BATIS SÁINZ, San Luis

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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(San Miguel del Mezquital, 1870 - Chalchihuites, 1926). Santo, Sacerdote y Mártir

Uno de los primeros sacerdotes mexicanos que dieron su vida por la fe en la sangrienta persecución religiosa desatada por el Gobierno federal en l926 fue el Sr. Cura de Chalchihuites, estado de Zacatecas, don Luis Batis Sáinz. Nació en San Miguel del Mezquital (hoy Miguel Auza) Zacatecas, el 13 de septiembre de 1870, hijo de Wenceslao Batis Arellano y María de Jesús Sáinz Ortega. Fue bautizado con los nombres de José Luis Amado en la parroquia de su lugar de nacimiento, la cual pertenecía a la arquidiócesis de Durango.

Con el ejemplo y apoyo de su hermano mayor, Jesús María, sacerdote, ingresó al seminario diocesano en 1882 y recibió la ordenación sacerdotal el 1° de enero de 1894 en la ciudad de Durango. Inició su ministerio en la parroquia de San Juan de Guadalupe, pequeño pueblo en el límite oriental del Estado de Durango. En octubre de 1902 fue nombrado párroco de San Diego de Alcalá, en Canatlán, Durango, donde desempeñó su servicio pastoral a lo largo de veinte años. Como San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, el Padre Batis fue un sacerdote totalmente consagrado al servicio de su pueblo, centrando su atención en sus ovejas más débiles: los pobres, los enfermos, los niños y los ancianos. Estableció un hospital para los pobres, a la par que centros de catecismo y fundó colegios parroquiales, así como asociaciones de hombres y mujeres para su formación cristiana y social. Convencido de que un pueblo en el cual el templo estuviese en ruinas indicaba la ruina del mismo pueblo, alentaba obras de reparación y decoro del templo parroquial. Este buen pastor de sus ovejas, paciente, pobre y mortificado, estuvo siempre muy cerca de ellas; su trato alegre y amable para con todos le hizo ganarse el amor de su pueblo.

Su amigo y compañero, el Sr. Pbro. Tomás Zaldívar escribe que de entre todas las virtudes del Padre Batis le llamaba la atención su hospitalidad, su generosidad y su piedad inteligente y discreta: “hermanaba muy bien a su debido tiempo el atender a sus ovejas como el buen pastor, y atenderse a sí mismo, ante todo como ovejuela de Cristo, con el alimento que baja del cielo, el maná de la oración, cosa que muchos descuidamos.”[1]En efecto, su amor a Jesucristo se manifestaba en el fervor con que celebraba la Santa Misa, impulsando a los fieles a la vida de oración.

No es extraño que el señor arzobispo de Durango José María González Valencia lo quisiera como director espiritual de su seminario diocesano; por ello fue trasladado de la parroquia de Canatlán al Santuario de Guadalupe en la ciudad de Durango, a efecto de que pudiera atender la formación espiritual de los jóvenes seminaristas. Sin embargo, la vocación del Padre Batis no estaba en el honroso cargo que desempeñaba en el seminario sino en la vida parroquial. Para esa vida lo había dotado el Señor de las bellas cualidades que tenía: su carácter franco y bondadoso, su celo por la gloria de Dios, su amor por las almas y, en especial, su fortaleza apostólica. Por ello, en 1925 su arzobispo lo reasignó nuevamente a la vida parroquial destinándolo como titular de la parroquia de San Pedro Apóstol, en Chalchihuites, una pequeña población ubicada políticamente en el vecino estado de Zacatecas pero que pastoralmente dependía de la arquidiócesis de Durango. Además, Chalchihuites era una zona profundamente católica y fue arraigadamente cristera; por ello fue objeto de continuas violencias, devastaciones y persecuciones contra su gente por parte de la federación, que no cesó jamás de golpearla con extrema dureza y salvajismo. Con gran entusiasmo el Padre Batis asumió su labor pastoral en su nueva parroquia, donde trabajaría con renovados bríos hasta su martirio, ocurrido un año después.

