DOMINICOS en el « Novus Orbis »

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Fray Diego de Deza y Cristóbal Colón

El 21 de diciembre de 1504, desde Sevilla, Cristóbal Colón escribía a su hijo Diego, que se hallaba en La Corte: «Es de trabajar de saber si la Reina, que Dios tiene, dejó dicho algo en su testamento de mí, y es de dar priesa al señor obispo de Palencia, el que fue causa que Sus Altezas hobiesen las Indias, y que yo quedase en Castilla, que ya estaba yo de camino para fuera».

Colón, recién llegado, cansado, físicamente derrotado o enfermo, está en vilo y en penas. Azuza a su hijo a que averigüe si la reina, su gran protectora, ha dispuesto algo en su testamento -falleció en Medina el 26 de noviembre de 1504- sobre sus intereses, y le indica la vía para lograrlo: el «obispo de Palencia», es decir, fray Die¬go de Deza. Casi de soslayo, la hace la inesperada, refulgente confesión: él fue «la causa» del Descubrimiento.

En 1892, al conmemorarse y celebrarse el IV Centenario, Pierre Mandonnet, profesor de la Universidad de Friburgo (Suiza), iniciaba sus lecciones sobre Les do¬minicains et la découverte de I'Amérique por ese luminoso texto colombino. A su za¬ga, aunque con otra técnica, de él parto yo también para el bosquejo que se me ha encomendado explicar en este simposio. Es, sin duda, por su augusto origen y por su calor paterno -por su sinceridad-, el más firme punto de partida para una ex¬posición, sumaria por fuerza, del servicio de los dominicos a la aventura colombina y a la subsiguiente evangelización del Novus Orbis.

Advertiré, para empezar con buen pie, pisando en terreno sólido, que la mentada confesión colombina no es un monolito, ya que arropan otras declaraciones epis¬tolares. Por ejemplo, el 21 de noviembre del mismo año de 1504, le había dicho a Die¬go: «Feciste bien de quedar allá a remediar algo y a entender ya en nuestros nego¬cios. El señor obispo de Palencia, siempre desque yo viene a Castilla, me ha favore¬cido y deseado mi honra». Aprueba, pues, que Diego se haya quedado en la Corte, sin correr a Sevilla, y reaparece la figura de Deza como el clavo de seguridad al que debe agarrarse.

Sin que sea preciso aducir más textos o pruebas documentales, sí se me antoja -presumo que también a los lectores- preguntar: ¿dónde y cuándo se encontraron el obispo y el navegante? Algunos responden, casi a bote pronto, que ocurrió el encuentro Colón-Deza en Salamanca. A mi parecer, no fue allí, y no porque a Colón no se le hubiese perdido nada en Salamanca -donde siempre se encuentra algo-, sino porque la baza o el apoyo a su proyecto tenía que buscarlo en la Corte; y la Corte, de ordinario ambu¬lante, por no decir trashumante, se hallaba, cuando Colón “presentó” su proyecto por primera vez, en Córdoba.

Allí, en Córdoba, ubica Las Casas, amigo de la familia y muy alerta y cercano a los sucesos. No es cosa de divertirnos a las andanzas cordo¬besas de Colón, y a los amoríos con Beatriz de Arana, que fructificaron en Fernando Colón, primer biógrafo de don Cristóbal. Precisamente, el editor y anotador de la biografía, Harrisse, puso en tela de juicio, con objeciones que Mandonnet califica de “formales”, que el encuentro Deza-Colón ocurriese en Salamanca. Con la mejor de su oficio, Mandonnet trata de desanudar esas objeciones. No vaya caer en la misma flor. Están enhiestas: el relato del encuentro en Salamanca se lo sacó de la fantasía Remes, al siglo y medio más tarde, lo mismo que 'licenció' por Salamanca a Bartolo¬mé de las Casas.

Ambas cosas -encuentro Colón-Deza, estudios de Bartolomé de Las Casas en la ciudad del Tormes-, son agua que Remesal lleva a su río o a su cró¬nica, pero sin legitimación o pruebas documentales. Es más verosímil el apunte de Bartolomé de las Casas, que lo sitúa (el encuentro) en Córdoba. Leamos el apunte lascasiano: «Partíóse (Colón) para la Corte, que a la sazón estaba en la ciudad de Cór¬doba, de donde los Reyes Católicos proveían en la guerra de Granada, en que andaban muy ocupados. Llegado en la Corte a 20 de enero, año de 1485, [… ] procuró de hablar e informar las personas que por entonces ha¬bía en la Corte señaladas y que sentía que podían ayudar. Éstas fueron el cardenal don Pedro González de Mendoza [...]; otro era el maestro del príncipe Don Juan, fray Diego de Deza, de la Orden de Santo Domingo».

