temerosos de Dios, capaces de anunciar la palabra de Dios y de confirmarla con su ejemplo.” (Actas IX). Sin embargo no fue sino hasta septiembre de 1510 cuando los primeros misioneros dominicos arribaron a la isla de La Española, asumiendo de inmediato una posición enérgica de defensa de los indígenas ante los abusos que contra ellos cometían muchos encomenderos. En este sentido es célebre la homilía del cuarto domingo de Adviento pronunciada en Santo Domingo por fray Antonio de Montesinos.

Primeras acciones de los dominicos en Nueva España; funciones de sus conventos

Después de la Conquista de México (1521) y del arribo de los doce primeros misioneros franciscanos (1524), el 23 de junio de 1526 desembarcaron en Veracruz los primeros misioneros dominicos también en número de doce, siendo ellos Tomás Ortiz, quien presidía al grupo, Vicente de Santa Ana, Diego de Sotomayor, Pedro de Santa María, Justo de Santo Domingo, Pedro Zambrano, Gonzalo Lucero, Bartolomé de Calzadilla, Domingo de Betanzos, Diego Ramírez, Alonso de las Vírgenes y Vicente de las Casas. Sin embargo, las enfermedades hicieron presa de la mayoría y dos años después el grupo quedó reducido a sólo tres frailes. En 1528 arribó a la Nueva España un segundo grupo de religiosos dominicos en número de veinticuatro, y su acción consolidó la benéfica labor de la Orden con la creación de cuatro provincias novohispanas: “Santiago de México (1532); San Vicente Ferrer de Chiapas y Guatemala (1551); San Hipólito Mártir de Oaxaca (1592), y San Miguel y los Santos Ángeles de Puebla (1656).”

Conforme al carisma de la Orden, los dominicos erigieron «conventos de estudio» y «conventos de misión». Los conventos «de estudio» estuvieron en las ciudades de México, Oaxaca y Puebla donde se formaban las vocaciones que surgían en el Nuevo Mundo. “Los primeros maestros del Estudio General Dominicano de México (1535) fueron, en primer lugar, el propio fundador de la Provincia, Fray Domingo de Betanzos, licenciado en derecho por la Universidad salmantina. Desde el año 1535 lo fueron Fray Domingo de la Cruz, doctor y maestro en teología por París, donde fue discípulo de Vitoria, juntamente con su amigo entrañable Domingo de Soto (1517-1520) y por Alcalá donde era rector cuando ingresó en la Orden.” En estos «conventos de estudio» también se estudiaban las numerosas lenguas indígenas que se hablaban en los lugares de misión, pues los «capítulos provinciales» mandaban “que ningún religioso predique, ni confiese a los indios si no es perito en la lengua” .

Los conventos «de misión» fueron mucho más numerosos y se edificaron siguiendo una política bien definida: el convento en medio del pueblo; es decir, establecer el convento donde hubiera población indígena para convivir con el pueblo, conocer sus costumbres y su lengua, enseñar oficios y, sobre todo, ser ejemplos vivos de vida cristiana. La distancia entre uno y otro convento debía ser de una jornada de camino (35 kilómetros aproximadamente) a fin de servir de hospedaje para quienes transitaran entre ellos. En las Actas de los Capítulos Provinciales se indicó que los religiosos encargados de la edificación de un convento debían pagar lo debido a los indígenas que participaran en los trabajos de construcción, que no podían ser más de doscientos y que debía enseñárseles un oficio relacionado con la construcción.

Los conventos dominicos se extienden principalmente hacia el sur; los primeros serán el de Oaxtepec y el de Izucar y luego hacia la Mixteca: Yanhuitlán, Noschitlan, Teposculula; en la zona Zapoteca entre los años 1532-1540 el de Etla, Coutlán, y Villa Alta. En menos de cincuenta años cubren todo el actual territorio del Estado de Oaxaca; en los inicios del siglo XVII comienzan a extenderse hacia el norte de México. “Las Actas del capítulo provincial de 1608 denuncian que el Maestro de la Orden ha aceptado la fundación del convento-colegio de la Santa Vera Cruz de Zacatecas, como convento formal de la provincia; y ha instituido por su primer prior al P. Fernando de Cubas. El Provincial de Santiago de México, Fr. Felipe Galindo conseguirá para la provincia la fundación del convento más norteño de la misma; Santa Rosa de Sombrerete, situado al norte del actual Estado de Zacatecas. Este convento-colegio fue, durante más de un siglo y medio, semillero fecundo de excelentes sacerdotes diocesanos, y propagador infatigable de cultura en los estados del noroeste de la nación. De igual manera lo eran, en el centro los dos conventos del Rosario de Guadalajara y de la Santa Vera Cruz de Zacatecas.” Hacia finales del siglo XVII se fundarán los conventos de Querétaro y San Juan del Río, y ocho puestos misionales en la Sierra Gorda, cada uno con su propio sacerdote.

