REFORMA MEXICANA DE 1833. Eliminación de la cristiandad indiana

De Dicionário de História Cultural de la Iglesía en América Latina
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En 1821 México logró independizarse de España tras un largo proceso que había sido iniciado en 1808 por fray Melchor de Talamantes y Francisco Primo Verdad, continuado en 1810 por el cura Miguel Hidalgo, en 1811 por el cura José María Morelos y Pavón, y finalmente consumado por el coronel Agustín de Iturbide. El libertador Agustín de Iturbide logró la independencia siguiendo las indicaciones del «Plan de la Profesa», las cuales él trasladó al «Plan de Iguala», el que a su vez fue la base de los «Tratados de Córdoba» que formalizaron la independencia política de la Nueva España, la que cambió su nombre a «Imperio Mejicano», ofreciendo la Corona de Emperador al rey de España Fernando VII o a otros miembros de la Casa reinante, pero todos rechazaron el ofrecimiento. Finalmente fue el Congreso mexicano el que nombró a Agustín de Iturbide emperador.

Al Imperio de Iturbide se sumó inmediatamente la «Capitanía General de Guatemala», por lo que la nueva nación se extendía en un territorio de más de cuatro millones de kilómetros cuadrados; desde la Alta California hasta Panamá, y al oriente hasta Tejas. El Imperio Mejicano tenía pues frontera con los Estados Unidos al este (estado de Lousiana) y al sur con la Gran Colombia (Venezuela, Colombia y Ecuador).

Simón Bolívar, libertador de La Gran Colombia y el emperador de México Agustín de Iturbide, establecieron comunicación para establecer una «anfictionía hispanoamericana»[1]de signo católico que, en base a su común historia, cultura y religión, tendría la capacidad de formar la mayor potencia económica y militar del Continente, pues albergaría a más de once millones de habitantes, con la posibilidad de levantar un ejército de cien mil soldados. Para concretar la formación de esa «anfictionía», con gran sentido práctico Bolívar convocó en 1824 a un «Congreso anfictiónico» a llevarse a cabo en la ciudad de Panamá.

El gobierno de los Estados Unidos advirtió de inmediato el peligro que esa anfictionía representaba a sus planes anunciados en la recién proclamada «doctrina Monroe».[2]Pero además de ese peligro, para el gobierno norteamericano el Imperio mejicano significaba también un muy apetecible «botín», tal y como lo confesó en sus «Memorias» el sucesor de Monroe, John Quincy Adams, sexto presidente de los Estados Unidos, quien escribió:

“El apetito por Texas fue desde el principio una pasión occidental (…) El primer acto del gobierno mexicano (del emperador Iturbide) después de declarar su independencia, fue reclamar los límites como se habían fijado en el tratado de las Floridas (tratado Adams-Onís firmado en 1819) y nosotros consentimos en ello (…) Jackson (séptimo presidente de los EUA) sin embargo tenía tal ambición por Texas, que desde el primer año de su administración puso a trabajar una doble máquina: negociar, con una mano, a fin de comprar Texas; instigar con la otra mano al pueblo de aquella provincia para que hiciera una revolución en contra del gobierno de México. Houston era su agente para la rebelión, y Anthony Buttler (segundo embajador en México) para la compra”.[3]

Primeros pasos hacia la destrucción de la «cristiandad»[4]mexicana.

El gobierno de los Estados Unidos envió dos «observadores» al Congreso anfictiónico de Panamá, pero nada pudieron hacer pues uno de ellos, Richard Anderson, murió de fiebre amarilla cuando se trasladaba desde Cartagena, y el otro, John Sergeant, llegó a Panamá cuando el Congreso había concluido.

Otro personaje que en ese tiempo entró en escena fue Joel Robert Poinsett (1779-1851),[5] quien había arribado a México en 1822 con la misión de proponerle a Iturbide la compra de Texas. Tras el rechazo total a su propuesta, Poinsett empezó a intrigar contra el Imperio buscando desmontarlo y se dedicó a cooptar a personajes importantes mexicanos como Valentín Gómez Farías, Lorenzo de Zavala y Vicente Guerrero. Con ellos formó la primera logia masónica del «rito yorkino». Así lo constata el político e historiador José María Bustamante quien escribió al respecto:

