DE LA CRUZ, SOR JUANA INÉS

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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(Chimulhuacán? 1648 ó 1651- Ciudad de México, 1695) Monja concepcionista y poetisa


Primeros años

Las fechas del nacimiento de Juana Ramírez de Asbaje –al igual que la realidad de su familia-son todavía objeto de discusión entre algunos de sus biógrafos. Para algunos habría nacido el 12 de noviembre de 1651 en la aldea Nepantla; para otros habría sido el 2 de diciembre de 1648, tras haberse encontrado una fe de bautismo en el antiguo convento de San Vicente Ferrer de Chimulhuacán, Chalco (Estado de México) donde se da tal fecha. Esta fe de bautismo se conserva aún en el archivo de aquel antiguo convento, guardado celosamente por la antiquísima parroquia conventual. Aquel convento parece ser el primer convento dominico fundado en 1527 por uno de los compañeros de Hernán Cortés, que se hizo dominico.

Parece ser que era hija ilegítima. Aprendió a leer y escribir con tres años. Siendo muy joven, viajó a la ciudad de México y entró en la Corte de los virreyes de Mancera. Ingresó en un convento de carmelitas descalzas del cual salió por enfermedad y finalmente profesó en 1669 de San Jerónimo en el convento de las Concepcionistas de la ciudad de México, donde permaneció hasta su muerte ocurrida durante una epidemia de peste. Su época más fecunda empezó en 1680 con la concepción del Neptuno Alegórico, en honor de los virreyes de la Laguna. En torno a 1682 cambió de confesor, el jesuita padre Antonio Núñez de Miranda, por motivos de incompatibilidad en la dirección espiritual, según se deduce de la descubierta Carta al Padre Núñez. Autora de variados tipos de obras literarias cuyos títulos son entre otros: Los empeños de una casa, La segunda Celestina; la comedia mitológica Amor es más laberinto, escrita con Juan de Guevara; autos sacramentales: El Divino Narciso, El cetro de José, San Hermenegildo, Autos sacramentales, poemas como Primero Sueño de 975 versos. En 1690, el obispo Fernández de Santa Cruz publicó la Carta Atenagórica, precedida por la Carta de Sor Filotea, y en la que invita a sor Juana a dejar sus escritos profanos y abrazar los religiosos. Célebre es su Respuesta a sor Filotea (1691), contestación a la Carta del obispo de Santa Cruz, autobiografía y brillante defensa del derecho a expresarse libremente. Una polémica sobre los últimos años de su vida dividió en el pasado a algunos estudiosos de su figura: unos postulaban la tesis de una profunda conversión a lo esencial en la búsqueda de Dios, y otros atribuían su silencio final a una opción por el silencio ante las críticas. Sor Juana Inés de la Cruz falleció en Ciudad de México el 17 de abril de 1695.

Sor Juana Inés de la Cruz dentro del marco de su fé católica

"El arte refleja siempre la experiencia de la vida y la concepción del destino y del hombre de un grupo humano, de una sociedad concreta...las obras maestras...dan a conocer el núcleo central de esa experiencia humana que es la fe católica. Esa fe –experiencia de Dios revelada en Jesucristo y presente en la Iglesia- configuraba la cultura de los misioneros de América Latina y era el contenido esencial de la propuesta de vida que ellos llevaron a los pueblos indígenas"[1]. Entre las obras de arte, en el sentido largo de la palabra, hay que colocar la obra poética de Sor Juana Inés de la Cruz, en el mundo Juana de Asbaje y Ramírez. Tal obra, como todas las obras artísticas de la América hispana virreinal –desde la arquitectura y la escultura al teatro y la poesía- y como todas las demás ciencias del saber humano, desborda interés por el hombre y por su destino. Son obras iluminadas por el hecho religioso de la fe en Cristo, profesada por la Iglesia Católica. Estas expresiones de profunda humanidad son también "un evangelio" que anuncia con precisión la presencia misteriosa de Cristo Redentor entre los hombres, fundamento de la comunión y del amor entre los mismos hombres. "Este era el núcleo del anuncio de los misioneros. Un anuncio que tiene, por sí mismo, fuerza suficiente para "cambiar" las mentes y los corazones y para transformar la sociedad en una familia de hermanos, en la que se refleje la vida de un Dios que se ha revelado en Jesucristo y el don del Espíritu como comunidad de vida y de amor. Lo que estas obras de arte expresaban era primero experiencia, realidad vivida por muchos misioneros y misioneras de todo estado y condición social"[2].

Como toda historia humana, el desarrollo de esta experiencia en lo que hoy llamamos América Latina y en concreto en México no estuvo exenta de sombras entrelazadas con fuertes rayos de luz. Tal es el misterio teándrico de la Iglesia. Por diversos motivos, se dieron a veces reducciones y se pusieron cortapisas a la experiencia cristiana que coartaron quizás posibilidades artisticas mayores. Sin embargo, las expresiones que conocemos son tan sumamente plenas que demuestran por sí solas la fecundidad de la fe católica también en el campo cultural. Frente a los que hipotizan que la fe católica y el hecho de ser monja censuraron la creatividad artística de muchos. Un historiador aprende observando la realidad; no aplicando sus ideas a la realidad. Una mujer o un hombre son lo que han sido concretamente en la historia, limitados también por las circunstancias de la vida. Si han sido grandes, su grandeza brilla con precisión dentro de los límites circunstanciales y a pesar de las aparentes derrotas. Los ejemplos en la historia son infinitos. Sor Juana Inés de la Cruz es uno de ellos.