Fieles a su vocación intelectual, los frailes dominicos tuvieron destacada participación en la Real y Pontificia Universidad de México. “Durante el primer medio siglo desempeñaron la cátedra de prima de teología casi ininterrumpidamente. El primero en obtenerlo, en oposición con fray Alonso de la Veracruz, fray Pedro de la Peña; más tarde provincial de Santiago de México y obispo de Quito.”

Participación en el Episcopado novohispano y defensa de los indígenas

Aún más relevante fue la participación de la Orden de Predicadores en la conformación del Episcopado de la Nueva España y su decidida y firme defensa de los indígenas. Esa labor tuvo su inicio con quien fue el primer obispo de Nueva España, el fraile dominico Fray Julián Garcés (1452-1542) nombrado obispo por S.S. León X cuando erigió la diócesis «Carolense» en 1519, dos años antes de la Conquista de México cuando aún se ignoraba la realidad de los naturales existente en el interior del país, e incluso eran desconocidas sus dimensiones territoriales. Al consumarse la Conquista, la diócesis Carolense se concretó como «diócesis de Tlaxcala», ratificándose a Fray Julián Garcés como su titular.

En Tlaxcala Fray Julián se enfrentó a la situación de injusticia contra los indígenas generada por el gobierno de la primera Audiencia presidida por Nuño Beltrán de Guzmán quien, junto con sus oidores, afirmaba tajantemente la irracionalidad de los indios y manifestaba públicamente su oposición a que fueran evangelizados. Comprendiendo la trascendencia del asunto, Fray Julián Garcés escribió al Papa Paulo III una larga y exquisita carta en defensa de los indígenas y para informarle detalladamente el problema, y temiendo que la carta fuera interceptada por las autoridades de la Audiencia, la envió a Roma por conducto del también dominico Fray Bernardino de Minaya quien la entregó en propia mano al Pontífice. “En ella no sólo defiende la racionalidad de los indios, su aptitud para ser evangelizados y por tanto su libertad, sino también alaba sus grandes capacidades para las ciencias y las artes, así como sus hermosas virtudes sociales.”

La respuesta de S.S. Paulo III fue la Bula «Sublimis Deus» (1537) en la que el Pontífice resuelve: “….Determinamos y declaramos (no obstante lo dicho ni cualquiera otra cosa que en contrario sea) Que los dichos indios y todas las demás gentes que de aquí en adelante vinieren a noticia de los cristianos, aunque más estén fuera de la fe en Jesucristo, que en ninguna manera han de ser privados de su libertad, y del dominio de sus bienes y que libre y lícitamente pueden y deben usar, y gozar de la dicha su libertad y dominio de sus bienes, y en ningún modo se deben hacer esclavos; y si lo contrario sucediere, sea de ningún valor ni fuerza. Determinamos y declaramos también, por la misma autoridad apostólica que los dichos indios y otras gentes sus semejantes han de ser llamados a la fe de Jesucristo con la predicación de la palabra de Dios y con el ejemplo de la buena y santa vida.”

Otro obispo dominico destacado fue Fray Bartolomé de las Casas O.P. (1474-1566), nombrado obispo de Chiapas en 1543 y aunque permaneció en su diócesis sólo un año (1545) mereció el título de “apóstol de los indios” por la promoción y defensa de la dignidad de los indígenas que había realizado en la Corte Española, especialmente en la “Controversia de Valladolid” que dio origen a las “Leyes Nuevas” promulgadas por Carlos V el 20 de noviembre de 1542 “que en gran parte daban satisfacción a las demandas de Las Casas. Representaban una victoria de la conciencia cristiana. En las mismas se establecía «Ordenamos y mandamos que de aquí en adelante por ninguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so título de rebelión ni por rescate, ni de otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno; y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la Corona de Castilla, pues lo son»” . El Obispo Las Casas es también conocido por su obra “Brevísima relación de la destrucción de las indias” escrita en Valencia, obra que dio verisimilitud a la «leyenda negra».