No hay desperdicio, como no hay inexactitud, en el relato. Fray Diego se hallaba efectivamente, en Córdoba, con la Corte, en calidad de «maestro del príncipe». Las Casas «vio» la carta mentada de Colón, y, además, «muchos años antes que lo viese yo escripto», lo había oído. En fin, hay constancia de ayudas económicas de los Reyes al viandante Colón, y también indicios de que Deza actuó como “mediador” en pro de los intereses del Al¬mirante.

Las primeras diócesis americanas Otro asunto del que incidentalmente se preocupó Colón y que patentiza la con¬fianza que le inspiraba fray Diego, es el de las primeras diócesis del Novus Orbis. Co¬mo se sabe -o como he demostrado en otro lugar-, la erección o fundación de diócesis en el Novus Orbis la promocionaron los Reyes. Pues bien; Colón quiso me¬ter baza, pues no en balde había sido el “primer evangelizador” de los indios. Y qui¬so meterla a través de Deza, a quien se había encomendado la “eclesialización” de ma¬rras. El 1° de diciembre 1504, siempre desde Sevilla, don Cristóbal Colón comenta y sugiere en carta a su hijo Diego: «Acá se diz que se ordena de enviar o facer tres o cuatro obispos de las Indias, y que al señor obispo de Palencia está remitido esto. Después de me encomendado en su merced, dile que creo que será servicio de Sus Altezas que yo fable con él primero que concluya esto».

No sabemos, ni en verdad hubo ocasión, de un cambio de impresiones. La puesta en marcha del plan de “crear” algunos episcopados en América sufrió retrasos y retoques. En el ínterin -y quizás para una mayor agilización del proyecto--, De¬za fue promovido a la sede arzobispal de Sevilla. Las etapas de la fundación de dió¬cesis las jalonan las bulas papales: la «Illius fulciti» del 20 de noviembre de 1504, que no tuvo efecto por “silenciar” el derecho de patronazgo; la «Universalis Ecclesiae», del 28 de julio de 1508, que concedía el patronato, pero que no se aplicó, porque se varió el primitivo proyecto; y la «Romanus Pontifex», del 8 de agosto de 1511, que es la que se ejecutó y debe ser considerada como la bula fundacional de los episcopados del Novus Orbis.

Curiosamente, en 1892 Fidel Fita anhelaba el hallazgo del texto latino, que se desconocía. Y extrañamente, en 1992 J. Metzler, en su raccolta de documen¬tos pontificios de América, tampoco da señales de conocerla, limitándose a insertar una versión, más o menos fiel, de tan primordial documento. La laguna es tanto más singular cuanto que hace ya cuatro o cinco años que se publicó. La bula «Romanus Pontifex» -la fundacional o efectiva- contiene, entre otras, cuatro cláusulas de gran importancia: 1) Supresión de las tres diócesis del primitivo proyecto («supprimimus et extin¬guimus»). 2) Erección de tres nuevas («ad Omnipotentis laudem et Militantis Ecclesiae exaltationem»), a saber: Concepción de la Vega, Santo Domingo y San Juan de Puerto Rico. 3) Las tres serán sufragáneas de la arzobispal o metropolitana de Sevilla («ipsas vero ecclesias ... Hispalensis ecclesiae sufraganeas esse volumus»). 4) Y reafirmación del real patronato concedido a los Reyes de León y Castilla («ecnon ius patronatus ... regi Castellae et Legionis in perpetuum concedimus»).

Se podría insinuar que la «Romanus Pontifex» es una bula “deziana”?. No me atrevo a tanto, pero sí subrayo que fray Diego de Deza desempeñó un protagonismo de pri¬mer plano en la reforma del primitivo proyecto y, sobre todo, en la ejecución de la Bula «Romanus Pontifex» : los tres obispos nombrados, preconizados y consagrados pa¬ra esas tres diócesis son «personas» del círculo de Deza (al menos dos: su sobrino Pedro, de Concepción; su capellán Alonso Manso, de Puerto Rico). Por lo demás, las nuevas diócesis quedaban vinculadas a Sevilla, su sede, como sufragáneas. Y el módulo estructural de las novísimas iglesias no era otro que el de la iglesia metropo¬litana.

En fin, la variante que se introduce en el primitivo proyecto -que contem¬plaba una provincia eclesiástica o arzobispado en el Novus Orbis, con sede metropo¬litana en Concepción de la Vega- potenció a Sevilla, haciendo sufragáneas suyas a las tres diócesis americanas. En fin, Deza consagrará a los nuevos obispos en Sevilla, excepto a García de Padilla, (que se dio mucha prisa a consagrarse y ninguna a ir a su sede y de hecho no llegó), y será el primer metropolitano o arzobispo de Indias. Él, en efecto, administró la ordenación episcopal a don Alonso Manso el 26 de sep¬tiembre de 1512 en el palacio y actuó como testigo en la erección de la catedral de Puerto Rico, protocolizada el mismo día. Manso “pasó la mar” y arribó a su sede el 25 de diciembre -¡día de Navidad!- de 1512.