Sor Juana aprendió en la mediación del Evangelio y en la celebración de su fe, vivida en la Iglesia, a convertirse en anunciadora del destino de todo hombre y de toda mujer que se realiza plenamente en Cristo. Su vena poética y su experiencia eclesial desbordan amor al hombre, a la mujer, a su destino, y son la primera y más rica expresión de su fe. Su misma vida es una obra de arte que muestra la intensidad del drama del hombre y de la mujer de su tiempo, y al mismo tiempo la verdad y la belleza del Evangelio.

Su vida y su obra poética son como trasunto de la Redención que ha llegado a su corazón y con ella al corazón de su pueblo. Muestran como tal se ha hecho "cultura", modo de vida y de comprensión de la realidad. Su experiencia cristiana no ha aniquilado cuanto de noble y de verdadero había como ansia en el corazón de esta monja poeta; al contrario, ha sido para ella motivo de elevación, de purificación y de enriquecimiento. Viene aquí muy acaso cuanto afirma Pablo VI: "El evangelio, y por consiguiente la evangelización, no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el Reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y la construcción del Reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna"[3].

Juana Inés de la Cruz, educada en la fe católica de acuerdo con la sensibilidad propia de la época, supo apreciar esta fe y vivirla con toda su humanidad. Aportó también su propia riqueza humana, su temperamento y su gracia poética de mujer. A ella se puede aplicar el axioma teológico de que la naturaleza no destruye la gracia sino que la gracia potencia la naturaleza, y, en este sentido, la expresión de su fe y de su personalidad humana se han enriquecido mutuamente en un mestizaje. La fe fecunda toda la vida con la novedad de Jesucristo, en el respeto de la dignidad y de la libertad de la persona. La obra poética de Sor Juana Inés de la Cruz es una maravillosa manifestación de esta experiencia y de un testimonio fehaciente de esta actitud suya, a la vez fiel a su identidad como cristiana y como mujer. Si lo hubiese ignorado habría originado un drama irreparable en su vida. Por el contrario, a pesar de la trabajosa y dolorosa vivencia personal, supo integrar en su vocación las dos dimensiones inseparables de la misma. Como cristiana, por encima de otras consideraciones, se abre totalmente a la dimensión de la caridad en el sentido paulino de la misma: "Aunque conociera todos los misterios y toda la ciencia...si no tengo caridad nada soy"(1Cor 13,2). De hecho la monja poetisa muere en aras de la caridad.

Una grave acusación de fondo

Una corriente historiográfica, nacida en el campo protestante y a partir del siglo XVII (basta pensar a los herederos del protestante flamenco Theodoro de Bry) y luego adoptada y difundida por la cultura liberal-ilustrada anti-católica, han acusado a la historia latino-americana de tres pecados originales: el catolicismo, la colonización ibérica de la que está empapada y el mestizaje, tanto cultural como humano que ha producido.

A esta historia, señalada por tanta ruina, se contrapone la presencia de matriz anglosajona y protestante, civil desde al punto de vista de los derechos humanos, pura en la experiencia cristiana, y respetuosa hacia la identidad cultural de los pueblos. El protestantesimo habría creado así la única tierra prometida de libertad y progreso por Iglesias de la Reforma y que las sectas protestantes actuales han considerado siempre a los pueblos latinoamericanos como pueblos sincretísticamente paganos y necesitados de un radical evangelismo. Según ellos el catolicismo es una forma sincretista y carnal de un cristianismo paganizado. En el siglo XIX los regímenes liberales anticlericales en América Latina han considerado el catolicismo como uno de los factores - causa del retraso de aquellos pueblos e impedimento de su progreso. Por ello, desde México a Argentina, asistimos a un programa persistente que non es solo anticlerical, sino también de descatolización y protestantización del Continente latinoamericano. El método incluía la eliminación de sus raíces católicas y de unirlo al liberalismo protestante del Norte con el apoyo de la cultura ilustrada y del poder político y económico norteamericano. En este projecto tuvo un papel fundamental la masonería y más tarde la apoyada "invasión" de las sectas fundamentalistas protestantes llegadas del Norte.

También algunas corrientes "indigenistas" sostienen la misma tesis, aunque parten desde presupuestos diferentes. Para ellas lo que ha ocurrido desde 1492 había sido el camienzo trágico de una choque entre dos mundos, un culturalindio y genocidio hecho de guerras de conquista, trabajos ferrados, enfermedode impartadas y una evangelización violenta bajo el signo de la espada. La conquista y la evangelización católica habían generado un sistema inicuo que perdura hasta hoy, pues los conquistadores ibéricos –tanto civiles como misioneros- habrían impuesto con una conquista violenta un mestizaje, una cultura y una fe. En esta línea no extrañan las frecuentes acusaciones contra el catolicismo y la Iglesia de haber censurado siempre la creatividad, la cultura y la libertad de la persona. Entre los muchos casos traidos a colación a parte de las violencias de la inquisición, la destrucción de las culturas indígenas y un largo rosario de barbaridades cometidas, se cita entre otros la censura violenta que habría sufrido la poetisa Juana de Asbaje y Ramírez (Sor Juana Inés de la Cruz). Es necesario entonces examinar los datos que nos ofrece la Historia partiendo de un análisis de la realidad que examine todos los datos y factores en juego, sin censurar alguno de ellos.