“En esta sazón apareció Poinsett con el depravado designio de fomentar la desunión, no sólo entre los mexicanos y españoles, sino entre los mismos mexicanos, diseminó a todos sus agentes por toda la República, que correspondieron exactamente a su misión, sembrando la discordia entre hermanos. Nuestra República era entonces la imagen del infierno, pues todos se hostilizaron sin piedad; logró por fin, no sólo dividirnos para que su misión sacase todo el partido posible de nuestra desunión, desmembrándose la integridad de nuestra República…”.[6]

El mismo Lorenzo de Zavala, sin proponérselo, ratifica lo escrito por Bustamante en su obra «Ensayo histórico de las revoluciones en México (1808-1830)» donde escribió: “La formación de las logias yorkinas fue en verdad un suceso muy importante. El partido popular se encontró organizado y se sobrepuso en poco tiempo al partido escocés, que se componía en su mayor parte de personas poco adictas al orden de cosas establecido …Al principio se reducían las tenidas a ceremonias del rito, a tratar sobre las obras de beneficencia y funciones, pero después se convirtieron en juntas en que se discutían los asuntos públicos, las elecciones, los proyectos de ley, las resoluciones del gabinete, la colocación de los empleados; de todo se trataba en la gran logia, en donde concurrían diputados, ministros, senadores, generales, eclesiásticos, gobernadores, comerciantes y toda clase de personas que tenían alguna influencia. ¿Qué podía resistir a una resolución tomada en una sociedad semejante?”. Pocos meses después, el rito yorkino se camufló bajo el nombre de «Rito Nacional Mexicano».

El mismo Poinsett confiesa haber sido quien llevó a México la masonería Yorkina en una carta fechada el 14 de octubre de 1825 y dirigida al senador Rufus King:[7]“Con el propósito de contrarrestar al Partido fanático en esta Ciudad, y, si posible fuera, difundir en mayor grado los principios liberales entre quienes tienen que gobernar al País, ayudé y animé a cierto número de personas respetables, hombres de alto rango y consideración, a formar una gran logia de masones yorkinos. Así se hizo, y un grupo numeroso de la hermandad cenó alegremente en mi casa.”[8]

Promoción de una interminable «guerra civil»

Uno de los primeros hombres «de alto rango y consideración» con los que Poinsett necesariamente tuvo que tener contacto, fue el general Antonio López de Santana, ya que cuando Poinsett arribó a México, Santa Anna era el comandante de la guarnición militar del puerto de Veracruz. Seguramente el astuto embajador norteamericano calibró rápidamente que la personalidad del general Santa Anna se caracterizaba por una enorme egolatría, lo que lo hacía sumamente manipulable.

La egolatría del general López de Santa Anna fue siempre evidente, no solo cuando se hizo llamar «alteza serenísima», ni cuando rindió honores fúnebres militares a su pierna mutilada durante la «guerra de los pasteles»[9], sino en la veleidad política que tuvo según las circunstancias iban conviniendo a sus intereses y a su orgullo desbordado: en su juventud fue realista y luego insurgente; fue iturbidista y luego republicano; simpatizó con la masonería Yorkina y luego con la escocesa; federalista y luego centralista; liberal y luego conservador; combatió a los Tejanos y luego por su cobardía firmó la independencia de Tejas; combatió al invasor norteamericano y luego les vendió el territorio de «La Mesilla».[10]Porque antes que nada y sobre todo, Santa Anna era «santanista».

Rechazada por Iturbide la propuesta de Poinsett de vender Tejas a los Estados Unidos, el ministro estadounidense empezó a intrigar contra el Emperador, y fácilmente logró que Santa Anna se «pronunciara» contra Iturbide en Veracruz. El 1° de febrero de 1823 Santa Anna y su cómplice, el general Echávarri, promulgaron el «Plan de Casamata» que declaraba nulo el imperio y desconocían al Emperador, a pesar de que en el décimo de sus once puntos el Plan decía: “El ejército nunca atentará contra la persona del emperador, pues lo contempla decidido por la representación nacional”.[11]

Ante la disyuntiva de retener el poder mediante la fuerza, lo que destruiría la unidad de la nación, o abdicar, Iturbide eligió esto último. Así el «Plan de Casamata» significó el cambio del sistema político del Estado mexicano que en 1824 pasó de ser una monarquía constitucional a una república federal.