Sevilla continuó como metropolitana de las diócesis de Indias -las tres menta¬das y otras que se erigieron después- hasta 1546, año en que se reestructuran los episcopados del Novus Orbis en tres provincias o arzobispados: Santo Domingo, México, Perú. En 1511, año de la «Romanus Pontifex», y consiguientemente en 1512, ya estaban evangelizando -«predicando»- en las Antillas los dominicos. Y de esto me in¬cumbe hablar más in recto, y más despacio.

Dominicos en el «Novus Orbis» «En el año de mill y quinientos y diez, creo que por el mes de septiembre, trujo la divina Providencia de la Orden de Sancto Domingo a estas In¬dias». Bartolomé de las Casas, que estaba «in situ», clava la piedra miliar cronológica con temblorosa emoción: es un acontecimiento histórico y un hito que ni él, ni yo en es¬ta sede, perderemos de vista.

La llegada, pues, aconteció en el mes de septiembre de 1510. Los preparativos pa¬ra el viaje son también conocidos: el primer signo o anuncio lo hallamos en una or¬den de fray Tomás de Vio Cayetano, Maestro General de la Orden de Santo Do¬mingo, el 3 de octubre de 1508, en efecto, mandó a fray Tomás de Matienzo, vicario de España, enviar al «Novus Orbis» 15 frailes. Tardan o emplean casi dos años en orga¬nizar y realizar el viaje, por pasos conocidos, y en la primera expedición fueron sola¬mente cuatro: fray Pedro de Córdoba, fray Antonio Montesinos, fray Bernardo de Santo Domingo y fray Domingo de Villamayor. El rey don Fernando, que promo-cionó y pagó la expedición, escribía el 20 de noviembre de 1510 a don Diego Colón, almirante y gobernador de las Indias:

«Los padres dominicos, que esas partes residen, viendo al buen fruto que su santa doctrina hace, procuran de crecer el número de los que allá hay, e agora van otros ciertos religiosos doctos y personas de muy buena y hones¬ta vida y conciencia, y celosos de Dios nuestro señor, y muy buenos predi¬cadores. Y porque allá querría hacer y fundar algunos conventos y casas de su Orden, yo os encargo y mando que les señaléis muy buenos sitios y en lugares apacibles para su recogimiento, donde ellos puedan hacer y fundar las dichas casas de su Orden; y en todo los favoresced y ayudad, como su su doctrina y buen fruto, que con ellas en esas partes hacen, merescen: que, demás de ser en ello nuestro Señor muy servido, a mí haréis mucho placer y servicio».

Su Majestad se refiere a la segunda expedición, que estaba a punto de partir, y se hizo a la vela a fines de aquel año. Siguieron otras, hasta completar el número :;:-rC\-isto de 18 misioneros, que llegaron a «salvamento» en el primer año de la apertura de la misión.

Las sucesivas levas, el arraigo y el fuerte despliegue de la Orden de Predica¬dores en el Novus Orbis -que para ellos fue un locus theologicus, un lugar teoló¬gico y apostólico- interesan a la historia de las misiones y, por supuesto, a la historia de los dominicos. Llamo la atención solamente sobre el cuidado que pu¬sieron en la infraestructura, organizando dos plataformas robustas: la de Andalucía, donde erigen una «provincia nueva» para atender las necesidades del novísimo campo apostólico; y la de Canarias, paso obligado de avituallamiento, que no mucho tardar ve multiplicar sus conventos y a la postre logra también rango de Provincia autónoma. Con todo, nos interesa hic et nunc (aquí y ahora) el programa que, en sus líneas esenciales, aparece esbozado por el Maestro General: hacer o fundar conventos; estudiar; predicar.

El paralelismo con los programas primitivos de la Orden es evidente: el funda¬dor, Santo Domingo, envió a sus frailes a París, a Bolonia y a Madrid -puntos de destino-- a esas faenas, como declara uno de los enviados. Cayetano, inteligente y reformista, no tiene otro modelo que el de Santo Domingo. Y en el entusiasmo y en el apoyo y en las directrices que da a los enviados al Novus Orbis no deja en el tinte¬ro señalarles esa triple finalidad, ese programa.

Y causa admiración, ya que hubo testigos, la puntualidad con que fray Pedro de Córdoba y sus correligionarios cumplieron el programa. Al sensibilísimo Bartolomé de las Casas le impresionó la austeridad, la disciplina, el celo apostólico de aquel grupo de frailes. Y los cronistas de la Orden, como Valtanás y Olmeda, subrayan también el temple genuinamente dominicano de los primeros frailes que pasaron a Indias. Por lo demás, no tardó en relucir ese estilo.

La predicación profética En la vida comunitaria -penitente, orante, estudiosa- se forjó la predicación de los dominicos de Santo Domingo. Una predicación de profética denuncia, de apocalíptica y dolorida voz de adviento. El testigo Bartolomé de las Casas, como si aún no hubiese salido de su asombro, refiere en formidable síntesis el sermón prepa¬rado colegialmente por la comunidad y heraldeado desde el púlpito por el vocero «fray Antón Montesino» el 21 de diciembre de 1511.