Un siglo fecundo

La historia hispanoamericana virreinal o colonial está fuertemente determinada por la presencia constante de la Iglesia católica[4]. Ello es evidente en todos los campos de las artes y del saber, entre ellos en la literatura en la que encontramos numerosos clérigos y religiosos. En su mayoría se trata de hombres. El caso de Sor Juana Inés de la Cruz es una notable excepción. En esto el Nuevo Mundo no se diferencia de las pautas que nos da el Viejo. Estos autores religiosos se distinguen en todos los estilos y en todos sus géneros y mantienen su producción desde las primeras manifestaciones de la literatura conocida del Nuevo Mundo hasta los momentos claves de las independencias americanas. Son de hecho pocos los escritores no eclesiásticos de la literatura hispanoamericana de la época colonial[5]. El espíritu de la contrareforma se impuso también en la América hispana, por lo que toda la obra artística y poética es expresión y ensalzamiento del catolicismo.

Entre estas figuras destaca la de una mujer, Sor Juana Inés de la Cruz que es una síntesis y superación de casi todos los géneros y tendencias literarias del momento: desde las crónicas en verso, el teatro, la poesía religiosa, la poesía descriptiva, y en alguno incluso la poesia satírica, hasta páginas de crítica literaria, la prosa alegórica y todo un corpus literario cuya finalidad es enteramente religiosa y que incluye también las autobiografías. En este último género literario encontramos un número considerable de religiosas hispanoamericanas que reconstruyen su biografía dentro de los cauces propios de la mística. El fenómeno es frecuente en países de recia tradición católica como España, Francia, Italia, mundo de lengua alemana y de la Europa Central. En el caso hispanoamericano estas religiosas tienen presente El Libro de su vida, de Santa Teresa, y escriben a instancia de sus confesores. "Es en México donde conocemos el mayor número de escritoras entre las que cabe mencionar a las carmelitas descalzas María de San José (Juana Palacios Menéndez) (1656-1719) y Micaela Josefa de la Purificación Luque (1681-1752), a la monja jerónima María Magdalena de Lorravaquio Muñoz (1572-1663) y a la religiosa de la Purísima Concepción Sebastiana de las Virgenes Villanueva (1671-1737)"[6]. Se señalan tipologías como la de la colombiana madre Castillo, Francisca Josefa del Castillo y Guevara (1671-1742), monja clarisa muy conocida en el ámbito literario con su obra Mi vida y sentimientos espirituales, donde relata sus experiencias antes de la entrada en el convento, como una etapa preparatoria en la vida mística (primer libro), y los procesos espirituales según las experiencias místicas comunes en el mundo español (segundo libro). Hay que notar que la prosa de muchas de estas escritoras usa un lenguaje que sigue las pautas de los místicos españoles del siglo XVI y que les sirven de modelo. No es este el caso de Sor Juana Inés de la Cruz, una autora con un genio literario propio. Ella es la síntesis y la superación de casi todos los géneros y las tendencias antes aludidas. Por ello el título que se le da de "décima musa" es un título merecido.

El genio literario de Sor Juana Inés de la Cruz

Juana de Asbaje y Ramírez era una mujer extraordinaria ya desde su infancia cuando, engañando a su madre, se escapaba a la escuela con su hermana para aprender a leer. En una sociedad en el que el papel activo de la mujer estaba sumamente reducido, se manifestaba su personalidad conflictiva regida por una gran inteligencia y un espíritu apasionado de vocación investigadora. Entró muy joven en la corte, reclamada por los propios virreyes, Marqueses de Mancera, y enseguida fue reconocido su talento literario por la aristocracia, que la solicitaba continuamente para celebrar en verso todo tipo de acontecimientos sociales. Sin embargo, Juana abandonaba el bullicio cortesano y, después de una tentativa en el convento de las carmelitas, ingresó en el de San Jerónimo a los diecisiete años. El resto de su vida, sin apartarse por completo de la corte, lo dedicó a la literatura y al estudio, convirtiéndose en la figura literaria e intelectual más valiosa del virreinato.

Cultivó casi todos los géneros literarios. Escribió dos comedias de enredo, según los cánones de la comedia de capa y espada calderoniana: Los empeños de una casa (representada en 1683) y Amor es más laberinto (representada en 1689). Compuso tres autos sacramentales y varias loas. Casi todo su teatro es circunstancial, escrito en honor de personajes de su tiempo y ajustado a los preceptos del teatro español del Siglo de Oro. En cuanto a su obra poética, abarca muy variados ámbitos: aborda temas religiosos y profanos, y algunos de ellos sabe tratarlos con humor y espíritu satírico. Siendo un personaje unido a la corte, muchas de sus creaciones reflejan aquel ambiente; fueron provocadas por él y retratan circunstancias y personajes del mismo. “Los poemas amorosos suscitan un gran interés por la originalidad con que canta al amor, de forma analítica y racionalmente introspectiva”[7].Su poema El primero sueño (1692), es una larga composición que sintetiza sus más íntimas preocupaciones y donde se revelan sus conocimientos enciclopédicos. “La poetisa, tras asumir la tradición literaria anterior, sobre el sueño, utiliza éste como medio de conocimiento y adopta con todo su talento literario las formas culteranas de Góngora para desarrollar la andadura del alma en busca de la verdad absoluta. Sor Juana logra integrar sabiamente poesía, ciencia y filosofía en un problema de los más complejos y profundos de la época”[8].