Por su trato amable, su paciencia y dedicación demostrada con la palabra y las obras, rápidamente el Padre Batis se ganó el amor y el respeto de sus nuevos feligreses. Puso gran empeño en restaurar el grupo local de la ACJM que, habiendo sido fundado en 1924, se encontraba casi muerto; tras su reorganización llegó a contar con cincuenta y seis socios. Al formarse en la ciudad de México la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, varios jóvenes de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) del grupo de Chalchihuites se integraron a la nueva organización, que buscando unir los esfuerzos del pueblo católico en la defensa de sus derechos y libertades más preciados, se estaba extendiendo por casi toda la Nación. La Liga y otras asociaciones se proponían mantener viva la conciencia pública, por lo cual, todos aquellos que fomentaban y alentaban la existencia de aquéllas, se volvían blancos del gobierno persecutorio. Éste fue el caso del Padre Batis.

La inminente entrada en vigor de la ley Calles que establecía penas de cárcel a las violaciones de los artículos antirreligiosos de la Constitución de 1917, obligó al Episcopado Mexicano a decretar la suspensión del culto público en todas las diócesis de México a partir del día 1° de agosto de 1926. Un día antes de esa fecha y antes de cerrarse los templos, el padre Batis organizó varias reuniones para explicar a los fieles de Chalchihuites en qué consistía dicha suspensión, y las razones por las que los obispos habían tomado tan inédita medida. En esas reuniones el Párroco les dijo a sus fieles que el autor de las medidas persecutorias que llevaban al cierre de los templos no era el gobierno ni el presidente Calles, sino los pecados de todos, y que por lo mismo no debían los católicos levantarse en armas porque la violencia no era conducta cristiana.

Al iniciar la persecución sostuvo con fuerza a sus catequistas para que se mantuviesen fieles sin esconder su condición. El mismo no se escondió, y aprovechó las fiestas de los mártires para hablar del martirio cristiano. "Ojalá yo sea de los mártires de la Iglesia (...), porque, miren, muchos son los llamados y pocos los escogidos, ojalá yo sea uno de los escogidos"[2], solía decir.

En el Estado de Zacatecas era Jefe de operaciones militares el Gral. Eulogio Ortiz, célebre tanto por su odio al catolicismo como por su crueldad, características que demostraría al hacer fusilar a uno de sus hombres a quien le descubrió un escapulario en el pecho. Dos esbirros del gobierno federal, Donaciano Pérez, presidente municipal de Chalchihuites, y José Refugio García, secretario del juzgado y telegrafista, le pusieron un telegrama al Gral. Ortíz –quizá para congraciarse con él- para informarle que el párroco de la población, Luis Batis, estaba organizando reuniones para preparar un alzamiento armado contra el gobierno. El General envió entonces a Chalchihuites una compañía de soldados federales del sexto batallón, al mando del teniente Blas Maldonado Ontiveros, quienes llegaron a la población en dos automóviles en la noche del 14 de agosto de 1926.

Los obispos mexicanos habían señalado que al entrar en vigor la Ley Calles y la consiguiente suspensión del culto público, los sacerdotes quedaban en libertad para retirase a lugares seguros en las ciudades o bien para continuar al lado de sus feligreses asistiéndolos espiritualmente, lo cual significaba un riesgo a su seguridad personal. Como muchos otros, el Padre Batis decidió permanecer en su parroquia; no obstante, se mudó a la casa de un obrero pues al cerrarse los templos al culto público tuvo que abandonar la casa parroquial. Por su parte, los jóvenes de la ACJM establecieron una guardia permanente cerca de la persona de su Director espiritual con objeto de cuidarlo y buscarle un refugio a la menor señal de peligro.