Algún crítico sugiere que Las Casas re-elaboró a su modo la versión de los dos sermones -porque fueron dos, el segundo de remache del clavo- de Montesinos. Mas no se puede poner en tela de juicio la sustancia de la predicación, pues sabemos por otros medios el alboroto que produjo, y que el virrey don Diego montó en cóle¬ra y amenazó a la comunidad con reenviarlos a todos a la Península. De hecho, la acusación del virrey llegó a la Corte, y el provincial de los dominicos, fray Alonso de Loaysa, fue informado, y escribió un agrio mensaje a sus súbditos. Que se vieron en la instancia de ir a rendir cuentas de sus dichos.

De aquella encrucijada salieron airosos los acusados, como es sabido. El cuadro misional se reforzó con nuevo contingente de «predicadores»; la catolicidad del rey y su interés por la evangelización y por los “vasallos” del Novus Orbis, saltaron sobre el tapete y sobre la mesa redonda, ya que convocó una junta de jurisconsultos y teólo¬gos que elaboraron las primeras Leyes de Indias (Burgos, 1512); y también dejó en¬trever su genio político, animando a fray Pedro a abrir cabeza de puente misional, como paso a ulteriores asentamientos coloniales, en Paria (en el oriente venezolano).

Las tensiones provocadas por la predicación profética de los dominicos en La Es¬pañola favorecieron, analizadas a la luz de los hechos, la irradiación a Puerto Rico, a Cuba y a la costa de Cumaná. Eran sitios más cómodos, humanamente hablando, que Santo Domingo, donde residía el estado mayor; y vistas a la luz de la “Divina Providencia”, como gustaba decir Bartolomé de las Casas, propiciaron predicación del Evangelio en las islas del Caribe y en la tierra firme de Venezuela. No hay, pues, mal que por bien no venga, según los divinos designios. Otros factores determina¬rán, en los años siguientes, la expansión misional dominicana, y de otras familias re-ligiosas, a México y Perú.

Mas no pretendo, ni es de este sitio, hacer una exposición detallada del arraigo y despliegue de la Orden dominicana en Hispanoamérica. Aun limitándonos al siglo XVI, es una faena que desborda por completo mis posibilidades. Bastará con otear, en visión panorámica, la constelación de conventos y de universidades y de “doctri¬nas” y de “misiones” que los dominicos instalaron en ese vasto mundo. Realmente fue una expansión fértil, originando una serie de “provincias” -Santa Cruz de Indias, Santiago de México, San Juan Bautista del Perú, etc., etc.-, cada cual con su ejecu¬toria de servicio y de evangelización.

Dado el carácter de nuestro simposio, me parece más oportuno insistir en los contenidos típicos de la evangelización dominicana. Esos contenidos son fundamentalmente metodológicos e ideológicos; o si se prefiere, fue una «predicación» teológica.

La lengua, lugar de encuentro Sobre la metodología empleada por los dominicos en su trabajo apostólico -asunto que se presenta a muy variadas reflexiones- sólo quiero subrayar el aprendizaje de las lenguas nativas como «lugar de encuentro» entre el catequizador y el catecúmeno. Es evidente que el hombre se entiende hablando, pero en la misma lengua. Si no es en la misma, en vez de “encuentro” se produce un “diálogo de sordos”.

Al principio, fray Pedro de Córdoba -a quien la Orden no tardará en otor¬garle la investidura de Predicador General- predicaba a los colonos en español, cosa natural; pero tenía que valerse de intérprete -«lengua», le apellidan los vie¬jos textos con expresiva propiedad- al dirigirse a los nativos. Uno de los oyen¬tes más avispados, el “colono” Bartolomé de las Casas, rememora la impresión que le causó fray Pedro y describe así su figura y su prédica en Concepción de la Vega:

«Rescibiólo el Almirante [don Diego Colón] y doña María de Toledo, su mujer, con gran benignidad y devoción, y hiciéronle reverencia, porque el venerable y reverendo acatamiento y sosiego y mortificación de su persona, aunque de 28 años, daba a entender a cualquiera, que de nuevo lo viese, su merecimiento. Creo que llegó sábado, y luego domingo, que acaeció ser en¬tre las octavas de Todos los Santos [primero de noviembre de 1510], pre¬dicó un sermón de la gloria del Paraíso […], sermón alto y divino, e yo se lo oí [...] Amonestó en él a todos los vecinos que, en acabando de comer, enviasen a la iglesia cada uno los indios que tenía en casa [...] Enviáronlos todos, hombres y mujeres, grandes y chicos; él, asentado en un banco y en la mano un crucifijo, y con algunas lenguas o intérpretes, comenzóles a pre¬dicar desde la creación del mundo, discurriendo hasta que Cristo, Hijo de Dios, se puso en la cruz».