Sin pretender dar una reseña completa de toda la obra de Sor Juana Inés, de carácter religioso u otras como Neptuno alegórico, escrita para conmemorar la entrada de los Virreyes, marqueses de la Laguna, en 1680, compuso dos piezas fundamentales: Crisis de un sermón (1690), que es un ensayo teológico. El obispo de Puebla le atribuyó el elogioso título de Carta Atenagórica, pero le agregó una carta firmada con el seudónimo de “Sor Filotea de la Cruz”, en la cual criticaba la actividad intelectual de Sor Juana. Nuestra poetisa reaccionó publicando su otra obra: Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691). Se trata de un ensayo autobiográfico, muy ágil e inteligente en el que esta mujer religiosa expone todas las razones que fundamentan su vida y su dedicación al estudio y a la literatura. En una época donde la mujer contaba poco todavía en muchos ámbitos, esta religiosa defiende su derecho al estudio y al desarrollo de su personalidad intelectual en todos ellos.

Una personalidad controvertida y excepcional

Nos encontramos ante una personalidad controvertida. Sor Juana Inés de la Cruz es, sin duda, una figura cargada de polémica y de misterio: emblema de la mujer feminista para algunos, ejemplo de santidad para otros, genio poético e intelectual truncado por su condición de mujer y de religiosa, mujer cuyo deseo de saber y de santidad formaban un único y mismo objeto. Religiosa y poeta, y erudita autodidacta, acometía con igual soltura y lucidez las cuestiones teológicas que las pasiones más ocultas del alma. Pero, ¿qué es lo que posee esta poetisa mexicana para dar lugar a interpretaciones tan opuestas, dónde si unos la llaman mística o la “santa Teresa mexicana”, otros la tachan de neurótica con fuertes tendencias masculinas? Este contraste de pareceres ha sido, con frecuencia, justificado por la fuerte personalidad de Sor Juana, rica en facetas diversas y difícil de inserir en esquemas prefabricados, o, por la oscuridad de muchos de sus datos biográficos. El problema, sin embargo, es mucho más profundo.

Fue sin duda, sor Juana Inés, una adolescente insólita. Ella misma cuenta, no con ánimos de vanangloriar su persona sino para describir ese deseo insaciable de saber que tuvo desde su primera infancia, cómo “no había cumplido los tres años de mi edad cuando, enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman amigas[9], me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que le daban lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, le dije que mi madre ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer al donaire, me la dio. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardón por junto”[10].

Es también sabido su continua insistencia, con tan sólo seis o siete años, con “importunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, a casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la universidad”[11]y cómo aprendió latín en tan sólo veinte lecciones que recibió del bachiller Martín de Olivas. No esconde nuestra autora, en su Respuesta a Filotea, que estos frutos no se debían únicamente a su superdotada inteligencia sino a una tenaz voluntad, capaz de hacer los mayores sacrificios: “era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres -y más en tan florida juventud- es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto de aprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto lo cortaba en pena de la rudeza, que no me parecía razón que estuviese vestido de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apeticible adorno”[12]. O, como cuenta su primer biógrafo, el jesuita Diego de la Calleja, si “oía decir que alguna golosina causaba rudeza, huía de ella como de un veneno, que comido hubiese de inficionarla su razón”[13].

Vocación intelectual

Su marcada vocación intelectual ha servido a muchos críticos para zanjar su entrada en el convento con tan sólo 15 años. Un crítico (Ezequiel A. Chávez) declara como razón el deseo de santidad siempre presente en doña Juana; otro (Genaro Fernández Mac Gregor) busca la razón en un desengaño amoroso. Se ha argumentado también la posibilidad que le empujase a entrar en el convento su condición de hija natural o la dificultad de adquirir un rango social adecuado para una vida cortesana. Su biógrafo Calleja señala sencillamente que estaba persuadida en tomar aquella decisión para hallar una paz que no encontraba en el mundo. Es verdad que su deseo de dedicarse por entero a las letras y su carácter independiente le llevó desde muy joven a rechazar la idea de matrimonio, pero, por esa misma razón –como ella misma cuenta con toda la libertad y sinceridad de quien habla de objeciones pasadas- cuando en aquella joven etapa de su vida surgía en ella la idea de hacerse religiosa, muchas cosas le resultaban “repugnates” y sólo con el tiempo “cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola: de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinación, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentación, la vencí con el favor divino y tomé el estado que tan indignamente tengo”[14].En 1669 abandonó definitivamente la corte virreinal y entró religiosa en un convento de la orden Jerónima.

Sor Juana Inés de la Cruz: ¿sólo un fenómeno aislado?

Sin duda lo que más ha fascinado a los críticos modernos es su personalidad decidida, su pasión por las letras y su defensa del derecho de la mujer a ellas. La figura de sor Juana ha sido frecuentemente descrita como un fenómeno aislado y contrario a toda la mentalidad católica dominante en la sociedad mexicana del XVII; casi una heroína en lucha constante con la Iglesia y con una Inquisición dispuesta al menor error a caer sobre ella. Así lo afirma Octavio Paz en su seria monografía sobre la poetisa: “Su obra nos dice algo pero para entender ese algo debemos darnos cuenta de que es un decir rodeado de silencio: lo que no se puede decir [...] La palabra de sor Juana se edifica frente a una prohibición; esa prohibición se sustenta en una ortodoxia encarnada en una burocracia de prelados y jueces. La comprensión de la obra de sor Juana incluye la de la prohibición a que se enfrenta su obra. Su decir nos lleva a lo que no se puede decir, éste a una ortodoxia, la ortodoxia a un tribunal y el tribunal a una sentencia”[15].