Pero la abdicación de Iturbide fue totalmente inútil pues la unión de la nación saltó hecha pedazos tras la instauración de régimen republicano. Consecuencia de ello de ello es que solo en los primeros diez años de república (1824-1835) la presidencia cambió de manos 16 veces; los españoles que vivían en México fueron expulsados junto con sus esposas e hijos, al igual que los misioneros en Texas, Nuevo México y California; el país se ensangrentó por los combates, rebeliones y enfrentamientos entre masones del rito escocés que propugnaban por una República «central», contra los yorkinos que buscaban instaurar una República «federal».

Combates como el de Tulancingo, donde el escocés Nicolás Bravo fue vencido por el yorkino Vicente Guerrero, se multiplicaron por todas partes; en las inmediaciones de San Miguel Allende, Bustamante sostuvo una sangrienta batalla contra el general Moctezuma, el estado de Yucatán se declaró independiente de México, etc. El historiador norteamericano Joseph. H.L. Schlarman hace una lista sintética de los 16 cambios de manos de la presidencia que ocurrieron en solo once años, para “dar una idea del imposible caos político que hubo en México en ese periodo. Y eso era solamente el comienzo de la peor confusión política que habría de venir en ese desventurado país.”[12]

En efecto; si ampliamos el análisis al periodo 1824-1864, podemos constatar que la vida sociopolítica de la nación mexicana sufrió 240 rebeliones y cuartelazos, 60 cambios de mano de la presidencia de la república, tres intervenciones extranjeras, y la pérdida de la mitad del territorio…en beneficio de los Estados Unidos.

La piqueta Yorkina se alza también contra la cultura mexicana

Esa anarquía hábilmente promovida fue el «caldo de cultivo» para llevar a cabo una primera «reforma» de la cultura y de la identidad nacional, la cual emprendió Valentín Gómez Farías, brazo derecho de Poinsett y luego cabeza de la masonería Yorkina cuando el ministro norteamericano regresó a su país en 1830, después de haber echado a andar ese proceso de desintegración nacional.

Anexo al objetivo de la apropiación de territorios para los Estados Unidos, la masonería Yorkina buscaba también controlar, y de ser posible eliminar, a la Iglesia en México. Así lo señalaron en el acuerdo tomado en la Gran Logia «La Luz» en 1829:

“Convencidos de que el Clero es un obstáculo permanente a las reformas pues resiste a la colonización (de Tejas por los norteamericanos) que impide la difusión de las luces…(el iluminismo racionalista) el Rito Nacional Mexicano adopta en todas sus partes el plan político o programa de reformas…el cual debe iniciarse cuanto antes en la Cámaras por los masones que a ellas pertenecen…el rito debe redoblar esfuerzos para hacer que tenga su efecto bajo las bases que son: 1°la libertad absoluta de opiniones… 2°Abolición de los privilegios del clero y la milicia. 3°Supresión de las instituciones monásticas, y de todas las leyes que atribuyen al clero el conocimiento de negocios civiles, como el contrato de matrimonio. 4°Mejora del estado moral de las clases por la destrucción del monopolio del clero en la educación pública…”[13]

La dupla militar y política formada por Santa Anna y Gómez Farías que derribó al emperador Iturbide y luego decretó su fusilamiento, volvió a hacerse patente en 1833 al ser nombrados respectivamente presidente y vice presidente de la República. Santa Anna se retiró a su hacienda de Jalapa, dejando a Gómez Farías en funciones de presidente, y desde esa posición inició el desmantelamiento de la cultura indo-hispano-católica.

La reforma de 1833 consolida el proyecto yorkino

El 7 de mayo de ese mismo año, Gómez Farías decretó la confiscación de las Misiones de California y Texas, que constituían la presencia mexicana más importante y organizada es esos territorios, dejando el hueco que, según los planes de los yorkinos, habrían de llenar los colonos llevados desde la Lousiana. El 21 de octubre decretó la supresión de la Universidad de México a la que calificó de “inútil, irreformable y perniciosa”.[14]Así desapareció del país la Universidad, el más alto bastión de la cultura occidental, presente en México desde 1551.

Alegando supuestos «derechos» de Patronato, en un decreto fechado el 6 de noviembre de 1833, Gómez Farías y el Congreso controlado por los yorkinos dieron por suprimidos los votos religiosos, fomentaron la exclaustración de las religiosas y decretaron la completa exclusión del clero en la enseñanza en todas las escuelas de la República,[15]lo que en ese tiempo significó la eliminación de todos los maestros, pues la Iglesia había sido la única instancia preocupada por la educación de niños y jóvenes. El analfabetismo y la ignorancia aumentaron en México de manera significativa.