Como el Padre no podía ejercer ya su ministerio en el templo, ahora lo llevaba a cabo en los hogares así como en las huertas; continuaba también con las reuniones con los obreros, con los padres de familia y con los jóvenes de la ACJM. Allí permanecía al pie del cañón, aunque no vestía de sotana. En una junta con algunos de estos últimos para analizar la situación que estaban padeciendo, el señor Cura de improviso les preguntó: “compañeros, ¿quién quiere morir conmigo? Porque, según parece, la muerte nos espera; Jesucristo quiere este sacrificio.” Entonces uno de ellos, Manuel Morales, cual otro Pedro anticipándose a sus condiscípulos respondió: “Yo, señor Cura, yo muero con Usted”; “No, tú no –le dijo el Padre Batis- tú eres casado, tienes esposa y tus hijos a quienes les haces falta”. Entonces Manuel, señalando al cielo contestó: “Allí está Dios; El es antes que yo su verdadero Padre; Él velará por ellos.”[3]

En esa noche del 14 de agosto cuando llegaron los soldados, el Padre Batis se encontraba en la casa que le servía de refugio. A ese domicilio llegaron los militares guiados por el presidente municipal y el secretario telegrafista; entraron violentamente a la casa golpeando a su propietario diciéndole: “así deben tratarse, como perros, a estos fanáticos”. Capturaron y golpearon al señor Cura mientras el teniente Maldonado le dijo el motivo por el cual lo apresaban: “has estado diciendo misa, bautizando y casando ocultamente atropellando las leyes del general Calles[4]y lo condujeron a la oficina de la recaudación de rentas. En la mañana temprano se reunieron los dirigentes de las asociaciones parroquiales en la botica del señor Tomás Pérez para ver la forma de salvar la vida de su pastor. A ese lugar irrumpió la tropa federal y tomó presos a los jóvenes de la ACJM Manuel Morales y los primos hermanos Salvador Lara Puente y David Roldán Lara. Varios comerciantes del pueblo pidieron al teniente les pusiera en libertad y el señor Gustavo Windel, gerente de una mina que funcionaba cerca de la población, ofreció una fuerte cantidad para que los liberara. El militar no aceptó y mintió diciendo que tenía la orden de llevarlos presos a la ciudad de Zacatecas para que rindieran declaración, y que a más tardar en tres días volverían libres a Chalchihuites.

El oficial interrogó al señor Cura acerca del objeto de las juntas que había tenido en el pueblo y él le contestó que para defender pacíficamente la santa causa de la fe católica. El presidente municipal Donaciano Pérez puso por escrito las declaraciones, las cuales fueron firmadas por el sacerdote y los tres jóvenes detenidos. Era claro que el pueblo no intentaba tramar ningún complot contra el gobierno, y lo demostraba el hecho de que en esos momentos en la plaza de Chalchihuites estuviera una gran multitud de personas ante sólo once soldados y que no respondieran con violencia a la agresión. El Padre Batis, dirigiéndose a la multitud, les dio su bendición.

Los soldados subieron a los cuatro prisioneros en los dos automóviles en que habían llegado; en uno iban el señor Cura y Manuel Morales, y en el otro los dos primos hermanos. Al partir los automóviles una persona gritó: “¡Señor Cura, no nos olvide!”, a lo que éste contestó: “Si son mis hijos, no los olvido.” Cuando los vehículos estaban saliendo de la plaza del pueblo, los soldados hicieron una descarga contra la multitud, hiriendo a siete personas, entre ellas una de gravedad, y luego tomaron el camino que va hacia Canutillo, haciendo alto en un paraje cercano a Chalchihuites llamado Puerto de Santa Teresa. Allí bajaron a los prisioneros y el teniente Maldonado les dijo: “Si ustedes reconocen las leyes de Calles, nada les pasará”. Contestaron los cuatro, que sabían muy bien que aquellas leyes iban contra los derechos fundamentales de la conciencia y que herían directamente el corazón de la vida católica contestaron: “Primero morir”. Aunque les costara la vida había que obedecer a Dios antes que a los hombres[5].