Se fundamentan estas argumentaciones en un hecho decisivo que marcó la vida y la fecundidad de nuestra poetisa, la relación que acabó en ruptura y más tarde en reconciliación con el que fue su confesor, el padre jesuita Núñez de Miranda. La reciente publicación de un manuscrito anónimo y sin fechar con grafía del siglo XVIII, que parece ser copia de una "Carta de la Madre Juana Inés de la Cruz escrita al R.P.M. Antonio Nuñez de la Companía de Jesús"[16], ilumina aún más las razones de esta ruptura y las personalidades de ambos. Y para algunos ratifica, sin dar ya lugar a dudas, la presión que sufrió este genio individual, incomprendido por toda una sociedad reacia a consentir, en una misma personalidad, el ser mujer, religiosa y poeta: “Las luchas y el fin de Juana Inés de la Cruz son un capítulo impresionante de la historia entre la libertad intelectual y el poder, el genio individual y las burocracias ideológicas. La significación de este conflicto había sido oscurecida por la pasión doctrinaria de varios críticos católicos, algunos de ellos en verdad eminentes, como el padre Méndez Placarte. Sólo ahora, al final de este siglo que ha conocido persecuciones ideológicas en una escala superior a la padecida por Sor Juana, podemos comprender su vida y su sacrificio”[17].

La razón de tal ruptura fueron, según la propia Sor Juana en la carta a su confesor, “estos negros versos de que el cielo, tan contra la voluntad de Vuestra Reverencia me dotó”[18]. Este influyente jesuita, debió ser una personalidad asceta y radical en su camino de santificación y en el de las almas que dirigía. Su biógrafo, el padre Oviedo, asegura en su defensa que “se han engañado muchos persudidos de que el Padre Antonio le prohibía a la Madre Juana el ejercicio decente de la poesía, santificado con los ejemplos de grandes siervos y siervas de Dios. Estórbale sí la publicidad, y continuadas correspondencias de palabra y por escrito con los de fuera, y temiendo también que el efecto a los estudios por demasiado, no declinase al extremo de vicioso, y le robase el tiempo que el estado santo de la Religión pide de derecho para las distribuciones religiosas y ejercicio de la oración; le aconsejaba con las mejores razones que podía, a que agradecida al Cielo por los dones con que la había enriquecido, olvidada del todo de la tierra, pusiera sus pensamientos y amor en el mismo Cielo”[19].

Su libertad cristiana

No cabe duda que la fuerte personalidad de Sor Juana, a pesar de su sincera disposición a obedecer al que fue su confesor, la condujo a decidir por su propia voluntad a abandonar la dirección espiritual del padre Núñez. El dolor que expresa en su carta por verse criticada en público por quien ella había considerado padre espiritual, y las razones que va exponiendo a las recriminaciones del jesuita, nos hablan de una mujer segura de sí misma y libre de temores en expresar con toda sinceridad sus opiniones a este padre jesuita y calificador de la Santa Inquisición. Ella es la primera que es consciente de que se trata de un problema personal, de relación entre un confesor que tiende a olvidar que “los preceptos y fuerzas exteriores, si son moderados y prudentes, hacen recatados y modestos; si son demasiados, hacen desesperados; pero santos, sólo la gracia, y auxilios de Dios saben hacerlos"[20]; y una mujer madura que desea de corazón la santidad, pero con la suficiente experiencia existencial para atreverse a recordar a su propio confesor que de nada sirve hacer “por amenazas lo que no persuade el corazón, ni por respetos humanos, lo que no hago por Dios, que el privarme yo de todo aquello que me puede dar gusto, aunque sea muy lícito, es bueno que yo lo haga por mortificarme, cuando yo quiera hacer penitencia; pero no para que Vuestra Reverencia lo quiera conseguir a fuerza de reprensiones, y éstas no a mí en secreto, como ordena la paternal corrección (ya que Vuestra Reverencia ha dado en ser mi Padre, cosa en que me tengo ser muy dichosa) sino públicamente con todos, donde cada uno siente como entiende y habla como siente"[21].


Es difícil entrever en las palabras de Sor Juana un alma reprimida y asustada por la sombra de una jerarquía inquisidora y más aún explicar la autoridad con la que se dirije al jesuita Núñez fuera de la certeza de esta religiosa de que en la Iglesia caben muy distintas sensibilidades y “que del Cielo hacen muchas llaves, y no se estrechó a un solo dictamen, sino que hay en él infindad de mansiones para diversos genios, y en el mundo hay muchos teólogos, y cuando faltaran, en querer más que en saber, consiste el salvarse, y esto más estar en mí, que en el confesor”[22]. Sabemos que en este momento de la vida de Sor Juana, dolida por la críticas públicas del padre Núñez a su persona, le pide sin rodeos “que si no gusta, ni es ya servido favorecerme (que eso es voluntario) no se acuerde me mí, que aunque sentir‚ tanta pérdida mucho, nunca podré quejarme, que Dios me crió y redimió, y que usa conmigo tantas misericordias, proveer con remedio para mi alma que espera en su bondad”[23].