Los sermones de fray Pedro y de su comunidad, concienzudamente estudiados y preparados, solían ser catequesis ricas en análisis de la “historia de la salvación”. De ellos hay huella material en el «catecismo» que él, fray Pedro, escribió y que, algunos años después, saldrá a la luz en letra de molde. La cita, con todo, produce impresión desagradable en lo que al modo de comu¬nicarse se refiere: a través de una lengua o traductor. El muro u obstáculo espoleó a los predicadores al aprendizaje de las lenguas y de las culturas de los aborígenes. Es realmente positiva la labor realizada por los do¬minicos -si bien no exclusivamente suya, ya que la compartieron con misioneros de otras familias religiosas- en el campo de las lenguas de los indios.

De ordinario, se exalta, y es legítimo hacerlo, la «Gramática Castellana» de Nebrija, como «compañe¬ra» del «imperio» español en el Nuevo Mundo. Pero muy agudamente observa, a este propósito y haciendo justicia distributiva, Antonio Alatorre, profesor e investi¬gador del Colegio de México: «Quienes hicieron imperial la lengua castellana no fue¬ron [el Arte o Gramática, de Nebrija, ni] los conquistadores, sino los [...] innumera¬bles frailes que dialogaron con el vencido en su lengua. El paradójico cimiento de la lengua castellana en América, es una serie impresionante de gramáticas y diccionarios de peregrinas lenguas: náhuatl, otomí, zapoteco, guaraní, quechua, y tantas más. De paso, esos frailes escribieron una página brillantísima en la historia de la lingüística. Fueron lingüistas en el sentido más noble: expertos en comunicación verbal entre los hombres. La hazaña de Nebrija es muy chica frente a la de ellos».

Los peruanistas han admirado siempre la faena quechuísta de fray Domingo de Santo Tomás: «es, sin duda -apostilla Porras Barrenechea-, el fundador de los estudios de lingüística en el Perú». Su Gramática y su Vocabulario «inician la labor científica del quechuisrno». Es sólo un ejemplo. Labor análoga, y tal vez más rica, fue la llevada a cabo por Fray Francisco Jiménez, en Chichicastenango (Guatemala): no sólo aprendió el quiché, tradujo al romance el Popol Vuh fuente primordial hoy para conocer la etnogra¬fía y la cultura precolombina de aquella región.

En el haza cultural se ha revalorizado modernamente, por su agudeza metodoló¬gica la obra que fray Diego Durán. Dávila Padilla, más superficial como buen humanista, juzgó que era un libro de «antiguallas». Sin embargo, el criterio que guía sus pesquisas no puede ser más científico: no se puede evangelizar a los indios si no se conoce a fondo su cultura, su religión ancestral, su idioma.

De fray Domingo de Santa María informaba fray Domingo de Betanzos: «apren¬dió la lengua de esta bárbara gente [se refiere a los mixtecos] », y añade, admirado: «es cierto que ninguna otra persona hasta hoy la haya podido aprender». Y se podrían aducir muchas pruebas más. Huelgan, creo yo.

Amor al indio

En cuanto a los contenidos de la evangelización dominicana en el «Novus Orbis», hay que destacar un principio generalísimo: el amor a los indios. Sin ese acicate, no se va a ningún sitio, y menos se pasa la mar y se gasta la vida en una misión que im¬plicaba abnegación total. El móvil de todo apóstol es el amor, como recuerda y en¬carna San Pablo. Para un dominico, el dechado lo tenía en Santo Domingo, predica¬dor itinerante, siempre a zaga de San Pablo.

Y, claro está, no se comprende ni se explica el sacrificio de los evangelizadores sin ese conocimiento, sin ese servicio amoroso al indio. Lo que, a su vez, supone que par¬ten del supuesto antropológico: son «seres racionales»; y del supuesto teológico: «ca¬paces de evangelización». La hombría del indio, su capacidad de salvación; he ahí dos supuestos, dos fundamentos ideológicos de la labor evangelizadora de los dominicos.

A fuer de justos, tendríamos que advertir que se trata de supuestos comunes y vigentes en todo evangelizador. Con todo, también debemos subrayar que los domi¬nicos, debido a su aguerrida predicación profética, insistieron en la proclamación de la hombría de los indios, en su capacidad de salvación, en la necesidad de anunciar¬les «la buena nueva», en la lucha teológica por sus derechos humanos.

Y a este propósito -sobre el que insistiré más abajo--, quisiera «absolver de la instancia» de negador de la racionalidad de los indios que es cargo socorrido que se hizo en sus días al venerable y admirable fray Domingo de Betanzos, y se lanza, a carga cerrada, opacando su memoria en los nuestros.