“En los tres siglos del virreinato la Orden de Predicadores proporcionó a la nación mexicana veinte obispos. Pero en los primeros ochenta años, es decir los correspondientes al siglo XVI, siglo verdaderamente creador de nuestra iglesia y nuestra nación, de los treinta obispos que figura en la historia de la Iglesia de México del P. Gutiérrez Casillas, S.J., doce pertenecen a la orden dominicana.” Entre esos doce están: Fray Alonso de Montúfar, segundo arzobispo de México y que convocó y presidió los Concilios Mexicanos primero (1555) y segundo (1565); Fray Tomás de Casillas, obispo de Chiapas y Fray Bernardo de Alburquerque, obispo de Oaxaca.

Declinación y restauración de la Orden Dominica en México

Al igual que todas las órdenes religiosas en México, la Orden de Predicadores dejó de existir legalmente en 1859 con la promulgación de las “Leyes de Reforma”, aunque de hecho “siempre quedó un resto” dirigido por Fray Nicolás Arias como Vicario Provincial. La “Ley de nacionalización de bienes eclesiásticos” del 12 de julio de 1859, en su artículo quinto decía a la letra: “Se suprimen en toda la República las órdenes de los religiosos regulares que existen, cualquiera que sea la denominación o advocación con que se hayan erigido, así como también todas las archicofradías, congregaciones o hermandades anexas a las comunidades religiosas, a las catedrales, parroquias o cualesquiera otras iglesias.” Esta bárbara ley destruyó, además de la existencia de las Órdenes religiosas en México. el gran acervo cultural que guardaban los conventos, seminarios, escuelas, hospitales, asilos, hospicios y demás edificios construidos para albergar las obras sociales de la Iglesia. Los mismos edificios fueron convertidos en cuarteles, cárceles, cantinas, etc., o simplemente fueron demolidos.

No fue sino hasta 1895 cuando el gobierno de Porfirio Díaz (1876-1911) permitió la restauración de la Orden de Predicadores; Fray José Domingo Martínez, Vicario General y Visitador Apostólico trajo a varios religiosos dominicos españoles para restaurar las Provincias desoladas, constituyendo la «Congregación de los Dominicos de México» integrada por las cuatro antiguas Provincias mexicanas. En 1904, el Capítulo General de la Orden estableció en México dos «Congregaciones»: la de México y la de Puebla. Pero diez años después la Revolución carrancista volvió a destruirlas, por lo que en 1919 un decreto del Maestro de la Orden Luis Theissling, redujo ambas Congregaciones a “misiones”. La posterior y más radical persecución religiosa desatada por el gobierno de Plutarco Elías Calles en 1926-1929, disminuyó aún más la actividad y presencia de la Orden dominicana en México. Los “arreglos” de 1929 que pusieron fin a la Cristiada y las repercusiones de la Guerra en Europa, obligaron al gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940)a moderar la política anticlerical y la Iglesia empezó a tener una precaria libertad de acción. En 1938 los dominicos regresaron a Oaxaca teniendo como vicario a Fray Vicente Escalante. En 1948 los dominicos realizaron una misión en todo el territorio de la Arquidiócesis de Puebla de los Ángeles; misión que culminó con la coronación pontificia de la imagen de Nuestra Señora del Rosario que se encuentra en la Capilla del mismo nombre, y que por su arquitectura y decorado barroco es llamada por muchos “la octava maravilla del mundo”. En 1961 se restauraron las provincias de Santiago de México y de San Hipólito Mártir de Oaxaca. Hoy en día, la Orden de Predicadores cuenta en México con más de veinte conventos y atienden innumerables parroquias y centros misionales, además de contar con diversas publicaciones y un centro de investigación histórica con sede en la ciudad de Querétaro.

NOTAS:


BIBLIOGRAFÍA:

  • Anuario Dominicano. Tomo I Instituto Dominicano de Investigaciones Históricas. Provincia de Santiago de México. 2005
  • Dominicos en Mesoamérica 500 años. Provincia de Santiago de México. Provincia de Teutonia. 1992
  • Höffner Joseph. La Ética Colonial Española del Siglo de Oro. Cultura Hispánica, Madrid, 1957
  • Juan Pablo II. Encuentro con los intelectuales mexicanos. FUNDICE, México, 1991

JUAN LOUVIER CALDERÓN