Los recelos de un jesuita ante la fama de la que ha conocido siendo una niña y a la que los nuevos virreyes brindan sus favores mientras él, confesor y consejero de los anteriores virreyes don Juan de Leyva y don Gaspar de la Cerda, pasa en este momento a un segundo plano, no deben ser generalizados a toda una sociedad. No cabe duda que la fama trajo consigo críticas y envidias pero no por ello dejó de ser reconocida y admirada. No se explicaría la publicación en vida de sus obras; en 1689 se publica en Madrid el primer tomo de sus poesías con el título de Inundación Castálida, dedicada a la Condesa de Paredes[24], o el apoyo y voluntad del obispo de Puebla de editar la carta en la que, con enorme finura y agudeza teológica, Sor Juana rebate un sermón del padre jesuita Antonio de Vieyra. Como bien subraya Marie-Cécile Bénnasy-Berling: “Hay que creer que muchos de los personajes importantes estaban a su favor, y que los envidiosos eran más desagradables que peligrosos. Es significativo que por unanimidad del cabildo de la catedral se la haya solicitado una composición poética. El poder de los canónigos de México era muy fuerte”[25].

¿Censura la fe cristiana las posibilidades humanas de una mujer como Sor Juana Inés?

Existe sin embargo un punto crucial que la vida de esta religiosa hace emerger inevitablemente: la sospecha que se introduce al afrontar una humanidad como la suya; la resistencia que experimentamos a aceptar que el cristianismo produzca como fruto, una personalidad que no debe censurar nada, realizada de forma integral, desbordante de humanidad porque traspasada por el sentido último de las cosas, un testimonio de vida plenamente realizada, lo que en términos cristianos se llama santidad. La vida de sor Juana testimonia, como otras muchas mujeres de la Iglesia que el cristianismo es verdadera posibilidad de cumplir hasta el fondo todo deseo verdadero del corazón y por la tanto de alcanzar una humanidad no empequeñecida sino plenamente realizada, pese a las trabas circunstanciales de personajes eclesiásticos miopes o de ambientes cerrados a un auténtico desarrollo de las posibilidades de la persona, como ha ocurrido tantas veces en la historia de la cultura o de la ciencia. Al igual que sucede con santa Teresa de Jesús y con otras personalidades vivas de la Iglesia, sor Juana Inés nos muestra un profundo conocimiento de lo humano, una sabiduría existencial de quien ha tomado hasta el fondo en serio su corazón y por ello el del prójimo. Algunas de sus poesías nos estremecen por su capacidad de expresar los sentimientos más sutiles e humanos:

Este amoroso tormento

que en mi corazón se ve

sé que lo siento, y no sé

la causa porque lo siento.

Siento una grave agonía

por lograr un devaneo

que empieza como deseo

y para en melancolía.

Y cuando con más terneza

mi infeliz estado lloro

sé que estoy triste e ignoro

la causa de mi tristeza[26].

Ni estilo gongorino ni su formación clasicista “que hace que la violencia del barroco se suavice y se transforme en un arte de cámara autenticamente rococó y en gran manera musical”[27]logran apagar la fuerza y la inmediatez del alma siempre vibrante de Sor Juana.

Afuera, afuera, ansias mías;

no el respeto os embarace:

que es lisonja de la pena

perder el miedo a los males.

[...]

Salgan signos a la boca

de lo que el corazón arde

[...] El que su cuidado estima sus sentimientos no calle[28].


Esta estima a su corazón no es distinta de su pasión por la realidad, lugar donde el corazón despierta y la razón aprehende. Su insaciable deseo de saber es un deseo de perseguir las razones últimas de todas las cosas que la rodean. Y así por ejemplo cuando en un momento de su vida una superiora, “prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal”[29].Narra con un humor finísimo todo lo que fue aprendiendo observando la realidad, mirando las vigas del dormitorio para jugar con las líneas visuales, o el girar de una peonza fascinada por el hecho que su movimiento que duraba independiente de su causa y determinar si dibujaba círculos o espirales. “¿Qué os pudiera contar, señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Ver que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no”[30].

Sus escritos, sin embargo nos muestran algo más que una mujer deseosa de saber. Sor Juana no fue una mujer esclava de su deseo intelectual. Su afán de conocer, empezaba por conocerse a sí misma y por tanto por responder a su vocación y Aquél que la cumple. Ella misma cuando confiesa lo mucho que le costaba sacrificar su estudio por conversaciones banales y cómo se imponía votos “de no entrar en celda alguna si no me obligase a ello la obediencia o la caridad”[31], pero cuando se encuentra en la situción de “estar yo escribiendo y venir una amiga a visitarme, haciéndome muy mala obra con muy buena voluntad”, no se conforma en sufrir estoicamente estos sacrificios pues “es preciso no sólo admitir el embarzo, pero quedar agradecida del perjuicio”[32]. Y añade “sólo saben cuánta verdad es ésta los que tienen esperiencia de vida común, donde sólo la fuerza de la vocación puede hacer que mi natural esté gustoso, y el mucho amor que hay entre mí y mis amadas hermanas, que como el amor es unión, no hay para él estremos distantes”[33].

Derechos de la mujer

Otra faceta fascinante de Sor Juana Inés es su defensa incansable del derecho de la mujer a estudiar frente a espíritus recelosos que dudaban de la conveniencia del estudio o de hacer poesía por parte de una religiosa. Es una batalla en la que Sor Juana responde a estas objeciones como cristiana y como religiosa. No le hacen falta otras razones que su fe. Expone con sencillez y autoridad los argumentos que la tradición de la Iglesia ha siempre mantenido en favor de la mujer. Insiste en recordar cómo desde siempre han habido en la Iglesia santas estudiosas y teólogas. Debate los argumentos de sus propios acusadores que como “meros gramáticos, o cuando mucho con cuatro términos de súmulas, quieren interpretar las Escrituras y se aferran del Mulieres in ecclessis taceant, sin saber cómo se ha de entender”[34]. Explica que es rigor interpretar a San Pablo sin sacarlo de contexto porque “es menester mucha historia, costumbres, ceremonias, proverbios y aun maneras de hablar de aquellos tiempos en que se escribieron para saber sobre qué caen y a qué aluden algunas locuciones”[35].