Hay pocos evangelizadores en la primera mitad del siglo XVI tan dinámicos y generosos entre los dominicos, como Betanzos. La acusación salió no sé de qué manga enemiga, y llegó, como un oscuro y negro rumor, a México. Rebotó desde allí al Consejo de Indias. «Por letras de personas particulares se ha sabido cómo fray Domingo de Betanzos hizo relación que los naturales de esta tierra no tienen capaci¬dad para entender las cosas de nuestra fe».

El informe sigue, chorreando tinta oscura, acosándolo, refutándolo. Para colmo, salta a la palestra, conteste en la acusación, Ramírez de Fuenleal, Presidente de la Real Audiencia Mexicana y hombre de saber y prestigio. Los rumores de la marea negra llegaron, quizás a través del Consejo de Indias, al presunto reo, que se dolió del lance; y se defendió con vigorosa dignidad. Los ru¬mores eran puro infundio, pura insidia. ¿Cómo podía él decir que los indios eran incapaces de salvación -seres irracionales, en definitiva-, si había gastado su ju¬ventud en adoctrinarlos y, lo que es más, está ahora levantando una leva de 40 reli¬giosos para conducirlos a México y continuar allí la faena evangelizadora? El argu¬mento no tiene vuelta de hoja, porque es vital, personal. Carecería de sentido lo que había hecho y, más aún, lo que estaba haciendo.

He aquí como se defiende y cómo arguye: «[1] Días ha que hablé en esta materia en este Consejo por importunación de vuestras mercedes, que me 10 mandaron. Dije entonces lo que siento ahora, y ahora siento lo que dije entonces [oO.]. [2] Una cosa quiero decir, la cual vuestras mercedes deben mirar, porque les será gran lumbre para mucho de lo que deben hacer: yo he hablado al¬go en la capacidad de estos indios en común, no diciendo que totalmente son incapaces, porque esto nunca lo dije, sino que tienen muy poca capaci¬dad, como niños, lo cual ha sido harto mordido y adentellado; y esto, como bien saben vuestras mercedes, no lo dije yo para que se dejase de poner en su conversión y enseñanza todo el trabajo y diligencia que posible fuese, y siempre lo he deseado yo así. Por lo cual en aquella tierra he trabajado har¬to, y con este deseo vine a España y fui a Roma, por llevar religiosos y per¬sonas doctas y santas, las cuales ahora llevo, como vuestra reverendísima se¬ñoría y mercedes saben; y aunque mi boca callase, los trabajos que yo he pasado y tengo de pasar por remediar estas gentes, darían testimonio del deseo que tengo de su salvación y remedio.

Resulta comprensible hasta cierto punto, que lo que Betanzos dijo en el Consejo llegase a México en versión abultada y deformada. Lo que no se comprende es que se insista en presentarlo como negador de la capacidad de los indios para recibir la fe. La contraprueba está a la vista, incontestable. Por lo demás, lo que caracterizó a la evangelización dominicana, según apunté y voy a seguir exponiendo, fue su alto contenido ideológico: son hombres, son capa¬ces de salvación, tienen derechos de hombres, incluido el “derecho” a la evangeliza¬ción, son libres, hay que evangelizarlos en paz y en libertad. Al hacer estos simples enunciados entramos en el cogollo del tema.

Cayetano, Las Casas, Vitoria ... El nomenclator de los dominicos que sobresalen en la «teología de la evangelización» es largo. Los nombres de estos tres -Cayetano, Las Casas, Vitoria- son quizás los más conocidos. De ahí que los cite como interlocutores o como paradigmas. 1.- CAYETANO. La contribución de fray Tomás de Vio Cayetano a las misiones de los dominicos en el Nuevo Mundo fue, como vimos, fundamental; por su cargo de Maestro de la Orden, por su visión de los problemas, por su anhelo de retorno al modelo primigenio y por su temperamento reformista, Cayetano fue el motor y el al¬ma de la aventura apostólica de los dominicos en el inmenso y novísimo Continente. Esto es conocido y reconocido. Ya no es cosa tan sabida su aportación a los conteni¬dos ideológicos del trabajo de aquellos evangelizadores. Y cabía esperar que, siendo el responsable de la hazaña, en su calidad de Rector de la Orden, continuase promo-viéndola y ayudándola desde su puesto de cardenal de Curia y, sobre todo, desde su fama de teólogo omnisciente. Y a fe, no desmintió ni la fama ni el apoyo a la misión: admiraba y alababa a aquellos operarios evangélicos como auténticos dominicos y los comparaba, a boca llena, a los apóstoles.

Estos asertos o estos presentimientos, soterrados, han salido a flote al redescu¬brirse su respuesta a una serie de preguntas que le hicieron los frailes que trabajaban en Nueva España, sobre cuestiones prácticas del ministerio evangelizador. La res¬puesta está datada, por fortuna: «Romae, die 4 novembris, 1532». El cuestionario lo trajo en mano, a mi parecer, fray Domingo de Betanzos. Y me place y complace po¬nerlo a gala, ya que tan injustamente han tratado algunos historiógrafos a este hombre, figura augusta del evangelismo dominicano de la primera mitad del siglo XVI.