Entonces el Padre Batis tomó la palabra y le dijo al teniente Maldonado: “Lo único que le ruego es que perdone la vida a Manuel Morales en atención a los tres niños pequeños que tiene de familia. Yo ofrezco mi vida por él. Seré una víctima, estoy dispuesto a serlo”. Viendo que los militares se cerraban a toda compasión humana dijo entonces: “hasta el cielo[6]. Entonces se oyeron dos detonaciones y cayeron al suelo el Padre Batis y Manuel Morales; el tiro que mató al sacerdote le entró por un ojo y el que mató a Manuel en la mitad de las cejas. A Salvador Lara y a su primo David Roldán los hicieron caminar unos metros y también los mataron de un tiro en la frente.

¿Quiénes eran los tres jóvenes mártires que derramaron su sangre junto con el Padre Batis? Manuel Morales Cervantes nació el 8 de enero de 1898 en Mesillas, Zacatecas, hijo natural de Matiana Morales. Quedó al cuidado de sus abuelos en Chalchihuites quienes lo educaron cristianamente en medio de grandes estrecheces económicas. Ingresó al seminario de Durango donde estudió cuatro años, pero a la muerte de su abuelo abandonó sus estudios para hacerse cargo de su abuelita. El 10 de septiembre de 1921 contrajo matrimonio con Consuelo Loera y tuvo tres hijos. Hombre amable y trabajador y de sólida vida cristiana, Manuel era un cristiano comprometido; ingresó al Taller de Obreros Católicos, del que fue presidente y después a la ACJM, y presidente del Comité local de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa.

David Roldán Lara había nacido el 2 de marzo de 1902 en Chalchihuites, Zacatecas. Quedó huérfano de padre cuando tenía dos años. Ingresó al seminario, el cual abandonó para trabajar y ayudar a su familia. A la edad de 17 años empezó a trabajar en la mina El Conjuro, y dadas sus cualidades humanas al poco tiempo el gerente, Gustavo Windel, lo colocó como responsable de la nómina de los trabajadores. El aprecio de su patrón por David fue patente no sólo por el fallido intento de éste para rescatarlo de las manos de sus victimarios, sino por el hecho de haberle concedido la mano de su hija con la cual pensaba contraer matrimonio. De fe arraigada, frecuentaba la Eucaristía. En 1925 fue electo presidente del grupo local de la ACJM y también uno de los miembros fundadores del comité de la Liga en Chalchihuites.

Salvador Lara Puente acababa de cumplir los 21 años cuando fue asesinado por odio a la fe, pues nació el 13 de agosto de 1905 en un rancho de la parroquia de Suchil, Durango. Pertenecía a una familia de agricultores, pero su salud le impidió el trabajo en el campo. Trabajó junto a su primo David como pagador de obreros en la misma mina, perteneciendo también a la ACJM y a la Liga. Quienes lo conocieron hablan de él como un joven alegre y de gran espíritu de servicio. Sus restos mortales descansan, junto a los de su primo David, de su compañero Manuel y los del Padre Batis, en la iglesia parroquial de Chalchihuites.

Los cristianos de Chalchihuites y pueblos circunvecinos, des¬de el día de su sacrificio, consideraron que el señor cura Luis Batis Sainz y sus tres compañeros, Manuel Morales, Salvador Lara Puentes y David Roldán Lara, fueron verdaderos mártires cristianos. El arzobispo de Durango, José María González Valencia, en carta pastoral escrita en la ciudad de Roma el 11 de febrero de 1927 y dirigida a todos sus fieles diocesanos, les expresó: “Miramos destacarse la figura de nuestros amados sacerdotes maltratados, encarcelados, deportados como malhechores por el delito (...) de no haber querido separarse de la Sede de Pedro y haber preferido obedecer a Dios antes que a los hombres. Contemplamos al párroco mártir Luís Batis (...) y a los jóvenes mártires, nuestros hijos Manuel (...) David (...) Salvador, ante cuyas figuras veneradas, Nos, su Prelado, caemos de rodillas[7].

Los cuatro mártires fueron beatificados por S. S. Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992, festividad de Cristo Rey, y canonizados por el mismo Pontífice el 21 de mayo del año 2000.

Una gran paradoja

El Padre San Luis Batis y sus tres compañeros de martirio fueron sacrificados por odio a la fe pretextando un supuesto complot para levantarse en armas y, paradójicamente, fue su artero asesinato el que tuvo como consecuencia que el primer grupo de católicos se lanzara al combate. Tertuliano afirmó que la sangre de los mártires es semilla de cristianos, y en esta ocasión fue también semilla de una viril lucha conocida como la Cristiada. Resulta que un antiguo revolucionario que había militado en las filas de Pancho Villa, de nombre Pedro Quintanar, quien era propietario de un pequeño rancho ubicado en las cercanías de la vecina población de Huejuquilla el Alto, había ido a Chalchihuites con algunos de sus hombres para vender una partida de ganado, enterándose al llegar del cobarde asesinato del Padre Batis y los tres jóvenes de la ACJM; antes de que fueran sepultados los cuerpos de los mártires en el cementerio de Chalchihuites, mojó su espada en la sangre de ellos y se declaró en rebeldía contra el gobierno callista. Así, aquello que los perseguidores afirmaban iban a impedir, asesinando a los autores de un supuesto plan bélico, se produjo natural y espontáneamente, sin preparación ni plan alguno, como fruto del sacrificio de los inmolados por su amor a Cristo.

Teniendo en esos momentos sólo a sus rancheros como seguidores, Quintanar decidió remontarse a las montañas cercanas. En pocos días se le unieron algunos hombres más y el 29 de agosto, al frente de treinta hombres y al grito de ¡Viva Cristo Rey!, cayó sobre la guarnición militar de Huejuquilla derrotándola y tomando la plaza. Pedro Quintanar era un ranchero sencillo, católico convencido y muy sensible ante las injusticias, a las que siempre buscó poner remedio. Los acontecimientos en Chalchihuites lo llevaron a ser el primero en la República en levantar su brazo contra la tiranía de Calles. Con el correr de los meses el grupo de Quintanar llegó a contar con más de dos mil quinientos cristeros, y él mismo se convirtió en uno de los más distinguidos generales de la Guardia Nacional Cristera. Por el grito de ¡Viva Cristo Rey!, usado por los católicos en el combate y también ante el paredón, los callistas acuñaron el término cristeros como una especie de insulto, pero los católicos mexicanos en pie de lucha lo tomaron como una alabanza y desde entonces ellos se llamaron a sí mismo cristeros.

Notas

  1. Barquín y Ruiz, Andrés. Los Mártires de Cristo Rey, Ed. Criterio, México, 1937, p. 98.
  2. Positio Magallanes, II, 415, & 1542.
  3. Barquín y Ruiz, Andrés. Obra citada, p. 106.
  4. González Fernández, Fidel. Sangre y Corazón de un Pueblo, Tomo II. Ed. Arquidiócesis de Guadalajara, México, 2008, p. 999.
  5. Cfr. Hch 4,18-20
  6. González Fernández, Fidel. Obra citada, p. 1000.
  7. González Fernández, Fidel. Obra citada, p. 1001.

Bibliografía

  • Barquín y Ruiz, Andrés. Los Mártires de Cristo Rey, Ed. Criterio, México, 1937.
  • González Fernández, Fidel. Sangre y Corazón de un Pueblo, Tomo II. Ed. Arquidiócesis de Guadalajara, México, 2008.
  • Positio Magallanes, II, 415, & 1542.


FIDEL GONZÁLEZ FERNÁNDEZ