El 24 de diciembre de ese mismo año, Gómez Farías «congeló» los bienes de la Iglesia pues preparaba ya su confiscación: “No se podrán ocupar, vender o enajenar de cualquier manera los bienes raíces y capitales de manos muertas existentes en toda la República hasta que por resolución pendiente del Congreso general no se determine lo que haya de hacerse en esta materia”.[16]

Evaluando la actuación de Gómez Farías como gobernante, Joseph Schlarman dice: “… su actuación nos hace pensar en un cerdo que se haya suelto en un gran jardín y arranca de raíz cuantas plantas y flores encuentra: destrucción desenfrenada de los frutos y trabajos del hombre. A esa obra se la llama «Reforma».”[17]

Hispanoamérica sin obispos

Desde que en el siglo XVI fueron erigidas las primeras diócesis en la Nueva España (Tlaxcala, México, Oaxaca, Puebla…) el Real Patronato determinó las condiciones administrativas de la Iglesia. La relación entre un poder temporal de clara raigambre cristiana (que entendió correctamente el Patronato como una «concesión»), y el poder espiritual transcurrió en paz y armonía durante los siglos XVI y XVII, permitiendo llevar a cabo una evangelización de gran calado. La identidad católica de la nación creció y se fortaleció mediante la creación de una gran cantidad de múltiples instituciones culturales (escuelas, colegios, academias, universidades) y asistenciales (orfanatorios, hospitales, leprosarios, asilos); pero esa situación empezó a cambiar a partir de 1700 con el arribo al trono español de la «Casa de Borbón». El «galicanismo» imperante en la corte de París se trasladó – un tanto mitigado- a la de Madrid, donde fue conocido como «regalismo».[18]

La expulsión de la Compañía de Jesús de todos los territorios de la Corona española en 1767 señaló el «clímax» de ese «regalismo», dejando a las demás Órdenes amedrentadas y en estado de indefensión. Los Reinos de Ultramar dejaron de ser considerados como «parte» de «las Españas» para pasar a ser vistas como «colonias», es decir, solo como «propiedad» de la Corona. Al regresar de su cautiverio en Francia en 1814, el rey Fernando VII se encontró con la rebelión de la mayoría de sus «colonias», y algunas ya de hecho, independientes. Fernando VII nunca aceptó perderlas, y amenazó al Papa Pío VII con el cisma de la iglesia española si se atrevía a nombrar obispos para Hispanoamérica que no hubieran sido propuestos por él. Prudentemente el Romano Pontífice decidió esperar un cambio de circunstancias, puesto que la Iglesia en España también era hija de la Iglesia; pero el resultado fue que la Iglesia Hispanoamericana se fue quedando sin obispos; para 1826 quedaba solo uno, anciano y enfermo. En México no quedó ninguno. Esa dramática situación intentó ser paliada mediante el envío de «vicarios apostólicos», pero su ineficacia fue palpable tras el envío de la «misión Muzi». Entonces el Papa León XII decidió desafiar al monarca español y nombró seis obispos para ocupar diócesis de la Gran Colombia: Bogotá, Caracas, Antioquía, Santa Marta, Cuenca y Quito. Fernando VII no cumplió su amenaza: se contentó con expulsar de España al Nuncio y retirar su embajador en Roma.

Situación de la Iglesia mexicana en 1833

Gregorio XVI, sucesor de León XII, volvió a desafiar a Fernando VII y en 1831 nombró seis obispos para otras tantas diócesis mexicanas: Francisco Pablo Vázquez para Puebla; José María Belaunzaran para Linares (Monterrey); José Antonio de Zubiría para Durango; Juan Cayetano Gómez de Portugal para Michoacán; José María Becerra para Chiapas; y Francisco Javier de Garaycoa para Guadalajara.

Nuevamente el gobierno de Gómez Farías intentó ejercer una reforma en la Iglesia mexicana basada en supuestos derechos de un «neopatronato unilateral»[19], alegando que el presidente de México, en cuanto sucesor del rey de España, era también legítimo heredero del Patronato Real.

Ante esta pretensión, el recién nombrado obispo de Linares, José María Belaunzaran, dirigió un escrito al Congreso en el le decía: “Los magistrados civiles son los que presiden y gobiernan civilmente en lo que es puramente temporal. Las repúblicas y todos los reinos, reciben su autoridad de los pueblos, para regirlos y gobernarlos nada más que temporalmente, pero jamás se les concede por éstos autoridad alguna espiritual, ni temporal anexa a la espiritual. Son muy distintas las dos potestades y jamás se han podido equivocar en sus funciones, sino después que la depravación jansenística ha introducido estas intolerables competencias.[20]

La Iglesia no la fundaron los emperadores, ni los reyes, ni los gobernadores, ni los congresos; la fundó solo el Hijo de Dios…Él solo la adquirió, no con precios corruptibles de oro y plata, como dice San Pedro: la adquirió con su preciosísima Sangre, y la fundó sin haber tomado dictamen, ni parecer, ni consejo a los reyes ni a los príncipes de la tierra; y sin contar con ellos para nada, manda a sus Apóstoles autorizados ya por Él mismo…”

También el nuevo obispo de Michoacán Juan Portugal, envió un comunicación afirmando “… 2-nadie tiene derecho, cualquiera que sea el fundamento que alegue, para hacer el nombramiento de obispos, si no goza de ese derecho por la Santa Sede Apostólica. 3-No son legítimos ministros de la predicación y sacramento los que no son ordenados, ni enviados según esta disciplina. 4-Separarse de esta disciplina es hacer un cisma, es salir de la unidad de la Iglesia católica.” La respuesta de Gómez Farías fue ordenar la inmediata expulsión de Mons. Belaunzaran y Mons. Juan Portugal, y acelerar la «reforma»: “Las misiones de California fueron arrebatadas a los franciscanos…se invitó a las religiosas a abandonar sus conventos (Una monja sí se aprovechó de la invitación) y se privó a los seminarios de sus rentas para hacer imposible la formación de nuevos sacerdotes; se prohibieron las peregrinaciones de los indios a sus santuarios predilectos.” Consecuencias de la «reforma» de 1833 La reforma implementada por Gómez Farías empujó a la nación mexicana por el camino de su desintegración física y cultural. En 1836 Texas se independizó de México y, tras nueve años de vida «independiente», fue anexada a los Estados Unidos, quienes arbitrariamente le señalaron una extensión mayor a la que tuvo como provincia mexicana. Eso fue el pretexto de los Estados Unidos para iniciar ataques militares contra México en Coahuila, Nuevo León y California. Tras tomar la capital en septiembre de 1847, impusieron la firma de los Tratados de Guadalupe Hidalgo (febrero de 1848) por medio de los cuales los Estados Unidos “compraron” en 15 millones de dólares el territorio que ocupan actualmente los Estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México y partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma. “México quedó sumido en confusión política, económica, social y de todo género, después de perder la guerra y la mitad de su territorio.” El congreso nombró presidente a Joaquín Herrera, y contra él se pronunció el general Paredes en Aguascalientes. En enero de 1851 el congreso nombró presidente al general Mariano Arista, quien también fue obligado a renunciar dos años después; fue reemplazado por Juan Bautista Ceballos, quien solo gobernó durante los meses de enero y febrero de 1853; fue despuesto y sustituido por Manuel Lombardini quien también gobernó solo dos meses (marzo y abril de 1853).

“Y entonces un buen día resultó otra vez presidente el incalificable Santa Anna, o, más bien dicho, Santa Anna resultó presidente de un incalificable país que desahuciado se abrazaba a su gangrena.” Bajo nuevas amenazas de Estados Unidos, en 1854 Santa Anna vendió el territorio de «La Mesilla» en diez millones de dólares; posteriormente la «historia oficial» usaría este hecho para achacarle la venta «de la mitad» del territorio, y librar al verdadero responsable: la masonería Yorkina encabezada por Gómez Farías. La Reforma de 1833 inició también el desmantelamiento de la identidad cultural indo-hispano-católica de México, señalando el camino a una reforma de mayor calado: la Reforma de 1857, realizada también de la mano del gobierno de Washington.