Betanzos andaba misionando en Guatemala; los frailes de Nueva España lo llamaron urgentemente, delegando en él poderes para venir a Roma y suplicar que se erigiese en México una provincia autónoma, independiente de la de Santa Cruz de Indias. Betanzos se puso en camino. El 7 de diciembre de 1531 lo hallamos en Puerto Rico; el obispo, primero de América, don Alonso Manso, delegó en él la visita ad limina: la primera también que un obispo del Nuevo Mundo hizo. Al pasar por la Corte, Be¬tanzos informó al Consejo de Indias de todo, oficial y extraoficialmente. El episodio mentado de la racionalidad de los indios tuvo ahí su epicentro. No disgustó a los se¬ñores del Consejo la figura y la ideología de Betanzos, estampa impresionante de apóstol: se fijan en él para “primer obispo de Guatemala” y presidente de la Audien¬cia.

Betanzos no cayó en la tentación, continuó su viaje a Roma. Aquí cumplirá el encargo de la visita ad limina como procurador del obispo de Puerto Rico y obten¬drá la autonomía de la provincia de México. Su figura y su palabra conturbaron de tal modo a Clemente VII, que le concedió todas las gracias que pedía. Eran tantas, que en el registro del Maestro General se consignó este detalle: «por mandato de nuestro señor Clemente VII». Entre las mercedes que logró, dos entrañan significa¬do peculiar: la autorización a “levantar” 30 dominicos en Andalucía y Castilla y con-ducirlos a Nueva España; la concesión de un Studium Generale en la nueva provincia de Santo Domingo de Ciudad de México.

En ese marco y en ese año de gracia y eficaces gestiones, 1532, situamos la res¬puesta de Cayetano «ad sex quaesita a fratribus praedicatoribus in Novo Con¬tinente». Las preguntas o quaesita se refieren al ministerio sacramental, concretamente so¬bre la administración de los sacramentos y sobre el servirse de niños indios para la enseñanza de la doctrina cristiana. En la imposibilidad de ofrecer un análisis de las cuestiones y de las respuestas, me limito a enumerarlas: 1. Si se puede bautizar a los indios que tienen poca instrucción; 2. Si se les debe administrar, si hay peligro para su fe por el ambiente pagano de la casa de familia; 3. Qué solución moral es la que hay que dar a los adultos que se bautizan o ha¬cen cristianos, y antes vivían en poligamia; 4. Si se debe aconsejar la confesión y admitir a la eucaristía a los pocos ins¬truidos; 5. Si se puede encargar a los niños indios la predicación, porque saben la len¬gua de los nativos;

     6. Si se pueden recibir varias limosnas por una misa.  

Como se notará por el simple enunciado, las quaesita son problemas vivos de la pastoral indiana, con los que el misionero se topaba a diario. El recurso a Cayetano es índice de la preocupación teológica y de la confianza de familia que los dominicos tienen. Se trataba de cuestiones de moral práctica. En ese campo, el famoso teólogo era una lumbrera. Pero su luz procedía de la altura o del faro de los principios. En reali¬dad, Cayetano fue primordialmente un teólogo especulativo, verificándose en él lo que el Doctor Angélico decía: intellectus speculativus extensione lit practicus.

En ese horizonte, la capacidad y la profundidad especulativas de Cayetano se vertieron en sus Comentarios a la Suma, pergeñados precisamente y dados a luz en la segunda dé¬cada del siglo XVI: se publican en 1518, Venecia, los relativos a la II-II. Aunque Ca¬yetano, adoptando un criterio altamente impersonal o formal, no hace concesiones a la galería ni a la autobiografía, es lógico que en alguna manera proyecte su especula¬ción a los asuntos del entorno eclesial. Es decir, a los problemas de la evangelización, que tan al rojo están y tan hondamente le preocupan. Ocasión pintiparada: allí don¬de el Doctor Angélico trata de la libertad de la fe. La fe es libre, y por consiguiente, su propuesta o predicación no debe hacerse a la fuerza a los infieles; otra cuestión es si los herejes y los apóstatas pueden o no ser coaccionados a cumplir lo que pro¬metieron.