Sor Juana se enfrenta con esta mentalidad mezquina, consciente de que la propia Iglesia y toda su tradición está a su favor, y que muchas de las críticas a su persona no tienen otra raíz que el “aborrecer al que se señala porque desluce a otros. Así sucede y así sucedió siempre. Y si no, ¿cuál fue la causa de aquel rabioso odio de los fariseos contra Cristo, habiendo tantas razones para lo contrario?”[36].

El conocer nos lleva a la verdad

Pero su argumento más decisivo para defender la importancia del saber es su propia conciencia que conocer nos lleva a la verdad y por lo tanto nos lleva a Cristo. Sabiduría y amor a Cristo acaban siendo una misma cosa. Así, nos habla con una ternura infinita el ejemplo de Pedro como el testimonio de un hombre pecador pero cuya vida fue grande por su afecto a Cristo, sabiduría de los pobres de espíritu. “Hallábase el príncipe de los Apóstoles, en un tiempo, tan distante de la sabiduría como pondera aquel enfático: Petrus vero sequebatur eum a longe ["Pero Pedro, le seguía a lo lejos"]; tan lejos de los aplausos de docto quien tenía el título de indiscreto: Nesciens quid diceret ["No sabiendo lo que se decía"]; y aun examinado del conocimiento de la sabiduría dijo él mismo que no había alcanzado la menor noticia: Mulier, nescio quid dicis. Mulier, non novi illum ["Mujer, no te conozco"; "hombre, no sé lo que dices"]. Y ¿qué le sucede? Que teniendo estos créditos de ignorante, no tuvo la fortuna, sí las afliciones, de sabio. ¿Por qué? No se dio otra causal sino: Et hic cum illo erat ["Y éste estaba con él"]. Era afecto a la sabiduría; y aunque era tan ‘a longe’ [‘de lejos’] que no le comprendía ni alcanzaba, bastó para incurrir sus tormentos”[37].

¿Final paradójico?

No muy distinto va a ser el camino de Sor Juana. El final de su vida permanece oscuro y paradójico para aquellos que excluyen la posibilidad de un afecto real a Cristo. Queda reducido a una derrota de su lucha por el saber, invadida por los ridículos remordimientos. Pero no fue derrota sino victoria lo que hizo a Sor Juana dos años antes de morir vender todos sus libros e instrumentos musicales para entregar el dinero a los pobres. No fue derrota sino amor la que la hizo tomar la decisión de abandonar los estudios y dedicarse por entero a la oración y la caridad y a pedir que rezaran por ella a sus “amadas hermanas religiosas que son y en lo de adelante fueren me encomienden a Dios, que e sido y soi la peor que ha habido en el mundo. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del Mundo, Juana de la Cruz”[38].

Nos encontramos en una época que se está distanciando lentamente de los momentos de mayor esplendor cultural, religioso y político de la España del Siglo de Oro. Nos estamos introduciendo en un periodo histórico de aquella España imperial que se sumerge en una problemática, cada vez más trágica, de la Europa del equilibrio entre las Potencias políticas, de los efímeros tratados de la política del “equilibrio” entre esas Potencias. Si esto es verdad para la España peninsular, lo es también para las Américas españolas, sobretodo, en el campo eclesiástico y religioso como tónica bastante general. Esto nos explica la rigidez y poca inteligencia con que algunos eclesiásticos miraban a actuaciones y fenómenos que se salían de los cuadros y de los tipos sociales que se daban ya como consolidados y definitivos. Uno de ellos es precisamente el de una monja literata. Sor Juana Inés, tras esta polémica con el obispo de Puebla, se sumerge en la duda; es acosada por distintas presiones ambientales del mundo clerical. Ella resuelve este drama interior donándose a su vocación cristiana de vivir totalmente y hasta el heroísmo la vida de la caridad. Fue una elección suya, consciente. Se entregó a cuidar a sus hermanas, contagiadas por la peste que asoló el convento, como asolaba entonces ciudades, pueblos y conventos del viejo Continente (basta pensar a la terrible descripción que hace el novelista italiano Manzoni en su célebre novela “Los novios”). Nuestra poetisa, en aquel gesto, es más grande que toda su obra literaria. Su gesto no es una exposición ideológica o conceptual, es más bien su pasión por las personas, hecha carne y obra: la caridad, como expresión de su experiencia cristiana commovida y comunicada. Esta ha sido su mayor obra "literaria". Sor Juana murió entregada a sus hermanas enfermas de una epidemia mortífera de la que acabó contagiada. “Decirla entonces (como tantos se lo aconsejaban) que siquiera no se acercara a las muy dolientes, era vestirla alas de abeja, para hacerla huir de las flores. Enfermó al fin, y al punto que se reconoció su peligro; se llenó convento y ciudad de plegarias y víctimas por su salud; sólo ella estaba conforme con la esperanza de su muerte que todos temían. Las medicinas fueron muy continuadas y penosas con que las sufría la Madre Juana, como elegidas y que no innovaban el estilo por penosas y continuadas, a sus penitencias. Recibió muy a punto los Sacramentos con su celo catolicísimo, y en el de la Eucaristía mostró confianza de gran ternura, despidiéndose de su Esposo a más ver y presto. El rigor de la enfermedad, que bastó a quitarla la vida, no la pudo causar la turbación más leve en el entendimiento y como amigo fiel, la hizo compañía hasta los últimos suspiros que, recibida la extrema unción, arrojaba, ya fríos y tardos, menos en las jaculatorias a Cristo y su bendita Madre, que no los apartaba ni de su mano ni de su boca. Mostró al fin cuán sobre aviso estaba en todo, respondiendo muy a propósito y con puntualidad a las oraciones de la recomendación del alma que, fenecida, restituyó la suya, no sólo con serena conformidad, pero aún con vivas señales de deseo, en las manos de su criador, a las cuatro de la mañana en diez y siete de Abril, Dominica del Buen Pastor, año de 1695”[39].