NOTAS

  1. El vocablo «anfictiónico» proviene del griego «Anphiktioni», que significa «asociación de tribus vecinas». Históricamente existió en la Grecia antigua el Consejo Anfictiónico de Delfos, encargado de administrar y hacer preservar el célebre «oráculo». Por tanto, el concepto «anfictiónico» posee un fuerte sentido religioso.
  2. La Doctrina proclama en diciembre de 1823 por el 5° presidente de los Estados Unidos James Monroe, dice «América para los americanos», la cual fue precisada por el llamado «Destino manifiesto»
  3. Adams J. Q., Memorias, Vol. XI, pp. 348-349. Citado por Rogelio Orozco Farías, Fuentes Históricas de México, Ed. Progreso, México, 1965, p. 65
  4. Cristiandad es un orden social donde, además de prevalecer la distinción entre la Iglesia y el Estado, la mayoría de los habitantes acepta e intenta vivir según los valores del Evangelio. Pero en cuanto formada por hombres, nunca ha habido ni podrá haber una Cristiandad perfecta porque siempre en su seno se dará esa realidad que San Pablo señala: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.” (Rm.7,19)
  5. Sirvió como agente especial en Chile en 1810; debido a sus intrigas fue expulsado del país por Bernardo O´Higgins. Regresó a los Estados Unidos donde promovió el exterminio de los amerindios seminoles de Lousiana. En 1822, fue enviado por el presidente James Monroe a México con el objetivo de analizar y persuadir al gobierno imperial de vender a los Estados Unidos el territorio de Texas y los situados al oeste. En 1825 fue ya formalmente designado ministro Plenipotenciario para México. En 1837 fue nombrado secretario de Guerra en el gabinete del presidente Martin Van Buren. Falleció de neumonía el 12 de diciembre de 1851. (Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Joel_Roberts_Poinsett)
  6. Citado por ERNESTO DE LA TORRE VILLAR Lecturas históricas mexicanas, Volumen 3. Universidad Nacional Autónoma de México, 1994. p. 280
  7. El senador Rufus King (1755-1827) fue candidato a la Presidencia de los Estados Unidos por el Partido Federalista en 1804, y senador por Nueva York. El presidente Jefferson lo designó Ministro ante el gobierno de Gran Bretaña.
  8. OROZCO FARÍAS, Óp. Cit., p 48
  9. La primera intervención francesa contra México (1838) fue llamada por la población «guerra de los pasteles», porque la reclamación francesa incluía la indemnización a un pastelero francés de la ciudad de México que reclamaba 600 mil pesos de pérdidas de su mercancía.
  10. Es totalmente falso que Santa Anna haya vendido «la mitad» del territorio nacional, como lo presenta la «historia oficial» pues él no firmó los Tratados de Guadalupe-Hidalgo (1848), ni recibió pago alguno por Nuevo México y California. Eso sí, vendió años después (1852) «La Mesilla» con lo cual resultó ser muy buen «chivo expiatorio» para disfrazar las traiciones de los yorkinos mexicanos (especialmente Gómez Farías y Lorenzo de Zavala) que fueron los que trabajaron por mutilar el territorio nacional.
  11. LUCAS ALAMÁN. Historia de Méjico. Antología. Ed. Gobierno del estado de Guanajuato, Guanajuato, 1989, p. 365
  12. Joseph H.L. Schlarman. México, tierra de volcanes. Ed. Porrúa, 14 ed. México, 1987, pp. 305-306
  13. MATEOS José María. Historia de la masonería en México, desde 1806 hasta 1884, Ed. Porrúa, ISBN: 9788490014899, p. 73. OROZCO FARÍAS, Ob.,cit., p. 50-51
  14. MORA José María Luis. Obras sueltas. Ed, Porrúa, México, 1963
  15. Cfr. OROZCO FARÍAS, OB., CIT., pp. 66 -67
  16. Ibidem, p.67
  17. SCHLARMAN, Op., cit., p. 303
  18. “herejía administrativa” (Menéndez y Pelayo) que consideraba a la Iglesia como un «instrumento» al servicio del Rey, y relegaba la fe católica a un papel secundario. El pensamiento ilustrado llevó a España a abandonar la Hispanidad
  19. Decretos del Congreso del 3 y 6 de noviembre de 1833, y del 24 de diciembre del mismo año. (los reproduce Orozco Farías en las páginas 66 y 67 de su obra citada)
  20. La herejía del obispo Cornelio Jansenio (1585-1638) fue condenada por el papa Urbano VIII en 1614; nuevamente por Inocencio X en 1653, y Clemente XI en 1705.