Como de costumbre, Cayetano no pierde de ojo ni de fusta a Escoto, cuya opinión, «quia videtur habere secuaces», desmonta con aplomo y con acribia: « [1] Sciendum est quod, cum timar minuat rationem voluntarii [...], consequens est ut coactio [...] ad susceptionem fidei non ad voluntariam omnino, sed serviliter voluntariam terminetur: ac per hoc ad sacrilegium [...]. Religioni igitur adversatur cogere infideles omnino extraneos ab Ecclesia ad fidem: quia adversatur voluntario requisito ad sacramenta fidei. [2] Ultra hoc, quod adversatur ipsi actui fidei, qui est credere, de cuius ratione est voluntarium, ut in littera [sancti Thomae] dicitur. Quod sic intellige: medium debet es se consonum et proportionatum fini. Sed ere¬dere est de genere voluntarii; et compulsio per metum, etc., est via ad involuntarium [...]. [3] In eodem articulo considera diligenter causam iustarn belli contra in¬fideles, et compulsionis eorum, ne scilicet fidem Iesu Christi impediant aliquo trium modorum: scilicet vel blaspherniis, puta dicendo mala de Christo Iesu aut sanctis eius aut Ecclesia eius; vel persuasionibus, indu¬cendos nostros ad infidelitatern; vel persecutionibus, sive in communi, ut quotidie videmus Turcas invadere christiani nominis gentes, vel in parti¬culari, si christianos aut praedicatores fidei occidant». Más adelante, en el comentario a la q. 68, volvió a echar un cuarto a espadas, distinguiendo agudamente las especies de infidelidad. 61

2.- LAS CASAS. Las ideas de Cayetano fructifican de modo sutil en fray Bartolo¬mé de las Casas. A ellas se agarró, como a un haz de luz, sobre todo en su “campaña ideológica” en pro de la evangelización pacífica. Lo cite o no, lo haya leído y estudiado directamente, o, como a veces ocurre, de «oídas», fray Bartolomé conoce y sigue a Cayetano, a quien no le regatea el mérito de haber enviado los primeros dominicos al Novus Orbis, y a quien sigue como “maestro” en el asunto de los infieles, citando expresamente su comentario a la q. 68 de la II-II.

De perillas le cae la ocasión para contar una anécdota: «y porque viene a propósito de lo dicho», escribe, cuenta que «acaeció por este tiempo que, como el padre vicario de los dominicos, fray Pedro de Córdoba, cuando estuvo en Castilla [en 1512-1513] informó a algunos religiosos de los daños y perdición que aquestas gentes [los indios] pade¬cían»; entre otros, a fray Jerónimo de Peñafiel, «el cual fue a Roma por los negocios de la Orden, siendo Maestro General de toda ella el Gaetano». Fray Jerónimo de Peñafiel informó, a su vez, a Cayetano; lo que Cayetano opinó nos deja un tanto perplejos, o incrédulos sobre si es verdad o no; Las Casas nos insta a la credibilidad:

«Estas palabras formales me certificó a mí, que esto escribo, el dicho padre fray Jerónimo de Peñafiel, siendo prior de San Pablo de Valladolid el año de 1517, haberle dicho el Gaetano; y porque por aquel tiempo escribía sobre la Secunda secundae, de santo Tomás, acordó de escribir contra esta tiranía en la q. 66, sobre el artículo 8°, donde halló el propio lugar para la materia: la cual, en muy pocas palabras, con cierta distinción que de infieles hizo, dio luz a toda la ceguedad que hasta entonces se tenía».

Las Casas se apropia la distinción y la enriquece, aplicando el tercer tipo a los in¬fieles del Novus Orbis, pero extrañamente no mienta expressis verbis a Cayetano en su De unico vocationis modo. Las referencias o auto-citas al De unico son frecuentes en el legado literario de Las Casas. En Historia de las Indias, por ejemplo, apostilla: «Y esto verán los que quisieren leer nuestro libro (escrito en latín, cuyo título es: De unico vocationis modo omnium gentium ad veram religionem), más claro que el sol». En otros pasos dice que es su «primer libro», confesión importante, porque nos sitúa en una época temprana de su ideología, allá por 1522/1525, que fueron las primicias de su inserción en la Orden dominicana: hizo en esos años «profesión», no sólo de votos y constituciones, sino también de ideas. Fray Bartolomé de las Casas fue personaje de fuerte personalidad y de mucho protagonismo, síntesis de todo lo que un español hizo en Indias -representó casi todos los papeles del drama- y vocero de la ideología de los dominicos sobre la evangelización; en parte también artífice. No se le puede negar, por muchas tachas y cargos que se le hagan, su amor a los indios, que fue apologética historia; su procla¬mación de los derechos humanos de los indios y su campaña de evangeliza¬ción pacífica. En su “primer libro” -Del único modo de atraer a todas las gentes a la verdadera religión-, ésa es su primera lanza, su primera tesis. Y ésa es también por la que guerreará en todo el resto, largo, de su vida, y en su postrer libro, Sobre la potestad real (De regia potestate), escrito en 1563.

3. VITORIA. Rigurosamente coetáneo de Las Casas y muy metido en la teología indiana, Theologia indorum es el epígrafe de una voluminosa obra, inédita, de fray Domingo Vico, O.P. Vitoria es una figura tan descollante que no necesita pre¬sentación. Está en línea con Cayetano, y en sintonía con Las Casas, y construye el más sólido sistema jurídico-teológico sobre el Novus Orbis, incluido, claro está, el asunto de la evangelización.

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. NOTAS: