Diferencia entre revisiones de «BARTOLACHE y DIAZ POSADA, José Ignacio»

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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Estudio en el Colegio de San Idelfonso y en el Seminario Pontificio, del que salió por sus ideas de modernidad. Bachiller en 1766, licenciado y doctor en medicina en 1772. También estudió matemáticas y astronomía con Joaquín Velázquez de León, a quien sustituyó en la cátedra. A él se debe la primera revista médica en el Nuevo Mundo: ''El Mercurio Volante''. En colaboración con Antonio Alzate, escribió ''Observaciones astronómicas del paso de Venus por el disco del sol''. Creyente católico y cartesiano convencido, afirmó sus ideas religiosas a través del ejercicio racional.  
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Estudio en el Colegio de San Idelfonso y en el Seminario Pontificio, del que salió por sus ideas de modernidad. Bachiller en 1766, licenciado y doctor en medicina en 1772. También estudió matemáticas y astronomía con Joaquín Velázquez de León, a quien sustituyó en la cátedra. A él se debe la primera revista médica en el Nuevo Mundo: ''El [[MERCURIO_VOLANTE | Mercurio Volante]]''. En colaboración con Antonio Alzate, escribió ''Observaciones astronómicas del paso de Venus por el disco del sol''. Creyente católico y cartesiano convencido, afirmó sus ideas religiosas a través del ejercicio racional.  
  
 
Convocó en la Gaceta de México, primero en forma anónima, a maestros pintores para realizar copias del original guadalupano. Se interesaron Andrés López y Rafael Gutiérrez. Encargó el tejido de lienzos en material similar al ayate, encontrando que los de iczotl eran los más parecidos, por lo que en ellos realizaron los artistas sus obras, entre el 6 de febrero y el 14 de marzo de 1787. Ninguna de ellas fue realmente similar al santo original. La de Andrés López, fue entregada a las religiosas de "La Enseñanza". No se sabe el destino de la obra de Rafael Gutiérrez. Este último pintor, contando con el apoyo económico de un devoto guadalupano español, Pascual Apezechea, en 1788, realizó otra copia en un lienzo algo más fino que el primero, que tampoco fue comparable al original. Fue ésa la que se colocó en la capilla de El Pocito, con un letrero que decía: "...Está pintada en ayate de iczotl, sin aparejo; para ver lo que dura sin corromperse, cuando el original se mantuvo cerca de cien años sin vidriera". A los pocos años tuvo que ser retirada, dado su lamentable estado.
 
Convocó en la Gaceta de México, primero en forma anónima, a maestros pintores para realizar copias del original guadalupano. Se interesaron Andrés López y Rafael Gutiérrez. Encargó el tejido de lienzos en material similar al ayate, encontrando que los de iczotl eran los más parecidos, por lo que en ellos realizaron los artistas sus obras, entre el 6 de febrero y el 14 de marzo de 1787. Ninguna de ellas fue realmente similar al santo original. La de Andrés López, fue entregada a las religiosas de "La Enseñanza". No se sabe el destino de la obra de Rafael Gutiérrez. Este último pintor, contando con el apoyo económico de un devoto guadalupano español, Pascual Apezechea, en 1788, realizó otra copia en un lienzo algo más fino que el primero, que tampoco fue comparable al original. Fue ésa la que se colocó en la capilla de El Pocito, con un letrero que decía: "...Está pintada en ayate de iczotl, sin aparejo; para ver lo que dura sin corromperse, cuando el original se mantuvo cerca de cien años sin vidriera". A los pocos años tuvo que ser retirada, dado su lamentable estado.
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'''© ENCICLOPEDIA GUADALUPANA''', p. 112-115
 
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Revisión actual del 06:19 16 nov 2018

( Guanajuato, 1739- México, 1790)

Estudio en el Colegio de San Idelfonso y en el Seminario Pontificio, del que salió por sus ideas de modernidad. Bachiller en 1766, licenciado y doctor en medicina en 1772. También estudió matemáticas y astronomía con Joaquín Velázquez de León, a quien sustituyó en la cátedra. A él se debe la primera revista médica en el Nuevo Mundo: El Mercurio Volante. En colaboración con Antonio Alzate, escribió Observaciones astronómicas del paso de Venus por el disco del sol. Creyente católico y cartesiano convencido, afirmó sus ideas religiosas a través del ejercicio racional.

Convocó en la Gaceta de México, primero en forma anónima, a maestros pintores para realizar copias del original guadalupano. Se interesaron Andrés López y Rafael Gutiérrez. Encargó el tejido de lienzos en material similar al ayate, encontrando que los de iczotl eran los más parecidos, por lo que en ellos realizaron los artistas sus obras, entre el 6 de febrero y el 14 de marzo de 1787. Ninguna de ellas fue realmente similar al santo original. La de Andrés López, fue entregada a las religiosas de "La Enseñanza". No se sabe el destino de la obra de Rafael Gutiérrez. Este último pintor, contando con el apoyo económico de un devoto guadalupano español, Pascual Apezechea, en 1788, realizó otra copia en un lienzo algo más fino que el primero, que tampoco fue comparable al original. Fue ésa la que se colocó en la capilla de El Pocito, con un letrero que decía: "...Está pintada en ayate de iczotl, sin aparejo; para ver lo que dura sin corromperse, cuando el original se mantuvo cerca de cien años sin vidriera". A los pocos años tuvo que ser retirada, dado su lamentable estado.

Mucho se ha dicho y repetido que José Ignacio Bartolache es antiguadalupano y antiaparicionista. Pero es nada más que un típico exponente de la inquieta ilustración, la que pretendió poner sobre el intelecto humano una corona de soberanía frente a la revelación y a la autoridad. Durante los siglos XVIII y XIX todo se puso a prueba, de todo se dudó metódicamente, propiciando con eso el empobrecimiento de la fe sencilla y el fortalecimiento de la ciencia, demasiado segura de sí misma. Bartolache aplicó estos principios al examen de la pintura guadalupana, con buena intención, creemos, y con mejores resultados. Su actividad de excepcional matemático, médico y químico llena toda la segunda mitad del siglo XVIII y muere prematuramente en 1790, cuando tenía nada más que 51 años. Siempre le interesó lo guadalupano y con gozo descubre, en la biblioteca de la Universidad de México, un añalejo o anales históricos que abarcan de 1454 a 1737.

De nuestra Virgen Morena dicen estos anales, hoy llamados «de Bartolache»: "13 Caña, 1531. Los castellanos allanaron el suelo de Cuetlaxcoapan ciudad de los Ángeles (Puebla) y Juan Diego, manifestó la amada Señora de Guadalupe en México, que se llama Tepeyac". Y más adelante: "Año 12 Pedernal, 1548. Murió Juan Diego, a quien se apareció la amada Señora de Guadalupe en México. Granizó en el Cerro Blanco". Por Bartolache pues, sabemos entre otras cosas que el año 1981 fue no solamente aniversario 450 de las apariciones del Tepeyac, sino también de la fundación de la ciudad de Puebla, que nos trajo a Juan Pablo II, hijo de predilección para todo México.

José Ignacio Bartolache realizó una experiencia sumamente interesante, no sin fuerte oposición de los que no creían en su buena fe. Escribió Manifiesto Satisfactorio u Opúsculo Guadalupano, publicándolo en 1789. La opinión que se tuvo entonces fue que su autor era anti guadalupano, juicio que ha ido modificándose con el tiempo. La publicación de su opúsculo fue aprobada por las autoridades religiosas y él se sujetó dócilmente al juicio de la Iglesia. Defendiendo el punto de vista guadalupano, que él en realidad nunca atacó. Fray José María Téllez Girón escribió su Impugnación al Manifiesto Satisfactorio del Dr. José Ignacio Bartolache (1792 ó 1796), en la que además atacó el hecho de colocar la copia de Gutiérrez en "El Pocito", alegando su inutilidad.

Bartolache, inspección de la tilma

Quiso este gran científico, que enriquece nuestro siglo XVIII, investigar todo lo que los conocimientos y posibilidades de aquel tiempo podían proporcionarle y trató de dar cada paso de su investigación en el rigor y exactitud mayor que pudiera alcanzarse. El día 21 de diciembre de 1786 fue al santuario de Guadalupe y consiguió se le franqueara la inspección de la santa imagen sin vidriera; tomó algunas medidas y algunos apuntes, y suplicó al Abad de la Colegiata tuviese la bondad de volver á franquear en otros días la Santa Imagen á vidriera abierta para que los Pintores y otros testigos, en presencia de algún Escribano público y suya, pudiesen hacer las necesarias observaciones con todo espacio, quietud y formalidad.

Obtenido el permiso, el jueves 25 de Enero de 1787, Bartolache llevó consigo al Santuario á un Escribano Público, á tres testigos y á cinco Pintores para ejecutar la segunda inspección de la Santísima Imagen de Nuestra Señora. Y en presencia del Abad de la Colegiata y del Canónigo de turno se abrió la vidriera y se les manifestó á todos la Soberana Imagen, sin el vidrio, por término de dos horas, desde las doce del día hasta poco antes de las dos de la tarde. Vista y reconocida por cada uno con el cuidado, atención y eficacia que correspondía, estando inmediatos al lienzo, á cuyo fin se pusieron unas gradas, Bartolache hizo al Notario tres preguntas sobre “si el lienzo está con cierto lustre; si el ayate es tosco en su especie ó fino; si la costura que une las dos piernas del Ayate es ruin y mal ejecutada”. Mientras Bartolache entretenía al Notario con dichas preguntas, los facultativos estuvieron haciendo varias inspecciones, reconocimientos y cotejo de colores y temples de una paleta que al objeto previnieron. Y cerrada la vidriera con sus dos llaves que por el sacristán fueron devueltas al Abad.

Se entiende fácilmente por qué fueron tantos los pintores que intervinieron en las tres inspecciones que se hicieron al cuadro de la Virgen. En el proceso de Cuautitlán fueron siete los pintores; en el año de 1751 fueron siete y ahora, con Bartolache, fueron cinco los que él reunió. Diecinueve en total que demuestran la perplejidad que causa a sus conocimientos de la pintura el comprobar que la Virgen se había pintado en un paño tan burdo e impropio para retener los colores, sin aparejo que lo dispusiese para recibir esos colores que no los encuentran como los que ellos conocían y habitualmente utilizaban en sus pinturas.

En 1954 otro pintor, crítico de arte y muy diestro las técnicas, Francisco Camps Ribera afirma: "He estudiado miles de pinturas en museos y colecciones privadas, Italia, Francia, España, Bélgica, Inglaterra, etc... He restaurado buen número de ellas. El conocimiento que he adquirido en tantos años hubiera hecho fácil para mi el determinar si la Imagen de Guadalupe es óleo, pastel, temple, acuarela o cualquier otro de los procedimientos conocidos que se emplean en pintura. A pesar de mi experiencia no puedo decir cómo fue hecha esta Imagen". No es Camps Ribera un maestro fácil de sorprender; se considera y es autoridad de primera talla. Conocedor profundo y crítico insobornable. Por eso su dictamen es de mucha fuerza para un juicio sereno e imparcial. Prosigue escuetamente: “La tela sobre la cual aparece la Imagen confirma que corresponde al periodo de las Apariciones, o sea 1531, y que fue hecha de fibra vegetal, por manos indígenas”. Sus dos siguientes afirmaciones son invaluables: "Yo observé que la tela nunca fue preparada con ningún emplasto y ningún pintor humano hubiera tratado nunca de hacer una pintura sin preparar primero su tela. Después la examiné minuciosamente con un cristal de aumento (de gran aumento) y no pude encontrar ninguna huella de pincel".

¿Qué fenómeno es este, que sorprende a los mejores técnicos y los hace confesar lo inútil de toda su ciencia y experiencia, ante un pobre ayate de ínfima calidad? Zumárraga había dicho a Juan Diego que "era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera creer". La "señal" sigue hoy señalando la ruta en el difícil camino de la fe. Es oro sólido y puro este dictamen del maestro Francisco Camps Ribera sobre el cuadro guadalupano, por su excepcional capacidad en el arte pictórico y por su imparcialidad poco común. Buen juez en tan delicado juicio, juez cuyas conclusiones han de ser ponderadas por todo examinador imparcial. Su vida la consagró, casi exclusivamente, a la pintura; examinó millares de cuadros en museos y colecciones; restauró personalmente buen número de ellos. Pocos secretos ha de haber en pintura que el maestro Camps no conozca y domine.

Después de un examen minucioso del original guadalupano, afirma abiertamente: "por una concienzuda eliminación he llegado a concluir que los pintores del siglo XVI no pudieron pintarla. Ningún artista, español, flamenco, o italiano de ese periodo pudo haber producido la fina sensibilidad de la Imagen". Las dos comisiones oficiales de pintores (procesos de 1666 y de 1751) coinciden en lo mismo, en la perfección y hermosura del dibujo, la simetría y placidez de sus líneas, muy superior a todo lo que había y era posible en aquel México de 1531, cuando los indígenas no tenían aún las técnicas europeas y los españoles eran apenas guerreros, muy ocupados en la conquista todavía mal apuntalada.

El padre Francisco Javier Clavijero S.J. insiste en este punto, pues tuvo ocasión de examinar muchas pinturas del siglo XVI y sostiene que en 1531 no había en México un solo hombre capaz de pintar algo remotamente parecido al cuadro de Guadalupe, pues "distaban mucho aquellos pintores de la perfección del dibujo y de la inteligencia del claro-oscuro" tan notable en la pintura guadalupana. Insiste el maestro Camps: "Entre los pintores extranjeros que hubo en México en los primeros días de la Colonia no se encuentra ninguno que muestre semejanza en sensibilidad o técnica. Ni es posible creer que alguno de los tres pintores nativos, Marcos Cipac, Pedro Chachalaca o Francisco Xinmamal, que ayudaron a los frailes Franciscanos de Huejotzingo, en Actopan (sic: error del Maestro, pues el maravilloso Convento de Actopan es agustino) y en otros lugares, pudiera haber interpretado a la Virgen con un sentimiento tan auténticamente cristiano como el de esta Imagen, ya que estaban recién convertidos a una religión muy diferente".


© ENCICLOPEDIA GUADALUPANA, p. 112-115