Selección de poesías: romances[40]


“Si el desamor o el enojo...

¿Ni qué importa que, en un pecho

donde la pasión reside

se resista la razón

si la voluntad se rinde?” (p. 25)

“Lo atrevido de un pincel...”

Recibe un alma rendida

cuyo estudioso desvelo

quisiera multiplicarla

por sólo aumentar tu imperio.

Que no es fineza, conozco

darte lo que es de derecho

tuyo; mas llámola mía

para dártela de nuevo”.

[...]


¿para qué mi amor te vio?

¿por qué mi fe te encarezco,

cuando es cada prenda tuya

firma de mi cautiverio?

Vuelve a ti misma los ojos

y hallarás, en ti y en ellos

no sólo el amor posible,

más preciso el rendimiento.

Entre tanto que el cuidado

en contemplarte suspenso,

que vivo asegura, sólo

en fe de que por ti muero” (p.32-34)

Redondillas


“Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.

Si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿por qué queréis obren bien

si las incitáis al mal?

combatís su resistencia

y luego, con gravedad,

decís que fue liviandad

o que hizo la diligencia”.


Notas y referencias

  1. Cardenal Ángel Suquía Goicoechea en La Iglesia en América: Evangelización y Cultura, p.2.
  2. Idem
  3. Paulo VI, Evangelii nuntiandi, 20
  4. Cf. Juana Martínez Gómez, “Literatos Eclesiásticos Hispanoamericanos”, en Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y en Filipinas, pp. 747-795.
  5. Martínez Gómez, p. 747
  6. Martínez Gómez, p.757
  7. Martínez Gómez, p.757.
  8. Martínez Gómez, p.757.
  9. "amigas”: escuelas primarias para niñas.
  10. Sor Juana Inés de la Cruz, Obras selectas, p. 775.
  11. Obras selectas, p. 775.
  12. Obras selectas, p. 776.
  13. De la Maza, p. 141. La biografía del padre Diego de la Calleja fue editada en el tercer tomo de las obras de sor Juana, en 1700, bajo el título de Fama y obras postumas del Fénix de México y décima Musa. La recoge también Amado Nervo en su estudio Juana de Asbaje, 1910, (p. 179-196). En 1936 es reeditada en México con prólogo y notas de Ermilo Abreu Gómez.
  14. “Respuesta a sor Filotea”, en Obras selectas, p. 776.
  15. Paz, p.16-17.
  16. Méndez, Aureliano. Carta de Sor Juana Inés de la Cruz a su Confesor. Autodefensa Espiritual. Producciones Al Voleo El Troquel, Monterrey, 1993.
  17. Méndez, prólogo de Octavio Paz.
  18. Méndez, p. 33
  19. De Oviedo, p.134.
  20. Méndez, p. 39. (párrafo 135-140).
  21. Méndez, p. 39. (párrafo 135-140).
  22. Méndez, p. 41 (párrafo 170-175).
  23. Méndez, p.41 (párrafo 170-175).
  24. Sus obras completas se publicaron en España en 1689 tres volúmenes: Inundación castálida de la única poetisa, musa décima, Sor Juana Inés de la Cruz.
  25. Méndez, p. 53.
  26. Sor Juana Inés de la Cruz, Poesía lírica, p.50.
  27. Sor Juana Inés de la Cruz, Poesía lírica, p.10.
  28. Sor Juana Inés de la Cruz, Poesía lírica, p. 27.
  29. “Respuesta a sor Filotea”, en Obras selectas, p. 789.
  30. “Respuesta a sor Filotea”, en Obras selectas, p. 791.
  31. “Respuesta a sor Filotea”, en Obras selectas, p. 782.
  32. “Respuesta a sor Filotea”, en Obras selectas, p. 781.
  33. “Respuesta a sor Filotea”, en Obras selectas, p. 781
  34. “Respuesta a sor Filotea”, en Obras selectas, p. 799.
  35. “Respuesta a sor Filotea”, en Obras selectas, p. 798.
  36. “Respuesta a sor Filotea”, en Obras selectas, p. 784.
  37. “Respuesta a sor Filotea”, en Obras selectas, p. 788.
  38. Manuscrito autógrafo de sor Juan Inés de la Cruz. Véase Nervo, p. 160.
  39. La Calleja, p. 153.
  40. Sor Juana Inés de la Cruz, Poesía lírica.

BIBLIOGRAFÍA

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  • Oviedo, Juan de. Vida Ejemplar, Heroicas Virtudes y Apostólicos Ministerios del Venerable Padre Antonio Núñez de Miranda de la Compañía de Jesús. Imprenta de Rodríguez Lupercio, México, 1702.
  • Paulo VI, Evangelii nuntiandi.
  • Paz, Octavio. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Seix Barral Biblioteca Breve, Barcelona, 1982.


FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ / MAGDALENA LAPUERTA